Omeya (umayya), Dinastía HIST.
Categoria:
Historia
Nombre de una dinastía musulmana, de origen árabe y mequí, la de los Banñ Umayya u O., fundada por Mu’áwiya b. AbE Sufyán en el Oriente islámico (Siria) y continuada por Abderramán I (v.) en al-Andalus (v.) desde el 756 a 1031, que, durante unos 90 años (661-750) rigió los destinos del mundo musulmán tras el periodo de los llamados califas rrdsiditn, bien guiados u ortodoxos -califato de Medina (632-656)- y la crisis o primera guerra civil en el Islam (v. ISLAMISMO) de 656-660. Los Banñ Umayya, linaje de la tribu de Qurays, a la que pertenecía también Mahomá (v.), inician el periodo histórico conocido con el nombre de "califato de Damasco".La dinastía O. está integrada por dos ramas: a) la de los sufyáníes, a la que pertenecen los califas Mu°áwiya (661-680), Yazid (680-683) y Mu’áwiya II (683); b) la de los marwáníes, con Marwán I (684-685), `Abd al-Malik (685-705), al-Wa1id b. `Abd al-Malik (705-715), Sulaymán b. `Abd al-Malik (715-717), °Umar b. `Abd al-`Aziz(717-720), Yazid b. `Abd al-Malik (720-724), Hisám b. `Abd al-Malik (724-743), al-Walid b. Yazid (743-744), Yazid b. al-Walid (744), Ibráh7m b. al-Walid (744)- y Marwán b. Muhammad (744-750). Y por dos casas: a) la de Damasco, a la que pertenecen los 14 califas nombrados, y b) la de Córdoba (v. CÓRDOBA, EMIRATO Y CALIFATO DE), de la rama marwaní.
1. Los Omeyas de Damasco. El fundador de esta dinastía, que con su hermano Yaz-id había intervenido en la conquista de Siria (635-638) bajo el califa `Umar (634-644), había desempeñado el gobierno del territorio sirio-bizantino conquistado durante los 20 años que precedieron a su proclamación como califa. En esos 20 años desarrolló una hábil política y una inteligente administración, gracias a la cual conquistó el ánimo del elemento árabe allí establecido, que había de constituir su mayor sostén y apoyo en la lucha contra `Alí (657), originada para "vengar" el asesinato de su primo el califa `Utmán (644-656), en los acontecimientos que desembocaron en la batalla de Siff-n y el arbitraje de Adrñh, del gran cisma en el Islam. Los yunds o circunscripciones militares de Palestina, Jordán, Damasco, Hims (Emesa) y, más tarde, la de Qinnasrin, en Siria septentrional, constituyeron, a su vez, con los Banñ Kalb o Kalbíes, unido a ellos por vínculos matrimoniales, el apoyo más firme con el que pudo sostener su política, pese a las dificultades creadas por las tradicionales rivalidades entre los clanes árabes tribales de Qalb y Kalb, que se manifestaron de manera sangrienta en la batalla de Mary Ráhit (684), con el califa Marwán, y en la que los Banñ Qays fueron derrotados. Asesinado `Alí por un jariyí (v. JARICHíES) en el 661, Mu’áwiya, proclamado ya califa por sus adeptos, tras haber conseguido (comprado) la renuncia a toda reivindicación al califato por parte de al-Ijasan, hijo mayor de `Alí, inicia desde Damasco una campaña de pacificación y organización del Estado islámico cuyo centro de gravedad, desde aquel momento, se desplazaba de Medina y La Meca a Damasco.2. Las conquistas omeyas. El periodo de los O. fue el de las grandes conquistas árabo-islámicas .y el de la estabilización de los límites de la ddr al-Islam, del Islam clásico, al que se extenderá la nueva civilización áraboislámica, fruto de la asimilación e integración de laz, culturas de los pueblos incorporados al nuevo sistema político-religioso e institucional. Si bajo los primeros califas ortodoxos (rásidztn) se alcanzó desde el golfo de Sirte, en Cirenaica, hasta Armenia y el E de Persia, desde el Jurasán hasta Marwán, en el golfo de Omán, con los O., las conquistas, más lentas, alcanzan el Jwarizm, más allá del Syr-Daria y del Amu-Daria, en la Transoxiana y la misma Fargána, en las puertas de China, gracias a la acción militar de Qutayba b. Muslim (704-715). La batalla de Talas (751) aseguraba a los musulmanes su hegemonía en Asia Central frente a los chinos. El Tujaristán, con KabUI, y el Sind, en las puertas del Indostán, y las orillas del Indo, completaban los dominios del Islam omeya en el E. Las poblaciones de estos territorios mantuvieron su autonomía y, en ocasiones, se levantaron