Matisse, Henri
Categoria:
Biografía GER
Pintor francés novecentista, n. en La Cateau el 31 dic. 1869, m. en Niza el 3 nov. 1954. De familia burguesa y acomodada, lo más lejana posible de cualquier ademán bohemio, romántico o improvisado, tal actitud jamás abandonará al hombre serio y ponderado que había de ser M. Nada, tampoco, de precocidad o de niñez prodigiosa. Después de cursar sus estudios de segunda enseñanza en el colegio de San Quintín, sigue, de 1887 a 1888, cursos de derecho en París, y en 1889 es pasante de la notaría de Duconseil, en San Quintín. Todo parecía preparado, a sus 20 años, para anunciarle una carrera honorable y oscura, la de leyes, y en verdad que su aspecto físico nunca dejó de ser el de un grave doctor en algo como leyes o medicina. Pero en 1890 cambia el destino. Sufre una operación de apendicitis y, para distraer la larga convalecencia, pinta a la acuarela. Ya se ha inoculado el veneno de la pintura, ya no se librará de él; no sólo no querrá librarse, sino que lo dominará a su antojo. De momento, se matricula en la escuela Quentin de la Tour, simultaneando el aprendizaje con los deberes burocráticos. Pronto abandona éstos, marcha a París y asiste, al principio, a la Académie Julian; más tarde, a la Escuela de Artes Decorativas. Primer gran maestro, Gustave Moreau; primeros condiscípulos, Marquet y Rouault (v.); primera obra expuesta y vendida, en 1896, La lectora. En 1898 ha casado con Amélie Parayre; en 1899 comienza a interesarse por la escultura; en 1900, año de pobreza, ha de trabajar -mo pintor decorador, mientras Amélie ayuda a la eco.jomía del hogar abriendo una boutique. Lo importante es que ha concluido el s. xix. Parece como si M. reservara todos sus triunfos para el suyo y nuestro, para el xxPero tampoco se apresura en ser novecentista. Realmente, M. jamás se apresuró a nada, y todas sus innovaciones conocieron la hora precisa. De momento, es clara la tendencia a proceder mediante coloraciones planas, prescindiendo cada vez más de tonos medios y de pormenores que puedan distraer del efecto general. Son los años de envíos a los Independientes, de la primera exposición personal (1904) en la sala Vollard. De pronto, en 1905, el gran hecho sustantivo, constitutivo de la primera, ancha y justa fama de M.: el Salón de Otoño presencia la eclosión del fauvismo (v.), cuyo jefe no discutido es nuestro artista, mediante obras tan conscientes del pleno triunfo del color dibujando por sí mismo, como La mujer del sombrero y Lujo, calma y voluptuosidad, fiel trasposición a la pintura del verbo baudelairiano. Escándalo y fama se seguirán, ambos factores conducentes a una mayor apetencia de síntesis, la que se opera en 1906 mediante La alegría de vivir; en 1907, con El lujo; en 1908, por la aparición, en diciembre, de sus lúcidas Notes d’un peintre, aparecidas en "La Grande Rev.". Es indispensable acotar algunas palabras de esta especie de manifiesto personal por lo que tendrá de válido en la subsiguiente evolución del artista: "Lo que sueño es un arte de equilibrio, pureza, tranquilidad, sin tema perturbador o que preocupe, que estuviera destinado a todos los trabajadores del cerebro..."; "todo lo que no tiene utilidad en el cuadro es, por esta misma razón,muy dañino". Por consiguiente, cada día eliminará más lastre inútil, cada día propenderá a una pintura más sensual y visual
La música y La danza, que pinta en 1910 para el coleccionista ruso Stchoutkin, obras plenas de ritmo y de total esencialidad, son el respaldo de su programa. Siguen obras deliciosas con predominio de un solo color, ya el azul en La ventana, de 1912, ya el rosa-gris en La lección de piano, de 1916 (ambas obras en el Museo de Arte Moderno de Nueva York), de castigada y maravillosa simplicidad. Si el viaje de 1912 al Norte de África redujo un tanto esta simplificación, justamente cautivado M. por la asombrosa policromía detallista marroquí, los años posteriores nos aportan, como ningunos otros, el don inestimable de su amor al arabesco. Éste irá haciéndose más pronunciado al correr de su edad, como si la más que plena madurez hubiera avisado a M. del error de mantenerse fiel al fauvismo. Porque, en puridad, el movimiento, generoso en sus comienzos, había dejado de existir como escuela, y la estética del maestro resultaba intransferible. Ya no es posible proceder año por año, ni tan siquiera decenio por decenio, la carrera de triunfos, de exposiciones, de éxitos públicos, de glorificaciones del excelso M., ni apenas lo será señalar obras maestras, dado que todas lo son. Cuantos más años cuenta, y no olvidemos que pertenece a la generación de ToulouseLautrec (v.), mayor sentido de responsabilidad demuestra; con el maravilloso, aparente, contrasentido de que este hombre de gafas, barba blanca, aspecto respetable de notario o abogado a que le llamaban sus comienzos vitales, se hace cada día y cada hora más sencillo en la estilización de una flor, en el volumen de una fruta, en la síntesis orográfica de un desnudo femenino, en el perfil rapidísimo de un rostro. Lo que le ha quedado del clausurado fauvismo no es ya sino el placer del color por sí mismo, el que hace inimitable su pintura, la que, de puro sabia y poderosa, revierte a casi total primitivismo
En 1941 sufre una cruel operación intestinal que hubiera robado a cualquier otro toda voluntad de trabajar. Pero M. es diferente: se entretiene, durante sus larguísimas horas de lecho, en recortar papelitos de colores y hacer collages, cada uno de ellos es un incisivo portento de gracia. Ni la operación quirúrgica, ni el riguroso régimen subsiguiente le harán desistir de su gran obra final. Es la decoración de la capilla católica de Vence (Alpes Marítimos), en la que también colabora Léger. Esta maravilla de iglesia dominicana, inaugurada el 25 jun. 1951, por mons. Rémond, obispo de Niza, es como una summa y como un testamento -pura, purísima silueta, grandioso corolario de su arabesco- de la estética matissiana. ¿Más datos?: en 1948, premio de pintura en la XXIV Bienal de Venecia y, en 1952, inauguración del Museo Henri Matisse en Le Cateau, su ciudad natal. Pero el dato último y más significativo de todos debe caber en una frase, la siguiente: Henri M. ha sido el máximo pintor francés del s. XX, y precisamente el más francés de todos, porque a su inefable sutileza y a su conciso don de la gracia supo unir en todo momento el dictado de razón lógica de todo cuanto hacía
J. A. GAYA NUÑO
BIBL.: A. H. BARR, Matisse, his Art and his Public, Nueva York 1951; R. ESCHOLIER, Matisse, ce vivant, París 1956; G. JEDLICKA, Die Matisse-Kapelle in Vence, Francfort del Main 1955; 1. LASSAIGNE, Matisse, Barcelona 1959; J. SELZ, Matisse, Barcelona 1966
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.