Maria I. Introducion General. 2. Maria en la Doctrina y la Vida -de la Iglesia. REL. CRIST.
Categoria:
Religión Cristiana
"La Virgen María, que al anuncio del ángel recibió al Verbo de Dios en su alma y en. su cuerpo y dio la Vida al mundo, es reconocida y venerada como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de modo eminente, en previsión de los méritos de su Hijo, y unida a Él con un vínculo estrecho e indisoluble, está enriquecida con la suma prerrogativa y dignidad de ser la Madre de Dios Hijo, y por eso hija predilecta del Padre y sagrario del Espíritu Santo; con el don de una gracia tan extraordinaria aventaja con creces a todas las demás criaturas celestiales y terrenas. Pero a la vez está unida, en la estirpe de Adán, con todos los hombres que necesitan de salvación; y no sólo eso, sino que es verdadera Madre de los miembros de (Cristo)... por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella cabeza (S. Agustín). Por ese motivo es también proclamada como miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y como tipo y ejemplar acabadísimo de la misma en la fe y en la caridad, y a quien la Iglesia católica, instruida por el Espíritu Santo, venera, como a madre amantísima, con afecto de piedad filial" (Conc. Vaticano 11, Const. Lumen gentium, 53).En este párrafo, con el que el Conc. Vaticano II introduce la exposición que hace de la doctrina mariana, se nos ofrece una panorámica general de lo que la Iglesia confiesa sobre M. y, por consiguiente, de lo que Ella representa para la vida cristiana. Constituye, pues, una adecuada presentación de lo que glosaremos a continuación.1) La Virgen María en la historia de la salvación. La providencia divina rige la historia: todo cuanto sucede es el desarrollo de los planes divinos, que son planes de salvación. Y en esos planes, M. ocupa un lugar singular y excelente. En el de los tiempos comenzó a existir el mundo. Después de transcurridos milenios, apareció el hombre. Y ese hombre, al que Dios amaba y elevó a su intimidad, pecó, se rebeló contra su Creador. Pero Dios no lo abandonó, sino que su gracia abundó más que la culpa, y prometió un Redentor. En ese mismo comienzo de la historia de la salvación, cuando, como dice la S. E., la sabiduría de Dios planeaba todas las cosas (Eccli 24,911), M. estaba ya presente en la mente divina como la Madre de Aquel que iba a ser eJ Salvador, el autor y el principio de la Nueva Creación. Veía Dios, en su conocereterno, a Adán, acogiendo la invitación de Eva, rebelarse contra Él y condenarse a la esclavitud del pecado; y veía también a Cristo, nacido de M., rehaciendo con su perfecta obediencia la armonía de lo creado y llevándola a la plenitud de la consumación a la que la liberalidad divina la destinaba.Ése es el punto de partida de toda consideración sobre M.: el designio divino sobre Ella, designio que -como ha repetido con frecuencia el Magisterio- la vincula a la persona del Redentor, del Verbo divino hecho carne: ha sido predestinada "uno eodemque decreto", con uno y el mismo decreto que Cristo (Pío IX, Bula Inef fabilis Deus, Pio IX Acta, 1,1,599; citada además por Pío XII, Const. Munificentissimus Deus, Denz.Sch. 3902). Intentemos, pues, exponer, de acuerdo con esa luz, su vida y su misión.A lo largo de la historia de Israel, a la vez que preparaba la venida del Redentor, Dios preparaba a su Madre, anunciándola por los profetas. Cuando se acercó la plenitud de los tiempos Dios preparó a los padres de M. (Joaquín y Ana, según los nombres que nos trasmite la tradición), para que pudieran adecuadamente concebirla y educarla. En el momento mismo de la concepción Dios intervino preservando -en previsión de los méritos de Cristo- de toda mancha de pecado original a la que era concebida, más aún, llenándola de gracia. Esa gracia produjo en M. frutos de santidad adecuados a lo que iba siendo su crecimiento humano. M., al crecer, iba acogiendo y secundando con su libertad las insinuaciones del Espíritu Santo. Los datos que nos han sido trasmitidos no nos permiten reconstruir en todos sus detalles ese itinerario. Un hecho es, sin embargo, seguro: la plena fidelidad de M. a lo que Dios le iba pidiendo, su decisión de entregarse por entero al Señor, y su aceptación del propósito de virginidad que Dios mismo había hecho nacer en su corazón. En esa situación se produce el acontecimiento trascendental de la vida