Manrique, Jorge
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Biografía GER
Datos biográficos: Poeta castellano del s. XV, n. en Paredes de Nava (Palencia) ca. 1440 y m. en 1479. Era hijo de Rodrigo Manrique, conde de Paredes y maestre de Santiago, y de Mencía de Figueroa. Pertenecía, pues, a la alta nobleza de Castilla, al linaje de los Lara, y estaba emparentado con los Trastámara, la familia entonces reinante. Por su misma condición noble participó activamente en la política de su tiempo y se distinguió en algunos hechos de armas como los de Consuegra, Ajofrín, Uclés y Ocaña. Tomó partido por la infanta Isabel, frente a la Beltraneja, colaboró con los Reyes Católicos en su lucha contra la nobleza levantisca y halló la muerte frente al castillo de Garci Muñoz cuando combatía contra la gente del marqués de Villena. Fuera de su condición aristocrática y de su experiencia guerrera, reflejada en su obra, no conocemos más datos de su personalidad que los procedentes de la lectura de las Coplas, pues su poesía amorosa no es un reflejo de su vida sino repetición de tópicos consabidos. Desde el punto de vista histórico, M. vive en un momento de inestabilidad política y de relajación moral, especialmente apto para las banderías y las intrigas cortesanas, que coincide con los reinados de Juan II, Enrique IV y los primeros años del de los Reyes Católicos.Obras poéticas varias. Se reduce a 49 composiciones amorosas y burlescas de tipo cancioneril y a un largo poema de tono elegiaco. Sus poemas amorosos responden a las características de la lírica amorosa del cancionero (v.) del s. XV; es una poesía artificiosa e intelectualizada según el concepto de amor cortés de los trovadores provenzales (v. PROVENZAL, LENGUA Y LITERATURA). El amor, visto como terrible lucha y origen de desdichas, se presenta poéticamente dentro de una casuística repetida hasta la exageración por los autores de la época: dolores por la ausencia de la amada, desdenes, oposiciones de contrarios, comparación de los estados de amor con términos y situaciones de la vida guerrera, etc. M. no se libra del tópico, ni sus poesías de un carácter convencional y un conceptismo prebarroco que las reducen a un juego verbal exento de emoción. Destacan algunas canciones y esparzas, como las tituladas Castillo de Amor, Escala de Amor, Porque estando él durmiendo le besó su amiga y la que comienza: "Quien no estuviere en presencia/no tenga fe en confianza,/pues son olvido y mudanza/las condiciones de ausencia", entre otras. La época de M. abunda también en composiciones poéticas de intención satírica como las célebres Coplas de Mingo Revulgo y las Coplas del Provincial, que enlazan con la tradición trovadoresca del sirventés; M., sin embargo, no llega a la sátira feroz y sus poesías son casi siempre meras burlas, como las tituladas Un convite que hizo a su madrastra y A una prima suya que le estorbaba unos amores.Las Coplas. Análisis descriptivo. Las composiciones de corte cancioneril no justificarían su fama si no hubiese escrito sus Coplas por la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique, su padre, poema elegiaco compuesto hacia 1476 que consta de 40 estrofas de pie quebrado, conocidas posteriormente con el nombre alusivo de coplas manriqueñas. Son dobles sextillas formadas por cuatro versos octosílabos (1°, 2°, 4° y 5°) y dos tetrasílabos (3° y 6°), que riman primero con cuarto, segundo con quinto y tercero con sexto. El motivo inspirador de la elegía de M. es la muerte de su propio padre y aunque el tema estaba entroncado en la tradición literaria del Medievo y había sido tratado por muchos poetas de su tiempo, tiene en M. una expresión definitiva y tan lograda que desde la perspectiva moderna aparece con trazos de una originalidad indiscutible.Ana Krause (cfr. o. c. en bibl.) se basa en un criterio argumental para dividir en tres partes la estructura del poema: la primera abarca de la estrofa I a la XIII, y es una consideración sobre el escaso valor de los bienes terrenos y la fugacidad del tiempo presente; los primeros están bajo el imperio de la Fortuna, siempre incierta ("... que bienes son de Fortuna/que revuelven con su rueda/presurosa,/la cual no puede ser una/ni estar estable ni queda/en una cosa"), mientras que el presente prácticamente no existe ("... Pues si vemos lo presente,/como en un punto se es ido/e acabado,/ si juzgamos sabiamente,/ daremos lo no venido/por pasado"). La vida terrena es sólo un tránsito hacia la verdadera vida, que es la de ultratumba, y la muerte, paso obligado, el mar que nos recibe ("Nuestras vidas son los ríos/que van a dar en la mar,/que es el morir"). A partir de la estrofa XIV asistimos a una particularización de los efectos desastrosos, aunque igualitarios, de la muerte sobre el género humano. Para ello M. hace desfilar en un riguroso orden jerárquico a varios personajes destacados del más inmediato pasado histórico, tales como Juan II, los infantes de Aragón, Enrique IV, Alvaro de Luna, los maestres de Santiago y Calatrava y "tantos duques excelentes,/ tantos marqueses e condes/e varones", arrebatados todos por la muerte. No son, pues, figuras alegóricas, como en las Danzas de la muerte (v.) de la época, sino ejemplos reales que el mismo M. y sus primeros lectores pudieron conocer. Con las personas, la muerte se lleva también las cosas por las que aquéllas se afanan ("... Las huestes innumerables,/los pendones, estandartes/e banderas,/los castillos impugnables,/los muros e baluartes/e barreras,/la cava honda, chapada/o cualquier otro reparo,/¿qué aprovecha?/ Cuando tú vienes airada,/todo lo pasas de claro/con tu flecha")El largo desfile culmina en la estrofa XXIV para dejar paso, en la siguiente, al maestre Rodrigo, único protagonista de esta tercera parte de la obra. Aquí el tema, propicio a la efusión sentimental, se desarrolla en forma contenida considerando la muerte del maestre desde el punto de vista de su condición política, social y guerrera. Rodrigo se presenta, según las normas del género elegiaco, como prototipo de virtudes que en este caso son la nobleza, la fidelidad al rey y sobre todo su condición cristiana, probada en la lucha contra el infiel. El panegírico incluye también la comparación con las grandes celebridades de la Antigüedad: emperadores romanos como Trajano, Marco Aurelio, Teodosio... o guerreros como julio César y Aníbal. Hacia el final asistimos a las escenas más impresionantes de las Coplas cuando "en la su villa de Ocaña" la Muerte dialoga con el Maestre y le invita a dejar la vida ("...diciendo: Buen caballero,/dejad el mundo engañoso/e su halago; /vuestro corazón de acero/muestre su esfuerzo famoso/en este trago"). Rodrigo se muestra en todo conforme con la voluntad divina y es la misma Muerte quien le recuerda la primacía de otras dos vidas que están por encima de la terrena: la de la fama y la eterna ("... No se os haga tan amarga/la batalla temerosa/que esperáis,/pues otra vida más larga/de la fama gloriosa/acá dejáis; /aunque esta vida de honor/tampoco no es eternal/ni verdadera,/mas con todo es muy mejor/que la otra temporal,/perecedera"). Esa valoración de la fama es ya, según algunos críticos, un rasgo prerrenacentista, que aparece también en la obra de Juan de Mena (v.). El poema se cierra con una invocación del Maestre a Cristo, a cuya clemencia se acoge. La Muerte cumple así su función de intermediaria entre una y otra vida, y aunque M. la personifica, su figura humana no se describe, probablemente porque el autor quiso eludir las referencias inmediatamente personales y los tintes macabros.
