Nicolás II de Rusia
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Biografía GER
Último representante de la dinastía Romanof o Romanov (v.) y de la institución zarista, n. el 6 mayo 1968 y reinó en Rusia desde 1894 a 1917. De temperamento soñador y artístico, fue rígida y espartanamente educado por su padre, Alejandro III, de quien heredó el autoritarismo místico, pero no el sentido del mando que caracterizó su actividad gobernante.Los comienzos del reinado. El comienzo de éste estuvo presidido por el mismo signo del anterior, permaneciendo inalterables las metas tanto nacionales como internacionales. En el plano interno, el vasto programa de industrialización desplegado por los ministros de Alejandro III continuó con renovados bríos una vez que el capital francés halló en los territorios rusos el principal campo de su expansión y los efectos de sus inversiones comenzaron a ser realidad. índice revelador de los progresos obtenidos en este campo lo constituye el que la población obrera del país se evaluara a fines del s. XIX en 3 millones de trabajadores. Sin embargo, el hecho de que la cifra total de población fuera por las mismas fechas de 127 millones era también toda una elocuente muestra de la longitud del camino que debería recorrerse para alcanzar la industrialización total del imperio zarista, en el que las masas rurales alcanzaban, en los años citados, el elevado porcentaje de un 80%. En el terreno internacional, Nicolás II se esforzó, en los comienzos de su reinado, en estrechar las relaciones con la III República francesa, siguiendo el surco trazado por su antecesor al firmar la Dúplice Alianza.Por el mismo tiempo, la causa pacifista encontró en el soberano ruso uno de sus más decididos adalides y, merced a sus esfuerzos, pudo celebrarse en La Haya (1899) la conferencia de la Paz, en la que se llevó a cabo la reglamentación de los usos de la guerra. Los comienzos del siglo actual presenciaron en Rusia la agravación de los hondos problemas con que se enfrentaban sus gobernantes. En el marco exterior, la tradicional expansión rusa hacia Asia septentrional y Extremo Oriente había de chocar fatal e inexorablemente con las pretensiones territoriales del Japón, cuyos principales vectores de irradiación internacional se hallaban en las mismas zonas apetecidas por el Imperio de los zares, en particular en la desgarrada China de los últimos manchúes. Su secular rivalidad con la otra gran potencia colonizadora europea en tierras asiáticas -la inglesa- hizo que Rusia se hallase aislada, tras la firma de la alianza británico-nipona a comienzos de 1902, en la guerra iniciada cori el Japón (v. RUSOJAPONESA, GUERRA). La sorpresa de traición y la celeridad con que el organizadísimo y combativo ejército japonés llevó a cabo sus primeras operaciones impidieron que las fuerzas rusas ofrecieran una eficaz resistencia, especialmente al quedar privadas de apoyo naval. La lejanía de sus centros de aprovisionamiento en la Rusia europea y, sobre todo, la escasez de comunicaciones con aquélla, que se reducían a un sola línea férrea, explican en gran parte la derrota sufrida por las tropas zaristas acantonadas en Manchuria. Disipadas las últimas esperanzas rusas tras la destrucción de la mayor parte de su escuadra en Tshusima y la rendición de Mukden, el gobierno de N.II, presionado además por la opinión de su país, se vio obligado a entablar conversaciones de paz que concluyeron por el tratado de Portsmouth (Estados Unidos), en el que la habilidad e inteligencia del principal negociador ruso, conde de Witte, redujeron considerablemente las concesiones que de su patria pretendían los japoneses.1905, año crucial. Antes de la liquidación del conflicto con el Japón, los fracasos militares del zarismo fueron aprovechados, como era lógico, por la oposición, tanto en su vertiente moderada como en la extremista -compuesta principalmente por las dos grandes fuerzas que aglutinaban el partido socialrevolucionario y el socialdemócrata- para alcanzar sus objetivos. Frustrados, después de un éxito inicial, los intentos gubernamentales de estructurar al mundo obrero en un sindicalismo apolítico, la dirección de éste volvió a ser detentada por los enemigos del sistema zarista, cuyos sectores maximalistas proyectaron un vasto plan conspiratorio para lograr su desarticulación. La célebre tragedia del ametrallamiento en San Petersburgo (enero de 1905) de un gran número de manifestantes que pretendían entregar al zar un manifiesto con reivindicaciones no extremistas, posibilitó la puesta en práctica de la acción revolucionaria, desatando a todo lo largo y ancho del país una amplia onda de conflictos e incidentes sangrientos. Sus secuelas, junto con el enorme eco de indignación provocado en toda Rusia por el drama de enero, condujeron al zarismo hacia la apertura de un tenue proceso de liberalización y democratización de sus estructuras. El fracaso militar ante el Japón y los sucesos a que dio lugar pusieron de manifiesto cómo el régimen de N. II no había sabido o podido adaptarse a la evolución experimentada por la nación en todas sus manifestaciones y formas vitales durante la década anterior.Hombre de intachable intención, el zar comprendió pese a su parcial conocimiento de la verdadera realidad de Rusia- que se imponía la prosecución del gran programa reformista emprendido por su abuelo Alejandro II (v.) que truncó su muerte. Proyectado e incluso aplicado en algunos de sus extremos, no obstante su amplitud y extensión, sus efectos resultaron menguados. Ello se debió a que ninguno de sus puntos esenciales atacabalos problemas claves del país, centrados especialmente en aquellos momentos en la cuestión política, cuya solución era el insoslayable punto de partida para una reforma honda y auténtica de la sociedad rusa. El evidente cambio, en un sentido positivo, de las estructuras sociales y económicas, que había repercutido en un aumento incontestable del nivel material, debería ir acompañado, si realmente se deseaba alcanzar frutos duraderos y efectivos, de una revolución política realizada desde el poder.De la Duma a la I Guerra mundial. Conforme al manifiesto dado por el propio N. II en octubre de 1905, la apertura liberalizadora que aquél implicaba pareció consagrarse cuando se reunió en mayo del siguiente año la primera Duma de su reinado. Sin embargo, desde sus sesiones iniciales, se hizo evidente el ancho desacuerdo que distanciaba a los parlamentarios del régimen zarista y que radicaba específicamente en los antagónicos enfoques sobre la forma de estructurar la convivencia ciudadana. El fracaso de la experiencia constitucional que supuso la disolución de la Duma (mayo de 1906) significó también la confesión del Gobierno de que sólo a él le correspondía dosificar y controlar la tímida democratización que aquélla había supuesto. Tras la salida del poder del conde de Witte, único de los ministros de N. II que tuvo clara visión de la primacía del problema político, el zarismo, después de una nueva derrota del programa ministerial en las sesiones de la segunda Duma, cayó en la tentación de los regímenes recelosos de un sincero y auténtico diálogo con sus gobernados: el falseamiento y la corrupción de sus órganos representativos. Por fin, después de unas elecciones amañadas, los candidatos oficiales ocuparon en mayoría absoluta los escaños de la tercera Duma (noviembre de 1907).En los momentos de euforia que siguieron a sus primeros debates, N. II estaba lejos de sospechar que acababa de romper los últimos puentes que hubieran podido refrenar y encauzar la riada revolucionaria. A partir de aquel instante, casi todos los elementos partidarios de una reforma desde dentro del sistema zarista se alejaron de él y se hicieron partidarios de su completa desaparición. El régimen, sabiendo que la oposición, tanto en su faceta liberal como maximalista, sólo aglutinaba una porción minúscula de la sociedad rusa, se lanzó, para conquistarse el apoyo de sus masas populares, a una intensa reforma agraria, en la que su cerebro y realizador, Stolypin, se apuntó no pocos éxitos. Los logros de ésta y el espectacular avance del proceso industrializador, experimentado en los años que precedieron a la I Guerra mundial, parecieron ratificar la opinión de N. II y de las altas esferas del zarismo, ancladas en un acentuado paternalismo. Fue la ilusión del moribundo. El desprecio del régimen por las minorías habría de conducirle al ocaso, en un país en el que aquéllas habían de llevar forzosamente el timón de una sociedad amorfa y poco evolucionada, como era la de la Rusia de entonces. En ellas se reclutarían, como es sabido, tanto en el primero como en el segundo acto de la revolución de 1917, los principales protagonistas que asestaron el golpe de muerte a la