Moriscos HIST.
Categoria:
Historia
Son los antiguos mudéjares (v.; musulmanes que conservando su status particular vivían bajo el dominio de los cristianos), que puestos ante el dilema de convertirse al cristianismo o emigrar de España, en 1502, en la corona de Castilla, y en 1525, en la de Aragón, optaron por la conversión -en la inmensa mayoría de los casos, sólo de iure-, y se transformaron así en m. o cristianos nuevos. Los grandes núcleos de población morisca radicaban, fundamentalmente, en Andalucía (reino de Granada), Valencia y Aragón. En total sumarían unas 400.000 almas, distribuidas aproximadamente por igual entre las coronas de Castilla y Aragón: los 100.000 -150.000 m. de Castilla representaban una minoría numéricamente muy débil entre la población total del reino; en cambio, los 200.000 de la corona de Aragón equivalían, aproximadamente, al 20% de los habitantes de la misma.El problema morisco. En los reinos de Valencia y Aragón, el m. era, por lo general, labrador y vasallo de la aristocracia latifundista; los señores fueron sus defensores frente a la Inquisición y los oficiales reales. A consecuencia del alzamiento granadino de 1568, los m. del reino de Granada fueron, en gran parte, expulsados y repartidos por diversas regiones del centro de la Península. A partir de entonces, Toledo se convirtió en alcázar y fortaleza de los m. castellanos. Los grandes núcleos de población campesina morisca en tierras de señorío, Valencia y Aragón, confluían en el valle inferior del Ebro, al S de la actual provincia de Tarragona. La Cataluña Vieja vivió, en cambio, al margen del Islam. En Asturias, Vizcaya y Navarra, el m. no es un personaje desconocido: es artesano o vendedor ambulante. En Castilla, su número aumenta, de N a S. Escribe Braudel que el m., como buen mediterráneo, jugó al nómada, desplazándose de un lugar a otro. Existió una notable corriente migratoria hacia el extranjero por el Pirineo, en dirección a los puertos de Marsella y Venecia, punto de embarque hacia Turquía y el Norte de África. Menudearon también las expediciones de moros africanos que visitaban a sus parientes o correligionarios en España. De regreso, procuraban hacer algún prisionero cristiano, que luego vendían como esclavo en el mercado de Argel. En algunas ciudades, los m. constituyen la masa de inmigrantes proletarios. La Sevilla del Quinientos, enriquecida por el tráfico indiano, ofrece el mayor ejemplo de ello. Procedente de distintas zonas de Andalucía, el m. busca su sustento en la gran ciudad, dedicándose a los más variados oficios. Las fuentes coetáneas insisten en este hecho diferencial: los m. de la corona de Aragón eran vasallos de los grandes señoríos territoriales, mientras que los del resto de España "andaban sueltos y libres". Ello explica que la expulsión de comienzos del s. xvii y las consecuencias demográficas y económicas. que implicó, fueran, sobre todo, un problema de los reinos de Valencia y de Aragón.Durante la primera mitad del s. xvi, época de Carlos V, los principales problemas se plantean en Valencia, a resultas de la Germanía (v. GERMANIAS, MOVIMIENTO DE LAS). En efecto, los agermanados, al bautizar por la fuerza a los mudéjares que estaban a su alcance, dejaron planteada la ya inmediata cuestión morisca (hay que tener en cuenta, sin embargo, que en el s. XVI, las guerras de religión y la lucha contra los turcos y berberiscos, habrían hecho muy difícilmente viable, en España, la conservación del status de los mudéjares). En efecto, la Iglesia consideró válido el bautismo de los mudéjares y el 13 sep. 1525 Carlos V legalizó el nuevo estado de cosas, poniéndoles ante el dilema de convertirse o emigrar. Desaparecen, pues, de iure, los mudéjares, que se convierten en m. o cristianos nuevos. Los de la sierra de Espadán se rebelaron, pero fueron vencidos. El reino de Valencia dejaba de ser, con ello, una sociedad colonial. Pero las dificultades comenzaban entonces; era notorio que la conversión había sido puramente formal: cristianos de nombre y musulmanes