Mengs, Anton Rapha
Categoria:
Biografía GER
EL Pintor famoso del s. XVIII, tanto por su obra como por el prestigio con que contribuyera al éxito del neoclasicismo (v.)Vida. Procedente de una familia hebrea de Copenhague, su padre, Ismael (1688-1764), modesto miniaturista entonces, se establece en Aussig (Bohemia), y allí nace M. el 12 mar. 1728. Decidido su padre a hacerle pintor desde la propia hora del nacimiento, le impone los nombres de Antonio, eJ del Correggio y Rafael, y convierte sus juegos infantiles en rudimentos de la profesión a que le destina. Con los años, se extrema esta tiranía, y ni siquiera se ahorra al niño el estudio de la química. En 1741 su padre le conduce a Roma. Le señala cada día su tarea de copista en el Museo Vaticano y le deja por todo viático pan y agua. En 1744, los dos M. están en Dresde, y el hijo copiaba los retratos hechos por su padre, pintor de cámara. En 1745, M. es presentado a Augusto III, elector de Sajonia, hace su retrato y obtiene de él una pensión; vuelve a Roma; el 2 ag. 1748 se convierte al catolicismo, y eJ 5 del mismo mes y año casa con la bella Margarita Guazzi. Regresa a Dresde en diciembre de 1749. Riñe con su tiránico padre y, eJ 23 mar. 1751, es nombrado primer pintor de cámara de Sajonia. De nuevo en Roma en 1752, traba estrecha amistad de enormes repercusiones con el arqueólogo Winckelmann (1717-68). Por encargo de Augusto III, marcha a Nápoles, para retratar a María Amalia de Sajonia, esposa de Carlos III, y a éste
Carlos, que ha heredado la corona de España, invita al artista a trasladarse a Madrid. Así lo hace M., y llega a Alicante el 7 sept. 1761. Pasa prontamente a Madrid y toma aposento en la plaza de S. Ildefonso y estudio próximo a los Caños del Peral, sin duda para estar cerca de Palacio Real, donde debe trabajar. En efecto, allí pintaría luego al fresco los techos que se le destinaron: Apoteosis de Hércules, en la Antecámara de Gasparini; Apoteosis de Trajano, en la Saleta de Gasparini, y La Aurora, en la Cámara de la Reina, que actualmente es una de las tres piezas del Comedor de Gala. Otrosí, y al temple, El Tiempo arrebatando al Placer, en uno de los techos del Palacio de Aranjuez. Pero todas estas obras, de varia cronología, no deben ser comentadas rompiendo la historia del pintor en España. No le place tener por competidores al grato napolitano Giaquinto (v.) y al glorioso veneciano Tiepolo (v.) que llegó el 4 jun. 1762, y en una carta alude a ellos de suerte un tanto despectiva, asegurando que "son valientes en el fresco, pero no lo saben hacer que parezca cálido". Y la posteridad se ha encargado de dictaminar quién era el menos cálido de los tres
Para su tranquilidad, Giaquinto abandona España en 1762 y muere en Nápoles, en 1765. Pide M. el puesto de primer pintor de cámara que deja vacante, y le es concedido el 16 oct. 1766. Pero la tirantez y aun hostilidad con Tiepolo continúa, y los artistas españoles han de tomar partido. Estas luchas pequeñas y mezquinas tuvieron su principal asiento en la Acad. de San Fernando, a la que pertenecía M. desde el verano de 1763, en la condición de director honorario de la Pintura. No es de este lugar el relato de las difíciles relaciones del artista con la Corporación ni la firme posición de los más de los componentes de ésta ante las pretensiones de M., quien cada día parecía estar más descentrado en Madrid. También parece que eran esquinadas las relaciones con su esposa. Ésta y su hija mayor llegan a Madrid en marzo de 1769, pero por breve tiempo, pues M., sintiéndose enfermo, solicita permiso para abandonar España. Se le concede y M. llega a Génova en diciembre de 1769. En 1770, y por encargo de Carlos III, retrata en Florencia a la familia real; pasa a Roma en el mismo año, donde fecha la Adoración de los pastores del Prado. En 1773 viaja a Nápoles, también por encargo del rey, para retratar a Fernando IV y a su esposa
Conminado reiteradamente por Carlos III para que vuelva a España, así lo hace a finales de 1774, y es entonces cuando se dedica a pintar el techo de la Antecámara de Gasparini y el del Palacio de Aranjuez. En esta segunda etapa madrileña, y ya sin la rivalidad del gran Tiepolo (muerto el 27 mar. 1770), M. no disimula su modo de ser autoritario y dictatorial, si bien en determinados aspectos resultó beneficioso para el arte español. En todo caso, sus dolencias físicas hacen esta estancia española mucho más breve que la anterior. Carlos III le deja partir, a fines de 1776, con sueldo de 3.000 escudos, y M. marcha a Roma. Es asediado allí por múltiples encargos, pero su enfermedad, tuberculosis pulmonar ode otra especie, continúa su labor y M. fallece en Roma el 29 jun. 1779
