Luis Felipe de Francia
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Biografía GER
Rey de los franceses proclamado en la Revolución de 1830 (v.), y derribado por la Revolución de 1848 (v.). Representante típico del monarca burgués y doctrinario de la generación romántica. Hijo de Luis Felipe José de Orleáns y de la duquesa Luisa Adelaida de Borbón Penthiévre, n. en París el 6 oct. 1773. Duque de Valois desde su nacimiento, se convirtió en duque de Chartres desde 1785, y duque de Orleáns desde 1793, por la muerte de su abuelo y padre, respectivamente.Formación y destierros. Fue la suya, como la titula uno de sus principales biógrafos, Lucas-Daubreton, "une vie d’expériences". Fue educado desde los cinco años por el caballero Bonnard, que pese a haber sido recomendado por Buffon, resultó, al decir del propio L. F., "un preceptor mediocre". A los nueve años, su padre le puso bajo la tutela de la temible Felicité de Genlis, mujer culta, extravagante y progresista, de fuerte carácter, que influyó más que nadie en la vida y personalidad de L. F. Era dura y exigente, pero su método directo, visual y práctico, deparó al discípulo una amplia cultura y un sentido realista de la vida.La Revolución francesa de 1789 no cogió desprevenida a la familia Orleáns (v.), y menos a madame de Genlis, que impulsó al padre y al hijo a pasarse al campo revolucionario. El duque de Orleáns se hizo llamar Felipe Igualdad, y fue diputado en la Asamblea; su sueño era sustituir un día a los Borbones como monarca de una Francia burguesa y democrática. Su hijo, que empezó a firmar como Ciudadano Chartres, no le fue a la zaga; presenció la demolición de la Bastilla y fue admitido en el club de los Jacobinos. Pero recelaba de los cargos políticos más que su padre, y prefirió la carrera militar. El 11 jun. 1791 fue nombrado coronel del 14 regimiento de dragones. Allí aprendió el orden, la disciplina y el sentido del deber. En abril de 1792 participó en la guerra contra Austria, y, ya mariscal, se distinguió en las batallas de Valmy y lemappes.Las intrigas políticas de su padre acarrearon su desgracia en cuanto se proclamó la República. Detenido el duque de Orleáns, el ciudadano Chartres, todavía en el frente, huyó a Alemania, aunque una vez allí se negó a luchar contra los franceses. Vivió algún tiempo en Suiza, donde se mantuvo como profesor de matemáticas, para pasar luego a Hamburgo (1795), Escandinavia (1795-96), y Estados Unidos (1797-99). A su regreso, se estableció en Inglaterra. Casó en noviembre de 1809 con María Amelia, hija de Fernando IV de Nápoles, y pasó a vivir a Sicilia, en condiciones más desahogadas que hasta entonces. La Restauración de 1814, que puso en el trono de Francia a Luis XVIII (v.), le permitió regresar a su país y recuperar los inmensos bienes de su familia, pero fue recibido fríamente en la corte. Instalado en el PalaisRoyal, sede de la casa Orleáns, vivió sencillamente a estilo burgués, frecuentando el trato de políticos, intelectuales y financieros de tendencia liberal. Se convirtió así en la esperanza de la alta burguesía, deseosa de recuperar el poder.Rey de los franceses. La revolución de 1830 (v.), que derribó a Carlos X, le encontró ya perfectamente situado. Sus mejores amigos -los banqueros Laffitte y Perier, el general La Fayette, los intelectuales Thiers y Guizoteran también los principales dirigentes revolucionarios, si bien el prudente L. F. se había mantenido al margen de los acontecimientos. Aunque la revolución en sí no tuvo carácter orleanista, sus partidarios hicieron sonar la candidatura de L. F. desde el primer momento. El 31 jul: 1830 se dejó éste proclamar "lugarteniente general del reino", y el 7 de agosto aceptaba el título de "rey de los franceses" (no rey de Francia, para renunciar expresamente al principio patrimonial de la monarquía absolutista). Comenzaba un nuevo régimen, que significaba ante todo la sustitución de la aristocracia por la burguesía en la dirección del país. Un rey de mentalidad burguesa como L. F. parecía el hombre apropiado para dirigir la situación. Se promulgó una nueva carta