Olivares, Conde-duque de (gaspar de Guzmán y Pimentel)
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Biografía GER
Fue, por herencia, conde de O., y por gracia real, duque de Sanlúcar la Mayor. El título de conde-duque de O. es designación incorrecta, por más que la historia la haya generalizado. Valido de la monarquía española en el reinado de Felipe IV, entre 1621 y 1643.N. en Roma, el 6 en. 1587, hijo tercero de Enrique de Guzmán, embajador de España ante la Santa Sede, y hombre autoritario y de maneras solemnes, del cual tomaría mucho el carácter de D. Gaspar. Pasó éste su niñez en Italia (Roma, Sicilia y Nápoles), hasta 1600, en que se trasladó con su padre a la Península. Era segundón (antes que él naciera, murió uno de sus hermanos), y se le quiso educar para la carrera eclesiástica. Clemente VII le hizo merced de una canonjía en Sevilla. En 1601 pasó a Salamanca, para estudiar letras y leyes, con vistas a su ulterior destino: y se sabe que llegó a ser un buen latinista, y aficionado a las bellas artes. Fue rector durante el curso 1603-04, y parece que por entonces se había despertado ya su afán de mandar.Aquel mismo año, por muerte de su hermano, quedó convertido en mayorazgo, circunstancia que cambió radicalmente el curso de su vida, y, por supuesto, el de su educación. Dejó Salamanca y se afincó en la Corte, entonces Valladolid, cuando era todavía un mozo de 17 años. Si pronto se vio patente su afición política y su prurito de figurar y alcanzar ascendencia, esta tendencia se acrecentó a partir de 1607, año de la muerte de su padre, y de su casi inmediato matrimonio con Inés de Zúñiga. Pasó ocho años (1607-15) entre Madrid y Sevilla; en la restaurada capital del reino, buscaba influencia cortesana, y en sus tierras andaluzas cuidaba y administraba la heredad paterna. Era entonces un joven aristócrata de personalidad avasalladora, amigo del fasto, mecenas de artistas y literatos, y aficionado a los ejercicios físicos, especialmente a los ecuestres.En 1615 casó el príncipe heredero, Felipe, con Isabel de Borbón, y el conde de O. logró figurar como uno de los seis gentileshombres de su cámara. Participó por entonces en las intrigas cortesanas que culminaron con la caída del duque de Lerma, en 1618; pero pronto comprendió las dificultades que se interponían en el camino de la regia privanza, y prefirió el recurso, más seguro, aunque más largo, de ganarse al heredero, de cuya casa formaba parte. No fue tarea fácil, por la oposición de algunos personajes de la corte; pero la prodigiosa fuerza de voluntad de O. se impuso hasta ganarse la absoluta confianza del príncipe. Cuando en 1621 murió inesperadamente Felipe III, bien pudo pronunciar la frase que le atribuye la historiografía: "ya todo es mío".Rasgos temperamentales. La actuación histórica del conde-duque va de tal modo unida a su personalidad, que no es posible comprender la una sin conocer la otra. No cabe duda, ante todo, de que se trataba de una personalidad desbordante. Grande de cuerpo y fuerte de carácter, dotado de una tremenda vitalidad, supo dominar la frágil voluntad del rey, e imprimir a su política un sesgo personal y autoritario. Es, sin duda, el más clásico de los validos del s. XVII; pero no se trata de un simple sustituto del monarca en sus funciones gobernantes, sino de un verdadero hombre de Estado, hasta de un dictador. Ambicioso, desbordante, pero puntual y trabajador como nadie, según reconoce en 1626 el embajador Mocenigo, echó sobre sus anchos hombros el peso inmenso de la monarquía española, y logró soportarlo, en un esfuerzo realmente titánico, por espacio de 22 años.Gregorio Marañón, el mejor de sus biógrafos, ve en él la "pasión de mandar". Esta pasión es la que mueve sus ambiciones y sus intrigas iniciales. No era codicioso de fortunas, como el duque de Lerma, ni puede verse en él tampoco a un típico favorito palaciego. Su deseo de mando es lo único que explica su carrera. O. se sentía un espíritu superior, destinado a las más altas empresas, e imbuido de una especie de mesianismo muy característico de la época del barroco; se consideraba el regenerador del país y del Estado. En todo tenía que intervenir, y todo tenía que pasar por él. Pero en el ejercicio de esta suprema ambición, se entregó