Prado, Museo Del ARTE
Categoria:
Arte
1. Historia. El Museo del P. es el más rico y famoso de los españoles, y uno de los primeros del mundo, en especial considerado como pinacoteca. Inaugurado como museo real en 1819, la primera idea de su creación corresponde al rey José Bonaparte, que, deslumbrado por las colecciones artísticas de la corona de España, pensó en hacerlas accesibles a todos, juntamente con los cuadros de los conventos recién suprimidos, siguiendo el modelo del Louvre imperial, al mal él mismo hizo enviar algunas de las obras más importantes. Las incidencias de la guerra de la Independencia impidieron realizar ese "museo josefino", pero al restablecerse la paz, Fernando VII hizo suya la idea con la entusiasta colaboración de su esposa, Isabel de Braganza. Se pensó en dedicar a museo el palacio de Buenavista (hoy Ministerio del Ejército) que había sido incautado a Godoy, pero no hubo dinero para su restauración y se recurrió al edificio levantado en 1785 para Gabinete de Historia Natural en el Prado de S. Jerónimo, obra de Villanueva (v.) que había sobrevivido con algunos daños a su destino de cuartel durante la ocupación francesa. Se instalaron allí, bajo la dirección del marqués de Santa Cruz, y con la asesoría técnica de Vicente López, muchos cuadros de la colección real; se abrió al público en 1819 con 311 cuadros, según su primer y sucinto catálogo, redactado por su conserje, el modesto pintor Luis Eusebi. En años sucesivos fue acrecentándose, siempre a base de las colecciones de los palacios reales, especialmente de Madrid, El Escorial, Aranjuez y La Granja.Como museo real, fue considerado patrimonio de la corona, e incluso, a la muerte de Fernando VII en 1833, se tasó e inventarió su contenido como bienes patrimoniales, aunque una inteligente y prudente compensación económica de Isabel II a su hermana impidió su división. La revolución de septiembre de 1868 le hizo perder su condición de real, pasando a denominarse Museo del Prado, tal como hoy se le conoce universalmente. A sus riquísimos fondos de procedencia real se incorporaron, en 1872, los cuadros procedentes del Museo Nacional de la Trinidad, creado en 1835 con las obras de los conventos suprimidos con la desamortización de Mendizábal en Madrid, Toledo y Segovia. A partir de esa fecha, el Museo del P. se ha enriquecido aún más con ciertas donaciones, legados y adquisiciones. Los fundamentales enriquecimientos son las donaciones d’Erlanger (1881) de las Pinturas negras de Goya; Pastrana (1889), Errazu (1904), Bosch (1915), Fernández Durán (1930) y Cambó (1940-42). La historia, sumariamente esbozada, de las colecciones explica su carácter. Siendo el núcleo esencial (y, por descontado, el más valioso) las colecciones reales, están en él reflejados los gustos de los monarcas españoles, grandes coleccionistas y mecenas casi siempre. El interés por los primitivos flamencos, constante desde los Reyes Católicos a Felipe II, explica las riquísimas series de estos maestros que en algún caso -El Bosco, p. ej.- sólo pueden ser estudiados en el Prado. Las relaciones políticas con Flandes a lo largo de los s. XVI y XVII justifican la presencia de tantas obras maestras de esos periodos, especialmente de Rubens, que fue además diplomático al servicio de la corte española y estuvo en dos ocasiones en Madrid. Por la misma razón, la representación, excepcional, de Tiziano se explica por la directa relación del pintor y sus colegas venecianos con Carlos V y Felipe II. Por supuesto, el carácter palaciego determina la presencia masiva de la producción de aquellos artistas españoles que, como Velázquez y Goya, fueron largos años pintores de cámara