contra las exigencias desmesuradas de algún gobernador omeya.En Occidente, enfrentándose a bizantinos y beréberes en el Norte de África -luego sus auxiliares en la continuación de las conquistas- a través de Tripolitania, ocuparon Ifrigiya (Tunicia y parte de Argelia) y el resto del Norte de África hasta el Atlántico, la casi totalidad de la Hispania visigoda (711-715), hasta el centro mismo del reinado de los francos por el valle del Ródano y delGarona, llegando hasta Poitiers (v.; 732), Nimes y Autun, e incorporando a los dominios del Islam las Baleares. Por el lado bizantino, el avance fue más lento y difícil a causa de las condiciones geográficas de Asia Menor (v.), donde los montes del Tauro ofrecían un serio valladar a la penetración musulmana, unido a la naturaleza y condición de las poblaciones helenizadas y a la mayor resistencia que ofrecía el régimen y el ejército bizantinos. Las ofensivas contra Chipre, las costas del Asia Menor, gracias a la escuadra construida en tiempos de Mu’áwiya, incluso las tentativas contra Constantinopla, tuvieron muy varia fortuna. Aparte estas luchas contra Bizancio (v.), las sostenidas por los O. contra los beréberes (v.) en el Norte de África, resistencia de la Káhina y de Kusayla y sublevación de Maysara (740), por profundas razones de descontento esta última ante la desigualdad de trato y por motivos étnicos y económicos, ocasionaron graves contratiempos y dificultades que llevaron a los O. a la pérdida del control administrativo del Norte de África en los últimos años de la dinastía.
3. La situación política interior. Fuerzas de oposición diversas agitaron la vida del califato omeya y de la dinastía: unas -las más- fueron un legado o herencia de Siffin (657), tales como la agitación jariyí y los distintos grupos sl’íes (v. SI’A) que surgieron -incluso la rebelión zubayrí de La Meca e Iraq- entre ellos el encabezado por Mujtár (685-686), en Kñfa, iniciador con Muhammad b. al-Hanáfiyya, hijo de `Alí, pero no de Fátima, de una nueva orientación en el sI°ismo. Tales fuerzas originaron un clima casi permanente de guerra civil en el último tercio del s. VII, sobre todo, que tuvo su máxima expresión: a) en Karbalá’ (680) y en tiempos de Yaz-id, segunda guerra civil, entre tropas omeyas y los `alíes defensores de los "derechos" al califato de al-ljusayn, segundo hijo de `Alí y de Fátima, muerto en el encuentro; b) en Mary Ráhit (684), bajo Marwán, encuentro en el que los qaysíes, favorables a°Abd Alláh ibn al-Zubayr "el anticalifa de La Meca", fueron derrotados por los kalbíes, que habían proclamado califa a Marwán; c) la tercera guerra civil del 686 al 692, cuyo principal protagonista es `Abd Alláh b. al-Zubayr quien, en unión de su hermano Mus’ab, crea dos frentes de batalla y de oposición a los O., uno en Arabia y Siria, con la colaboración de los qaysíes, y otro en Iraq, con el apoyo de los mawáli` (v. MAULAS) y grupos árabes, vencido al fin por al-Hayyáy; d) en Kñfa y prácticamente en casi todo el bajo y medio Iraq, revuelto, siempre inquieto y pro-Alí, agitado también por los jarichíes azraqíes y, a un mismo tiempo, por los zubayríes, sometido y pacificado gracias a la política enérgica del valí al-Hayyáy, que tuvo que hacer frente a otras fuerzas de oposición a los O., entre ellas al traidor lbn al AI’at (701), que provocó numerosas deserciones; e) en las revueltas de los Muhallabíes y de Qutayba b. Muslim en el Jurasán, en los primeros 20 años del s. VIII; f) en las revueltas de `Abd Alláh b. al-~arñd, reminiscencia de las viejas tensiones tribales y sociales en medio iraqí; g) en una primera insurrección de los Zan~, esclavos negros, en Basora; y otras sofocadas gracias a la enérgica acción y valía de gobernadores y jefes militares fieles a los O.Con `Abd al-Malik (685-705) se rehace la unidad del "reino árabe" que con al-Walid alcanza su mayor auge. A la hostilidad oculta unas veces, manifiesta otras, de sI’íes, como la revuelta kñfí de Zayd b. ’Al¡ (740), y de jarichíes, quizá la más pertinaz contra los O., se unió, en la última década sobre todo, la debilidad, el libertinaje, la codicia y la crueldad e ineptitud de algunos califas omeyas, causa de