Obra. Los años más prolíferos fueron los diez pasados en España. Ellos serán también la base para nuestro juicio del artista, el que por fuerza ha de revertir toda la desapoderada admiración que suscitó en su tiempo, igual que queda sin efecto cualquier clase de paralelismo ni rivalidad con el extraordinario Tiepolo, entonces vigente. En primer lugar, lo más admirable en M. era su dibujo, seguro, firmísimo, disciplinado y correcto como era de prever según fue la educación que le impuso su padre. Por ello, mucho más que sus frescos de Palacio valen los dibujos preparatorios, y en algún caso -como en la figura de El Tiempo, del que hay dibujo en el Museo del Prado, previo a la definitiva del techo de La Aurorael cotejo es tan instructivo que excusa toda otra ponderación. Y, no obstante, es en estos frescos palatinos, pese a todo su convencionalismo, donde mejor se advierten los valores del pintor bohemo en cuanto a su sentido ornamental, a su buen oficio, a su indudable maestría técnica. Por el contrario, la amorosa paleta, la infinita gracia, la ternura de Tiepolo quedan a mil leguas de estas composiciones de M., frías y gélidas en tal grado que sorprende fascinasen tanto en su momento. Si el género mitológico realizado por M. nos queda cada día más lejano, el religioso tampoco convence grandemente y sólo se salvan la gran Ascensión de Dresde, la Adoración de los pastores y acaso el Cristo en la Cruz, ambas en el Palacio Real de Madrid, donde el artista parece haber estudiado a Velázquez. En cuanto a la Adoración de los pastores, del Prado, es cuadro interesante por su efecto lumínico, pero dista mucho de la categoría de obra maestra
Y, en fin, nos queda por hacer la referencia al género de M. más accesible al espectador, que es el del retrato. Augusto III de Sajonia, Leopoldo II y Francisco II de Austria, Fernando IV de Nápoles, las archiduquesas María Josefa, María Teresa y María Ana de Austria, Carlos III y María Amalia de Sajonia, Carlos IV y María Luisa de Parma como príncipes de Asturias, María Carolina de Nápoles, los infantes Javier, Gabriel, Antonio Pascual de Borbón, etc. Es enorme la lista de retratos imperiales, reales y principescos, todos ellos característicamente uniformes por su factura áulica, rendida, obras del más efectivo pintor de cámara posible. Y no es ésta la tacha principal, sino el aspecto de muñecas que da a casi todas sus retratadas y la gama acaramelada, aporcelanada, absolutamente irreal, que compone cada una de estas pinturas. Si una de ellas se contempla sin placer, pero tampoco con disgusto, una sala museal repleta de retratos palatinos por M. queda cerca de lo insufrible. Pero, naturalmente, hay excepciones, y son éstas las que, de no ser tan escasas, justificarían para M. el dictado de grandísimo artista. Unas son las de sus autorretratos, en verdad excelentes como el del Prado, ya que rara vez, en tal ocasión, un pintor procura mentir y faltar a la veracidad de su talante interno y externo. Y otra excepción ilustre es la de un cuadro díficil de fechar, el de Doña Isabel Parreño y Arce, Marquesa del Llano, en su disfraz de mancheguita de la serranía de Cuenca, obra que se conserva en la Acad. de S. Fernando. Es pintura muy grata y que se despega de la obra normal de M., acaso porque el disfraz no le impuso respeto, y por una ocasión se sintió libre
De otros géneros no es menester hablar, porque el pintor era alérgico al paisaje, y todos cuantos reprodujo en fondos de retratos -prefería pormenores palacialesson meramente convencionales. Sí se sintió escritor, y sus obras, publicadas por su amigo José Nicolás de Azara, versan sobre Reflexiones sobre la belleza y sobre el gusto de la Pintura, Reflexiones sobre los tres grandes pintores Rafael, Correggio y Tiziano y sobre los antiguos y Discurso sobre los medios para hacer florecer las Bellas Artes en España, con otros escritos menores. No son de mayor trascendencia, pero en el s. XVIII, cuando era raro el caso de un pintor-escritor, se tuvieron en grandísima estima. Sólo sus previsiones sobre la enseñanza del Arte, aun equivocadas en muchos aspectos, conservan hoy algún interés
J. A. GAYA NUÑO
BIBL.: J. N. DE AZARA, Opere di Antonio Rallaello Mengs, primo pittore della Maestá di Carlo III, Re di Spagna, Parma 1780; AMADUZZi, Elogio Storico del Cavaliere Anton Rallaello Mengs, Pavía 1785; U. CHRISTOFFEL, Der Schriftliche Nachalss des Anton Raphael Mengs, Basilea 1918; G. GERSTENBERG, 1. winckelmann and A. R. Mengs, Halle 1929; F. J. SÁNCHEZ CANTÓN, Antonio Rafael Mengs, Madrid 1929 (prefacio al catálogo de la exposición de dicho año en el Museo del Prado)
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.