constitucional, y el censo electoral fue rebajado de 300 a 200 francos, lo que elevaba el número de electores de 90.000 a 160.000; pero, en suma, el país seguía gobernado por una minoría, aunque se tratase ahora de una minoría liberal y burguesa, en la que primaban los intelectuales, los propietarios y los hombres de negocios. Los ministerios estaban presididos por banqueros -Perier-, nobles liberales -duque de Broglie-, profesores -Guizot-, o pequeños burgueses -Thiers-.Esta base social, fuerte y preparada, pero numéricamente reducida, restó solidez al régimen. L. F., elevado al trono por una revolución en la que no participaron todos los franceses, y en la que no todos los revolucionarios eran seguidores suyos, tuvo que enfrentarse a enemigos en todas direcciones. Contemos a los legitimistas, partidarios de la restauración borbónica, que se alzaron en la Vendée (183233) alentados por la duquesa de Berry; a los bonapartistas, con las tentativas de Luis Napoleón en Estrasburgo (1836) y Boulogne (1840); a los republicanos y socialistas, que iniciaron primero insurrecciones (Lyon, 1831; París, 1832 y 1834); y luego, visto el fracaso de éstas, atentados personales. L. F. sufrió hasta siete a lo largo de su reinado, siendo el más grave el de Fieschi, en 1835. Los cinco primeros años fueron, pues, de inestabilidad. Luego, la reafirmación de la burguesía dirigente, que cerró filas ante el peligro revolucionario, y la prosperidad económica que se extiende hasta la crisis de 1846, afianzaron la solidez del régimen. L. F., astuto diplomático -el "viejo zorro blanco", como se le llamó-, supo quedar bienquisto de todas las monarquías europeas. Practicó una hábil política matrimonial, casando a su hijo el duque de Montpensier con la infanta española Luisa Fernanda (que L. F. esperaba que llegase a reina), y sus hijas emparentaron con las principales dinastías europeas. Su proverbial pacifismo le ganó también simpatías en casi todo el continente. L. F. pasó de príncipe revolucionario a defensor de la monarquía, la paz y el orden.La marcha política y la prosperidad económica. Pronto el grupo orleanista, que de entre todos los elementos revolucionarios había conseguido alzarse con el poder, se dividió en dos partidos contrapuestos, el del Movimiento -dirigido por Laffitte y La Fayette-, y el de la Resistencia, cuyos principales prohombres fueron Thiers (v.), Guizot y Molé. El pequeño tiers parti dirigido por Dupin apenas tenía otra función que la intermediaria. Las dificultades internas y los continuos desórdenes incitaron el recurso de L. F. -y de la propia minoría con derecho electoral -a los conservadores, es decir, a la Resistencia. Desde marzo de 1831, el partido del Movimiento no volvería a disfrutar el poder, usufructuado casi siempre por los de la Resistencia, con algunos interregnos ocupados por el centrista Dupin. Definitivamente, triunfaba la tesis de Guizot de que "la revolución fue conservadora", es decir, destinada a defender y mantener las leyes frente a las usurpaciones del absolutismo.El mismo Guizot fue uno de los principales difusores de los principios doctrinarios, junto con Broglie, Royer Collard o Remusat. El doctrinarismo (v.) va tanto contra la soberanía absoluta como contra la soberanía popular, y eleva como norma de suprema legitimidad una tercera soberanía, la de la capacidad, es decir, que el mejor gobierno posible es aquel que desempeñan los más capaces, o, lo que entonces era lo mismo, las minorías burguesas, inteligentes y realizadoras. El ejercicio del poder por los partidarios de la Resistencia deparó a su vez la división de este grupo en varias ramas, en las que destacan la derecha moderáda de Guizot y la izquierda moderada de Thiers. Por todo lo expuesto, se comprende que casi todo el reinado de L. F. se caracterice por la inestabilidad ministerial. Hubo en total 17 Gobiernos en 18 años, inestabilidad que queda paliada, en parte, como observa Ch. Pouthas, por el hecho de que cambian más los cargos que las personas: 154 carteras tuvieron 60 titulares. Guizot fue ocho veces ministro; y Thiers, seis. Es éste el hombre