Martinez Montañés, Juan
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Biografía GER
Vida. Arquitecto de retablos. Escultor. Imaginero. N. en Alcalá la Real (Jaén), en 1568; m. en Sevilla el 18 jun. 1649. En esta ciudad residió, casi ininterrumpidamente, 67 años de los 81 que vivió. Contrajo nupcias en dos ocasiones, engendrando 12 hijos, de los cuales cuatro abrazaron el estado eclesiástico. En 1591 padeció el mayor percance de su vida social, pues cometió un homicidio en el compás de un monasterio, quedando absuelto por la viuda del extinto, previo abono de la satisfacción subsidiaria correspondiente Su formación se inició en un ambiente de artesanía por ser hijo de un broslador; en Granada trabajó bajo el magisterio artístico del escultor Pablo de Rojas (v.). En 1582 de modo dudoso, siete años después ciertamente, se avecindó en Sevilla, donde le impresionaron las obras de los manieristas que allí laboraban, iniciando la escuela escultórica hispalense; especialmente jerónimo Hernández, Gaspar Núñez Delgado y Andrés de Ocampo, entre otros grandes escultores, que pueden considerarse también como sus maestros. En 1588 era facultado para abrir tienda pública ejerciendo tareas de escultor, entallador de romano y arquitecto de retablos, previo examen ante los alcaldes veedores gremiales, los insignes imagineros Gaspar del Águila y Miguel Adán. No debemos olvidar su formación humanística con su amigo y colaborador Francisco Pacheco (v.), pintor y tratadista de ArteConocemos un retrato fidedigno de M. M., original del pintor Francisco Varela, efigiado a los 47 años, que se conserva en el Ayuntamiento sevillano. En el Museo del Prado se admira un muy probable retrato suyo, pintado por Velázquez, y en el Libro de descripción de verdaderos retratos compuestos por Pacheco, figura uno sin identificar ni biografiar, pese a la norma del códice, que verosímilmente representa al maestro imaginero que nos ocupa. Sus obras le dieron fama y renombre desde las mismas calendas de su creación y factura. Se le llamó en cenáculos artísticos y medios populades el "Lisipo andaluz", y el "Dios de la madera", amén de otros epítetos, demostrativos de que caló hondo en la mentalidad religiosa hispánica Obras. Su producción fue casi únicamente de carácter religioso, pues sólo se conocen de él tres obras profanas en la extensa nómina de su quehacer artístico; compuso relieves y esculturas con sentido decorativo, es decir, integrando retablos, o creando imágenes de carácter procesional. Unas y otras están plasmadas en madera y policromadas, corriendo las tareas de estofarlas y encarnarlas a cuenta de hábiles pintores especializados, colaborando con él en no pocas de ellas Francisco Pacheco, que se envanecía de ello
Retablos. Numerosos son los retablos ejecutados por M. M. para España y América, unos trazados por él y otros por su colaborador Juan de Oviedo el Mozo, también arquitecto y escultor. La estética de todos ellos es clasicista y, en ocasiones, pueden comprobarse fórmulas y recursos expresivos de sentido manierista. El conocimiento de los preceptistas italianos, Viñola (v.), Palladio (v.) y Serlio es evidente y podrían identificarse no pocos elementos que lo comprueban. El barroquismo en ellos es muy liviano y hay que descartar definitivamente de su haber el de la capilla real de Puebla de los Ángeles (México), concebido con soportes entorchados. Dichos retablos se destinaban a capillas mayores de templos, o a lugares laterales; algunos tenían carácter de tabernáculos para enmarcar una imagen. Los primeros se distribuían en un plano o en tres, según la planta del lugar donde se sitúan. El orden que utiliza es casi únicamente el corintio por su riqueza, dinamismo y gracia, pese a que era costumbre bastante generalizada utilizar varios órdenes
Entre sus grandes retablos mayores destaca el del monasterio jerónimo de Santiponce (Sevilla), uno de los más importantes del s. xvn español, iniciado en 1609, y obra muy personal no sólo en su traza sino en sus maravillosos relieves y esculturas; el del convento sevillano de S. Clara, comenzado en 1621, proyectado también por él, que contiene estupendos relieves y figuras; el grandioso de la parroquia de S. Miguel en Jerez de la Frontera (Cádiz), de larga historia a partir de 1617, en el que participaron ejecutando imágenes y relieves M. M. y José de Arce (v.); el del templo parroquial hispalense de S. Lorenzo, arquitectónicamente montañesino, mas la escultura fue ejecutada por otros maestros
