Marta Teresa de Austria
Categoria:
Biografía GER
Primera y única Emperatriz titular de Austria, n. el 13 mayo 1717. Su padre, el emperador Carlos VI, no se preocupó especialmente de preparar a la hija para la tarea ardua que la esperaba. Si se puede y se debe decir que el reinado de ésta arrojó un balance final positivo, se tiene que atribuir fundamentalmente a las cualidades naturales de M. T.: a su perspicacia, quizá a su bondad y a su tesón; lo único que logró el Emperador fue asegurar teóricamente la sucesión de la hija, obsesionado como vivió por acumular reconocimientos oficiales a su célebre Pragmática Sanción. Pero la economía de guerra a que Carlos VI había sometido constantemente a sus súbditos hizo que el legado territorial llegase exhausto y desorganizado a manos de M. T., quien, por otra parte, se encontró con un ejército mermado y muy distinto del aguerrido de la guerra de Sucesión española (v.).Política internacional. Pronto se palpó la endeblez de toda la trama internacional montada por Carlos VI para lograr el reconocimiento de la Pragmática, que asegurase todas las posesiones a su heredera. La guerra de Sucesión de Austria (v.; 1741-48) dio la medida de esta fragilidad. Es cierto que, al llegar al momento final de la paz de Aquisgrán (v.; 28 oct. 1748), la herencia se había salvado, gracias sobre todo al apoyo decisivo e incondicionado de los magiares. Pero la prenda que se hubo de pagar fue dolorosa, y Federico II de Prusia (v.), al socaire de defender intereses dinásticos del otro pretendiente imperial, el elector de Baviera Carlos (VII) Alberto, sacó la mejor parte con la anexión de Silesia. M. T. no olvidaría nunca este tributo forzado, y toda su política posterior estaría marcada por la preocupación de recobrar esta parcela perdida.La diplomacia austriaca se movió con tal habilidad, de la mano de Kaunitz, que a partir de la misma paz de Aquisgrán se previó la posibilidad de una casi total reversión de alianzas en el sistema europeo. El objetivo de esta agitación cancelleresca aparecía claro: aislar a Prusia a base del bloque Austria-Francia, bien respaldado por la neutralidad positiva de Rusia y de Suecia; lograr la cordial provincia bohemia de Silesia y, en último término, pensar en un posible reparto de Prusia, que sólo contaría con el apoyo interesado de Gran Bretaña, la tradicional aliada de Austria. Por un momento, los diplomáticos franceses parecieron vislumbrar con nitidez que el riesgo para el concierto provendría en el futuro no de Austria, sino de Prusia. Pero la opinión no estaba suficientemente preparada para deshacerse de un lastre secular, y esto, junto con la baza más decisiva del cambio de actitud de Rusia, salvó a Federico II en aquel conflicto de alcances insospechados en que desembocó la guerra de los Siete Años (v.), y cuyo final, el tratado de París (10 feb. 1763), dejaba las cosas europeas prácticamente en el statu quo anterior; ni Federico pudo hacerse en el apetitoso bocado de Sajonia ni M. T. recobrar la soñada Silesia.Bajo el aspecto positivo, hay que consignar las anexiones que ampliaron, o al menos compensaron, esta pérdida. En primer lugar, la segunda gran crisis sucesoria de Polonia (v. POLONIA IV), abierta a la muerte de Augusto III, abocaría al primer reparto del reino. En San Petersburgo (25 jul. 1771), se firmó la desmembración. Rusia y Prusia se beneficiaron directamente, pero también Austria, al parecer con vergüenza de M. T. ante la fría operación, logró la Galitzia oriental y la Pequeña Polonia (a excepción de Cracovia).La cuestión bávara (1777), que explotó con otro motivo sucesorio a la muerte del elector Maximiliano José sinheredero directo, ofrecería a M. T. y a su hijo José II, asociado al gobierno de su madre desde la muerte del Emperador (1763), la ocasión de ocupar buena parte de Baviera, entre el Inn y la frontera austriaca. Si bien el resultado no fue tan brillante como se esperó en un primer momento de optimismo, por gracia de la actuación de Federico II, siempre receloso del poder de Austria, a la hora del reparto ésta logró en la convención de Teschen (1779) enclaves de entidad en el Inn.Las reformas de María Teresa. El gobierno interior de la Emperatriz estuvo determinado por directrices claras que la colocan a caballo entre el reformismo del despotismo ilustrado (v.) y una actitud conservadora indiscutible. Esta ambivalencia ha dado pie a discusiones de los historiadores que la ven como la "última de las conservadoras" y aquellos que la convierten en un adelanto del clásico déspota ilustrado. De todas formas, lo incorrecto sería creer que José II supuso una ruptura