real.También en esa condición estriban las faltas más llamativas del P., los primitivos italianos, preferidos siempre los flamencos en el gusto real, y las pinturas holandesa e inglesa, rivales políticos sus respectivos países en los momentos de su pleno apogeo artístico. Adquisiciones recientes intentan remediar, en la medida de lo posible, esas faltas tradicionales. En la actualidad, el P. recoge en su catálogo más de 3.000 cuadros, y aún hay que añadir a ellos los que se conservan en almacén y los depositados en fechas diversas en distintos museos o edificios públicos de provincias.Jurídicamente, el P. depende del Ministerio de Educación y Ciencia. Está regido por un director y un subdirector de libre designación ministerial, asistidos por un Patronato (creado en 1912), que agrupa a personalidades de diversos sectores de la vida nacional, que orientan y refrendan la labor directiva.El edificio, obra de Villanueva, es de excepcional belleza; constituye, en sí mismo y con independencia de su contenido, una de las más nobles construcciones de Madrid y quizá el más acabado ejemplo del neoclasicismo de su autor. Sin embargo, al no haber sido proyectado para museo de pinturas, ha creado y crea continuos problemas en la instalación de sus fondos, multiplicados por el aumento continuo de sus colecciones y la renovar ción de los criterios museográficos. Esto ha obligado a sucesivas ampliaciones en las que se ha procurado respetar en lo posible la estructura y carácter del edificio primitivo.2. Descripción de sus fondos. La enorme riqueza de las colecciones obliga, para una enumeración somera, a agruparlas por escuelas.a) Escuela española. Como es lógico, la más abundantemente representada es la española, que se inicia con una breve serie de pinturas románicas de primer orden (frescos de S. Cruz de Maderuelo, fragmentos de los frescos de S. Baudilio de Berlanga, frontal de Guills), de reciente ingreso. La pintura gótica de los s. XIII y XIV está pobremente representada. Pero el s. XV cuenta con obras de verdadera importancia, como el maravilloso retablo de la Virgen y S. Francisco, de Nicolás Francés; el de la Vida de Cristo, quizá de Juan Rodríguez de Toledo, o el de Argüis, dedicado a S. Miguel, obras del más refinado estilo internacional. De la segunda mitad del siglo, ya bajo el signo del realismo flamenco, hay obras capitales, especialmente castellanas. Así, de Fernando Gallego (S. Catalina, Piedad, Calvario) y de Pedro Berruguete (Virgen con el Niño, escenas de S. Domingo y S. Pedro Mártir), obras maestras de realismo, tocadas de un cierto sentido del espacio, ya renaciente. También se conservan obras importantes de Juan de Flandes, pintor de los Países Bajos que trabajó mucho para Isabel la Católica. De los catalanes y aragoneses está la obra maestra de Bartolomé Bermejo: el S. Domingo de Silos, procedente de Daroca.El comienzo del Renacimiento, en los albores del s. XVI, se muestra con una obra maestra, la anónima Virgen del Caballero de Montesa, valenciana delicadísima, quizá de Paolo de S. Leocadio, italiano, que trabajó en Valencia en esas fechas. Junto a ellas, algunas otras obras valencianas de los Osona, y una, muy curiosa, de Alejo Fernández, sevillano. Más avanzadas en clasicismo al modo italiano hay que citar las obras de Yáñez de la Almedina, llenas de ecos leonardescos (S. Catalina, S. Cosme), las de los Macip, padre e hijo, éste el popular Juan de Juanes (Santa Cena, Retablo de S. Esteban) y las del toledano Correa (Nacimiento, Anunciación), así como dos obras excepcionales de Pedro Machuca (Virgen del Sufragio; Descendimiento), que cuentan entre lo más maduro del primer manierismo. Abundante