nuevas sublevaciones y de tensiones entre los dos grandes grupos tribales, y de usurpación del poder. La relajación de la autoridad califal, el despertar de acallados odios, la ambición desmedida y casi autonomía de algunos valíes o gobernadores locales de provincias alejadas de Damasco, unido todo ello a la propaganda político-religiosa y antiomeya llevada a cabo cautelosamente en los últimos 30 años de la dinastía por el complejo hásimí, formado por álíes y Abbasíes (v.), que enviaban a sus dd’i o propagandistas a las diversas regiones del mundo musulmán, especialmente al Irán y al Jurasán, a conseguir adeptos a la causa, a favor de un imúm o califa cuyo nombre se mantenía oculto, colmó la ya delicada y tambaleante posición de la dinastía O.Abñ Muslim, el "portaestandarte de los Abbasíes", "gran conspirador, prudente político y excelente estratega", fue el protagonista, en el Jorasán, del triunfo de los Abbasíes al entrar victorioso en Marw en el 747. Tras una continuadá campaña triunfal ocupó al poco tiempo Niháwand, que le abría las puertas del Iraq. En el 749 los Abbasíes entraron en Kufa, donde fue proclamado califa Abñ-1-°Abbás. El último califa O., Marwán II, había de ser vencido en la batalla del Gran Zab, en la confluencia del Zab alAkbar con el Tigris, en el 750. Fugitivo, llegó el último califa marwaní de Damasco en Egipto, donde pereció asesinado. Los O. fueron perseguidos por todas partes y se decidió la exterminación de la familia. Sus sepulcros fueron violados en algunos lugares y sus nombres maldecidos y proscritos. Una reacción sirio-omeya en el Norte de Siria en el 752, en nombre de un Abñ Muhammad alSufyani, fomentada por qaysíes, fracasó rotundamente. AlSufyani fue, durante varias décadas, una especie de Mahdi omeya, un héroe, mártir y campeón de la libertad siria frente al yugo y a la opresión abbasí.4. Aspectos de la sociedad y de la economía. El llamado "reino árabe" omeya por Wellhausen, a comienzos de siglo, con su enorme extensión, había incorporado tierras y pueblos muy diversos al Islam, no sólo por lo que a etnias y religiones se refiere sino también -en cuanto a culturas y estructuras sociales y económicas El problema que creaba sólo podía resolverse concediendo una cierta autonomía administrativa, muy relativa a veces, aceptando determinadas prácticas y usos locales que no se opusieran radicalmente a los dogmas del Islam, incluso divisiones administrativas y sistemas de exacción, y, sobre todo, concediendo a las poblaciones un estatuto personal que regulara su relación con la administración árabe califal. En el mosaico de pueblos y tribus árabes y no árabes, los convertidos al Islam constituyeron la clase de los mawcer (sing. mawlá) -muladíes (v.) en al-AndalusEran éstos los que, habiendo aceptado el Islam, se vinculaban a un patrón, señor, familia o tribu árabe por un lazo de clientela institución que ya existía en la Arabia preislámica (v. ARABIA II).Los mawñr, cada vez más numerosos a medida que se extendían las conquistas árabes, podían proceder: a) de la manumisión o puesta en libertad de prisioneros de guerra, reducidos a la esclavitud y, posteriormente convertidos, real o aparentemente, al Islam; b) de entre el elemento indígena convertido, residente en tierra de Islam, que había contraído libremente un vínculo de walú’ con una tribu o con una familia árabe. Esta segunda clase, la de los mawñr, pese a que en teoría tenían, como tales musulmanes, los mismos derechos comunitarios que los árabes conquistadores, en la práctica fueron tratados como pertenecientes a una raza y clase inferior, cargados de impuestos y, en general, despreciados por la alta clase árabe aristocrática que detentaba el poder. Sin embargo,los mawár fueron el elemento de población más numeroso de las ciudades, sobre todo del Iraq y de Persia y, en muchas ocasiones, el más activo, tanto en la vida comercial como en la política y administrativa, de tal modo que, de simples auxiliares y clientes, tendieron a convertirse en grupos de oposición, aliados a unos o a otros, para llegar a ser un elemento social predominante frente al orgullo de casta, ambición e ineptitud primera de algunos árabes.