dinastía de los Romanof.Abdicación y asesinato. Tras los efímeros intentos de alianza con la Alemania de Guillermo II que siguieron a la lucha contra el Japón, y, sobre todo, una vez firmada la Triple Alianza, N. II centró casi íntegramente el papel internacional de su país en convertirse en el campeón de la causa de los pueblos eslavos. Su compenetración con ella hizo que desde el primer instante, después del asesinato de Sarajevo, N. II hiciese honor a los compromisos contraídos con Servia para salvaguardar su autonomía e independencia nacionales frente a la presión austro-húngara. La entrada de Rusia en el primer drama mundial fue seguida de una explosión de simpatía del pueblo hacia su soberano. No sería hasta un año más tarde cuando, a consecuencia de las grandes pérdidas sufridas por el heroico y mal equipado ejército ruso, comenzó a restringirse la plataforma de unanimidad de su pueblo en torno al zar. Intuyendo los desastrosos efectos de esta actitud y responsabilizado con lo que él creía sus deberes, N. II se hizo cargo personalmente de la dirección de la guerra. Sin embargo, sus propósitos no alcanzaron las metas deseadas debido principalmente a la hostilidad del partido Kadete -aglutinador de amplios círculos de las élites financiera e intelectual- y de los sectores cortesanos, que desembocó en el asesinato del famoso consejero y favorito de la zarina Rasputín (diciembre 1916). Preocupado exclusivamente por la marcha de las operaciones militares, N. II carecía de información sobre la dinámica oposicionista de la retaguardia. De ahí su absoluta sorpresa ante la abdicación requerida por la Duma y la casi totalidad de los altos cuadros del ejército como extrema e insoslayable medida determinada por los disturbios acaecidos a fines de febrero, y que, en su opinión, llevaban al país al borde de la guerra civil.Con la dignidad y serenidad que nunca le abandonaron ni aun en los trances más duros de su existencia, N. II abdicó por sí y por su hijo Alejo en su hermano el gran duque Miguel (2 mar. 1917). A partir de entonces, N. II y su familia se convirtieron en prisioneros del Gobierno provisional, creado en marzo del citado año, y posteriormente del bolchevique. Instalados primeramente en la residencia real de Tsarkoe-Seloe, la familia imperial fue trasladada más tarde, por mandato’ de Kerenski, a Siberia, y de allí, temiendo su caída en poder de las fuerzas contrarrevolucionarias, se ordenó por el régimen comunista su marcha a Ekaterinburgo, localidad en que fueron asesinados en la noche del 17 al 18 jul. 1918 N. II, la zarina Alejandra Fedorovna y sus hijos. Uno de sus últimos biógrafos ha sintetizado así las causas remotas de aquella tragedia: "Nicolás, como jefe de la dinastía, era la víctima expiatoria. Durante su reinado, lo mismo que en el de sus predecesores, en Rusia habían vivido muchas gentes felices. Pero en él se vengaban todos los sufrimientos padecidos durante siglos por las masas populares: las brutalidades de la policía, las injusticias de los tribunales, las exigencias de los señores, las cárceles siberianas, las guerras sangrientas, todas las lágrimas vertidas durante generaciones y generaciones. Según sus enemigos, era preciso que Nicolás -hombre sencillo, apacible y bondadoso, pero defensor de la autocracia- muriese con todos los suyos para que Rusia siguiese viviendo". (C. de Grunwald, o. c. en bibl., 337).V. t.: ROMANOV, DINASTÍA;REVOLUCIÓN RUSA.M. CUENCA TORIBIO.
BIBL.: S. PUSHAKAREV, The eniergence ol Modern Russia. 18011917, Nueva York 1963; G. VERNADSKY, Historia de Rusia, Buenos Aires 1947 (la mayor parte del libro está dedicada al s. XX); J. CAR.MICHAEL, Histoire illustrée de la Russie, Lausana 1950 (exclusivamente política); G. REYNOLD, El mundo ruso. La formación de Europa, Buenos Aires 1951 (penetrantes calas en algunas constantes de la historia rusa); A. FALCIONELLI, Historia de la Rusia contemporánea (1825-1917), Mendoza 1954 (muy favorable al zarismo y a la figura de Nicolás); R. PORTAL, Les Slaces. Peuples et Nations, París 1965 (poco sistemática); P. SORLIN, La sociedad soviética, 1917-64, Barcelona 1967 (excelente obra en donde se hace un agudo planteamiento de la problemática social y económica del reinado de N. II); V. ZILLI, La Riuoluzione russa del 1905, Nápoles 1963-64; C. DE GRUNWALD, Nicolás 11, Madrid 1966.
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