es también la representación de Morales (Virgen con el Niño, Anunciación, Purificación) y la de la serie de retratistas de la Corte de Felipe II, con obras magistrales de Sánchez Coello (Príncipe D. Carlos, Isabel Clara Eugenia) y Pantaja de la Cruz, éste también con algunas figuras de santos de notable potencia (S. Agustín, S. Nicolás de Tolentino).La obra del Greco cierra el s. XVI con un conjunto excepcional, una de las glorias del Prado. La serie de retratos de caballeros es única en su conjunto, así como la colección de grandes lienzos de altar, que inicia la Trinidad, una de sus primeras obras españolas, y cierra la Adoración de los pastores pintada para su propia sepultura, pasando por las soberbias Crucifixión, Resurrección, Pentecostés, etc. Hay además algunos otros lienzos de menor tamaño y calidad excepcional como el S. Andrés y S. Francisco, el S. Sebastián y la serie, incompleta, del hermoso Apostolado de Almadrones (Guadalajara). El s. XVII se abre con una importante representación de los artistas que inician el tenebrismo. Así, de Francisco y Juan Ribalta se muestran obras capitales (S. Bernardo abrazado a Cristo, S. Francisco, del primero; S. Juan Evangelista, del segundo), junto a otras importantes de Orrente, Tristán y Herrera el Viejo. Amplia es la representación de V. Carducho, con algunas de las mejores escenas de cartujos, y la de Mayno (Adoración de los Reyes, Recuperación de Bahía), con notas coloristas de extraordinaria modernidad.Los grandes maestros del barroco español se hallan riquísimamente representados. De Ribera recoge el catálogo actual 50 lienzos entre los cuales se cuentan algunas de sus obras maestras (Martirio de S. Bartolomé, Bendición de lacob, Sueño de Jacob, S. Pablo ermitaño, La Magdalena); de Zurbarán, menos ampliamente representado, se exhiben un bello bodegón, S. Casilda, dos escenas de S. Pedro Nolasco y algunos más. Velázquez constituye también una de las mayores riquezas del museo. Con más de 50 cuadros, reúne el P. la tercera parte de su producción conocida. Desde obras juveniles de la época sevillana (Adoración de los Reyes, Sor Jerónima de la Fuente) hasta los aéreos retratos de su último tiempo (Da Mariana, la Infanta Margarita), puede estudiarse aquí su entera evolución con los jalones fundamentales de los Borrachos, la Fragua de Vulcano, la Rendición de Breda, la fábula de Aracne (las Hilanderas) y la serie de retratos reales y de gentes de Palacio, desdelos bufones al conde-duque, que culminan en el asombroso y famosísimo lienzo de las Meninas. También Murillo está amplísimamente representado con 40 lienzos, entre ellos algunas de sus más famosas Inmaculadas, las bellísimas escenas de la Fundación de S. María la Mayor, y algunos de sus mejores retratos (El judío, Nicolás Omazur), entre otras muchas obras importantes. La elegante maestría de Alonso Cano queda suficientemente representada por algunas de sus más bellas obras: La Virgen del Lucero y el Milagro del Pozo.La representación de la escuela madrileña de fines del s. XVII es amplísima gracias a los cuadros del Museo de la Trinidad. Obras capitales de Pereda, José Leopardo, los dos hermanos Rizi, José Antolínez, Escalante, Cerezo, Carreño (con notables retratos reales de Carlos II y Da Mariana), de Claudio Coello y otros muchos maestros menores, muestran el esplendor colorista de la escuela más grata del barroco español. Las demás escuelas regionales del s. XVII español no quedan tan bien representadas. Unas obras de Valdés Leal (S. Jerónimo, Fraile Jerónimo y otras) pertenecientes a la de Sevilla no dan idea real del valor del pintor. De la de Valencia hay algunos buenos Espinosa y March; de