abrupta de continuidad en relación con la línea de su madre, de la que se diferenció, más que en el fondo del programa, en las maneras de perseguirlo.En la tarea de modernizar el gobierno austriaco M. T. tuvo la fortuna de encontrar colaboradores con capacidad y entrega. Si en las directrices sinuosas de la diplomacia el mentor fue el príncipe de Kaunitz, el mismo personaje la ayudó en la dirección nueva que tomaría la administración de los difíciles territorios de la corona, bien respaldado a su vez por el canciller Haugwitz. En política religiosa, preludio del inmediato josefinismo (v.), además del peso ejercido por el hijo en la última parte del reinado de M. T., ésta se dejó conducir en circunstancias determinadas por su médico, el holandés Van Swietwn; mientras en la reorganización militar las iniciativas partieron de José II, de Lascy, del prestigioso Daun y del conde de Khevenhüller, con suerte desigual. En toda la obra conjunta, amplia y ambiciosa, late el deseo de la recuperación de Silesia, de frenar el ascendente poderío prusiano y de controlar el inmenso marco geográfico de la Europa central con el apoyo de un fuerte ejército, de un saneamiento financiero y de una administración eficaz.Escarmentada de la inutilidad de allegar papeleo diplomático, como hiciera su padre, sin el respaldo financiero, era natural que la preocupación primera de M. T. fuese la de sanear el erario por un sistema coherente, como plataforma que posibilitase empresas militares, el funcionamiento de la administración y el esplendor de la corte de Viena como arma de prestigio. Se estableció un reparto equitativo y en cierto aspecto revolucionario de los impuestos, ampliado a todos los súbditos por un método equivalente al de la capitación; el cobro de los impuestos ya no dependería del poder de las asambleas o dietas de las provincias en decisiones anuales, sino que lo votarían para periodos decenales y bajo el control central y dirigido desde la Cámara de Cuentas de Viena.Los asuntos extranjeros se confiaron a la Cancillería de Estado, hábilmente presidida por Kaunitz y a expensas de las competencias de los antiguos Consejos del viejo régimen polisinodial. Para coordinar la actividad ministerial se creó el Consejo de Estado, extrañamente similar al español de sus tiempos de oro. Para dotar de un cuerpo uniforme y preparado de funcionarios, éstos tendrían que formarse en el Theresianum de Viena. Por otra parte, representantes del Directorium central podrían intervenir activamente en las sesiones de las Dietas locales. La administración de la justicia, atomizada por las jurisdicciones disformes de innumerables tribunales locales, recibió también su signo de unidad centralizada, ante las atribuciones de la Corte Suprema de juicios, y su reflejo puede verse en la Constitución criminal teresiana, orientada más hacia la unificación que hacia la humanización de las penas. Era natural que esta serie de medidas suscitase reacciones en contra. Pero M. T. supo respetar las peculiaridades de los súbditos más suspicaces de Hungría, Países Bajos y Lombardía, prestando a su obra reformadora una faz de tolerancia que no comprendería su sucesor, más despótico, más ilustrado y más radical.La amarga experiencia de M. T., que recibió un ejército mermado, le hizo atender este capítulo con dedicación y entusiasmo. Eran muchos los frentes que el ejército austriaco debía cubrir: en Occidente contra Francia, en el Norte contra Prusia y en el Sudeste contra los turcos. Se le ha achacado que los resultados no estuvieron a tono con los esfuerzos; sin embargo, por el servicio obligatorio impuesto a los no privilegiados, el ejército logró contar con unos efectivos de hasta 200.000 hombres, en cuyo adiestramiento influyó indirectamente el ejemplo ofrecido por el enemigo prusiano. La artillería se reorganizó y se modernizó al mando de Liechenstein, y aunque los mandos supremos siguiesen aristocratizados, se rejuvenecieron y se instruyeron gracias al funcionamiento de la Academia montada a estos efectos.También en el aspecto religioso se percibe la ambivalencia de su política. Por una parte, M. T. engarza a la perfección con la histórica tradición contrarreformista austriaca: persecución contra los protestantes, de gran peso en algunos de sus dominios; presiones sobre los ortodoxos; discriminación hostil contra los odiados judíos; intolerancia, en fin, en todos los sentidos. Por otra parte, trató de mermar la influencia de la Iglesia en sus Estados a base de recortes en las atribuciones de los nuncios, de la censura previa de documentos pontificios, control estatal de los bienes eclesiásticos, reducción