Lewis, Sinclair
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Biografía GER
Novelista estadounidense. N. el 7 feb. 1885 en Sauk Center, Minnesota. Cursa estudios superiores en la Univ. de Yale, donde empieza a escribir, colaborando con unos poemas y artículos de poco interés en la rey. "Yale Literary Magazine". Los años universitarios son un periodo difícil debido a su carácter tímido y retraído, llegando incluso en una ocasión a abandonar sus estudios para ir a trabajar como portero en Helicon Hall, comunidad social experimental fundada por Upton Sinclair en Nueva Jersey. Pero al fin se gradúa en 1908. En los años siguientes se gana la vida como lector de varias editoriales de Nueva York y colaborando en revistas literarias; al mismo tiempo viaja todo lo que puede por Estados Unidos. En 1914 publica su primera novela, Our Mr. Wrenn, que tuvo buena crítica pero se vendió mal; lo mismo ocurrió con El rastro del halcón de 1915. En 1917 aparece The Innocents, narración folletinesca que publica en una revista para el gran público, y The lob (La tarea), sobre la vida de nueva York, que es la más interesante de las obras de su primera época.En 1920 aparece la novela que había de hacerle famoso, Main Street (Calle Mayor), que suscitó grandes controversias. La crítica de la vida provinciana no era novedad en la literatura norteamericana, pero sí lo era la exaltación final de las virtudes de la pequeña burguesía y la aceptación por parte de la protagonista de un mundo medio del que había tratado de huir. S. L. critica, sí, la hipocresía, la afectación, el materialismo y la moral convencional, vicios que se hallan con frecuencia en la clase media provinciana, pero reconoce que también se dan en ella ciertas cualidades positivas, como la honradez, la amabilidad y el sentido común, que son las que acaban por triunfar. En 1922 publica la que ha sido considerada generalmente como su mejor novela: Babbitt, retrato satírico del hombre de negocios medio americano. En Estados Unidos suscitó esta obra una gran polémica literaria, dado que la mayoría de los críticos se sintieron ofendidos por el duro ataque que se hacía en el libro al americano medio. En 1925 publica Arrowsmith, cuyo tema central es la lucha entre el espíritu idealista del investigador médico y el materialismo de los que quieren explotar sus descubrimientos. El éxito de la obra fue unánime concediéndosele el premio Pulitzer; pero S. L. lo rechazó,, probablemente porque le molestaba el retraso con que se reconocían sus méritos. En 1927, aparece Elmer Gantry, la más polémica y escandalosa de sus obras, en la que con una total ausencia de espíritu religioso y con una frialdad y meticulosidad increíbles, el ateo S. L. va describiendo las formas de corrupción religiosa de la secta evangélica americana. En 1929, publica Dodsworth, en que relata las aventuras de un industrial americano en Europa. En 1930 se le concede el premio Nobel de literatura; es el primer escritor americano que recibe tal galardón. Los años siguientes son de constante actividad literaria y viajera: viajes por Estados Unidos y Europa, nuevos títulos como Ann Vickers (1933), Los padres pródigos (1938), Bethel Merriday (1940), Gideon Planish (1943), World So Wide (El ancho mundo), 1951, todas muy inferiores al estupendo conjunto de los años 20. Al fin, vencido por una serie de desgracias familiares, por el infructuoso esfuerzo de querer salir del estado de decadencia literaria en que se está hundiendo y por el alcohol, m. cerca de Roma el 10 en. 195l.Al enjuiciar la obra de S. L. salta a la vista su desigualdad: frente a unas obras espléndidas hay otras deleznables, y hasta sus mejores novelas tienen defectos graves: tendencia a la sensiblería, exceso de meticulosidad en lo externo, falta de profundidad. Pero, al mismo tiempo, tiene una capacidad de creación de personajes, que son casi prototipos, y una facilidad de expresión y una ironía fina realmente extraordinarias.BIBL,: I. BROWN, Panorama de la literatura norteamericana contemporánea, Madrid 1956; Tres escritores norteamericanos, W. Irving, S. Lewis, K. A. Porter, Madrid 1965 (incluye una buena bibl.); M. SCHORER, Sinclair Lewis. An American Lije, Nueva York 1961; S. N. GREBSTEIN, Sinclair Lewis, Nueva York 1962;S. LEwís, The man jrom Main Street. Selected Essays and other writings. 1940-50, Nueva York 1953.