la de Granada ciertos Bocanegra, y de la de Córdoba unos excelentes Antonio del Castillo. Todas ellas completan el panorama del Siglo de Oro.De los pintores españoles del s. XVIII cuenta el P. con una excelente representación de Luis Paret, con algunas de sus obras maestras (Baile de máscaras, la Parejas reales, Comida de Carlos III), y de Luis Menéndez, con sus deliciosos bodegones, y culmina, tras muchos maestros menores, con la obra excepcional, en número y calidad, de Goya, otra de las cimas del museo, con 116 cuadros y 465 dibujos. Desde los cartones para tapices, sus primeras obras, de singular vivacidad y belleza, a las pinturas negras, de tan enigmática intensidad dramática, que cierran su etapa madrileña, toda la evolución del gran aragonés está representada por magistrales piezas, retratos excelentes (duques de Osúna, Bayeu, marquesa de Villafranca, Maiquez, la familia de Carlos IV), obras religiosas (Cristo Crucificado, Sagrada Familia), profanas y casi mitológicas (las Majas, vestida y desnuda) y los alucinantes lienzos históricos de la Carga de los mamelucos y los Fusilamientos del 3 de Mayo, piezas capitales en toda la Historia de la pintura. De sus contemporáneos, los Bayeu, Maella, Castillo, etc., y de sus continuadores Esteve y Carnicero hay también buenos ejemplares, y, entrado ya el s. xix, se exhiben obras importantes’ de Vicente López e incluso, rebasando ya los límites cronológicos ideales del museo, algunas obras muy bellas de Fortuny, Martín Rico y los Madrazo.b) Escuela flamenca. Tras la escuela española quizá sea la flamenca la que le sigue en importancia. Ya se ha indicado la predilección de los reyes españoles por las obras de los Países Bajos y como ello explica la presencia de tanta obra maestra. De los grandes primitivos se muestra una tabla del círculo de los Van Eyck: la Fuente de las gracias, típica y definitoria de su estilo; una serie de Dirck Bouts, cuatro obras magistrales del Maestro de Flemalle y una serie soberbia de Van der Weyden, entre ellos quizá su obra maestra, el Descendimiento, que estuvo en El Escorial hasta la guerra de 1936-39. Memling está representado por un gran tríptico y algunas obras menores, y Gerard David con tres Vírgenes, diminutas de tamaño, pero magistrales. Ya en los albores del Renacimiento es riquísima la representación de los primeros romanistas: Van Orley, Gossaert, Patinir (La laguna Estigia, Huida a Egipto, Tentaciones de S. Antonio) y Quintin Metsys. Sobre todo, la obra de Bosch (el Bosco, para los españoles) es la más completa del mundo. Aquí pueden verse sus grandes trípticos (Adoración de los Reyes, Carro del Heno y Jardín de las Delicias), donde culmina su fabulosa vena imaginativa y satírica, además de algunas otras obras menores y también bellísimas. Junto a él, una obra capital de Brueghel el Viejo: el Triunfo de la Muerte. Tras estos grandes maestros, es cuantiosa la serie de "manieristas de Amberes" y de pintores de Brujas. Es abundante en número y calidad la representación de Benson y Pieter Coecke van Aelst, importante la de Marinus Riemenswale (S. Jerónimo, Cambistas) y una serie amplísima de los flamencos que trabajaron para Felipe II, Miguel Coxien, y, sobre todo, el gran retratista Antonio Moro, de quien se guardan hasta 15 retratos magistrales.El s. XVII se abre con las deliciosas obras menores de Jan Brueghel de Velours y continúa con la excepcional representación del maestro absoluto del barroco universal: Rubens. Serie excepcional no sólo por su cantidad (86 cuadros) sino, sobre todo, por la calidad, ya que los más bellos proceden de la propia casa del pintor y fueron hechos para su personal recreo (Tres Gracias, juicio