De sus retablos laterales citaremos cuatro de amplia composición: los dedicados a S. Juan Bautista (convento de la Concepción en Lima, 1607, y para el cenobio sevillano de S. María del Socorro, 1610) y los construidos en honor de los S. Juanes Bautista y Evangelista (convento hispalense de S. Leandro, 1621), de conceptos renacentistas aquéllos y manieristas éstos en sus trazas y soluciones. Como retablos-tabernáculos pueden citarse los del convento de clarisas (Inmaculada, S. Francisco de Asís y S. Juanes, ¿1625?) y el concepcionista de la catedral hispalense (1628), todos recogidos de formas, sobria arquitectura y graciosa composición
Imaginería sacra retablística. Citando únicamente lo que no es procesional, referiremos los maravillosos relieves de la Natividad y Epifanía, de Santiponce, que marcan ya su lograda madurez, así como las dos interpretaciones del Bautista y Evangelista del mismo lugar, de perfección pocas veces superada; los pequeños relieves que biografían al Precursor en el convento del Socorro; los S. Ignacio de Loyola y Francisco de Borja de la Universidad sevillana, que lucían vestiduras; la S. Ana, maestra de la Virgen en el convento de carmelitas de dicha advocación; los logradísimos S. Juanes del convento de jerónimos de S. Paula, sedentes y de aguda expresión (1637); y cuatro años más tarde, la original y espectacular Batalla de los Ángeles (presentando a Luzbel con sentido apolíneo en bellísimo desnudo) y los imponentes S. Pedro y Pablo del retablo jerezano, entre otros muchos. Mención especial merece el Crucificado de la Clemencia, encargado para su oratorio por el arcediano de Sevilla Mateo Vázquez de Leca, que se venera en la sacristía de los Cálices de la catedral hispalense -quizá la fidedigna versión del Cristo según la mente tridentina-, perfecto de formas, modelado y composición y con profunda unción sagrada (1603-06)
Imaginería procesional. Si la imaginería retablística tiene carácter decorativo según se ha dicho, pues ha de componer en el marco arquitectónico para el que ha sido creada, y, por tanto, con limitados puntos de vista y escasa iluminación, las esculturas procesionales, destinadas al culto permanente en el templo y circunstancialmente en la calle, están estudiadas para contemplarse a la luz del día y exigen cuidar todos y cada uno de sus planos, perfiles y ángulos de visión. Desde el punto de vista ascético, la pastoral de este periodo acentúa y prolifera la liturgia procesional, a la que se confía primordial carácter docente. La época montañesina, a tono con lo tridentino, ve surgir cofradías penitenciales en número importante y transformarse las hermandades de luz en confraternidades de sangre, lo que determina la sustitución de las figuras titulares a tenor con la nueva mentalidad religiosa. Éstas son ordinariamente de talla completa, bien dibujadas, modeladas, talladas y policromadas, y en sus proporciones sigue las de la preceptiva de Alberto Durero (v.), según declaración expresa del "dios de la madera"
Desconocemos las más antiguas obras de M. M.; sabemos que hizo varias Vírgenes de vestir para las Indias, que no han sido identificadas. Todavía en el marco del s. XVI realizó una portentosa imagen de S. Cristóbal con Jesús en los hombros, que se venera en la parroquia sevillana del Divino Salvador (1597), y acusa ya evidente maestría y el influjo de los maestros manieristas citados, que laboraban en la ciudad del Betis. Diez años después hizo el Niño Jesús de la Sacramental catedralicia hispalense, dotado de ese difícil equilibrio entre realismo e idealización que caracteriza a su autor
Hacia 1611 cabe fechar la inefable figura de S. Jerónimo, que aunque destinada a presidir el retablo principal del monasterio de Santiponce, se impuso al maestro la obligación de realizarla de forma que pudiera salir en andas procesionales; y bien que acertó M. M., ya que es un auténtico tratado de dibujo, modelado, encarnado y sobre todo de unción sagrada. Es una de las versiones más logradas en la Iglesia católica de lo que representó el santo dálmata