El sentimiento, o mejor, la conciencia de su’úbiyya, de poseer virtudes étnicas y culturales y un grado de civilización superior al de los árabes conquistadores hizo su aparición entre los mawár iranios, factor decisivo en el triunfo abbasí y consiguiente caída de la dinastía O., y, también, un elemento de primer orden por su aportación a la nueva civilización islámica que se estaba fraguando bajo los O. y por su participación en la creación o introducción de doctrinas extrañas al pensamiento árabe y al Islam primitivo y ortodoxo. Estos nuevos convertidos fueron, caso singular, los que nutrieron de pensamiento y de filosofía y generaron en el Islam la teología musulmana. Una tercera clase, la de los indígenas no musulmanes, una gran mayoría de la población bajo los primeros O., gozaron de la condición de "protegidos" o dimmíes (v. MOZÁRABES). Son súbditos de clase social inferior, que pueden residir en un país del Islam con ciertas condiciones y que, por conservar su organización religiosa y social, sus iglesias y sinagogas, sus instituciones jurídicas, pagan unas determinadas tasas e impuestos legales. Los patriarcas de las iglesias orientales y los iudices o el dux entre los mozárabes hispanos y los rabinos administran la justicia entre sus correligionarios. Los cristianos, no obstante, ocupan puestos de responsabilidad en las oficinas o servicios técnicos y financieros de Siria hasta fines del s. vii y comienzos del VIII.Una casta militar (soldados) y escribas o funcionarios (kuttñb) constituían, con los hombres de religión (qurrú’), alfaquíes y ulanz5’ una especie de aristocracia o nobleza que, unida a la de las grandes familias "nobles" por su vinculación a la del profeta Mahoma y a la beneficiaria de la tierra, se distinguía de los artesanos y comerciantes, algunos, sin embargo, con cuantiosas fortunas. A estas dos categorías sociales seguía una gran masa de gentes humildes y pobres, de condición libre o servil, en las ciudades y en los campos, sin recursos estables.La cuestión del régimen de las tierras tiene, por sí misma, un especial interés en esta época de expansión del Islam bajo la dinastía O. Fueron numerosas las áreas de tierra que habían pasado a poder de la administración omeya, por haberlas abandonado sus antiguos propietarios o por haberlas obtenido de la herencia de las dinastías de los imperios desaparecidos. De estas tierras, una parte, el quinto, quedaba en poder de la administración y el resto se repartía en parcelas (gati-t’i, sing. gatz’a), en régimen de arrendamiento enfitéutico, prácticamente en régimen de propiedad y con el carácter de concesión beneficiaria a favor de personas o de familias árabes notables, algunas de las cuales habían participado en la conquista, y que eran responsables de su explotación. La administración central ejercía un cierto control sobre estos dominios, gravados por un impuesto, el `usr o diezmo, común a todos los musulmanes sobre sus propiedades. Las tierras que habían quedado en poder de sus antiguos propietarios no musulmanes, con la obligación de explotarlas, debían de pagar el impuesto sobre la renta de la tierra llamado jaray, calculado sobre una tasa muy superior al diezmo. Existían, así, desde el primer momento, tierras de `usr y tierras de jarúy. Estas últimas no cambiaban de condición fiscal, aunque sus primitivos ocupantes o usuarios se convirtieran al Islam. Cuando esto quedó así establecido, se produjo una emigración de campesinos a las ciudades en busca de otros medios de subsistencia y a fin de aligerar o evadir las cargas fiscales. Ello dio lugar a que algunas tierras de jaráy quedaran sin cultivo o en régimen de explotación más limitado.El número creciente de conversiones al Islam que se produjo, sobre todo, en el primer tercio del s. VIII, coincidiendo con el mayor proceso de arabización iniciado con `Abd al-Malik (685-705), creó así, al menguar los