**AUSOFÍA MARTÍN-GAMERO.
**VRSLEXICOLOGÍA
l. Concepto. Del gr. lexicós, `diccionario’, y logos, . `tratado’. Disciplina que estudia el léxico de una lengua en su aspecto sincrónico. Conviene distinguirla de la lexicografía o "arte de componer diccionarios". El problema, como puede apreciarse, se plantea entre el estudio de una realidad y la manera de presentarla formando un todo orgánico. Para mejor aclarar este concepto es necesario estudiar sus relaciones con el resto de las disciplinas lingüísticas: mientras la fonología se ocupa del estudio de los fonemas, y la sintaxis del estudio de la frase, la I. se ocupa del estudio de la palabra; en opinión de Ullmann "la lexicografía tendrá, por consiguiente, dos subdivisiones: la morfología, estudio de las formas de las palabras y de sus componentes, y la semántica, estudio de sus significados" (S. Ullmann, Semántica, Madrid 1967, 34-41).
2. Historia de la investigación lexicológica en España. Primera etapa. Abarcaría desde la toma de conciencia del hecho lingüístico romance, como objeto de estudio, hasta el s. XVIII; destacan en este periodo las obras de Juan de Valdés (v.) y Fernando de Herrera (v.). Ambos tienen una preocupación común: la propiedad de la lengua española. Juan de Valdés hace en el Diálogo de la Lengua una exposición de los arcaísmos que todo buen hablante debe evitar, algunos de los cuales han pervivido hasta nuestros días, al tiempo que se olvidaba por completo la forma preferida por Valdés; es el caso, p. ej., de aventurar frente a arriscar, mientras que otros han permanecido juntamente con la voz propuesta por Valdés; en otras ocasiones defiende el arcaísmo por no tener equivalente justo que lo pueda suplir; se pronuncia contra la invasión indiscriminada de neologismos, casi limitándose a aquellos que designan las nuevas realidades del saber humanístico. Fernando de Herrera en las acotaciones que hizo a Garcilaso le censura el empleo de determinadas voces, como tamaño, escurrir o alimaña por parecerle impropias de una poesía lírica; el panfleto del Prete Jacopín ofrece una idea de la I. al criticar duramente a Herrera algunas de las objeciones que hizo a Garcilaso, apoyándose el Prete, según opinión de Oreste Macrí, en la "clasicidad cortesano-salmantina, que había fijado la armonía entre norma del uso y ejemplaridad de algunos clásicos" (O. Macrí, Fernando de Herrera, Madrid 1959, 78); ciertamente, Herrera se apoyó casi exclusivamente en su propio léxico poético desterrando todo lo demás, fiado de su naturaleza sevillana, como la de Nebrija, lo que exasperó los ánimos de los defensores del criterio lingüístico toledano; en definitiva lo que se plantea es la adopción del criterio lingüístico cortesano, preludio del cervantino. Cabe también destacar los criterios de Cobarrubias (v.), el maestro Gonzalo Correas (v.), Sobrino (1705) y Stevens (1706), que culminaron en la brillante realidad de sus valiosos diccionarios.El siglo XVIII. En España se entabla un duro combate entre "puristas", castizos y amantes del galicismo. Al estudio de las lenguas modernas propuesto por Feijoo (v.) y Jovellanos (v.), siguió la introducción de moldes de vida total y absolutamente franceses, traídos de la mano del neoclasicismo (v.); puristas y castizos alzan sus voces en contra de la invasión cultural francesa: los primeros, poniendo infranqueables obstáculos para la admisión académica de determinadas voces; los segundos, intentando resucitar las palabras de más honda tradición española; ambas posturas atraen sobre sí las iras de los transigentes que ven en la introducción del neologismo (v.) y del galicismo (v.) las mayores posibilidades para la cultura española. En contra del galicismo léxico surgen las voces airadas de Feijoo, Cadalso (v.), Sempere Guarinos (17541830), etc. Por el otro bando destacan el duque de Almodóvar, Porcel, Barbadiño y Jovellanos, todos ellos poco escrupulosos en la admisión de palabras francesas, lo mismo que Capmany (1742-1813) en una primera etapa de su vida, tras la cual pasó a engrosar las filas de los defensores de la causa española, criticando sobre todo a los traductores del francés. Otro problema muy debatido en este mismo siglo fue el de los sinónimos, la preocupación por los cuales surge en este momento, y no por cuestiones puramente estéticas, como algunos han creído ver, sino, como bien ha dicho Fernando Lázaro Carreter, buscando la riqueza del idioma, que Capmany veía, no en el número de voces disponibles para una misma realidad, lo cual es base de confusiones, sino en la zona de significaciones que cubren estas palabras; este criterio es recogido por López de Huerta y puesto en práctica en sus Sinónimos Castellanos (1789).