Pío VII, Papa
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Biografía GER
De familia aristocrática, Juan Bautista Chiaramonti (nacido en Cesena, 14 ag. 1742) ingresó muy joven en la orden benedictina (1756), profesando varias enseñanzas teológicas en diversas abadías -S. Justina de Padua, S. Juan de Parma, S. Pablo Extramuros de Roma- hasta ser consagrado por Pío VI, que le distinguió siempre con su estimación y afecto, obispo de Tívoli (dic. de 1782), y más tarde Arzobispo y Cardenal de Imola (feb. de 1785). De austeras costumbres y piedad acendrada, gozó de una gran popularidad entre sus fieles y en el episcopado italiano de fines del setecientos. Merced a su actitud receptiva de las formas de vida de raíz cristiana alumbradas por el fenómeno revolucionario, el prelado de Imola logró, al ser ocupado su territorio por las tropas francesas en el curso de la II Coalición, preservar a sus diocesanos de los estragos de la guerra, al mismo tiempo que atrajo la atención de extensos sectores de su país y de Francia, sorprendidos por la novedad de su planteamiento ("La forma democrática -diría en su homilía de la Navidad de 1797- no repugna al Evangelio... La democracia exige virtudes sublimes que sólo se aprenden en la escuela de ] esucristo" ).Los primeros años de Pontificado: el concordato con Francia. Elegido Pontífice unánimemente, el 14 mar. 1800, en el cónclave celebrado en Venecia, a la muerte de Pío VI, supo sortear los muchos obstáculos opuestos a su regreso a Roma. Coincidió éste con el afianzamiento de Napoleón tras el triunfo de Marengo, y las primeras metas del nuevoPapa y del general victorioso coincidieron, aunque por motivos distintos, en el objetivo de poner fin a la situación religiosa creada en Francia por la sacudida revolucionaria. Para la empresa, acometida por el Primer Cónsul, de restañamiento de la conciencia nacional y restauración material del país era imprescindible la reconciliación del sistema nacido de la Revolución con las masas católicas. Comprendiendo que esta adhesión no sería posible en el marco de la iglesia constitucional, Napoleón entabló negociaciones directas con Roma, con vistas a conseguir una regularización de sus relaciones y el restablecimiento del catolicismo en Francia a través de un texto concordatorio. Después de vencer numerosas dificultades, el 15 jul. 1801 se firmaba en París una convención -que después se llamaría concordato- que sustituía al de 1516 y cuyo texto había de encauzar, salvo ciertas intermitencias, las relaciones entre la Iglesia y el estado francés por espacio de un siglo. En su preámbulo se reconocía la religión católica como la de la gran mayoría de los franceses, mientras que por su cláusula más importante se ponía fin al problema desamortizador sobre la base de la aceptación por parte de la Iglesia de los derechos de los actuales propietarios de sus antiguas posesiones, y el reconocimiento por el Estado del derecho de la Iglesia a poseer y a adquirir en adelante toda clase de bienes, más el compromiso por parte del Poder público de subvenir a la vida material del clero. Aunque como queda ya dicho las oposiciones que hubo que vencer para la consecución del concordato -que sólo adquirió sanción legal en Francia un año después de ser firmado- fueron muy fuertes, aún lo serían más las dificultades interpuestas a su aplicación. Por un acto de su poder supremo de jurisdicción P. VII impuso la dimisión a todos los prelados del Antiguo Régimen, reduciendo además, según estipulaba el concordato, el número de las diócesis. La resistencia de dos únicos obispos consagrados antes de 1789 daría lugar al cisma de la pequeña Iglesia, que ha perdurado, con una elevada intensidad de la vida religiosa y moral de sus adeptos, hasta tiempos muy cercanos. El sufrimiento que supusieron para P. VII algunas de las decisiones que hubo de tomar para poner en marcha el texto concordatorio no se vio atenuado por la actitud de Napoleón, que