lealmente al servicio de su rey y de su patria, hasta llegar al agotamiento. Aquel fogoso empeño con que tomaba todas las cosas, y que es la clave para explicarnos tanto sus triunfos como sus fracasos, hinchaba su característico orgullo en los lances felices, y le hacía embestir como un toro ante las contrariedades. Este carácter sanguíneo, estudiado de modo penetrante por Marañón, encierra los rasgos del tipo pícnico, tal como se encuentra definido en la clasificación de Kretschmer, y supone una tendencia ciclotímica, o maniaco-depresiva. En efecto, y por más que O. tratase de disimularlo con la fuerza enorme de su voluntad, a los periodos de euforia sucedían periodos de depresión tremenda, en que el amo de España y de su imperio se sentía derrotado e incapaz. Varias veces, amargamente desanimado, estuvo a punto de abandonar su empeño, lo que impidió una y otra vez su voluntad imperiosa y su afán de llegar hasta el final. Con todo, explicar las oscilaciones de su política por los ciclos de euforia y depresión, no pasa de ser, hoy por hoy, un recurso ensayístico.El programa político. El conde-duque, hombre extrovertido, y amigo de manifestar sus opiniones, tanto de palabra como por escrito, nos ha dejado abundantes testimonios de su ideario político y de sus intenciones como gobernante. Respecto de la política interior, ningún pro- grama más claro y esquemático que los dos memoriales presentados a Felipe IV en 1621 y 1625, cuyo contenido podemos extractar de la siguiente forma:a) Reforma administrativa. Acabar con la venalidad imperante - O. impuso severos castigos a los responsables de la situación anterior -, y crear órganos más especializados que los viejos Consejos. Estos órganos serían las Juntas, que se establecieron en 1621 y 1622, en número de 16: Ejecución, Almirantazgo, Poblaciones, obras y Bosques, Aposentos, Minas?, hasta culminar en tina utópica Junta de Reformación de Costumbres. Si con ello la administración mejoró un tanto, la complicación burocrática, ya grande por entonces, creció todavía más.
b) Reforma económica. O. se adelantó medio siglo a Colbert en la idea de que la base de una buena política es una buena economía, y que no es posible la prosperidad del Estado sin haber logrado antes la prosperidad de los particulares. Practicó el proteccionismo industrial y comercial, sobre todo en el ramo textil, pero fue poco lo que pudo conseguir; faltaban brazos, tradición y capitales. No pudo detener la decadencia económica de España, que ya por entonces se presentaba irremediable. Aparte de que su concepto de guerra total - bloqueos, corte de suministros - perjudicó todavía más al comercio exterior.c) Preocupación demográfica y social. La despoblación de España fue uno de los principales puntos de atención de O. Se propuso frenarla, ya mediante el fomento de la población autóctona - premios de nupcialidad y natalidad, limitación del ingreso en la vida religiosa sólo a personas de vocación probada -, ya mediante la repoblación, que intentó practicar sobre todo con irlandeses. En cuanto a la sociedad, O. se anticipa a los políticos del siglo ulterior, en la protección a los miembros del Estado llano - especialmente las clases humildes -, y su consideración de la nobleza como una casta ociosa e inútil.d) Unidad jurídica de España. Por último, O. pedía en sus memoriales a Felipe IV, que fuera "rey de España", no, como hasta entonces, de Castilla, Aragón, Navarra, Portugal, etc. Se trataba de un magno programa de unificación jurídica, en uno solo de los reinos peninsulares. Castilla, sobre la cual gravitaba en su mayor parte el peso enorme de la defensa del imperio, se encontraba exhausta, y O. pretendía la reducción de los reinos restantes a un estricto pie de igualdad, sobre todo en los aspectos contributivo y de servicio militar. Quizá, más que de una "castellanización" propiamente dicha, se trataba de una centralización a ultranza, de la cual la propia Castilla también era objeto. Desaparecían fronteras, aduanas y fueros territoriales. Se crearía una Unión de Armas, o ejército nacional español, formado indistintamente por súbditos de todos los reinos. El valido proponía, para lograr tal objeto, un golpe de Estado, o bien el aprovechamiento de cualquier incidente, que permitiese