Perú V. Historia de la Iglesia 1. Periodo Virreinal HIST.
Categoria:
Historia de la Iglesia
La evangelización comienza con la conquista. Pizarro llevó consigo a dos sacerdotes, el religioso dominico fray Vicente Valverde, y el clérigo secular Juan de Sosa. Las órdenes religiosas llevaron el peso de la cristianización, pero la escasez de misioneros fue grande en los primeros años, y por ello la instrucción de los catecúmenos resultó deficiente en muchos casos, administrándose el bautismo sin adecuada preparación. Para remediarlo se recurrió a la enseñanza por medio de intérpretes, que hacían repetir a los indios de memoria la doctrina cristiana. Este método fue prohibido por el primer Conc. Limense (1551-52). Más éxito tuvo el sistema de adoctrinar a los hijos de caciques y principales para utilizarlos como catequistas. En 1553 los franciscanos tenían ya 18 casas en Sudamérica, desde Tierra Firme hasta Tucumán. Aunque sus conventos se establecían en ciudades españolas, se dedicaron sobre todo a evangelizar a los indios. Los mercedarios, llegados en los comienzos de la conquista, erigieron la provincia del Cuzco en 1556, abarcando tierras de P., Bolivia, Norte de Argentina y Paraguay; tenía entonces 16 conventos y 17 doctrinas, con 114 sacerdotes. Más tarde fundaron la provincia de San Miguel de Lima, que a fines del s. XVI tenía 161 sacerdotes en 13 conventos y 47 doctrinas. Los primeros agustinos llegaron a Lima en 1551 y pronto se extendieron por el Bajo y Alto P. En 1598 tenían 19 conventos. Los dominicos al principio se dedicaron sólo a evangelizar a los indios pero, al aumentar la población española y el número de ciudades, trabajaron en éstas. Los jesuitas llegaron a P. en 1568 y se instalaron en Lima, y después en Cuzco (1571), a donde los llevó el virrey Toledo. Sucesivamente fundaron en Potosí (1574), juli (1577) y Arequipa (1578). En 1601 tenían en P. 150 sacerdotes, 80 de los cuales conocían las lenguas indígenas.La jerarquía eclesiástica. En la capitulación firmada por Pizarro (Toledo, 26 jul. 1529) se preveía ya la erección de una sede episcopal en Tumbes, cuyo prelado sería Hernando de Luque, pero, por muerte de éste, dicho obispado no llegó a existir, y las nuevas conquistas dependieron algunos años de la sede de Tierra Firme. Como se hacía necesario organizar la iglesia peruana, en 1535 fue erigida la diócesis de Cuzco (v.), cuyo primer obispo, fray Vicente Valverde, llegó a su sede en noviembre de 1538. Pronto, la gran extensión de las tierras conquistadas motivó la creación de otros dos obispados: Lima (v.) y Quito (v.). El primero quedó establecido en 1541 y fue elevado a metropolitano en 1546. Su primer obispo y arzobispo fue fray jerónimo de Loaysa (1543-75), en cuyo tiempo se celebraron los dos primeros Conc. Limenses, que se ocuparon de reglamentar el funcionamiento de las doctrinas (v. REPARTIMIENTOS n), repartiendo las provincias entre el clero secular y las órdenes religiosas, para evitar roces y conflictos. El segundo Concilio (1567) fijó en 400 indios casados el número máximo que podía tener a su cargo cada doctrinero, aunque en algunos lugares y circunstancias se amplió hasta 800 e incluso 1.000.La aplicación de las disposiciones tridentinas sobre la organización parroquial supuso un gran avance para la iglesia peruana, al desaparecer la primitiva división en repartimientos y encomiendas. El establecimiento de parroquias comenzó por las ciudades y lugares poblados, extendiéndose luego a toda la tierra. Aunque al principio no hubo separación alguna, más tarde se crearon parroquias para indios, servidas por curas que conocían la lengua nativa de sus feligreses. Cuzco llegó a tener seis de éstas; Lima, tres. Puede decirse que a fines del s. xvi la organización parroquial se extendía ya por todo el territorio.En tiempo del segundo arzobispo de Lima, S. Toribio Alonso de Mogrovejo (v.), se celebró el III Conc. Limense, donde se acordó la redacción de un catecismo extenso y otro breve, para unificar la enseñanza. Los escribió en castellano el P. José de Acosta, y una vez aprobados pór el Concilio, fueron traducidos al quechua y aymará. También se impuso como obligación a los curas de indios el conocimiento de la lengua nativa y su uso, tanto para la instrucción catequística, como para oírlos en confesión. La enorme amplitud de la archidiócesis de Lima hizo pensar pronto en la conveniencia de erigir otras nuevas, en la ciudad de Trujillo (v.) por estar situada entre Quito y Lima, y