Época actual. Se ha producido un profundo cambio en los criterios de investigación: se ha tendido, por una parte a la realización de diccionarios integrales que recopilan cualquier voz por bajo que sea su nivel distribucional; y por pequeña que sea su zona de vitalidad, y, por otra, a la divulgación, cara al ciudadano medio, de estos temas. Dentro de la primera tendencia, y respondiendo a los criterios expuestos por R. Menéndez Pidal (v.) y J. Casares (1877-1964), se han realizado las grandes obras lexicográficas españolas: el interrumpido Glosario Medieval, el Tesoro Lexicográfico de S. Gili Gaya (n. 1892), diccionario de diccionarios, que recoge los diversos valores que la palabra ha tenido en la tradición lexicográfica desde 1492 a 1726, elogiable empeño que se espera ver culminado, y el Diccionario Histórico de la Real Academia, realizado con criterio verdaderamente amplio, tanto en lo que se refiere a variantes geográficas, como a voces de cualquier nivel, o época de empleo; ofrece una visión completa de la vida de la palabra en cuestión; su mayor problema es la penuria de medios para llevar a cabo tan alta empresa, lo que redundará en un muy largo periodo de ejecución; teniendo en cuenta que los medios electrónicos no pueden ser empleados en la tarea de definir el valor de una palabra, la solución no es, en absoluto, fácil (v. DICCIONARIO). La tendencia divulgadora ha tenido en los medios de comunicación social su más adecuado vehículo de expresión: prensa y televisión; los nombres de Julio Casares, Manuel Muñoz Cortés (n. 1915), Manuel Criado de Val y Joaquín Calvo Sotelo (n. 1905) marcan distintas épocas de ese quehacer por infundir en los lectores y espectadores no solamente la conciencia de que los organismos especializados trabajan en pro del idioma, sino también una serie de normas, lexicológicas y a veces también gramaticales, que permitan utilizar adecuadamente la lengua, única base sobre la que asentar la esperanza en el futuro del español.Últimas tendencias. Hoy se deriva a los diccionarios de frecuencias, de gran valor en la enseñanza de los idiomas por facilitar al discente aquellas voces que debe aprender con preferencia. El primer estudio de este tipo referido al español fue el de V. García Hoz, Vocabulario usual, común y fundamental (1953), brillante logro para aquel momento. En 1964 aparece Frequency Dictionary oí Spanish Words, de Juilland, cuya finalidad es encontrar las 5.000 palabras básicas del español, de un corpus de 500.000, dividido en cinco grupos de 100.000, cada uno de los cuales corresponde a obras de distinta categoría. Las fórmulas que han servido de base para la elaboración del diccionario son las siguientes: U(uso)=FXD. F=número de veces que aparece una palabra partido por el número de grupos que se han hecho.VxI az+bz+c2D-1_V-F x- -a, b, c, ... =número de veces que aparece una palabra en cada grupo, restado de F. El diccionario de Juilland clasifica las palabras según el uso, con lo que evita arbitrariedad, ofreciendo unos resultados bastante aceptables.3. Confección del diccionario. Tipos de diccionarios. Son siete los puntos en los que nos habremos de fijar para establecer una clasificación de éstos: a) Datos lingüísticos: si éstos son observados en uno o más hablantes tendremos un diccionario de autoridades, o de lengua; lo usual es que se fundan los de esta procedencia con los producidos por el lexicógrafo, dando como resultado un diccionario mixto; estos mismos datos pueden ser utilizados íntegramente, o sólo en parte: si sucede esto último, la selección puede ser meramente intuitiva, u objetiva, en el primer caso quedaría un diccionario reducido, y en el segundo, uno parcial que agotara las posibilidades del léxico en ese sentido; estos mismos datos pueden ser funcionalmente compatibles o no, en el primer caso será sincrónico, y diacrónico en el segundo. b) Unidades de tratamiento: el lexicógrafo puede tomar estas unidades de los discursos observados, realizando entonces un diccionario de frecuencias, o tomarlas de la lengua, ya sea léxicas (palabras), ya cualesquiera otras (morfemas). c) Conjunto de datos a tratar: puede ser la totalidad del correspondiente a un código, resultando entonces un diccionario general, o puede recogerse un subconjunto léxico, ya sea semiocultural (vocabulario técnico, o de argot) o relacional (de sinónimos, antónimos o rimas). d) Orden de los elementos: puede ser un orden formal, diccionarios alfabéticos directos o inversos, o un orden semántico metalingüístico, diccionario conceptual o ideológico. e) Análisis semiofuncional de los elementos: si este análisis es explícito nos encontraremos ante una enciclopedia (v.), si está en el nivel de sustancia y forma del contenido; y con un diccionario de "lengua", si su nivel es el de la forma del contenido y de la expresión; si el análisis es implícito tendremos un índice de palabras clave, un vocabulario ortográfico, etc. Respecto de la lengua de información: nos encontraremos ante un diccionario de definiciones, si ésta es homóloga a la de la entrada; si no lo es, tendremos un bilingüe si la de información es lengua natural; y de imágenes, mapas, etc., si no lo es; puede tratarse también de un diccionario con definiciones desarrolladas (extensivo), o sólo de equivalencias léxicas (selectivo)./) Informaciones no semánticas: pueden ser únicamente funcionales (diccionarios sincrónicos y descriptivos) y también combinadas las funcionales con las que no lo son (motivación de elementos codificados, etimologías, etc.). g) Explicitación de datos: carencia absoluta de ella (enciclopedia); ejemplos observados (citas), producidos y observados.Selección de entradas. Entre los varios problemas que debe resolver el lexicógrafo a la hora de confeccionar el diccionario, destaca en primer lugar el de las entradas. Sus criterios de selección están muy vinculados al tipo de diccionario que se desee hacer: en un diccionario integral deberán figurar todas las voces de esa lengua, incluidas aquellas que se presentan como variantes geográficas dentro del idioma, salvo que su contextura fonológica sea discrepante con la de la lengua de que se trate; dentro del ámbito del español estos dialectalismos son fruto del proceso expansivo del castellano y de la asimilación que llevó a cabo de las hablas periféricas a él. En el caso concreto de los indigenismos el problema tiene un claro origen onomasiológico (v. ONOMASIOLOGíA), al tener que designar realidades totalmente nuevas los colonizadores que llegaron al Nuevo Mundo; por este camino, tanto en el español de allende los mares como en el peninsular, se fueron introduciendo voces araucas, tainas, caribes, mayas, etc., del tipo de canoa, huracán, caoba, coyote, puma (V. LENGUAS PREHISPÁNICAS DE AMÉRICA, 4). Por lo que respecta a los dialectos verticales, variaciones sociolingüísticas de un idioma, este tipo de diccionario debe admitir desde las voces más cultas hasta los vulgarismos más extremados, no sólo por la necesidad de ofrecer a los lectores una información lo más amplia y extensa posible, sino también porque en muchas ocasiones la clave para comprender el valor "autorizado" de una palabra está en esa forma vulgar que sirve de nexo o puente entre dos acepciones. Todos estos dialectalismos, en el más amplio sentido de la palabra, forman parte del léxico de una lengua, y su estudio interesa no solamente al historiador de ésta, sino también a aquellos que tienen interés en conocer todas las posibilidades expresivas de su propio idioma.Dentro de este mismo apartado debemos hablar del argot como variante semiocultural del léxico de una lengua (V. JERGALES, LENGUAS), y cuya característica más acusada, precisamente la que lo distingue de todos los demás dialectalismos, es el deseo de ocultación que le da origen: se trata de un dialecto que nace en una comunidad, generalmente poco amplia, con la finalidad de servir a la comunicación exclusiva de los componentes de ella, de tal forma que los que son ajenos a ella no capten los mensajes; la diversificación del argot no suele ir más allá del léxico, manteniéndose unido a la lengua común por la fonética y la morfosintaxis; debido a la finalidad de su nacimiento el argot muere, como tal, cuando su conocimiento traspasa los límites de la comunidad que lo creó: es el fenómeno que está ocurriendo en el español con determinados gitanismos (v.), que, a fuerza de estar siendo empleados por toda la comunidad hispanoparlante, están perdiendo su carácter