restringió considerablemente la libertad espiritual y disciplinar alcanzada por la Iglesia francesa al agregar los famosos Artículos Orgánicos, cuyo espíritu y letra se alineaban en la mejor tradición galicana (v. GALICANISMO; PRAGMÁTICA SANCIÓN DE BOURGES). La firme protesta de P. VII sólo sirvió para salvar la dignidad papal y evidenciar las razones de estado que habían movido exclusivamente a Napoleón al restablecimiento del catolicismo, del que quería servirse como instrumento de su política. El ejemplo napoleónico fue seguido por sus epígonos italianos, y en el estado satélite de la República Cisalpina el alcance del texto concordatorio firmado con la Santa Sede (nov. 1803) se vio igualmente muy restringido con la adición de varias cláusulas cesaropapistas.Del entendimiento a la ruptura. Napoleón, una vez elegido emperador, consideró necesario, para reforzar su autoridad y prestigiar el nuevo régimen, ser consagrado y coronado por el Romano Pontífice. El reconocimiento y la gratitud que éste le profesara siempre por haber restaurado "los altares en Francia", le llevaron, pese a las renuencias de gran parte de la Curia romana, a marchar a París, adonde llegó en nov. de 1804, después de haber atravesado un "pueblo en rodillas". Salvo el acrecentamiento de su popularidad y la profesión de fe realizada por los obispos constitucionales, los frutos de su viaje fueron nulos, no consiguiendo el Papa uno de sus principales deseos, como era la atenuación o supresión de los Artículos Orgánicos. Sin embargo, hasta el otoño de 1806 no surgió el problema cuyo agravamiento acabaría por romper los puentes de relativo entendimiento entre Napoleón y la Santa Sede. La necesidad de hacer efectivo el bloqueo continental decretado contra Inglaterra condujo al Emperador a tratar de imponerlo en un territorio neutral como era el de los Estados Pontificios. P. VII, que había hecho llegar a Napoleón enérgicas reclamaciones por la violación de sus Estados por las tropas francesas, se negó a secundar sus propósitos. Ante tal actitud, las fuerzas napoleónicas se apoderaron de Roma en feb. de 1808. Aunque por razones tácticas no fue entonces extinguida la soberanía temporal del Papa, el Emperador aprovechó una coyuntura favorable y tras las victorias de Wagram y Ulm, los Estados Pontificios se anexionaron a los territorios napoleónicos. La respuesta de P. VII fue la de excomulgar inmediatamente a cuantos habían intervenido en el hecho, aunque sin citar nominalmente a Napoleón. Es un extremo aún no aclarado por la historiografía si la prisión de P. VII (20 de julio) se debió a una mala interpretación de las órdenes del Emperador o a una tajante decisión personal de éste. Sea cual fuere la razón, P. VII se vio forzado, como su predecesor, a emprender la ruta del exilio y fue conducido por un itinerario, muy semejante al seguido también por Pío VI, hasta Savona, donde permanecería largo tiempo. Napoleón no escatimó medida para doblegar la inmutable y suave energía del Papa, llegando incluso a ordenar el traslado a París de varios cardenales de la Curia, acto que preludiaba su designio de convertir la capital francesa en cabeza del mundo católico. Ello no impidió, sin embargo, que el prisionero de Savona accediese a conceder la institución canónica a los obispos nombrados por el Emperador para ocupar las numerosas sedes vacantes a fines de 1809. Por estas fechas, un nuevo acontecimiento volvió a poner de relieve la tenacidad papal. Como es sabido, Napoleón, deseoso de consolidar su dinastía, obtuvo de un tribunal amedrentado la anulación de su matrimonio con Josefina, decisión cuya validez fue rechazada por P. VII. Tras una fracasada tentativa para lograr la cesión del Papa en la cuestión de las investiduras bajo la coacción de un posible cisma, Napoleón se resolvió a dar el paso decisivo de convocar un concilio nacional. Defraudando sus esperanzas, los prelados asistentes ratificaron su adhesión al Papa y aconsejaron