en la de Arequipa (v.), pero por varias dificultades, hasta 1609 no se crearon estas dos y la de Huamanga (v.). A la primera se le asignaron territorios del obispado de Quito y del arzobispado de Lima. Las otras dos se formaron con tierras segregadas del inmenso obispado de Cuzco.El clero parroquial. El número de clérigos seculares aumenta a medida que se creaban nuevas diócesis. En tiempo de S. Toribio había en Lima 67 presbíteros y 98 en las doctrinas. Antes de la erección del Seminario, los aspirantes al sacerdocio estudiaban artes, filosofía y teología en la Univ. de Lima, y en la catedral recibían clases de casuística moral, establecidas por el arzobispo Loaysa. Mogrovejo se encargó de fundar en Lima el Seminario, según lo dispuesto por el Conc. de Trento. El de Cuzco se erigió en 1603, y fue entregado a los jesuitas por el obispo Antonio de Raya.El problema de la idolatría. La deficiencia en la instrucción catequística de los indios se puso de manifiesto en la supervivencia de la idolatría, aunque hubo excepciones, como la comarca de Chiclayo, el valle de Jauja y algunas otras zonas, donde la enseñanza había sido más sólida y la atención espiritual más continua y cuidadosa.Pero en la Sierra nunca desapareció la idolatría, aunque en el primer tercio del s. xvtt el Evangelio había llegado ya a todos los rincones del virreinato donde hubiera indios de cierta cultura. En 1597 el presbítero criollo Francisco de Ávila supo que los indios de Huarochiri seguían celebrando cada quinquenio una gran fiesta de cinco días de duración, y ofrecían sacrificios a sus dioses. Emprendió entonces una campaña contra la idolatría, ayudado por dos jesuitas, y recogieron gran cantidad de objetos, sin valor material ni artístico, que los indios adoraban. En 1610 Ávila fue nombrado visitador por el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero (1608-22) y recorrió las provincias de Huarochiri y Chinchaycocha, mientras otros dos visitadores iban por distintos rumbos. Conocemos pormenores de esta campaña por las Cartas Annuas de la provincia jesuítica del P., la Relación de Francisco de Ávila, y la obra de Pablo José de Arriaga, "Extirpación de la idolatría en el Pirú". También convocó el arzobispo un sínodo diocesano (10 jul. 1613), con el fin principal de estudiar el mejor modo de combatir la idolatría, y en sus constituciones se insiste sobre la enseñanza del catecismo, que se haría en las lenguas nativas. Entre febrero de 1617 y julio de 1618 se visitaron 31 pueblos en las provincias de Chancay y Huánuco. En 1621 se emprendieron otras misiones por las provincias del interior. Años más tarde, aún seguía en pie el problema de la idolatría: el arzobispo Hernando Arias de Ugarte (1641-71) escribió una carta pastoral (25 nov. 1647), que resume cuanto se sabía acerca de las falsas creencias de los indios, y señala el método a seguir para desarraigarlas. Mandó realizar una visita (1650) en la que se descubrieron algunas prácticas de idolatría, aunque menos numerosas ya.Educación. La Iglesia tomó a su cargo la educación en todos sus niveles. Los doctrineros tuvieron escuelas de primeras letras en los pueblos de indios, y los cabildos catedrales en las ciudades. Los jesuitas los fundaron en las principales ciudades del virreinato, y también se hicieron cargo de los dos colegios para caciques que hubo en P.: el del Príncipe en Lima (1618) y el de S. Borja en Cuzco (1621).Nuevos institutos religiosos. En el s. XVII se establecieron en P. los benedictinos, los mínimos de S. Francisco de Paula (1644) y los bethlemitas que llegaron a Trujillo en 1671, y luego a Lima (1672), donde les fue entregado el hospital del Carmen. Además tuvieron otros en Cajamarca (1678), ’Chachapoyas, Piura y Moquegua. También llegaron en ese ’siglo los oratorianos de S. Felipe Neri, que se encargaron del hospital de sacerdotes de S. Pedro de Lima (1674).Devociones populares. Los doctrineros difundieron la devoción a la Cruz, como medio de desterrar las creencias animistas de los indios, logrando extenderla por todo el país. De carácter nacional es la devoción al Señor de los Milagros, de Lima, pintura al fresco del s. XVII, que representa al Crucificado y que pertenecía a una cofradía de negros. La ciudad de Lima le declaró su patrono en 1715 y le dedicó fiesta anual el 14 de septiembre. Una copia de la imagen sale todos los años en el aniversario del terremoto de 28 oct. 1746, y esta procesión moviliza al pueblo de la capital y sus contornos e