En fecha inmediata a 1619 produjo el maravilloso Jesús con la Cruz al hombro, advocado de la Pasión, titular de una cofradía sevillana, acierto indudable de la imaginería pasionista, en el que M. M. da forma plástica a textos de exegetas cual fray Luis de Granada; el hecho de lucir túnica bordada o lisa otorga evidente verismo a su caminar por la vía del dolor. En la agudapolémica concepcionista de la etapa seiscentista, M. M. se persona con varias figuraciones de la Inmaculada (El Pedroso, S. Clara y Universidad) culminando con la maravillosa imagen catedralicia llamada popularmente "La Cieguecita" por tener los ojos casi cerrados en gesto ancilar de profunda humildad, destacando con elocuente claridad el sentido de la Teotocos, de quien es Madre de Dios (1631). En el mismo retablo se admira un S. Juan Bautista, niño, de indudable carácter procesional, en el que el "dios de la madera" hunde su inspiración en conceptos iconográficos de aires donatellianos
Bello y bien compuesto es el grupo de S. Ana itinerante, llevando de la mano a su Hija, que veneran los carmelitas del Buen Suceso (1632), y profundamente ascético es el S. Bruno del museo sevillano, recio, aplomado y cargado de expresión
Esculturas profanas. En el segundo decenio del s. XVII, M. M. produjo las figuras orantes de Alonso Pérez de Guzmán y su esposa, María Alonso Coronel, en madera policromada, que podemos considerar retratos, no de los representados, que vivieron en siglo muy anterior, sino de contemporáneos del autor y aun ataviados con la indumentaria de este tiempo. Componen con el retablo principal de Santiponce por hallarse situadas en su capilla mayor. En 1635 M. M. se trasladó a la Corte para retratar al rey Felipe IV, como en efecto lo hizo y recibió mercedes por ello. La cabeza ejecutada por M. M., modelada del natural, vaciada convenientemente y acompañada verosímilmente de dibujos suyos y quizá de Velázquez, sirvió para que Pietro Tacca ejecutara la broncínea figura ecuestre del monarca que aún se admira en la madrileña plaza de Oriente
Valoración artística. Su formación artística fue claramente clásica, basada en el ambiente típico de la romanizada Bética, en la obra de los maestros y obras italianas que encontraría por doquier y en la producción de los artistas citados, con los cuales aprendió mucho y maduró su estética y su arte. La mentalidad manierista deja en él algunas huellas de interés; el pensamiento tridentino y de la Contrarreforma le ambientan fundamentalmente, aunque paso a paso y con evidente claridad, va recibiendo matices, a través de sus discípulos Juan de Mesa (v.), Alonso Cano (v.) y otros, sin que desvirtúen su personal estilo. Su estética se basa en la ideología ncoaristotélica, como se puede apreciar en sus figuraciones. En el aspecto religioso, su pensamiento es ascético, apoyado en los textos de exegetas y expositores sagrados y cimentado en los dogmas católicos. En sus obras sirvió con ejemplar fidelidad a la pedagogía católica en general y de modo directo a las orientaciones emanadas del Conc. de Trento. La Iglesia vio complacida que algunas representaciones sacras creadas por él (S. Cristóbal, S. Jerónimo, Niño Jesús, Crucificado de la Clemencia, Nazareno de Pasión, Inmaculada "Cieguecita", etc.) constituían versiones plásticas dignas en lo humano de las ideas que simbolizan y encarnan la propia Teología que debe presidir el arte sagrado. Por otra parte, sus versiones poseen carácter universal; sirvieron a las directrices pastorales de su tiempo y aún tienen vigencia en el nuestro, pese al cambio de mentalidad religiosa y social. La obra de M. M. gozó de merecido prestigio en su tiempo, contribuyendo de modo destacado junto a las de Velázquez, Zurbarán, Cano, Murillo, Valdés Leal, Mesa, Roldán, La Roldana, Ruiz Gijón y otros muchos a la gloria que aureola la inmortal escuela artística sevillana del Siglo de Oro
BIBL,; D. ANGULO IÑIGUEZ, La escultura en Andalucía, Sevilla 1927-36; M. E. GóMEZ MORENO, Juan Martínez Montañés, Barcelona 1942; íD, Escultura del siglo XVII, en "Ars" XVI; 1. HERNÁNDEz DIAZ, Juan Martínez Montañés, Madrid 1949; fD, El maestro imaginero Juan Martínez Montañés a los cuatrocientos años, Santander 1968; fD, Martínez Montañés y la escultura andaluza de su tiempo. Catálogo de la exposición del Casón del Buen Retiro, Madrid 1969; íD, Martínez Montañés y el manierismo, Sevilla 1969; íD, Martínez Montañés y la ideología de su tiempo "Archivo hispalense", 1950; B. G. PROSKE, Juan Martínez Montañés, sevillian sculptor, Nueva York 1967**AU