una intervención de la fuerza armada y justificarse la modificación de las seculares constituciones de los reinos periféricos. El drástico centralismo de O., y su forma poco hábil de procurar su puesta en práctica, no sólo abocaron el empeño al fracaso, sino que rompieron la unidad peninsular y estuvieron a punto de acabar con la de España, a causa de la serie de revoluciones de 1640 que tal política provocó.e) Política exterior. El conde-duque no llegó a formular nunca un programa de política exterior, pero su propia actuación descubre en forma meridiana sus directrices. Con él se interrumpe la generación pacifista del primer cuarto del s. XVII, y se vuelve a la gran política de intervención activa en los asuntos europeos. Con todo, la acusación de imperialismo que Hume ha lanzado sobre O. está hoy sujeta a revisión, y su tesis de que lanzó a España a una aventura superior a sus fuerzas, ha sido precisada por Van der Essen, en el sentido de que tal política suponía un riesgo cierto, pero necesario, si no quería ver abdicar a la monarquía católica de su misión histórica. El Dr. Marañón ha hecho ver también el pacifismo de O., siempre que la paz no fuese una clara humillación para el país.Sus directrices fundamentales pueden quedar condensadas en los siguientes puntos: a) defensa de los ideales católicos y de los intereses de las potencias o particulares católicos, tanto si afectaban directamente a España como si eran ajenos a ella (quijotismo); b) austracismo, mantenimiento del eje dinástico Madrid- Viena, sobre el que debe girar toda la política europea; c) atención a Francia, como el más peligroso enemigo, en potencia o de hecho; d) vigilancia sobre Italia, siempre mantenida bajo la tu- tela de España, y arbitraje sobre todos los asuntos italianos, especial los pleitos sucesorios; e) continentalismo, falta de auténtico interés por el mar y su dominio.En cuanto a la trayectoria de la política exterior, es fácil distinguir tres fases distintas: a) 1621-25. Política prudente y hasta tímida, matizada por la no intervención y cautelosos retrocesos diplomáticos. b) 1625-35. Intervención creciente, a la defensiva, como consecuencia del peligro de un triunfo de los protestantes en la guerra de los Treinta Años, y de la progresiva injerencia francesa en Italia. c) Intervención a ultranza (desde 1635 hasta su caída). Este mismo proceso es ya una clara prueba experimental de que el intervencionismo de O. le fue dictado más por las circunstancias exteriores que por su propia afición o línea programática. Para el desarrollo concreto de los hechos,Auge y ocaso. Valido casi omnipotente de la monarquía española (aunque nunca trató de eclipsar a Felipe IV, rey que siempre se interesó por los negocios públicos, pero que carecía de capacidad de decisión), el conde-duque de O. fue el personaje central de la historia de España, y aun de Europa, durante 22 años (1621-43). Su personalidad avasalladora y su enorme capacidad de trabajo - despachaba 14 horas diarias - hicieron frente a una tarea inmensa, en la que era preciso contener la decadencia de España y hacerla proseguir en su papel hegemónico, frente a dificultades siempre crecientes. Contemporáneo de Velázquez, Lope de Vega, Quevedo y Góngora, vivió los últimos años de plenitud del Siglo de Oro, y participó en hechos gloriosos, que en nada anunciaban todavía el inminente declive. Presenció o planeó grandes triunfos, como los de Fleurus, Breda, Nordlingen o Fuenterrabía (el segundo y el último, inmortalizados por Velázquez), recibidos en España con grandes fiestas y manifestaciones de júbilo, porque los hechos exteriores trascendían en la época del barroco, mucho más al ambiente popular que en tiempos anteriores. Fue guardián y hasta planificador del Buen Retiro, el fabuloso palacio construido para Felipe IV, el Rey Planeta, como símbolo de la grandeza de la monarquía católica; alcanzó los más altos honores y prebendas, y su pasión de mandar fue plenamente cumplida. Se identificó, durante la famosa polémica de 1635, con las proclamaciones del más elevado idealismo, y no cabe duda de que, en la primera fase de su valimiento, pese a la inquina de que fue víctima en los medios cortesanos, su figura fue popular, o, cuando menos, objeto de admiración.