incluso acude gente de todo el país. La devoción mariana fue también importante: las fiestas de la Inmaculada y la Asunción eran muy celebradas en el virreinato, cuyas catedrales tienen por titulares a una u otra advocación. El III Conc. Limense declaró de precepto en el P. el día 8 de diciembre.Santos peruanos. La cristiandad peruana produjo santos en la época virreinal, como S. Rosa de Lima (15861617), terciaria dominica, canonizada el 12 abr. 1671, que fue proclamada por Clemente X patrona de América y Filipinas; y S. Martín de Porres (1579-1639), lego en el convento limeño de Santo Domingo, donde, en los humildes cargos de portero y enfermero, brillaron sus heroicas virtudes. Fue canonizado en 1962.Las misiones en el siglo XVII. Tras el primer esfuerzo evangelizador que siguió a la conquista, hubo una disminución de las labores estrictamente misionales, y los religiosos se dedicaron más a ejercer su ministerio entre la población española y en los pueblos o doctrinas de indios ya cristianizados. Pero quedaban muchos infieles en la vertiente oriental de los Andes, y en el s. XVII se planteó la necesidad de procurar su conversión. Los dominicos hicieron algunos intentos esporádicos al E del Alto P. (Bolivia). El franciscano fray Gregorio de Bolívar inició sus trabajos en la región de los panataguas, cerca de Lima, con poco éxito. Un nuevo intento hecho desde Huánuco en 1631 fracasó asimismo y estas misiones desaparecieron a principios del s. XVIII. También misionaron los franciscanos en Cajamarquilla (obispado de Cuzco), y en 1673 el P. Manuel de Biedma fundó la misión de Santa Cruz, luego trasladada más al E. En toda esta labor, la provincia franciscana de los Doce Apóstoles tuvo varios mártires, y logró escasos frutos de conversión. Los agustinos no tuvieron plan misional de conjunto; sólo hubo algunas iniciativas personales, para trabajar entre los indios moxos y ninarbas. Los jesuitas. se dedicaron más a las misiones temporales, colaborando eficazmente, como ya vimos, a la extirpación de idolatrías. En 1631 se encargaron de la doctrina de Chavín de Parianga, puerta de entrada a las tierras de los carapachos, entre los que fundaron dos reducciones. En el obispado de Trujillo misionaron entre los cholonos y jibitos, pero no lograron frutos duraderos.El siglo XVIII. El hecho más-destacado es la expulsión de los jesuitas realizada en los meses de agosto y octubre en 1767, con el mayor sigilo como estaba mandado. Sus consecuencias se hicieron sentir en la vida religiosa del país, en el campo misional y en el de la educación. En ese siglo se celebró también el VI Conc. Limense, más de 160 años después del quinto, convocado por Mogrovejo. En 1769 Carlos III encargó a los arzobispos de Indias la reunión de concilios provinciales, en los que de acuerdo con el regalismo imperante en la época hubo gran intromisión del poder civil; incluso los puntos a tratar estaban fijados previamente en el Tomo Regio. Convocados los sufragáneos de Lima (12 jun. 1770), que eran entonces los obispos de Panamá, Quito, Trujillo, Cuzco, Huamanga, Arequipa, Santiago de Chile y Concepción, se abrió el Concilio el 12 en. 1772 y terminó el 5 sept. 1773. Temas tratados fueron, entre otros, la selección de los aspirantes al sacerdocio, la concesión de becas a indios y mestizos para facilitar su acceso al Seminario, y la enseñanza del catecismo. El punto 8° del Tomo Regio señalaba como uno de sus fines principales la condenación de ciertas doctrinas, concretamente del probabilismo moral (V. MORAL III, 4), defendido por los jesuitas, pero el Concilio no se pronunció sobre esto. La aprobación real y pontificia se demoró tanto que antes se produjo la emancipación peruana. El s. xvin fue una época de decadencia religiosa: debilitación de la fe, abandono de las prácticas de piedad y relajación de costumbres, que afectó incluso a las órdenes religiosasy al clero secular; aunque se intentó una reforma, la situación religiosa seguía siendo poco floreciente en vísperas de la independencia.M. L. DÍAZ-TRECHUELO.
BIBL.: A. YBOT LEÓN, La Iglesia y los eclesiásticos españoles en la empresa de Indias, Barcelona 1954-63; A. DE EGAÑA, Historia de la Iglesia en la América española. Hemisferio Sur, Madrid 1966; R. VARGAS UGARTE, Historia de la Iglesia en el Perú, Lima 1953-Burgos 1962; F. DE ARMAS MEDINA, Cristianización del Perú (1532-1600), Sevilla 1953; íD, Concilios limenses (1551-1772), Lima 1951-54.
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