Laúd MÚSICA
Categoria:
Música
De origen árabe (al-ud) y antigüedad indefinida, fue introducido en Europa en la época de las cruzadas y se convirtió rápidamente en un instrumento privilegiado. Entre la Edad Media y el s. XVIII existió gran variedad de l., comprendiendo ejemplares de diversos tamaños, desde la tiorba hasta la mandora o lutina, según Merenne.El I. pertenece a la familia de instrumentos de cuerdas punteadas y con mástil. Hasta finales del s. XV se tañía con plectro o púa, produciendo en consecuencia monodías o bien acordes arpegiados. A partir del s. XVI se pulsa con tres o cuatro dedos de la mano derecha, lo que permite el desarrollo de complicadas tramas contrapuntísticas. Es entonces cuando en realidad comienza la época floreciente del I. Los instrumentos de cuerdas pulsadas ocupan un lugar importante en la historia de la música desde el s. XVI hasta el XVIII. El l., la vihuela, el arpa, la guitarra y sus variantes son los principales exponentes sonoros de la época, siendo el I. el primero de todos ellos que desapareció después de una brillante carrera. La vihuela se fundiría con la primitiva guitarra popular en la guitarra que hoy conocemos.Forma y clases. El I. tiene la forma de media pera cortada verticalmente. Posee una tabla superior o tapa armónica, en cuyo centro luce un rosetón labrado o celosía. A la tapa va adherida una pieza, normalmente de madera dura, llamada puente, que es donde se atan las cuerdas en grupos de dos, llamados órdenes. La caja de resonancia está constituida por tiras de madera perfectamente acopladas en forma de gajos. Esta forma característica de la caja del l., con su tapa oval sin escotaduras, origina la emisión espontánea del sonido, cuyo timbre podríamos calificar de nasal. La caja de resonancia sólo actúa como reflectora de las vibraciones producidas. La diferencia entre el I. y la vihuela radica en la caja de resonancia: en la vihuela tiene fondo plano y aros con escotaduras laterales en forma de ocho. El mango termina en un clavijero que forma un ángulo recto con el mástil; otro aspecto éste que diferencia al I. de los demás instrumentos de cuerdas pulsadas y mástil. La parte anterior del mango, llamada diapasón, está dividida por una sucesión de ataduras de tripa o trastes a distancia de semitonos. Las cuerdas, tendidas sobre el diapasón y la tapa armónica, entre el puente y el clavijero, van en grupos de dos u órdenes, excepto la primera, que es simple. En su origen, el I. tuvo cuatro cuerdas que fueron aumentando hasta llegar a las 13, 12 dobles y una simple, que tenía en el s. XVIII.Las afinaciones más corrientes del I. renacentista fueron, del grave al agudo: la re sol si mi la y sol do fa la re sol. Esta última afinación es la más usual en el s. XVI. Los órdenes están afinados de la siguiente manera: la primera cuerda simple, el segundo y tercer órdenes, al unísono; cuarto, quinto y sexto en octavas. A finales del s. XVI se agregó al I. el séptimo orden, y poco más tarde el octavo (re y do graves). Esta encordadura fue la definitiva para el I. del Renacimiento. A principios del s. XVII apareció en Francia un I. de nueve órdenes, que duró escasamente diez años. A continuación surgió el que podríamos llamar I. prebarroco, de diez órdenes, el noveno y décimo ateorbados (fuera del diapasón). Este I. se impuso debido a la acertada fama que le dieron N. Valet y, sobre todo, R. Ballard. El I. de 10 órdenes puede ser considerado como un instrumento de transición.Hacia 1630 surge lo que podríamos llamar el primer I. barroco de 11 órdenes; estaba afinado de la siguiente manera, desde la prima: fa re la fa re la sol fa mi re do, afinación que se atribuye a E. Gaultier el Viejo. Los órdenes graves, a partir del sexto, se podían afinar según la tonalidad de la pieza. Éste fue el último de los l. franceses. A finales del s. XVII aparece la escuela alemana, con el l. de 12 órdenes, y más tarde el definitivo de 13 órdenes. El l. barroco alemán fue el último representante de esta ilustre familia de instrumentos.Notación. La forma de escritura empleada por los laudistas era la cifra o tablatura. La tablatura alemana, que se refiere sin duda al I. de cinco órdenes, se vale del alfabeto y de los trastes del instrumento para indicar las posiciones de los dedos. En Francia, Inglaterra, Italia, y en España para la vihuela, utilizaban un hexagrama (una línea para cada cuerda). En Francia e Inglaterra determinaban las posiciones por medio del alfabeto, en Italia y España a través de números.La tiorba. La forma más grande de I. es la tiorba, que no se debe confundir con el archilaúd, variedad de la tiorba (Pedrell). Desde 1590 en que aparece, la tiorba consta de 14 órdenes. Los seis primeros tienen la misma afinación que el I. renacentista, y los ocho restantes forman una escala diatónica completa. Tiene la misma forma del I., aunque la caja de resonancia es un poco más grande. El clavijero tiene la particularidad de ser la prolongación del mango, para lograr mayor tiro o longitud en los órdenes graves. Se utilizaba para hacer el bajo continuo y acompañar a la voz, ya que su repertorio como solista era muy reducido.Escuelas laudistas. Sería imposible detallar la música escrita para el I. y canto y l., así como los grandes maestros que lo cultivaron. Citaré los principales exponentes de las cinco auténticas escuelas. En la italiana destacaron: F. da Milano, Molinaro, P. Fiorentino, A. Ferrabosco y V. Galilei (v.). En los umbrales del barroco, C. Monteverdi (v.), G. Caccini y F. Frescobaldi (v.) aportaron algunas obras al repertorio del I. A mediados del s. XVII la escuela italiana deja de existir, aunque más tarde A. Vivaldi (v.) y A. Corelli (v.) escribirían varios conciertos para I. y orquesta.Para la escuela española, v. VIHUELA. En la escuela francesa, los editores P. Attaingnant y C. Gervaisse; A. Le Roy, en el s. XVI. En centuria siguiente, R. Ballard, la gran familia de los Gautier, J. B. Besard y los últimos laudistas franceses Mouton, Perrini y sobre todo el laudista, tiorbista y guitarrista de Luis XIV, Robert de Visée, del cual sólo conocemos su obra guitarrística.La escuela inglesa cuenta con destacados maestros, como Holborne, Cutting, Batchelar, Campion, Pilkington, R. Johnson, laudista de Jacobo I y Carlos I. Por último, R. y J. Dowland (v.), este último el más grande de dicha escuela. Los virginalistas y polifonistas T. Morley y W. Bird escribieron algunas obras para el I.La escuela alemana fue la última. Hubo en el s. XVI laudistas como H. Neusidler y más tarde A. Reusnar. Pero esta escuela logra su mayor auge en el s. XVIII. Pachelbel, Buxtehude y Telemann (v.) han escrito magníficas obras para el l. Y, como coronación, S. Leopoldus Weis y J. S. Bach (v.) justifican ampliamente, con su inestimable aportación, la existencia del l. barroco, injustamente olvidado.JORGE FRESNO.
BIBL.: T. DE SANTA MARÍA, Arte de tañer fantasía, 1565; P. BERMUDO, Declaración de instrumentos, Osuna 1555; R. DOWLAND, Varietie of lute lessons, A musicall banquet, ed. T. ADAMS (1610); P. MER~ENNE, Harmonie universelle, 1536; O. CHILESOTTI, Laudistas del s. XVI, Leipzig 1891; M. BRENET, Notes sur 1’histoire du luth en France, 1898.
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