Fuentes y originalidad. El tema literario de la muerte y las consideraciones inmediatas sobre la brevedad de la vida y la vanidad de las cosas terrenas no es de origen medieval. La encontramos ya en la Biblia, en el "vanidad de vanidades" del Eclesiastés, que suministra a M. el símil de los ríos, y en la vieja fórmula del "Ubi sunt qui ante nos in hoc mundo fuere?", que se pregunta por el destino de todo lo pasado insistiendo en la fugacidad de lo presente. La Edad Media recoge el tema en una obra muy divulgada a partir del s. XIII, De contemptu mundi, escrita a fines del s. XII por el que luego fue papa con el nombre de Inocencio III, y lo incorpora a la poesía en las llamadas Danzas de la muerte y en las composiciones de carácter elegiaco. Las primeras personifican a la muerte como un esqueleto que obliga a sus víctimas a interpretar una danza no exenta de cierto humor macabro e insisten en el fenómeno de igualación social que la muerte provoca, mientras que las elegías se inspiran más en el tema del "ubi sunt". Las Coplas recogen elementos de ambas formas, pero encajan mejor en la segunda, que M. pudo conocer en la obra de los grandes poetas de su tiempo: el arcipreste de Hita (v.), el marqués de Santillana (v.), Mena y sobre todo en los Consejos de su tío Gómez Manrique (v.), probable fuente inspiradora del poema. La originalidad de las Coplas y su extraordinaria fortuna en todos los tiempos se debe, entre otros motivos, a que M. no se queda en una consideración abstracta del problema de la muerte; sus estrofas son en gran parte el resultado poético de un suceso doloroso vivido y sentido por el autor: la muerte de su padre. Hay, como dice Pedro Salinas (cfr. o. c. en bibl.), un equilibrio entre lo genérico humano, que se representa con los elementos heredados de la tradición, y lo genérico individual, fruto de una vivencia real.Métrica y estilo. Ese equilibrio se refleja también en la forma, gracias sobre todo al uso del verso octosílabo, metro corto, más propio por lo común para temas ligeros, que M. dignifica al emplearlo en un poema noble de condición elegiaca. Cada doble sextilla forma una unidad intencional que con frecuencia se refleja en la sintaxis, y cada verso, a pesar de la casi siempre perfecta adecuación entre los valores rítmicos y los elementos sintácticos, fluye con gran naturalidad, sin dar la sensación de artificio; los dos pies quebrados rematan perfectamente cada estrofa y equilibran todos sus elementos en un conjunto armónico.A esta perfección formal hay que añadir el logro de un estilo sobrio, de imágenes sencillas y muy naturales, con acertados cultismos que hoy no suenan como tales a nuestros oídos por haber sido incorporados al cauce de la lengua. La lectura de las Coplas deja la impresión de algo perfectamente construido y a la vez eminentemente natural; el testimonio literario de una experiencia personal depurada, pulida, reducida a lo esencial y vertida en un molde formal con el que el espíritu del poeta se ha compenetrado íntegramente. Ediciones, influjo y trascendencia. Todo lo anterior explica el gran número de ediciones de la obra (la primera fue probablemente la del Cancionero gótico de fray Iñigo de Mendoza, publicada en Zamora hacia 1480 y a ella siguieron dos del impresor zaragozano Juan Hurus en torno a 1490) y la estimación en que las tuvieron autores como Alvarez Gato, Juan de Valdés, Lope de Vega, etc., que lo declaran expresamente. También deben destacarse las numerosas glosas hechas a las Coplas, sobre todo durante el s. XVI (Alonso de Cervantes, Diego Barahona, Jorge de Montemayor, Rodrigo de Valdepeñas, Gregorio Silvestre y otros). Las traducciones son también abundantes, entre ellas la anónima latina del s. XVI, la francesa de Puymaigre, las inglesas de Wadworth y de Longfellow, esta última de gran calidad, y las italianas de Giacomo Zanella, Ugo Gallo y Gasparetti, Mario Pinna y Gualtiero Cangiotti. No faltan tampoco imitaciones de las Coplas, como la del carmelita fray Pedro de Padilla. En nuestro tiempo la fama de J. M. sigue vigente y la crítica considera unánimemente las Coplas como una de las obras poéticas más importantes de toda la historia literaria española. Prueba de ello son las numerosas ediciones y estudios de estos últimos años.R. REYES CANO
BIBL.: J. MANRIQUE, Obras completas, pról. de J. GARCIA LóPEZ, Barcelona 1942; íD, Coplas que lizo... por la muerte de su padre, ed. de R. FOULCHÉ-DELBOSC, Barcelona 1912; íD, Poesías, en Cancionero castellano del siglo XV, ed. de R. FOULCHÉ-DELBOSC, II, Madrid 1915; íD, Cancionero, ed. de A. CORTINA, 4 ed. Madrid 1960; Glosas a las Coplas de Jorge Manrique, ed. de A. PÉREZ GóMEz, 6 vol., Cieza 1961-63; M. MENÉNDEZ PELAYO, Antología de poetas líricos castellanos, II, Madrid 1944, 379-421; A. KRAUSE, Jorge Manrique and the Cult of Death in the Cuatrocientos, Berkeley 1937; P. SALINAS, Jorge Manrique, o tradición y originalidad, Buenos Aires 1947; A. CASTRO, Cristianismo, Islam, Poesía en Jorge Manrique, reed. en Origen, ser y existir de los españoles, Madrid 1959, 70-86; T. NAVARRO TOMÁS, Métrica de las Coplas de Jorge Manrique, "Nueva Rev. de Filología Hispánica" (1961) 167-179; A. SERRANO DE RARO, Personalidad y destino de Jorge Manrique, Madrid 1967.
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