J. HERNÁNDEZ DÍAZ.
**BIOMARTINEZ DE LA ROSA, FRANCISCO
Político y escritor español. N. en Granada el 10 mar. 1787 y m. en Madrid el 7 feb. 1862. Estudió en su ciudad natal e ingresó (1799) como colegial en San Miguel, dando prontas muestras de sus dotes poéticas que le valieron ser nombrado académico de la Literatura gaditana y la amistad de Alcalá Galiano. A los 20 años terminó sus estudios de leyes y ganó la cátedra de Filosofía moral de la Univ. granadina (1808). Inmediatamente después de producirse el levantamiento patriótico de 1808 se consagró a la lucha por la independencia formando parte de la junta de Salvación y Defensa de Granada, por encargo de la cual fue a solicitar ayuda al comandante de Gibraltar, misión ésta que le llevó a Cádiz, donde conoció e hizo amistad con escritores y políticos allí refugiados. Con posterioridad y deseando conocer bien, como muchos de sus contemporáneos, la Constitución inglesa, marchó a Londres, donde colaboró en El Español, revista que dirigía su compatriota el escritor José Blanco White. Al poco tiempo volvió a Cádiz y entró como representante en las Cortes reunidas en aquella ciudad. Se distinguió por sus tendencias liberales y reformistas, que le llevarían a padecer con saña la reacción absolutista de 1814 que le condujo a la cárcel durante siete meses, para ser luego desterrado al Peñón de la Gomera. El alzamiento de Riego (1820) le liberó, siendo elegido diputado por Granada. Se mostró ahora, tal vez debido a los efectos de los anteriores sufrimientos, en un sentido moderado que le valió la repulsa y los atentados por parte de los liberales más exaltados, los veinteañistas. En marzo de 1822 fue nombrado ministro de Estado (prácticamente jefe de Gobierno) e intentó mantener las prerrogativas de Fernando VII (v.) y el respeto de éste a la Constitución, hasta que el motín de julio de 1822 le hizo desistir de su intento y dimitió desengañado
La invasión de los Cien Mil hijos de San Luis, que instauraron nuevamente a Fernando VII como monarca absoluto, valió el destierro a M. de la R., que marchó a París, donde se dedicó a escribir, principalmente su Poética y algunas obras dramáticas. Regresó a España en 1831 y, muerto Fernando VII, fue presidente del Consejo de ministros, cargo en el que sucedió a Cea Bermúdez. Redactó el Estatuto real, promulgado por real decreto en 1834. Era éste, en esencia, una verdadera Constitución en la que se mezclaban la gaditana de 1812 y otras europeas e implantaba dos cámaras, sufragio censitario y reforzaba igualmente las atribuciones del poder ejecutivo. Su gobierno duró poco debido a la complicada situación internacional, al de la Guerra carlista y al malestar y consecuencias de una fuerte epidemia de cólera. Dimitió (1835) y nuevamente abandonó la política para no volver a ella hasta 1836; luego marchó a París durante la regencia del general Espartero (1840-43). A la caída de éste, regresó y fue nombrado embajador en Francia (1844-47), y trasladado después a la embajada de Roma
Al reunirse las Cortes de 1851, fue elegido presidente del Congreso; después ocupó los ministerios de Estado y Ultramar (1857) y fue designado, en 1858, presidente del Consejo de Estado y nuevamente del Congreso en 1860. Mejor orador que gobernante, y más intelectual que hombre de Estado, M. de la R. ocupó pocas veces el poder y se mantuvo muy poco tiempo en él. Por el contrario, sus ideas contribuyeron a fijar muchos de los caracteres del doctrinarismo liberal español. Como literato, superó pronto el neoclasicismo en que fue formado, y contribuyó a la imposición del ideal romántico. Entre sus obras más destacadas figuran: La conjuración de Venecia; La viuda de Padilla, en la que los personajes hablan y se desenvuelven ideológicamente en el mismo plano que los contemporáneos del autor; La niña en la casa, la madre en la máscara, de clara influencia de Moratín; Morayma, de tema arábigo-granadino; y una versión de Edipo. Otras obras son: El español en Venecia, Amor de padre, etc. En el aspecto histórico y filosófico, en el que M. de la R. demuestra tanta ingenuidad como eclecticismo, escribió El espíritu del siglo y Bosquejo de la política de España
J. F. DE LA PEÑA GUTIÉRREZ
BIBL.: M. MENÉNDEZ PELAYO, Martínez de la Rosa. Biografía, Madrid 1884; J. SARRAILH, Un homme d’État espagnol: Martínez de la Rosa (1787-1862), Burdeos 1930; L. DE SOSA, Martínez de la Rosa, político y poeta, Madrid 1930; C. SECO, Martínez de la Rosa. El equilibrio en la crisis, Madrid 1962
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