clave entre 1832 y 1836; Molé constituye la figura central entre 1837 y 1840, para ser Guizot el gran ministro, hábil y tozudo a un tiempo, de los últimos ocho años.El septenio 1840-46 señala la etapa de mayor estabilidad política y prosperidad económica. Es cierto que el famoso lema de Guizot, "franceses, enriqueceos", sólo pudo ser puesto en práctica por una minoría; pero de todas formas, el nivel de vida se elevó, y creció el número de los económicamente capaces; en 1846, el censo de electores, es decir, los cabezas de familia que tributaban como mínimo 200 francos, era ya de 24l.000. La ley Guizot de enseñanza primaria (1833) garantizaba escuelas suficientes para todos, pero la instrucción no era gratuita ni obligatoria. Se crearon también liceos y centros universitarios. El índice de alfabetización pasó en 15 años del 45% al 64%, y Francia era, a mediados de siglo, uno de los países más cultos del mundo. Creció también, aunque la mayoría de los franceses seguían viviendo en el campo, el índice de población urbana. París alcanzó en 1846 el millón de hab. El progreso económico se hizo patente desde 1835; una pequeña crisis en 1839 deja paso al próspero septenio 1840-46. F. Perroux estima el crecimiento medio de la renta nacional en un 2,4% anual para el reinado de L. F., contra el 1,2% de la época de la Restauración. Hacia 1840 comienza la fiebre de los ferrocaí-riles; en 1842 se habían construido 570 Km. de vía, y en 1848 se alcanzaban las 2.000. Por su parte, la industria se mecanizaba rápidamente; si en 1830 el número de máquinas de vapor era en toda Francia de 615, en 1848 se elevaba a 5.000.La crisis final. Sin embargo, el desarrollo económico no pudo operarse sin tensiones. La agricultura quedó rezagada respecto de la industria, nuevos grupos advenidos a la cultura y al progreso reclamaban más amplios derechos políticos; y las masas proletarias, explotadas por un capitalismo libre y sin escrúpulos, se adherían a las corrientes socialistas e iniciaban movimientos de protesta. La crisis económica de 1846-48 fue decisiva. Comenzó con una mala cosecha, que encareció los productos de primera necesidad. Siguió una caída vertical de los valores ferroviarios, cuyas compañías habían abusado del fácil recurso al crédito, y se vieron de pronto desamparadas. La paralización de las obras supuso la hecatombe de los altos hornos y de las minas de hierro y carbón. En 1847, millones de franceses estaban sin trabajo, justo cuando los precios alcanzaban su más alta cota.La crisis socioeconómica se unió a la política. El conservadurismo de Guizot, enemigo de toda reforma, encontraba cada vez mayores antipatías. La conquista de Argelia -única aventura militar de la Francia de L. F.-, coronada en 1847 por el general Bugeaud, no bastó para paliar el descrédito del régimen. Una campaña de banquetes organizada por los políticos de oposición culminó con el previsto en París para el 22 feb. 1848. Prohibido el acto por las autoridades, degeneró en manifestación multitudinaria. El 23 de febrero se llenó París de barricadas. Cuando la Guardia Nacional, llamada para mantener el orden, se negó a obedecer, L. F. vio perdida la partida, y abdicó en su nieto el conde de París (24 feb. 1848). Era demasiado tarde, porque en aquellos momentos la Cámara, ocupada por los atumultuados, proclamaba la República (V. REVOLUCIÓN DE 1848). L. F. se exilió a Inglaterra, donde la reina Victoria puso a su disposición el castillo de Claremont. Hombre inteligente y astuto, pero contradictorio, careció de la flexibilidad necesaria para ampliar las bases de un régimen de minorías, que acabó quedándose corto ante el despliegue social y económico del país.J. L. COMELLAS GARCÍA-LLERA.
BIBL.: L. F. DE ORLEÁNS, Mon journal, París 1849; F. P. GuIzoT, Mémoires, París 1858-67; l. BERTAUT, Le roi hourgeois, París 1937; L. DUBRETON, Louis-Philippe, París 1938; P. DE LA GORCE, Lotus-Philippe, París 1948; M. CASTILLON DU PERRON, Louis Philippe et la Révolution /raneaise, 2 vol., París 1963; P. VIGIER, La monarchie de juillet, París 1965.
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