de M.: la anunciación (Le 1,26-35). Dios completa la revelación a M. de sus planes con respecto a Ella: en Ella se van a unir de modo maravilloso virginidad y maternidad, puesto que Él, Dios, la ha escogido como Madre del Redentor. M. cree en la palabra divina ("bienaventurada tú, la que has creído", dirá luego Isabel, Le 1,45) y se entrega a ella: "Hágase", responde, cuando eJ Ángel ha terminado su embajada. M. no es un mero objeto pasivo de la acción divina, sino que une plenamente su voluntad a la de Dios, incorpora, aceptando la gracia, su persona entera a la obra que Dios quiere realizar.Esa misma fe y esa misma decisión de entrega continúan presidiendo el actuar de M. Primero en Belén, en Egipto y en Nazareth cuidando de Jesús Niño, y viéndole crecer y hacerse hombre. Luego, cuando Jesús comienza su predicación, siguiéndole de la manera que, en cada instante, el Espíritu Santo le iba dando a conocer como oportuna. A veces estando cerca de Jesús e interviniendo activamente, como en Caná (lo 2,1-11). Otras de lejos, siguiendo de oídas los ecos de su predicación y uniéndose a ella con la oración, la fe y la esperanza; conservando en su corazón y meditando todos los sucesos de la vida de Cristo para así identificarse plenamente con lo que, a través de ellos, le iba revelando Dios. Luego de nuevo junto a Jesús, en el momento definitivo y trascendental de la Cruz (lo 19,25-27). "Así -dice el Conc. Vaticano II- avanzó la Santísima Virgen en la peregrinación de la fe, y mantuvo fielmente su unión con el Hijo hasta la cruz, junto a la cual, no sin designio divino, se mantuvo erguida, sufriendo profundamente con su Unigénito y asociándose con entrañas de madre a su sacrificio, consintiendo amorosamente en la inmolación de la víctima que ella misma había engendrado; y, finalmente, fue dada por el mismo Cristo Jesús agonizante en la cruz como madre al discípulo con estas palabras: `Mujer, he ahí a tu hijo’" (Lumen gentium, 58).M., que había vivido asociada a Jesús, queda constituida así en Madre de los cristianos: Madre de ese cuerpo que es la Iglesia, cuya cabeza, Cristo, perfecto Dios y perfecto hombre, había sido por Ella engendrado. En los días que siguen a la muerte de Cristo, la tradición nos presenta a M. reconfortando a los discípulos en espera de la Resurrección. Pero, sobre lo acontecido durante esas jornadas, los libros sagrados son parcos y escuetos. Nos consignan, en cambio, su presencia activa en el misterio de Pentecostés: los Apóstoles, vueltos a Jerusalén después de la Ascensión de Cristo para esperar el cumplimiento de la promesa que Jesús les había hecho de enviarles el Espíritu Santo, "perseveraban unánimes en la oración con algunas mujeres, con María, la Madre de Jesús, y con los hermanos de éste" (Act 1,14). Y M. misma "imploraba con sus oraciones el don del Espíritu, que en la Anunciación ya la había cubierto a ella con su sombra" (Lum. gent. 59). De esa manera, M., de la que había nacido Jesús, asiste también a esa culminación del nacimiento de la Iglesia que fue la efusión del Espíritu Santo en el día de Pentecostés.Cumplido el curso de su vida terrena, Dios, que había dotado a su Madre del don de la plena integridad corporal, no quiso que su cuerpo conociera la corrupción, y la elevó en cuerpo y alma a los cielos. Y así, hecha partícipe de la gloria de su Hijo, constituida en Reina y Señora de todo lo creado, unida íntimamente a la Trinidad beatísima, "no ha dejado su misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada. Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora" (Lum. gent. 62).2) María y la vida cristiana. En los párrafos que anteceden se ha trazado, de manera esquemática y siguiendo un orden histórico, una semblanza de lo que M. es, según nos lo revela la fe cristiana. Siguiendo un procedimiento sintético o sistemático, habría que hablar de los privilegios que Dios ha otorgado a M., y que constituyen otros tantos dones que Dios nos otorga a todos los cristianos, ya que Ella es Madre nuestra: Inmaculada Concepción, Plenitud de gracia, Santidad excelsa, Virginidad, Asunción a los cielos, Maternidad espiritual, Corredención, Mediación e Intercesión universales, Realeza. El sentido preciso de esos diversos privilegios, y la relación de la misión de M. con la de Cristo, de la que deriva, depende y participa, será analizado posteriormente (v. rn,1-7). Subrayemos ahora tan