Montaigne, Michel Eyquem de
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Biografía GER
Vida. Moralista francés, uno de los primeros representantes del escepticismo moderno. N. y m. en su castillo de Montaigne (22 feb. 1533-13 sept. 1592). Descendía de una familia de mercaderes de Búrdeos y, por la madre, de conversos españoles. Aprendió a hablar latín antes que francés; estudió en Burdeos y Toulouse, y fue consejero de la Cour des Aides de Périgueux (1554), y del Parlamento de Burdeos (1557-70). Rico por su casamiento (1565), a la muerte de su padre (1569), se retiró a su castillo, dedicado a la vida ociosa que prefería y a las lecturas cuyo fruto fueron los Essais (Ensayos). En 1569 había publicado La Théologie naturelle, del catalán R. Sibiuda, traducida a petición de su padre. Por razones de salud y de curiosidad, hizo en 1580-81 un viaje a Suiza, Alemania e Italia; su lournal de voyage se publicó en 1774. Fue alcalde de Burdeos en 1581-85; durante las guerras civiles de la Liga siguió el partido católico y trató vanamente de mediar entre éste y los protestantes.Los "Ensayos". Su obra capital es Essais, en la que trabajaba desde 1572. Publicó los dos libros primeros en 1580. La 2 ed. (1588) contiene un libro III y unas 600 adiciones al texto primitivo. Sobre un ejemplar de 1588 hizo más de 1.000 adiciones, recogidas en la 3 ed. (1595), póstuma, cuidada por sus amigos, la escritora Marie Le lars de Gournay y el poeta Pierre de Brach. Las ediciones modernas suelen recoger el texto de 1588, con las adiciones del autor.Los Ensayos son una colección de disertaciones y apuntes independientes, redactados en épocas diferentes y relacionados con las lecturas del autor. Su primera intención arranca de la costumbre, común de todos los humanistas, de señalar con observaciones y comentarios los pasajes característicos de los libros leídos. M. era gran lector, sobre todo de moralistas (Séneca, Plutarco), pero también de historiadores y poetas, y la variedad de sus lecturas se refleja en la de sus comentarios. Su originalidad estriba en que su comentario no es filológico, sino moral, aunque conducido según el mismo método comparativo y analógico de los filólogos. Por tratarse de textos sin relación entre sí, su análisis es difícil; pero sus estudios llevan a M. a formular unos criterios superiores, aunque también difíciles de definir, por la natural evolución de sus ideas. Al enjuiciar su obra, conviene tener presente también su erudición humanista, su pensamiento filosófico y su ideal moral y, en fin, el mérito literario de la obra.M. había empezado como humanista. Sus primeras experiencias literarias fueron curiosidades eruditas. Empezó sacando de sus lecturas materiales curiosos, sin criterio determinado y sin más finalidad que la mera erudición. Su mérito es el haber comprendido rápidamente la esterilidad del dato erudito, cuando no lo fertiliza la reflexión individual; al dato escueto le siguió la comparación de datos diferentes, luego el estudio de los datos contradictorios y, en fin, la meditación acerca de la posible explicación filosófica de la contradicción; así es como asistimos a la transmutación del humanista en moralista, y, al mismo tiempo, la referencia erudita y el historicismo más o menos objetivo quedan sustituidos por el criterio personal y el estudio de la reacción individual.De ahí la doble actitud del moralista. Por una parte, la influencia de los modelos antiguos y el estudio de los textos, tanto históricos como literarios, le hacen llegar a cierto número de conclusiones acerca de la naturaleza del hombre en general. Al principio, el ideal moral de M. se acerca al del estoicismo: el filósofo parece confiar en la voluntad, que proporciona las victorias morales. Luego, la comparación más detenida de las enseñanzasdel pasado llama más poderosamente su atención sobre la inconstancia y la relatividad de los criterios humanos: el hombre es versátil por naturaleza, "ondeante y vario", incapaz por sí mismo de llegar al conocimiento de la verdad. La ciencia, la razón, no le sirven; sus