ingresos del fisco y detenerse en gran medida las conquistas hacia 720-725, una grave crisis financiera. `Umar b. `Abd al-`Aziz quiso reparar este daño a la economía estatal y estableció un régimen de paridad fiscal de modo que todos pagaran por igual el jarfay, además de la yizya -ésta sólo para los no musulmanes- y la sadúga o zagát. Las medidas fiscales emprendidas por `Umar y el intento de conciliación con los mawdr contuvieron momentáneamente la crisis, pero fracasaron al final. Las reformas de `Umar incrementaron los gastos y disminuyeron los ingresos, y la exclusión de los dimmíes en los cargos administrativos creó mayor confusión.La tierra, principal fuente de riqueza, constituía la base de la economía omeya. Los califas restablecen o mandan construir canales para el riego de tierras, muchas de ellas de pobre rendimiento y apenas cultivables. Este sistema de canales, herencia de la Antigüedad, salvó en gran manera aquella economía de base agrícola y precaria. La agricultura y la ganadería, aparte el comercio de productos de artesanía elaborados en las ciudades, eran las únicas vías posibles y bastante limitadas de desarrollo económico. El trigo y la cebada eran los cultivos fundamentales, en tanto que el arroz había de ser el producto más cosechado en Egipto, así como el lino y el algodón. Cáñamo, lana y seda eran empleados con profusión en industrias urbanas. La caña de azúcar y plantas oleícolas corno el sésamo, el olivo en zonas de clima mediterráneo, y plantas odoríferas y tintóreas eran objeto de cultivo y explotación. Legumbres y productos hortícolas, así como diversos árboles frutales, incluso la vid, se producían en torno a las grandes ciudades, así como la cría de aves de corral. Corderos, ganado bovino, asnos y mulas se empleaban en el transporte y, con los camellos, eran el elemento de carga de las grandes caravanas que realizaban el comercio con los países vecinos. La moneda de cuño totalmente árabe fue creación de `Abd al-Malik. Con anterioridad sólo se habían emitido monedas de plata imitando o utilizando cuños de tipo griego o persa. Las monedas de oro se importaban de Bizancio. Los califas de Damasco, desde `Abd al-Malik, emiten dinares de oro, con leyenda exclusivamente árabe, acuñados en Damasco y Kufa.5. Aspectos de la vida espiritual, religiosa y cultural. Bajo la dinastía O. afloran ya las primeras especulaciones y tendencias teológicas, fruto también del encuentro de Siffin y de las derivaciones que tuvo el subsiguiente arbitraje de Adrúh, sobre todo en los últimos 20 años de vida de la dinastía de Damasco. Estas especulaciones teológicas fueron alimentadas por los nuevos convertidos al Islam y tal vez al rescoldo de las viejas escuelas teológicas y jurídicas cristianas de Antioquía, Beirut, Edesa, Alejandría y Gazza. La postura rigorista y puritana de los jarichíes sostenía que la fe se hallaba tan estrechamente vinculada a las obras, que una falta grave cometida por un musulmán le excluía de la comunidad e incluso, según algunos más extremistas, podía ser condenado a muerte o depuesto si se trataba de un califa. Las opuestas posturas políticas y religiosas entre `alíes, jarichíes y O. originaron en algunos musulmanes un estado de opinión expresado en una tendencia moderada que se conoció con el nombre de murgi’a y que consistía en aplazar el juicio o condenación de sus correligionarios al día final del supremo juicio divino.Según esta postura, la condición de musulmán adquirida por la profesión de fe islámica no se perdía por cometer una falta grave, salvo si se trataba de apostasía, naturalmente. Los muryi’es proclamaban con su actitud una obediencia y acatamiento al poder establecido y, por tanto, a los O. Entre los muryi’es hubo, no obstante, divergencias notables de criterio sobre cuestiones teológicas. La polémica sobre "la fe y las obras", "la predeterminación divina y el libre