de Paris, Andrómeda). Aparte algunas de sus más ostentosas composiciones religiosas (S. Jorge, Adoración de los Reyes) y de sus retratos, es muy importante la serie de cuadros mitológicos hechos para la Torre de la Parada, palacete de caza de Felipe IV, unos por el propio maestro y otros por sus discípulos sobre cuidadosos bocetos suyos, algunos de los cuales guarda el museo. Importante es también la representación de Van Dyck, con 27 cuadros, entre ellos el Prendimiento de Cristo, obra juvenil, y Autorretrato con sir Endymion Potter. Notable es la representación de Jordaens y los pintoresde género, como Teniers, y los grandes especialistas en naturalezas muertas, cacerías, animales o flores, tales como Snyders, Fytt, Paul de Vos, Adriaen de Utrech, etc.Por su relación estilística con los primitivos flamencos conviene citar aquí la serie de pinturas alemanas del s. XVI, no excesiva en número, pero que cuenta con obras capitales de Alberto Durero (Autorretrato, Adán y Eva, Retrato de Hans Imhoff), de Cranach (Cacerías de Carlos V), de Amberger (retratos) y un magistral retrato anónimo, probable obra de Holbein. Del gran neoclásico alemán del XVIII, Mengs, guarda el P. lo mejor de su labor de retratista y algunas obras religiosas de importancia.c) Escuela italiana. La pintura italiana, muy bien representada a partir del s. XVI, consta, sin embargo, de muy pocos primitivos. Dos pequeños Tadeo Gaddi, un soberbio Mantegna (Muerte de la Virgen), un buen Fra Angélico (Anunciación), tres Botticelli (Historia de Nastaglio degli Onesti, según el relato de Boccaccio) y un excepcional Antonello de Messina (Cristo Muerto) abren paso a la riquísima serie de Rafael (Retrato del cardenal, Virgen del Pez, Virgen del Cordero, Pasmo de Sicilia, etcétera); de Andrea del Sarto, de Correggio (Noli me tangere) y otros maestros del pleno Renacimiento cincocentista. Aún más rica es la serie de los venecianos que abre la Virgen con Santos de Giorgione, y continúa con 40 Tizianos, que muestran todas las facetas de su genio a través de obras maestras (Carlos V en Mühlberg, Autorretrato, Adán y Eva, Bacanal, Danae, Entierro de Cristo, La Gloria, etc.), 25 Tintorettos (con el Lavatorio, su obra más bella), 13 Veronés (Hallazgo de Moisés, Cristo entre los Doctores) y una amplia representación de los Bassano.Las series del s. XVII son igualmente ricas y no ceden, quizá, como conjunto ante ningún museo del mundo. Un buen Caravaggio (David) abre la serie, y le siguen los maestros boloñeses (los Carracci, Reni, Guercino, Domenichino, Lanfranco, Albani, etc.), los napolitanos (Stanzione, Vaccaro, Falcone, Rosa, Gargiulo) representados todos con obras maestras, así como algunos genoveses (Strozzi, Asseretto) y romanos (Cortona, Sacchi, Maratta), sin contar la abundantísima serie de obras magistrales del prolífico Luca Giordano. Del s. XVIII, que inaugura el propio Giordano, es muy notable la representación -de aquellos maestros que trabajaron en España como Conrado Giaquinto y los dos Tiépolo. Del padre pueden verse algunos de sus lienzos para Aranjuez (Inmaculada, S. Antonio, S. Francisco) y del hijo la serie de la Pasión. Selecta también, la serie de maestros menores como Conca, Amiconi, Solimena, etc.d) Escuela francesa. También la escuela francesa está muy bien representada a partir del XVII y por sus mejores maestros: Simon Vouet, Philippe de Champaigne, y, sobre todo, Poussin y Claudio Lorena, ambos representados por algunas de sus obras maestras (Parnaso, David, Caza de Meleagro, del primero; Embarco de S. Paula, Entierro de S. Serapia, y otros paisajes del segundo). Los retratistas cortesanos muestran obras maestras de