Odio FIL.
Categoria:
Filosofía
Genéricamente considerado, es la tendencia por la que el hombre se opone a un objeto que le es contrario (v. PASIÓN). Así considerado puede ser moralmente bueno o malo: p. ej., el cristiano hace bien en oponerse a lo que puede debilitar o destruir su vida sobrenatural y odiar el pecado. En un sentido moral, mientras el amor es la inclinación de la voluntad y del senámiento hacia un bien, el o. es la aversión y la oposición a él. El amor estima, protege y fomenta la vida y las cosas del amado; por el contrario el o. detesta al enemigo y le desea la aniquilación, la muerte y la desventura (cfr. J. Mausbach, G. Ermecke, o. c. en bibl. 173). Por el o. el hombre que ha perdido la amistad con Dios y no desea recuperarla se opone a Dios como último fin suyo; el que está enemistado con su prójimo, le rechaza como un mal, etc. El o. es un pecado contra la caridad. Como la caridad puede ser amor de benevolencia o amor de concupiscencia (v. CARIDAD III, 2), así el o. se divide en o. de enemistad o de malevolencia (opuesto al amor de benevolencia) y o. de abominación (opuesto al amor de concupiscencia). Por el odio de enemistad el hombre se opone al objeto primario de la caridad, Dios, y también al secundario, el hombre en cuanto es amado por Dios. Dios es rechazado como si fuera un mal en sí; éste es el pecado más grave que puede darse, pues representa la más completa alteración del orden moral (v. CARIDAD III, 7). El o. de enemistad al prójimo consiste en un acto de la voluntad por el cual no sólo se le niega el amor debido sino que se le rechaza como un mal. Este pecado es grave ex genere suo: "El que aborrece a su hermano está en tinieblas" (1 lo 2,11), "es un homicida" (1 lo 3,15). Es pecado grave cuando se desprecia al prójimo con voluntad contraria (v. CARIDAD III, 5b); por ella se considera al prójimo incompatible de modo absoluto con la perfección de uno mismo. El o. de enemistad será leve cuando sólo se considere al prójimo relativamente opuesto a uno mismo y, por tanto, no lleva a desearle un mal grave.Cuando el mal deseado al prójimo es grave el o. de enemistad es grave: por ello el deseo de la muerte del prójimo siempre será un pecado grave. Por la maldición y la venganza el que odia desea y procura el mal al prójimo. Por la maldición (v.) se desea que el azar o, bien, fuerzas ajenas al hombre y misteriosas (v. SUPERSTICIÓN) pongan fin a la vida del enemigo. Por la venganza (v.) se desea poner fin a la vida del enemigo por propia iniciativa. El insulto (v. INJURIA), el desprecio, y hasta la calumnia (v.) suelen ser manifestaciones del o. que acompañan a la maldición y a la venganza o las sustituyen cuando no son posibles sus efectos. La caridad obliga a no negar las manifestaciones ordinarias de saludo al que nos haya ofendido y obliga también a reparar el o. mediante 1-a petición de perdón y su concesión (v. CARIDAD III, 7). Pero son las actitudes interiores de oposición al prójimo (rencor, resentimiento...) las que han de ser removidas para desechar el odio.Por el odio de abominación el hombre se opone a todo lo que le hace sufrir, a todo lo que es molesto o perjudicial para él. Procede a veces de una falsa postura ante el dolor (v.) que lleva a considerarlo necesariamente un mal, sin tener en cuenta que Dios muestra su bondad hacia los hombres tanto en la prosperidad como en lo que consideramos adversidad, en cuanto que ambas son necesarias para conseguir nuestra perfección. No debe confundirse el o. de abominación con la reacción natural instintiva de repugnancia ante el dolor, ni con la lucha contra el dolor físico o moral, con medios moralmente lícitos. El o. de abominación suele ser pecado leve. Cuando el dolor se rechaza con especial virulencia y se hace culpable del mismo a Dios o al prójimo entonces se convierte en o. de enemistad.El o. de abominación hacia los defectos o vicios del prójimo es bueno, pero debe contenerse dentro de los límites de la comprensión hacia la persona para que no degenere en o. de enemistad.Lo que se dice sobre el prójimo individualmente considerado hay que aplicarlo también a las colectividades humanas. Los defectos de las sociedades, naturales o voluntarias, deben ser repudiados si son inmorales, pero nunca se debe tener formalmente por enemigos a los miembros de estas sociedades. La displicencia que produzcan las diferencias naturales entre grupos humanos no suele pasar a lo sumo de pecado leve pero hay obligación de superarlas y, sobre todo, hay que evitar que degeneren en o. de enemistad. El cristiano no ha de encontrar dificultades interiores para amar a todos los países (V. PATRIOTISMO II).V. t.: CARIDAD III, 7.J. I. GUTIÉRREZ COMAS.
BIBL.: 1. MAUSBACH, G. ERMECKE, Teología Moral Católica, II, Pamplona 1971, nn. 23 y 24; M. PRUMMER, Manuale Theologiae Moralis, I, Barcelona 1955, nn. 571-578.
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