albedrío", expresada por los yabaríes y los gadaríes, adquirió en el ámbito musulmán omeya oriental del último periodo proporciones que presagiaban una pugna mayor entre posturas teológicas encontradas que habían de alcanzar su máxima expresión en los s. IX y X con la mu’tazila, el as’arismo, el máturidismo y el hanbalismo (v. ISLAMISMo), entre otras tendencias y escuelas.En el orden cultural, el periodo omeya arrastra la herencia de la cultura árabe primitiva, pero comienzan a ponerse de manifiesto, también, los primeros gérmenes que, en un sincretismo de culturas -árabe, arameo-bizantina, irania, hindú- había de alumbrar la gran civilización árabo-islámica de los s. IX y X. En poesía, temas preislámicos se sustituyen lentamente por nuevos temas laudatorios, amorosos lascivos, satíricos, báquicos, políticos y otros propios de una civilización ciudadana. Coexiste la gastda clásica monorrima, petrificada en su forma y en sus temas, con otra más libre y espontánea. En este arte destacan al-Ajtal (m. 710), Yarir (m. 728), Farazdaq (m. c. 728), al-Kumayt, `Ubayd Alláh b. Qays al-Rugayyat, poeta del anticalifa Ibn al-Zubayr, y el propio califa Walid, entre otros. Constructores de palacios-residencia en los limes del desierto, y de mezquitas, entre ellas las de Jerusalén, mandadas edificar por `Abd al-Malik, Medina, la gran mezquita de Damasco y la primitiva, ya desaparecida de Qayrawán, los O., pese a sus detractores, cronistas de la época abbasí, fueron los más activos paladines de la arabización, y bajo su califato el Islam alcanzó una rápida difusión.6. Consideraciones de carácter histórico-sociológico. El factor social y político árabe predominó bajo la dinastía O. sobre el puramente religioso islámico. Cada gobernador de ciudad o provincia procuraba atender mejor a los intereses de los hombres de su propia tribu que los de los miembros de otras. Tal sentimiento tribal, `asabiyya, de raíz preislámica, hacía que no existiera la suficiente colaboración entre unos hombres y otros sino más bien un perpetuo resentimiento, a veces contenido por intereses poco líticos comunes frente a los O. Tal resentimiento se manifestaba, en ocasiones, en desórdenes, asesinatos, cuando no en abiertas luchas. El matrimonio de alianza de Mu’áwiya con la gran confederación de los Banú Kalb dio como resultado el afianzamiento del poder omeya en el orden interno, pero también el acrecentamiento de los odios tribales que habían de mirar la vida social y política del Estado O. Las luchas entre grupos árabes rivales se extendieron por todo el territorio musulmán, desde al-Andalus a la Transoxiana. Tal situación comprometía el prestigio de los árabes y de la dinastía O. entre los pueblos y clases no árabes sometidas o integradas de algún modo a la umma ’comunidad musulmana’, los manáli entre otros.
Esta comunidad bajo los O. no formaba, pues, una unidad sólida, ni desde el punto de vista social ni religioso y estaba minada por hondas divergencias políticas familiares procedentes de clanes y familias emparentadas más o menos directamente con Mahoma. Ello dio origen al resquebrajamiento de la primitiva unidad, de suyo ya quebrantada a raíz de Siffin y de Karbalá’. Así surgieron pequeñas sociedades dentro de la gran comunidad, umma, con características particulares que las diferenciaban entre sí por razones de tipo étnico, político, religioso, social y económico muy diversas. El descontento por parte de grupos político-religiosos y étnicos tendió a fomentar peligrosas rebeliones que acumulaban motivaciones muy complejas. Los sentimientos de solidaridad regional, étnica y cultural, su’itbiyya, en aquel mosaico policromado de viejos pueblos y culturas no podían sofocarse porque alentaban vivos en el alma de aquellos pueblos.El fanatismo e intransigencia de unos, la poca habilidad y la ambición desmedida de otros crearon un clima de tensión permanente cuyas manifestaciones