sólo que todos ellos configuran a M. como la criatura más perfecta salida de las manos de Dios y vivificada por la gracia de Cristo, el tipo, símbolo y prenda acabada de nuestra esperanza (Lum. gent. 63), y "nuestra madre en el orden de la gracia" (Lum. gent. 61; cfr. 64).Así la han reconocido y proclamado siempre los cristianos. De esa fe, y del amor y devoción que de ella derivan, nos hablan, por lo que se refiere a los primeros tiempos del cristianismo, los mismos textos inspirados, y, además, la representación que se conserva en las catacumbas de Priscila, que data de mediados del s. III, y las numerosas narraciones apócrifas que (independientemente del valor histórico que puedan tener algunos de los datos que nos trasmiten) documentan en cualquier caso que, en la primera mitad del s. II, la Iglesia colocaba a M. en un lugar preeminente de su vida y de su espiritualidad: sin ello no se explicaría la idealización de la figura de M. que esas narraciones apócrifas nos ofrecen.En el Conc. de Éfeso (431; v.) se define la Maternidad divina. Como consecuencia se difunde y dilata su culto por los antiguos Oriente y Occidente cristianos. Se le dedican las primeras basílicas e iglesias. La piedad cristiana de la época gusta de contemplar a M. ante todo en la gloria de su Maternidad divina y en su triunfo; de ahí la difusión de las imágenes de M. Reina, que nos presenta a Cristo, y la importancia que adquiere la fiesta de la Asunción (v. IV, 6). En el periodo gótico medieval, y en el contexto de la humanización de la piedad que caracteriza esos años, los cristianos gustan de fijarse en los rasgos humanos y maternales de M., en su condición dolorosa en el Calvario, en su compasión por nosotros en su intercesión, en su sonrisa de Madre. El Barroco subraya de nuevo la Virgen dolorosa, a la par que la teología y la piedad meditan sobre la Inmaculada Concepción, que nos da a conocer la hondura de la misericordia y del amor divinos. Los siglos posteriores continúan enriqueciendo el acervo de las devociones marianas y ven desarrollar la teología mariológica, hasta culminar en las dos grandes definiciones dogmáticas de la Inmaculada Concepción (1854) y de la Asunción a los cielos (1950).A lo largo de estos siglos de historia se puede haber producido alguna deformación ocasional, pero eso es algo marginal y esporádico: no sólo en su conjunto, sino en sus detalles, la devoción y el culto marianos no han sido más que la expresión de las exigencias de la fe. Una expresión que se ha realizado en cada época de acuerdo con su idiosincrasia propia y, por tanto, subrayando más uno u otro aspecto, pero manteniendo siempre el tono central que armoniza y reduce a unidad las diversas voces. Es así como se ha ido enriqueciendo en el transcurso de los siglos la piedad mariana y, con ella, la vida de la Iglesia.Porque -e importa notarlo- el dogma mariano es una piedra de toque especialmente significativa para la comprensión del total misterio cristiano. La figura de M. está en efecto íntimamente relacionada con el dogma cristológico, con la realidad de Jesús, Dios y hombre en unidad de persona; con el dogma de la justificación, como don actual y no meramente escatológico, como justicia de Dios otorgada ya ahora al cristianismo y no simplemente prometida; con el dogma de la libertad, porque el hombre no es meramente pasivo en la obra de la salvación, sino que su libertad, actualizada por la gracia, debe cooperar en la obra de Dios; con el dogma eclesiológico, porque la Iglesia no es una mera comunidad de fieles que esperan la Parusía (v.), sino instrumento del que Cristo se vale para hacerse presente en la historia, cuerpo sacerdotal que participa de la misión de Cristo; con el dogma sobre Dios mismo, porque Dios no es un ser totalmente otro, ajeno e inalcanzable por el hombre, sino un Creador, presente por su poder en las realidades mismas a las que da el ser, y un Padre, que llama al hombre a la comunión y el diálogo con Él.Con todas esas verdades se relaciona de un modo u otro, pero siempre estrechamente, la verdad de María. Por eso sólo teniéndolas presentes podemos captar en su profundidad el dogma mariano; como, viceversa, la consideración de este último nos ayuda a profundizar en los otros. Podemos tal vez decir que es, sobre todo, en la verdad de la filiación divina (v.) del cristiano en lo que la consideración de M. nos hace