de corazón. El equívoco no podía continuar indefinidamente, a pesar de que se empeñasen en ello los señores y las aljamas. Cuando Europa se encamina rápidamente hacia formas más o menos tajantes del cuius regio, eius religio, que implicaban una confusión entre rebelde y hereje, resultaba prácticamente imposible la contradicción entre las situaciones de hecho y de derecho. Por otra parte, la amenaza otomana, que acabaría convirtiendo a los m., volens, nolens, en una especie de "quinta columna", era inseparable de los intentos de evangelización, en un clima de recelos pasionales que desgraciadamente ensanchaban el abismo. Hay que tener en cuenta, además, que la cristianización total, la evangelización de los m., implicaba, necesariamente, su promoción social, esto es, la igualdad de derechos respecto de los cristianos viejos. De todo ello, naturalmente, los barones valencianos no querían saber nada; los m., en un status parecido, según Hamilton, al de los negros del Sur de los Estados Unidos, debían continuar viviendo segregados, sin que esto implique ningún racismo. Simplemente, el m, era más dócil y manejable que el cristiano viejo, en los dominios señoriales.La rebelión de los moriscos. En la segunda mitad del s. XVI, época de Felipe II, la cuestión morisca es un factor íntimamente vinculado a la estrategia mediterránea hispanoturca-norteafricana. La rebelión de los m. granadinos se inició en 1568 y no fue vencida hasta 1570, cuando Felipe II decidió privar a los m. combatientes del auxilio que recibían de sus hermanos del llano. Éstos fueron expulsados y dispersados por Castilla (v. FELIPE II DE ESPAÑA, 2). Unas doce mil familias de castellanos, gallegos y asturianos repoblaron las vegas granadinas. Por su parte, los m. establecidos en Castilla no tardaron en enriquecerse y proliferar. La sublevación de los m. de Granada tuvo un gran eco internacional. Parece evidente que la hegemonía otomana en el Mediterráneo hizo concebir grandes esperanzas a los m. En 1561 se hablaba de próximas tentativas turcas contra Orán y La Goleta, así como de un desembarco en Valencia. En 1563, el rey de Argel, Euldj Alí, estimó en más de 600.000 el número de m. granadinos sublevados. El cálculo, exagerado, tendía probablemente a convencer a Constantinopla, en el momento en que se discutía la posibilidad de una gran acción otomana en el Meditérráneo occidental. En todo caso, el levantamiento morisco de Granada motivó un desequilibrio favorable a Oriente en el forcejeo mediterráneo hispano-turco. Sus inmediatas repercusiones tuvieron lugar en 1570: la toma de Túnez por Euldj Alí y el ataque a la isla de Chipre. La réplica occidental consistió en la conclusión de la Liga Santa y la gran batalla de Lepanto (1571). En la primavera del año anterior, Felipe II había expuesto la situación en el Mediterráneo en los siguientes términos, en escrito dirigido al virrey de Cerdeña: "Este año, durante el verano, una armada del turco amenaza sobre estas partes, por el levantamiento sucedido en lo de Granada y esperanza que tiene que los moriscos que están en nuestros reinos de Aragón y Valencia harán el mismo motivo, y por parecerles también que tomando pie en esa isla -Cerdeña- y estando lo de África tan vecino, podrán mejor los unos a los otros darse la mano".La represión, la estricta vigilancia del m., a cargo de la Inquisición, caracterizan el último tercio del s. XVI. La Inquisición no descansa en ello y encuentra auxiliares eficientes -los familiares del Santo Oficio- entre las capas inferiores de la sociedad, y estos agentes, ante la posibilidad de denunciar lo que crean conveniente en relación con los m. y sus valedores, llegan a constituir un verdadero grupo de presión, frente a los señores territoriales y los m. notables, que en el fondo estaban de acuerdo en mantener el statu quo. De una manera lenta, aunque inexorable, la Inquisición -con la oposición de los jesuitas, que realizaron los máximos esfuerzos para lograr una integración -va disgregando y destruyendo las estructuras