de días feriados, supresión de la Inquisición en Milán, actitud práctica ante la extinción de la Compañía de Jesús y de otras iniciativas que dejan prever lo que sucederá luego con el "Rey Sacristán".Desde el punto de vista cultural, la misma política centralizadora sobre las universidades, ahora controladas por el Gobierno, reorganización de la enseñanza primaria y una preocupación por el saber científico que tornó a M. T. en una de las grandes protectoras de los sabios del tiempo y a Viena en uno de los reductos de la Ilustración (v.) dieciochesca. En toda esta tarea, contrasta, sin embargo, la ausencia de cualquier preocupación de tipo social, solicitada urgentemente por la situación de alguno de sus dominios y de forma clamorosa por Hungría. Finalmente, hay que decir que el nuevo Estado de M. T. distaba abismalmente del heredado en 1740 y estaba muy cerca de la obra realizada por José II, sólo factible con esta preparación lenta y costosa.Personalidad de la Emperatriz. En la creación de una Austria con nueva cara el factor determinante fue siempre la propia M. T., cuya personalidad no ha sido excesivamente estudiada en aras de la atención que a la historiografía ha merecido la generación posterior de los déspotas ilustrados. Fue una estadista y una burocrática minuciosa y muy cercana, en este aspecto, a Felipe II. En realidad, ella montó un Gobierno centralizado apoyada en el poder de la burocracia. Con todas las ventajas y desventajas, este sistema le exigió una entrega total y apasionada y el desarrollo de una capacidad de trabajo que extraña en una mujer que no olvidó ninguna de sus obligaciones personales y familiares y que, si era preciso, dedicaba las noches a pensar, limar y evacuar expedientes.Afortunada a la hora de elegir sus colaboradores íntimos, y aunque no siempre esté de acuerdo con ellos (con su hijo tuvo choques agudos), sabe agradecer sus servicios con expresiones de cariño que llegan hasta los soldados que luchan por su Emperatriz en escenarios distantes, a los funcionarios elevados, a los sirvientes, infundiendo en su entourage un clima de cariño inhabitual. Todos están acordes en conceder a M. T. una habilidad excepcional para ganarse el afecto de pueblos tan distintos como Países Bajos y Hungría, p. ej.Su religiosidad profunda la hace sentir muy de cerca la protección divina en los momentos difíciles y se expresa en la convicción que tiene de su misión regia y en todos los detalles constantes de su vida cotidiana: misa diaria, oraciones devotas, visitas a iglesias, que manifiestan un alma ferviente, aunque con cierto deje jansenista. Posiblemente pesasen las exigencias de su catolicismo cuando creyó factible una alianza formidable de las potencias católicas contra las protestantes. Ya hemos visto cómo resulta un testigo tardío de intolerancia, en contraste con las tendencias ilustradas; en su aversión a los judíos y hacia todo lo que pudiera representar su mundo hay que ver otro de los vectores de su personalidad y su etnia. Choca, frente a esta sensibilidad religiosa, su comportamiento oportunista con Roma, sin llegar a la agudización posterior de José II, así como la actitud práctica adoptada a raíz de la supresión de los jesuitas.La personalidad de M. T. sería incomprensible si no se atendiese a su fibra íntima personal, como esposa y como madre. Fiel a su marido, sus postulados morales no le permitieron ningún desvío, y de su entrega a los deberes matrimoniales puede dar una idea el hecho de que desde 1737 a 1756 alumbrara 16 hijos. La Emperatriz sabrá conjugar sus absorbentes quehaceres gubernativos con una dedicación total a sus hijos; ella cuida de la educación integral, humana y religiosa. Las minucias más detalladas y femeninas menudean en su correspondencia, fuente imprescindible para penetrar en los repliegues sencillos y complicados a la vez de esta mujer.M. T. m. el 29 nov. 1780. En estos 40 largos años dejaba tras de sí una obra vasta, en parte lograda y en parte a medias de conseguirse. Su obra puede quedar reflejada en las palabras escritas por su gran rival Federico II: "Esta mujer -que puede considerarse como un gran hombre- ha reanimado la monarquía vacilante de sus padres".T. EGIDO LÓPEZ
BIBL.: A. NEMENTH, María Teresa de Austria, Barcelona 1952; A. T. LEITICH, Augustissima María Theresia. Leben und Werk, Viena 1954; P, LAeUE, Marie-Thérése, imperatrice et reine, París 1957; P. REINHOLD, María Theresia, Wiesbaden 1957; H. VALLOTON, María Teresa, emperatriz de Austria, Madrid 1966; A. T. LEITICH, María Teresa de Austria, Barcelona 1971
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.