argótico: tal es el caso, p. ej., de gachí, payo, etc. Dentro del español, tenemos como argot histórico el lenguaje de germanía (v.) de los Siglos de Oro, cuyas voces son recogidas todavía en el diccionario de la Real Academia.Ordenación y presentación de las entradas. Puede hacerse alfabética o ideológicamente, pero bien sea de una u otra forma, ésta siempre se da prescindiendo de las variaciones paradigmáticas de la voz; la presentación de sistemas paradigmáticos sólo se lleva a cabo en los diccionarios cuando han adquirido una formalización previa, teniendo una significación distinta, aunque vinculada con la base; pueden servirnos como ejemplos los casos de adjetivos terminados en -or, los cuales indican la persona agente, y que aparecen con entrada propia en los diccionarios, independientemente del verbo del que se podrían considerar participios agentes; desde un punto de vista diacrónico merecen ser destacados ejemplos como el de infante, que siendo participio del verbo latino in-fari=no hablar, ha adquirido una doble vertiente de significaciones: a) "niño que aún no ha llegado a la edad de siete años", y b) "soldado que sirve a pie"; en la primera, admite una variante femenina que mantiene perfectamente su vinculación con el verbo del que procede etimológicamente, por lo que puede parecer ocioso registrarla en el diccionario con entrada aparte; ahora bien, la segunda vertiente del término infante tiene en infanta un correlato con el valor de "mujer del infante", cuya inclusión lexicográfica con entrada independiente es del todo necesaria.La locución, el modismo y el refrán. En I. no siempre se puede hablar de la palabra como unidad de significación, ya que es frecuente el caso de que varias palabras, entendidas éstas como unidades gráficas, comporten una única significación; dado este supuesto nos podemos encontrar con locuciones, modismos y refranes, cada uno de los cuales deberá tener su tratamiento lexicográfico, pero que como nexo común, aparte del ya indicado, tienen el ser elemento común del uso lingüístico, constituir verdaderos tópicos del habla diaria. J. Casares definió la locución como "la combinación estable de dos o más términos, que funciona como elemento oracional y cuyo sentido unitario no se justifica, sin más, como una suma del significado normal de los componentes" (Introducción a la Lexicografía Moderna, 170). La estabilidad de la composición hace que a la hora de registrarla en el diccionario sea preciso acudir a un criterio no estrictamente alfabético para su perfecta alineación: suele carecer de entrada propia, dándoseles cabida bajo la misma de la palabra que funciona como principal: noche toledana deberá ser registrada bajo la entrada de "noche", poner de vuelta y media tiene su lugar detrás de las acepciones del verbo "poner". El modismo, definido como "modo particular de hablar propio y privativo de una lengua, que se suele apartar en algo de las reglas generales de la gramática", debe ser incluido, en el diccionario integral, bajo la entrada de su palabra más importante: sacar las castañas del fuego, tras las acepciones del verbo "sacar". El refrán, excluido de la última edición del diccionario académico, se caracteriza por poner en relación dos ideas, de forma sentenciosa y elíptica.Problemática de la definición. El segundo problema importante con que se encuentra el lexicógrafo es el de la definición, es decir, cómo llevar a cabo ese discurso metalingüístico de manera que refleje lo más fielmente posible el contenido de la palabra que se pretende definir. A través del tiempo se han vertido las más diversas opiniones sobre la metodología más eficaz de la definición; estudiaremos solamente aquellas que ofrecen actualmente un mayor interés. La tesis de B. Pottier se apoya en un proceso ascendente que, partiendo del "sema", unidad menor de significación, desemboca en el "archilexema", representante en el plano del significante de la intersección de un conjunto de "sememas", conjunto de rasgos distintivos, o "semas", de una palabra dada; este proceso ascendente no es viable a la hora de establecer la definición, por cuanto supone una petición de principio al necesitar de un campo semántico ya estructurado para la obtención del "archisemema", y tal estructuración no es posible llevarla a cabo sin tener previamente definidos los términos que integran el campo. Por todo ello, y dentro de