moriscas. La solución final, drástica, esto es, la expulsión, va forjándose bajo las exigencias de la razón de Estado.Su expulsión de España. El 9 abr. 1609 -el mismo día en que se firmó la tregua de los Doce Años, con Holanda, que ponía en marcha el pacifismo en la política internacional española, y, por ello, permitía realizar materialmente la expulsión y traslado de los m. al Norte de África-, Felipe III y su valido, el duque de Lerma y marqués de Denia, en una sesión dramática del Consejo de Estado, decidieron la expulsión de todos los m. de España (v. FELIPE III DE ESPAÑA, 3). La drástica operación comenzaría por los de Valencia, considerados los más peligrosos desde el punto de vista oficial. Ya se ha aludido a la oposición de la aristocracia a esta medida. En cambio, el pueblo y las clases medias- y la mayoría de los intelectuales, como Cervantes- aplaudieron la expulsión. Es posible que en ello se reflejara un deseo de recortar la influencia de la gran nobleza, hiriéndola en sus intereses económicos. El duque de Lerma creyó que todo podía resolverse en los términos de una propuesta que presentó al Consejo de Estado unos días antes de acordarse la expulsión: "En cuanto a las haciendas de los que se han de echar, fue de parecer que se diesen a los señores de los vasallos moriscos que se echaren, y lo mismo le parece ahora, para consuelo del daño que recibirán de quedar sus lugares desiertos". Por su parte, el jefe de la protesta señorial en Valencia, conde de Castellá, hizo llegar un dramático memorial al arzobispo-patriarca, S. Juan de Ribera (v.), en el que se decía que "la expulsión de los moriscoses la universal ruina y desolación de este reino, fundando y haciendo resolución de la vivienda y sustento de todos los estados en el servicio y utilidad de los dichos moriscos, la cual, cesando, cesan las rentas de los señores y caballeros, las de los ciudadanos, eclesiásticos y religiosos, los tratos de los mercaderes y arrendadores, las limosnas de todos los pobres, hospitales e iglesias, el trato de todos los oficios mecánicos y por el consiguiente todo el reino perece... ".La expulsión se realizó a partir del 25 sept. 1609 y, a continuación, sufrieron idéntica suerte los m. de los demás reinos españoles. A partir de 1614, Felipe III y el duque de Lerma (v.) adoptaron varias medidas "para perfeccionar la expulsión", con el nombramiento, como comisario general, del conde de Salazar, caracterizado adversario de los m. Tratando de justificar estas medidas, el duque de Lerma insiste en la necesidad "de que todos estos reinos de España queden tan puros y limpios de esta gente como conviene". En un caso concreto, la enérgica intervención de una jerarquía eclesiástica logró evitar la expulsión. Nos referimos a una parte considerable de los m. del obispado de Tortosa, a los cuales protegió el obispo de la diócesis, Pedro Manrique. Éste se mantuvo firme ante el conde Salazar y el virrey de Cataluña, marqués de Almazán, y el rey tuvo que intervenir. "He mandado que se ordene al virrey -contestó Felipe III que no moleste a estos moriscos que quedaron en Tortosa, sino que les deje gozar libremente de la gracia que se les hizo; y escríbase al obispo que tenga cuidado de ver cómo viven, pues por su parecer se quedan".Consecuencias demográfico-económico-sociales de la expulsión. Por lo que se refiere al número total de m. expulsados, los cálculos solventes lo hacen oscilar entre un mínimo de 300.000 y un máximo de 500.000, de los cuales, entre 200.000 y 250.000 corresponden a los m. de la corona de Aragón, lo que representa del 20 al 23% del total de los habitantes de la misma. El porcentaje es, en cambio, muy pequeño por lo que atañe a los m. del resto de España -entre 100.000 y 250.000, para una población total de 7.000.000 de hab.En cuanto a las consecuencias demográficas y económicas de la expulsión, es bien conocido el hecho de que la Historiografía, desde el s. xvlt, ha considerado el extrañamiento de los m. como una de las causas fundamentales de la