Luz II. Religiones No Cristianas. REL. NO CRIST.
Categoria:
Religión No Cristiana
Para la mente arcaica casi todos los cuerpos y fenómenos luminosos: Sol (v.), Luna (v.), etc., sirvieron de concreción para el sentido religioso, estuvieron cargados de sacralidad y en más de un sector fueron divinizados (v. ASTROLATRíA; TEOLOGíA SOLAR). El culto tributado a lo luminoso en cuanto fenómeno natural no siempre resulta tan claro como su divinización y personificación. Así, p. ej., los griegos divinizaron a Eos, en latín aurora, pero el culto tributado a su personificación, al menos en los testimonios conservados, resulta muy ambiguo. Su figura mítica va unida a la del bello Titón, para quien consiguió de Zeus (v.) la inmortalidad, pero por no haber pedido la juventud, pronto se cansó de verse condenado a ser eternamente cada vez más viejo, sin energía ni atractivo. De esta suerte el fenómeno natural y su bella antropomorfización, siempre joven, siempre anuncio del día, se diferencian de lo humano y mortal. Pero más que determinados seres lumínicos, nos interesa aquí la luz en sí misma.Luz, nombre de la divinidad. La l., desde el punto de vista religioso, fascinó a los pueblos nómadas y pastores, especialmente a los indoeuropeos que habitaban originariamente las zonas nebulosas. De hecho, los nombres divinos en casi todos los pueblos creyentes en una divinidad celeste (V. DIOS II, 1; RELIGIONES ÉTNICO-POLÍTICAS) etimológicamente significan l., claridad, cielo. Así el griego Zeus, latino, Deus, Iu-ppiter (diuinus, dies), sánscrito, Dyauh, antiguo alemán, Ziu, nórdico antiguo, Tyr, castellano, Dios (día), y restantes teónimos de las lenguas romances; todos proceden del indoeuropeo dyeus, deiwos. Aunque de origen distinto, tienen el mismo significado (luz-dios): An (sumerios), Anu (babilonios), Num (samoyedos), Tengeri (pueblos turcos), waka (los galla), yero (cuscitas), amenominakanusi (Japón), etc.Los fenómenos lumínicos, atributos de la divinidad. El nombre, en la Antigüedad, tanto entre los indoeuropeos como entre los semitas y otros muchos pueblos, no era sólo una etiqueta que permitía individualizar fácilmente las realidades nombradas; era concebido como algo inherente a ellas, expresivo de su esencia y, más de una vez, identificado con las mismas. De ahí que la mayoría de esos pueblos concibieran el poder de la divinidad y a ella misma como l. Dios era para ellos el cielo de la l. diurna y nocturna, también de la l. del rayo y demás fenómenos luminosos; autor de la l., Dios entre los latinos recibe el nombre de Luceitus (cfr. Krestschmer, Glotta 13,112). Por eso son atributos son siempre luminosos: rayo, relámpago (Romero, Ilíada, 1,580; 8,133; etc.; Odisea, 12,415; 14,305; cte.), al mismo tiempo que manifiestan su potencia sobrehumana. Así aparece Zeus también en su iconografía. Una de sus representaciones escultóricas más antiguas (Zeus con el rayo) lo presenta en postura dinámica, sin la serena majestad que le caracteriza en la época clásica; su diestra esgrime en alto el rayo a punto de ser lanzado (P. Hamlyn, Greek Mythology, Londres 1963, 23). Algunos de sus epítetos tradicionales más frecuentes encierran la misma alusión: "el del brillante rayo", "el relampagueante" (Romero, Ilíada, 1,580,609; 7,443, cte.). Piénsese, por otra parte, en el papel que desempeña Iris (el arco) en la poesía épica, como mensajera y medianera de Zeus ante los dioses (Hornero, Ilíada, 8,398 ss.; 15,157; cte.) y los hombres (ib. 2,790; 11,185; cte.). Su condición de enlace entre el plano divino y el humano cuenta con evidentes paralelismos en otras religiones y culturas, p. ej., en la hebrea (Gen 9,13-17), la japonesa (el primer poblador, Ninigi, descendiente del sol, arribó a las islas por el puente del arco iris), etc. En el sistema órfico la l. aparece como causa inmediata del origen de las cosas; en el hesiódico, se proyecta como hierofanía de las deidades celestes (Hesíodo, Erga, 127).Por la naturaleza analógica (v. ANALOGÍA) de nuestro conocimiento de la divinidad, Dios (v.), en el A. T., se manifiesta también en relación con la l. y demás fenómenos lumínicos. Las teofanías (v.) del Dios verdadero, de Yahwéh, si no son fuego, como en otras religiones (v. MITRA; TEOLOGÍA SOLAR), van acompañadas de fenónienos luminosos: cuando se manifiesta a Abraham (Gen 15,17-18), cuando lo hace en el Sinaí (Ex 19,16; 3,3-4), columna de fuego en el desierto (Ex 40,34; Num 9,15); en el templo (1 Reg 8,13). Si los ojos de Zeus son "brillantes, luminosos, lúcidos" (Hornero, Ilíada, 13,3,7; 14,236; 16,645; etc.), los de Yahwéh "son mil veces más luminosos que el Sol" (Eccli 23,28), "su rostro, esplendente" (lob 33,26), y está "revestido de luz como de un manto" (Ps 104,2). También el Dios verdadero, en la Revelación cristiana, aparece vinculado a la l., si bien siempre en expresiones de valor metafórico (lo 1,9; 8,12; 1 Tim 6,16; Apc 4,5).Sentido escatológico de la luz. Lo divino (su morada, atributos, la divinidad misma) es concebida como l. y llena de resplandor su cielo-residencia, "luz purísima" (Filón, Josué, 145); "hermosura resplandeciente" (Platón, Fedro, 250b-c; Alcibíades, 1,134d-e). De ahí que las almas, tras la muerte, lleguen a una "región de luz" y que ellas mismas sean descritas como "iluminadas" y su existencia escatológica como "convertirse, vivir en luz" (Neoplatónicos: Plotino, Eneadas, 6,9,9; Filón, Vita Moyses, 2,288.-Israel: I.s 9,1; 60,1-3,19 ss.; Dan 12,3 Gnosis: Corpus Hermeticum, 13,18 ss.; Oda Salomonis, 11,14; 25,7; 36,3.-Cristianismo: Col 1,12; Apc 21,23; 22,4 ss.; cfr. Canon de la Misa.-Estoicos: unión panteísta de las almas con el éter-fuego, alma universal; etc.). Conviene notar que dada la realidad estrictamente espiritual del alma (v.) humana, su relación en los testimonios bíblicos con lo luminoso no pasa del ámbito de la analogía, mientras que la noción del alma incorpórea, o más sutil que la materia y el cuerpo, pero no espiritual, hace que en los textos helénicos ordinariamente se entienda su relación con la l. en un sentido bastante literal.La divinidad-luz "ilumina" a sus escogidos. La divinidad celeste, concebida como l., comunica su l. y clarifica a cuantos se ponen en contacto peculiar con ella: p. ej., Eneas transportado en un nube a presencia de Dido "refulgió en la luz clara como un dios en el rostro y en los hombros, pues su misma madre (Venus) habíale comunicado decoro celeste en su cabellera y lumbre purpúrea de juventud y puesto a sus ojos luz divina y viva" (Virgilio, Eneida, 1,586-590; cfr. nimbo luminoso de lulo, Virgilio, Eneida, 2,680 ss., y de Tanaquil, Tito Livio, 1,39, cte.). De manera análoga se habla, o se realizan parecidos fenómenos, en el ámbito de la Revelación bíblica con sus matizaciones propias y peculiares (cfr. Ex 34,30; Mt 17,2). Dios se manifiesta como l. e ilumina, hasta materialmente, a quienes con mayor proximidad se contagian de su presencia. Escultores, pintores, cte., han recurrido, y seguirán haciéndolo, a la aureola y al nimbo luminosos como distintivos de las representaciones sagradas. Para la mente antigua en pocas personas sé manifestaba tan diáfanamente la presencia de la divinidad por los efectos luminosos como en los mediums, operadores, o como se prefiera nombrar a los protagonistas de los fenómenos teúrgicos (v. TEURGIA; Jámblico, De mysteriis, 112,8). A veces, según dicen los testimonios, todos los presentes llegaban a ver cómo el espíritu se apoderaba o abandonaba el cuerpo del intermediario en forma ígnea, si bien en la mayoría de las ocasiones solamente el ayudante captaba el fenómeno luminoso (Jámblico, De mysteriis, 3,6; 112,10 ss.). Más aún, consta en algunos documentos que, en algunos casos, se recurrió con no mucha honradez, y a pesar de su peligrosidad, a medios artificiales para simular, p. ej., la aparición ígnea de Recate (Hipp, Ref. haer., 4,36).Luz y misterios. Los misterios (v.) se sirvieron también de la l., símbolo de sus dioses y l. ellos mismos (Isis, Dionisio, v. TEOFANíA I); p. ej., agua lustral santificada con la inmersión de una tea encendida; p. ej., también, en la hierogamia entre Hades-Core, representada por el hierofaníe-sacerdotisa, el sacerdote aparecía bañado de l. natural, completada y, si era necesario, suplida por intensa iluminación artificial (Aster, 10: PG 40,324).M. GUERRA GÓMEZ.
V. t.: INICIACIÓN, RITOS DE; SIMBOLISMO RELIGIOSO I y III. BIBL.: A. SEGOVIA, La teología bíblica de la luz, Granada 1948; H. FRISK, Griechisches etymologisches Wdrterbuch, Heidelberg 1960 (sub voce Zeus); M. ANCONA, La luz y el color como expresión del Zeus homérico, "Helmántica" 17 (1966) 165-323; M. GUERRA, Yahveísmo, religiones nacionales y religiosidad ctónicomistérica, "Burgense" 7 (1966) 12-15 y 55-57; N. TURCHi, Fontes historiae mysteriorum, Roma 1923; W. HAVERs, La religión de los indoeuropeos a la luz de su lengua, en F. KÚNIG, Cristo y las religiones de la tierra, II, Madrid 1961, 653-668.
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