Sobre todo en los últimos tiempos, hubo de sufrir la amargura, tan finamente estudiada por Marañón, que le ocasionaron el fracaso de sus reformas y de su pretenciosa reestructuración administrativa, el agotamiento de España, empeñada en una lucha cada vez más dramática, y contra un número creciente de enemigos, la falta angustiosa de recursos económicos, provocada, a partir de 1630-35, por el agotamiento de los filones americanos..., y, sobre todo, el estallido de 1640, que provocó la ruptura de la unidad peninsular, y consagró irremediablemente el hecho de la decadencia. O., tan propenso a desfallecimientos y desánimos, sufrió la noticia de cada desastre como confirmación de sus torpezas o de su incapacidad, por más que su voluntad le impulsase siempre a tratar de remediar lo inevitable, o de conseguir a toda costa un desenlace honroso.Ya no tuvo tiempo, sin embargo, de sentirse responsable de la derrota definitiva de Rocroi. Abrumado de trabajo, deprimido como nunca en su vida, ya claramente impopular, y asediado sobre todo por la nobleza - a la que él mismo pertenecía, pero a la que había despreciado y pretendido humillar -, obtuvo permiso del rey, el 17 en. 1643, para retirarse a sus posesiones de Loeches (Madrid). Fue una destitución en toda regla, aunque con la resignada conformidad del interesado. Allí le persiguió todavía la maledicencia y la animadversión de sus enemigos - "que de Loeches lo eches" , pedían ciertos pasquines anónimos -, los cuales lograron a poco su confina- miento en Toro (12 jun. 1643). Dos años más tarde (22 jul. 1645), moría, abandonado por completo de todo favor oficial.Semblanza final. El conde-duque constituye sin duda alguna la figura política más destacada del s. XVII español, y una de las personalidades más robustas y mejor dibujadas de la historia de España. Aunque por temperamento y estilo sea representante típico de una época histórica - el barroco -, su figura tiene algo de la contradicción de todos las épocas de decadencia; decadencia contra la que luchó a brazo partido. Sería injusto, a la hora de realizar el balance de su actuación histórica, no considerar el cúmulo de circunstancias adversas en medio de las cuales tuvo que actuar.Su carácter desbordante hace que sean grandes tanto sus virtudes como sus defectos, de suerte que cabe achacarle’ sin faltar a la verdad, numerosos aciertos y abundantes errores. Caído y fracasado al fin, triunfantes sus enemigos tanto dentro como fuera de España, su papel ha sido por mucho tiempo rebajado, hasta confundir su figura con la de tantos mediocres e ineptos validos como deparó aquel siglo a la monarquía española; cabe admitir la afirmación de Van der Essen, de que pocos personajes históricos han sido tan calumniados como él. Cánovas y Pérez de Guzmán, aun sin dejar de resaltar sus rasgos negativos, inician la reivindicación de su memoria, y le colocan entre los grandes gobernantes de su época; aunque el principal valedor historiográfico de O. ha sido, más recientemente, Gregorio Marañón.Hoy se reconoce en el conde-duque una figura real- mente excepcional, por espíritu ambicioso, su fuerza de voluntad y su capacidad de trabajo. Sus ideas fueron un tanto simplistas, pero de un esquematismo preciso, y de una claridad y anticipación en ocasiones inconcebible para su época. Pero si tuvo clarividencia para comprender los problemas, le faltó sentido práctico para llevar hasta el fin su resolución. Por ello, si su figura alcanzó por un lado excepcional relieve, es preciso reconocer, por el otro, que acabó fracasando - cosa, por razones de coyuntura, difícilmente evitable -, y aun precipitando a España, con su esfuerzo desatentado, en una más absoluta y categórica decadencia.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA,
BIBL,: G, MARAÑÓN, El conde-duque de Olivares, o la pasión de mandar, 3 ed. Madrid 1952; A. LEMAN, Richelieu et Olivares, Lille 1938; I. DELEITO y PIÑUELA, El declinar de la monarquía española, 3 ed, Madrid 1955; A, DOMÍNGUEZ ORTIZ, Política y Hacienda de Felipe IV, Madrid 1960; I, H. ELLIOTT, The revolt of the Catalans, Cambridge 1963.
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