decadencia española. Más que datos y cifras, los diversos autores esgrimieron actitudes polémicas, y todos ignoraron que el Seiscientos es, en gran parte, una época de recesión en todo el Occidente europeo. Entre los historiadores actuales de la economía, en cambio, se ha difundido la tesis que se empeña en minimizar las consecuencias económicas de la expulsión de los m. Aludimos, concretamente, a los trabajos del norteamericano Hamilton, cuyas conclusiones se basan en la estabilidad de los precios en Valencia, en años posteriores a la expulsión. Pero la historia de los precios deja muchos cabos sueltos y, por otra parte, Hamilton no tuvo en cuenta las masivas importaciones de víveres, procedentes de Castilla, Cerdeña y Sicilia.Una cuestión importantísima, la de los préstamos hipotecarios -censos o censales- agravó considerablemente las consecuencias económicas de la expulsión de los m. en Valencia y Aragón. Con la difusión de los censos -la tierra de cultivo dejaba de ser un medio de producción para convertirse en objeto de especulación- muchas aljamas y señores de vasallos m. hipotecaron sus tierras y, a causa de la expulsión, no se pagaron las pensiones o intereses, con grave daño para los acreedores. He aquí cómo exponía la cuestión a Felipe III el obispo de Segorbe, Dr. Casanova: "Ahora, con la expulsión de esta gente, toman ocasión a no querer pagar ningún censo, los unos porque dicen que ya no hay aljamas y así pretenden estar inhibidos; otros con ocasión de decir no tengo vasallos y con ellos he perdido mis rentas, no quieren pagar ni unos ni otros censos...". En la corona de Aragón, la masa de acreedores pertenecía a las clases medias, con una notable participación de las comunidades eclesiásticas. Estos acreedores acabaron por pagar, en gran parte, las consecuencias de la expulsión de los m., ya que la corona redujo, hasta anularlos prácticamente, los intereses de los censales. Era una manera de compensar a la aristocracia por la pérdida de unos vasallos dóciles y sobrios, que cultivaban sus latifundios a plena satisfacción de sus dueños.La repoblación fue empresa lenta y difícil, y en realidad no puede considerarse concluida hasta mediados del s. XVIII. En la región más afectada -Valencia- el prof. de Grenoble, Henri Lapeyre, pone de relieve que hacia 1650 los antiguos poblados m. estaban reducidos a la mínima expresión y en su inmensa mayoría, totalmente abandonados, mientras que los lugares de cristianos viejos habían experimentado pérdidas muy considerables. En realidad, hasta la segunda mitad del s. XVIII, el reino de Valencia no volvería a tener el medio millón de habitantes de 1609. Conste que fueron muy escasos los repobladores que acudieron de fuera del reino. En la tesis doctoral, inédita, del malogrado investigador J. R. Torres Morera, se examinan minuciosamente 58 Cartas pueblas correspondientes a otros tantos lugares a partir de 1610; la proporción de repobladores de fuera del reino es insignificante: el 1,6%. Entre éstos hay algunos pirenaicos, castellanos, franceses y, sobre todo, mallorquines.La expulsión de los m., con la crisis subsiguiente, motivó algunos cambios estructurales en la sociedad valenciana, entre los que cabe destacar la ruina de las clases medias. En 1613 quebró la Taula de Canvi (Banco municipal), "por haber pedido casi a un mismo tiempo todos los que tenían allí dinero que se les entregase". Y, como resultado de la polarización social, se registró un gran incremento en la concentración parcelaria, mientras sufrían un rudo golpe los cultivos fundamentales del país: la caña de azúcar, el arroz y el trigo.J. REGLÁ CAMPISTOL.
BIBL.: H. LAPEYRE, Géographie de CEspagne morisque, París 1959; T. HALPHERIN, Un conflicto nacional: moriscos y cristianos viejos en Valencia, "Cuadernos de Historia de España", 23-24, Buenos Aires 1957; J. CARO BAROJA, Los moriscos del reino de Granada: ensayo de historia social, Madrid 1959; J. REGLÁ, Estudios sobre los moriscos, Valencia 1964.
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