a Napoleón como el mejor medio para poner fin a la crisis que los enfrentaba, a entablar nuevas negociaciones. Presa del pánico después del encarcelamiento de sus líderes iniciales, el concilio adoptó la resolución deseada por el Emperador que fijaba el plazo de 6 meses para la institución canónica de los obispos por el Papa, pasado el cual se la otorgaría el Metropolitano o el obispo más antiguo de la provincia eclesiástica. En último extremo, los prelados lograron, sin embargo, disminuir la fuerza de dicho decreto mediante la redacción de otro en el que se estipulaba que todas las decisiones adoptadas en el concilio deberían someterse a la aprobación papal. Aunque P. VII se mostró en esta ocasión conciliador y deseoso de encontrar una fórmula de entendimiento, las exigencias del Emperador, que requerían la aceptación íntegra de los acuerdos conciliares, hicieron imposible el acuerdo. El fracaso de la campaña de Rusia hizo a Napoleón afanarse por encontrar una solución al conflicto con el Papa. A comienzos de 1813 se entrevistó con él en Fontainebleau y, por medios aún desconocidos, consiguió del solitario y enfermo Papa la aquiescencia a un proyecto de nuevo concordato, en todo favorable a sus pretensiones. La posterior retractación del Pontífice no impidió que aquél lo sancionara como ley imperial. Pero el giro de los acontecimientos bélicos haría que la baza ganada por Napoleón fuese inoperante. En loss de 1814, P. VII, ya libertado, emprendió el largo y fatigoso viaje de regreso a Roma, en donde fue apoteósicamente recibido (29 mayo).Los objetivos de la última etapa. Según es sabido, una de las consecuencias más importantes de las guerras napoleónicas fue el acrecentamiento de la adhesión de los fieles al Papado y a Roma, que se tradujo en un robustecimiento del prestigio y la autoridad pontificios. En las relaciones con los Estados de la Europa de la Restauración, la Sede dirigida por P. VII y su Secretario de Estado Consalvi eludió todo compromiso que pudiera desvirtuar su misión y hacerla aparecer ante el mundo identificada con la causa de las monarquías autoritarias. Ello no fue obstáculo, sin embargo, para que P. VII comprendiese la necesidad de regular, tras las convulsiones revolucionarias, las relaciones con varios países mediante Concordatos como los pactados con Nápoles (1818), Francia (1817; éste de muy escasa duración), Baviera (1818), etc. Durante sus últimos años, el agravamiento de sus dolencias junto a la plena confianza que tenía en la fidelidad y altas dotes de su secretario de Estado, hicieron a P. VII depositar prácticamente los resortes del gobierno pontificio en manos de Consalvi (v.). Las continuas medidas para el embellecimiento de Roma y la atención, nunca descuidada, al estudio de las cualidades de los candidatos al episcopado fueron sus principales ocupaciones y le sirvieron para seguir cumpliendo con el que consideraba su más indeclinable deber. M. el 29 ag. 1823.Hasta tiempos recientes su pontificado no ha sido valorado en toda su profunda significación. Para la historiografía actual, es evidente que la azarosa existencia de P. VII labró los cimientos de la adhesión cada vez más vigorosa al Papado, que ha sido característica entre los fieles católicos de la época contemporánea.J. M. CUENCA TORIBIO.
BIBL.: LLORCA, GARCÍA VILLOSLADA, MONTALBÁN, Historia de la Iglesia católica, IV, 3 ed. Madrid 1963; EHRHARD-NEuss, Historia de la Iglesia, IV, Madrid 1962; J. LEELON, Pie VII. Des Abbayes bénédictines a la Papauté, París 1958; íD, Étienne Alexandre Bernier, évéque d’Orléans, 1762-1806, 2 vol. París 1938 (fundamental para el concordato); A. LATREILLE, L’Église catholique et la Révolution franeaise, II, París 1950; B. MELCEIIORBONNET, Napoléon et le Pape, París 1958; E. VERCESI, 1 Papi del secolo XIX, 2 vol. Turín 1933-36; J. ROGIER, y VARIOS, Siécle des lumiéres. Révolutions. Restaurations, París 1966.
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