Mignard, Larguilliére, Rigaud, y el P. guarda también la obra maestra de Sebastien Bourdon: el retrato de Cristina de Suecia a caballo. Estos artistas enlazan ya con los que, a comienzos del XVIII, trabajaron en la corte española, como Houasse, Ranc o Van Loo, todos, como es lógico, ampliamente representados. Excepcionales los dos pequeños cuadritos de Watteau.e) Escuelas holandesa e inglesa. Son menos ricas, por las razones históricas ya dichas. De todos modos, se cuenta con una considerable representación de maestros menores, paisajistas y bodegonistas de Holanda, y con un soberbio Rembrandt (Artemisa). De los ingleses la falta era aún mayor y se ha intentado compensar en parte con la adquisición, en los últimos años, de algunos retratos de cierto interés de Lawrence, Reynolds, Gainsboroug, Hopner y Romney, que, de todos modos, aún no dan cabal idea de su calidad.f) Escultura. Hay que referirse, para completar la enumeración de las riquezas del P., a las series de escultura, mucho menos conocidas de lo que debieran. Procedentes también de las colecciones reales; las series de esculturas clásicas cuentan con obras tan bellas como el Didumeno de Policleto, la mejor entre las réplicas conocidas; la Venus de la concha, el Hipnos, el grupo Hipnos y Thanatos, llamado "de S. Ildefonso" por su procedencia; el Fauno en reposo, copia de Praxiteles, el Fauno del Cabrito, deliciosa figura helenística; un magnífico busto de Antinoo, y muchísimas obras más. A este tesoro antiguo se unió, en 1941, la famosa Dama de Elche, obra maestra de la escultura ibérica, y algunas piezas orientales. De la escultura de los tiempos modernos, las obras más valiosas son la magnífica serie de retratos de la familia imperial, obra de los Leoni, padre e hijo, y algunos notables bronces barrocos. La rica serie de piezas de cristal de roca y piedras duras, que constituyen el llamado Tesoro del Delfín, quizá sea la más rica del mundo en su género. Procede de la herencia privada de Felipe V de su padre, el Delfín de Francia. También en los últimos años se ha dado cabida en el museo a las piezas de tapicería flamenca, de calidad excepcional. Y posee además, aparte los ya citados de Goya, importantes series de dibujos, españoles y extranjeros, aún no estudiados. Con todo ello, el Museo del P. constituye uno de los más ricos y sugestivos del mundo.A. E. PÉREZ SÁNCHEZ.
BIBL.: P. BEROQUI, El Museo del Prado. Notas para su historia, Madrid 1933; M. DE MADRAZO, Historia del Museo del Prado, Madrid 1945; E. D’ORS, Tres horas en el Museo del Prado, Madrid 1929 (innumerables ediciones posteriores); J. A. GAYA NUÑO, Historia del Museo del Prado, Madrid 1970; F. J. SÁNCHEZ CANTÓN, Tesoros del Museo del Prado, Barcelona 1961. Catálogos: De las pinturas se han publicado en 1819, 1821, 1823-24 y 1828 (preparados por L. EUSEBI); en 1843, 1845, 1850, 1854, 1858, 1872, 1873, 1876, 1878, 1882, 1885, 1889, 1893, 1900, 1903, 1907, 1910, 1913, 1920 (todos bajo el nombre de P. DE MADR.AZO, pero a partir de 1903 con notas de S. VINIEGRA, primero, y de P. BEROQUI, luego); 1933 (topográfico, incluyendo la escultura), 1942, 1945, 1949, 1952 y 1963 (todos preparados por F. J. SÁNCHEZ CANTÓN). El Museo de la Trinidad había publicado en 1865 un Catálogo preparado por G. CRUZADA VILLAAMIL. De la escultura hay un Catálogo general, publicado en 1908, preparado por E. BARRÓN, y un Catálogo de la Escultura. Copias e imitaciones de las antiguas, publicado en 1957, por A. BLANCO. Hay un Catálogo de las alhajas del Dellin, publicado en 1944 y reimpreso en 1955 por D. ÁNGULO IÑIGUEZ. No hay catálogo de los dibujos, salvo de Goya.
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