una tendencia similar, es mucho más aconsejable la tesis de María Moliner, que es descendente: partiendo del concepto de mayor extensión y menor comprensión se va formando el triángulo definitorio en el que el término definido es igual a un término genérico de mayor extensión que el primero, más un elemento diferenciador que viene a ser el equivalente del "sema" de Pottier, al tiempo que el término genérico sería el "archilexema"; como se puede apreciar, este procedimiento deductivo permite ir acumulando los datos necesarios para la definición sin necesidad de suponer ninguna experiencia anterior.U. Weinrich ha expuesto una sugestiva teoría de la definición que cubre perfectamente uno de los huecos más importantes de las posturas anteriores: el lenguaje metafórico o figurado; cuando afirma que un término dado denota tal significación si cumple una determinada serie de condiciones, permite la identificación de estas condiciones con el "sema" de B. Pottier, pero se puede salvar esa importante parcela de la significación que es la metáfora (v.), desde el momento en que las condiciones, previamente establecidas, pueden ser referidas a esa significación figurada. A. Rey aplicó el esquema de la significación de Ogden y Richards a la mecánica definitoria: partiendo del hecho de que la definición lingüística es una definición de palabras, el hablante puede definir un término reproduciendo el acto mental por el que ha puesto en relación signo y concepto. A partir de este momento el programa de la definición se reduce a hacer corresponder en una unidad léxica supuesta desconocida una pluralidad de unidades pertenecientes al mismo sistema lingüístico, organizadas según las estructuras sintagmáticas del sistema y que supone: a) capacidad de remitir al mismo significado; b) capacidad de determinar en el lector o auditor la elaboración conceptual de este significado. La objeción lexicográfica que se le podría hacer a esta tesis de A. Rey es que tiene más valor como comprobante de discursos metal ingüísticos ya elaborados que como sistema de definir.Planteamientos verdaderamente lexicográficos de la definición no hay muchos, ya que en las investigaciones actuales se da preferencia a los estudios meramente teóricos realizados, si no abiertamente de espaldas al diccionario, sí, al menos, sin estar dirigidos a la puesta en práctica; por ello resulta mucho más interesante la postura de J. ReyDebove: para ella existe la definición sustancial que responde a la pregunta ¿qué es lo definido?; la respuesta puede ser triple: lo definido es tal cosa, es no tal cosa, o es lo contrario de tal cosa; en el primer caso, se trata de una definición con incluyente lógico; en el segundo, la exclusión o negación sintáctica; y en el terecero, la negación semántica; la segunda posibilidad de J. ReyDebove es la definición relacionel, que no alude a la sustancia de lo definido, sino a la relación existente entre esa palabra y otra que se toma como base de comparación y que le llama "transformador", pudiendo actuar como tal un verbo que denote posesión, acción o estado, o una preposición seguida de nombre o de verbo, pero en cualquiera de los dos casos le da a la definición un valor de adjetivo o de adverbio.De la reflexión sobre lo anterior se puede deducir la dificultad que entraña el hecho de definir para el lexicógrafo, pero también da pie para el escepticismo, sobre todo considerando que no es viable una teoría única de la definición aplicable a todos los casos que el lexicógrafo necesita hacerlo, pues es necesario que vaya fluctuando y acogiéndose ora a una, ora a otra teoría, según sus necesidades.V. t.: DICCIONARIO; SEMÁNTICA; MORFOLOGÍA.J. MUÑOZ GARRIGÓS.
BIBL.: R. LAPESA, Le dictionnaire historique de la langue espagnole, en Lexicologie et lexicographie franpaises et romanes, París 1961, 21-27; J. CASARES, introducción a la Lexicografía Moderna, Madrid 1950; íD, Qué es lo moderno en lexicografía, "Bol. de la RAE", t. XXXI, cuaderno CXXXII, 1951, 7-23; S. GILI GAYA, Tesoro Lexicográfico, 1, Madrid 1947, VII+XV; F. LÁZARO CARRETEA, Las ideas lingüísticas en España durante el siglo XVIII, Madrid 1949; J. REY-DEBOVE, Étude linguistique et sémiotique des dictionnaires franeais contemporains, París 1971; A. REY, A propos de la définition lexicographique, "Cahiers de Lexicologie" 6 (1965) 71 ss..(
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