guías son la casualidad, las impresiones, las circunstancias externas que, en lugar de llevarle a la verdad, le hacen vivir en medio de ilusiones y de sombras. Esta incapacidad innata del hombre conduce a M. a una profesión de fe cristiana, sobre todo en el capítulo más célebre de los Ensayos (11,12), Apología de Ramón Sibiuda, pero al mismo tiempo produce y desarrolla en él el fermento de la duda. Su escepticismo, que no debe entenderse como un negativismo demoledor, sino como un descubrimiento entre divertido y doloroso, se resuelve en un naturalismo hedonístico y en una prudencia cavilosa, que prefiere interrogar sin contestar, más bien que negar. Su mismo lema es una pregunta: "¿qué se yo?" y sus contestaciones, más bien que verdades, son conjeturas. Este escepticismo templado, humanista, a veces indulgente y compasivo, otras veces guasón y cargado de ironía, es más bien un modo de llamar la atención sobre la incapacidad fundamental de la mente humana y sirve para combatir la soberbia antes que proponer un método de conocimiento; en lo cual difiere del célebre quod nihil scitur de Francisco Sánchez (1581), con quien se le compara alguna vez.Por otra parte, al tomar como base de su análisis la reflexión moral, M. debía llegar forzosamente al examen de conciencia y a la introspección; el cotejo de los errores y de las debilidades humanas le conduce insensiblemente al examen de sus propias debilidades, con la esperanza de comprender mejor, de este modo, el mecanismo de las reacciones del hombre en general. Como, según él, para dejar sentada la ineptitud de éste "hace falta dejarle en camisa" y penetrar en la intimidad de su pensamiento, el examen de sí mismo le aparece como el método más apropiado para llegar a este conocimiento. De ahí el interés excesivo y tan nuevo de este moralista "hambriento de conocerse" hacia su propia persona, sus reacciones, sus flaquezas. Desde el prefacio advierte que pretende representarse a sí mismo y afirma: "soy yo mismo la materia de mi libro". Por este aspecto autobiográfico, que hace del autor su propio personaje y de su obra el primer sondeo introspectivo de la literatura moderna, M. llega a nuevas concepciones morales, que quizá no justificaba suficientemente su búsqueda puramente erudita. Su análisis se hace indulgente y complacido, y su escepticismo se matiza con un prudente conservadurismo o conformismo religioso y político y, por otra parte, con un hedonismo o naturalismo que recuerda en parte el de Rabelais (v.).De un modo general, es fácil ver que en los Ensayos confluyen intereses y tendencias contradictorias y que M., enemigo de cualquier búsqueda sistemática, no se deja clasificar fácilmente. Precisamente éste es su mérito o, por lo menos, su importancia histórica, ya que sus dudas y su relativismo lo han transformado en promotor del liberalismo filosófico. Su éxito se justifica más que por su falta de criterios firmes, por su estilo, de una rara espontaneidad y plasticidad, por sus expresiones pintorescas e imprevistas y por sus imágenes precisas y familiares, que hacen directamente sensibles las ideas abstractas. Según frase de Michelet, M. ha sido "el evangelio de la indiferencia y de la duda". Ha ejercido una poderosa influencia negativa y casi se puede decir una fascinación sobre Pascal (v.), su crítico más apasionado, sobre Bacon (v.), Shakespeare (v.), Locke (v.) y Emerson (v.), así como sobre Voltaire (v.), Renan (v.) y Anatole France (v.), sus discípulos más inmediatos.V. t.: ESPIRITUALISMO II.ALEJANDRO CIORANESCU.
BIBL.: MONTAIGNE, Les Essais, ed. P. VILLEY, 3 vol. París 193031; ed. A. THIBAUDET, París 1937; íD, Ensayos, trad. C. ROMÁN SALAMERO, 2 vol. París 1899; íD, Ensayos, trad. J. G. de LUACES, 3 vol. Buenos Aires 1947-51; J. PLATTARD, Montaigne et son temps, París 1933; P. VILLEY, Montaigne, París 1933; F. STROWSKI, Montaigne, París 1938; P. MOREAU, Montaigne, París 1966; G. LANSON, Les Essais de Montaigne, París 1930; M. DRÉANO, La pensée religieuse de Montaigne, París 1936.
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