penetrar; porque la verdad de lo que M. fue y es revela, como pocos otros aspectos del misterio cristiano, la misericordia, y -diríamos también- la delicadeza del amor de Dios hacia los hombres y, consecuentemente, la sencillez, la familiaridad y la alegría del trato con Él a que nos llama, "La fe católica ha sabido reconocer en María un signo privilegiado del amor de Dios: Dios nos llama ya ahora sus amigos; su gracia obra en nosotros, nos regenera del pecado, nos da las fuerzas para que, entre las debilidades propias de quien aún es polvo y miseria, podamos reflejar de algún modo el rostro de Cristo. No somos sólo náufragos a los que Dios ha prometido salvar, sino que esa salvación obra ya en nosotros. Nuestro trato con Dios no es el de un ciego que ansía la luz pero que gime entre las angustias de la oscuridad, sino el de un hijo que se sabe amado por su Padre. De esa cordialidad, de esa confianza, de esa seguridad, nos habla María" (1. Escrivá de Balaguer, Por María hacia Jesús, o. c. en bibl. 295). El dogma y la devoción marianas no derivan de una visión mítica o genérica de "lo femenino", sino que parten de la figura real, histórica y concreta de una mujer, María de Nazareth, nacida en Galilea, miembro del pueblo de Israel y parte de la estirpe de David. El verbo divino, Hijo eterno de Dios Padre, ha querido no sólo hacerse hombre, sino encarnarse naciendo precisamente de una mujer, y asociar de modo especial y singular a esa mujer a la que llamó Madre a su misión salvadora, haciendo que sea también Madre de cuantos por Él iban a ser redimidos. Es esa condescendencia divina, esa profundidad de su comunicación a los hombres, lo que maravilla y llena de alegría al cristiano. Y lo que le lleva, por consiguiente, a acudir con piedad filial a M. con la seguridad de que Ella le conducirá hacia Cristo, Hijo de Dios, y, con Él y por Él, hasta la Trinidad Beatísima (cfr. 1. Escrivá de Balaguer, o. c. en bibl. 299).Podemos, pues, cerrar esta introducción con las recomendaciones sobre la predicación y el culto marianos hechas por el Conc. Vaticano II: "El Santo Concilio... amonesta a todos los hijos de la Iglesia que fomenten con generosidad el culto a la Santísima Virgen, particularmente el litúrgico; que estimen en mucho las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella recomendados por el Magisterio en el curso de los siglos y que observen escrupulosamente cuanto en los tiempos pasados fue decretado acerca del culto a las imágenes de Cristo, de la Santísima Virgen y de los santos. Y exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la palabra divina que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa hipérbole cuanto de una excesiva estrechez de alma al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios. Cultivando el estudio de la Sagrada Escritura, de los Santos Padres y Doctores y de las liturgias de la Iglesia, bajo la dirección del Magisterio, expliquen rectamente los oficios y los privilegios de la Santísima Virgen, que siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad... Recuerden, finalmente, los fieles que la verdadera devoción no consiste ni en un sentimentalismo estéril y pasajero, ni en una vana credulidad, sino que procede de la fe auténtica, que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, y nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes" (Lumen gentium, 67).J. L. ILLANES MAESTRE
BIBL.: VARIOS, Enciclopedia mariana "Theotocos", Madrid 1958; G. M. RoSCHINI, Dizionario di Mariologia, Roma 1961; VARIOS, Marie. Études sur la Sainte Vierge, París 1949-54; 1, A. DE ALDAMA, María en la patrística de los siglos I y II, Madrid 1970; S. ÁLVAREZ CAMPOS, Corpus Marianum Patristicum, 6 vol. Burgos 1970 ss.; P. RÉGAMEY, Los mejores textos sobre la Virgen María, Madrid 1972; 1. EsCRIVÁ DE BALAGUER, Por María hacia Jesús y La Virgen santa, causa de nuestra alegría, en Es Cristo que pasa (Homilías), Madrid 1973, 289-310 y 353-372; C. DILLENSCHNEIDER, Marie dans l’économie de la création rénovée, París 1957; íD, El misterio de Nuestra Señora y nuestra devoción mariana, 2 ed., Salamanca 1965; L. M. HERRÁN, Nuestra Madre del cielo, Madrid 1966; F. CAROL, Mariologia, Madrid 1964; M. SCHMAus, Teología dogmática, VIII, La Virgen María, 2 ed. Madrid 1963; L. LOCHET, Apariciones de la Virgen, (por qué, para qué?, Madrid 1969
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