y brotes surgían y resurgían en cualquier parte. Kufa e Iraq fueron el centro candente de las más graves rebeliones. Las principales fuerzas internas representadas por los habitantes de las tribus estuvieron en acción hasta que fuerzas externas las detuvieron obligando a la institución gubernamental a ponerse a la defensiva. Y, cuando esto ocurre, también otras fuerzas internas, sociales, antes subyugadas, cambian el orden social y político existente. La revolución abbasí que abatirá a la dinastía O. no es otra cosa que el producto combinado de fuerzas soterradas primero, contenidas y desatadas después, unidas a otras nuevas que producen el desmoronamiento de una dinastía y la creación de un nuevo Estado basado en otra distribución de fuerzas sociales, cuyos centros de gravedad están en Iraq y Persia. Con la nueva distribución de fuerzas sociales se produce la casi inmediata fragmentación política que cuaja plenamente en el periodo abbasí.Centralizado el poder bajo los O., convertido hábilmente en hereditario por Mu`áwiya, en favor de su linaje, la dinastía consiguió días de gloria para el Islam, pese a sus numerosos adversarios. Y sus epígonos de al-Andalus dieron testimonio del vigor y energía, de la fortaleza, del espíritu familiar acuñado en la "civilización siria", de las virtudes y defectos de todo un linaje árabe que, al mezclar su sangre con la beréber y la hispana, dio un giro y un tinte específico y muy peculiar a la historia y a la civilización hispanomusulmanas.7. Los Omeyas de Córdoba. La casa O. de Córdoba comprende siete emires, desde Abderramán I (756-788) hasta `Abd Alláh (888-912), y nueve califas desde Abderramán III (v.), emir desde 912 a 929, y califa del 929 al 961, hasta Hisám 111 (1027-31). El califato regido por la familia O. fue interrumpido por el . de los advenedizos hammidíes desde 1016 a 1018, desde 1018 a 1023 y en 1025.J. BOSCH VILÁ.
BIBL.: Para fuentes y bibl. clásica sobre los O. v. J. SAUVAGET, Introduction d 1’histoire de i’Orient musulman. Éléments de bibliographie, ed. C. CAHEN, París 1961, 126-133; F. M. PAREIA, Islamología, I, Madrid 1952-54, 91-107; B. LEwis, Los árabes en la Historia, Madrid 1956, 81-100; F. GABRIELI, Les Arabes, París 1963, 85-112; C. CAHEN, El Islam..Desde los orígenes hasta el comienzo del Imperio otomano, I, Madrid-México 1972, 26-43, 122 ss.; G. E. vox GRUNEBAUM, Classical Islam. A history 6001258, Londres 1970, 64-79; D. M. DUNLor, Arab ciiilization to a.D. 1500, Londres-Beirut 1971; M. A. SHABAN, Islamic history. A. D. 600-750 (a. H. 132) A New Interpretation, Cambridge 1971, 79-189; OABD AL-AMEER °ABD DIXON, The Umayyad caliphate 65-861584-705 (A Political Study), Londres 1971; E. TYAN, Institutions du Droit Public Musulman, I, París 1954, 146-483; 11,372, 433 ss. y 570 ss.; H. DIA’’iT, La Wilülya d’Ifrigfya au 11é1VIllé siécle: étude institutionnelle, "Studia Islamica", XXVII (1967), 77-122; XXVIII (1968), 79-108; H. LAovsT, Les Schismes dans PIslam. Introduction á une étude de la religion musulmane, París 1965, 16-59; 1. VAN Ess, Les Qadarites et la Gailüniya de Yazid III, "Studia Islamica", XXXI, 269-286; E. LAMBERT, Les origines de la Mosquée et l’Architecture religieuse des Omeiyades, "Studia Islamica", VI (1956), 5-18; H. A. R. GIBB, The evolution of government in Early Islam, "Studia Islamica", IV (1955), 5-17; C. A. NALLINO, La littérature arabe des origines á l’époque de la dynastie Umayyade, tr. CH PELLAT, París 1950. Para O. en al= Andalus, v. bibl. en CÓRDOBA, EMIRATO Y CALIFATO. Indispensable es la consulta de la Enpyc1opédie de 1’Islam, nueva edición, con la colaboración de los principales orientalistas, en curso de publicación desde 1960, impresa en Leiden, y el Index Islamicus, I (1906-55), II (1956-60), III Suppl. (1961-65), compilado por 1. D. PEARSON, Cambridge 1958, 1962 y 1967.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.