Laennec, René Théophile
Categoria:
Biografía GER
Médico francés, inventor del estetoscopio y creador del método anatomo-clínico, pilar básico de la Medicina contemporánea.N. en Quimper (Bretaña), el 17 feb. 1781. Habiendo perdido a su madre en la infancia, su padre le confió a un hermano, Guillaume L., médico acreditado en Nantes, quien con el mayor cariño habría de inculcar en el sobrino sus estimables virtudes, su amor a las humanidades y su afición a la Medicina. A falta de Universidad, suprimida por la Convención, con él y con otros colegas de Nantes aprende el joven L. anatomía y clínica médica; a los 15 años practica en el Hospital Militar como cirujano de 3a clase.Pero aquello no basta; L. ha de ir a París, donde bulle ya una Medicina renovadora. Con la ayuda de una pensión oficial, llega a la capital cuando apunta el nuevo siglo y se inscribe en I’Ecole Speciale de Santé, al tiempo de poder asistir al último curso que da Bichat (v.); después, sigue año tras año la docencia clínica de Corvisart en la Charité. Allí encuentra ese rigor y claridad ante el hecho patológico que habrá de conformar su mente, entabla amistad con G. L. Bayle, condiscípulo de mayor edad, quien le orienta tanto en sus afanes científicos como en los espirituales. En 1802 obtiene L. dos de los cuatro premios nacionales de Medicina e inicia la serie de sus luminosas aportaciones a la patología de base lesional -la que Bichat había preconizado- con una comunicación acerca de la peritonitis.En 1804 obtiene el doctorado con una tesis sobre lo que el práctico puede aún aprender en la doctrina hipocrática, que revela la cultura clásica de L. y su enraizamiento en la genuina tradición médica. Como su escasa capacidad de maniobra no le facilita el acceso a la carrera hospitalaria y como su situación económica es bastante precaria, ha de dedicarse al ejercicio privado, en el que pronto obtendrá abundante y distinguida clientela. Pero no por eso deja su labor investigadora de la que da buenas muestras -cirrosis atrófica de hígado, etiología parásitaria del quiste hidatídico y otros en las páginas del lournal de Médecine, del que es secretario de redacción.Las excelentes monografías de Corvisart sobre las enfermedades del corazón (1806) y de Bayle sobre la tisis pulmonar (1810), el redescúbrimiento llevado a cabo por el primero de estos autores de la percusión -inventada en 1761 por Auenbrügger- y los intentos del segundo por oír los latidos cardiacos pegando la oreja al pecho del pacíente, avivan el interés de L. por el estudio de las afecciones de los órganos torácicos: es fácil apreciar sus lesiones en la autopsia, pero no el distinguirlas en el vivo con aquellos insuficientes métodos de exploración que, por lo demás, L. practica en los enfermos de sus primeros servicios de Beaujon (1812) y la Salpétriére.Será en 1816, reciente su nombramiento como jefe clínico en el Hospital Necker, cuando L. halle el instrumento que iba a abrir para el médico la caja torácica de los pacientes. Así lo narraría él mismo en la introducción a De la auscultación mediata: "En 1816 fui consultado por una joven que presentaba síntomas generales de enfermedad del corazón y en la cual la aplicación de la mano y la percusión daban poco resultado, por razón de su obesidad. Al vedarme la edad y el sexo de la enferma la clase de examen de que acabo de hablar, recordé un fenómeno de acústica muy conocido: si se aplica el oído en el extremo de una viga se oye muy claramente un alfilerazo dado en el otro extremo. Pensé que se podría sacar provecho de esta propiedad de los cuerpos en aquel caso. Tomé un cuaderno de papel e hice un rollo fuertemente apretado, del que apliqué un extremo en la región precordial, y colocando el oído en el otro extremo quedé tan sorprendido como satisfecho de oír los latidos del corazón de un modo mucho más neto y claro de lo que jamás lo había hecho por la aplicación inmediata del oído. Sospeché desde entonces que este medio podía convertirse en un método útil y aplicable no solamente al estudio de los latidos del corazón, sino también al de todos los movimientos que pueden producir ruido en la cavidad del pecho...". Aquel rollo de papel sería pronto sustituido por un cilindro de madera de un pie de largo, con un estrecho conducto en su eje, susceptible de ser ocluido a voluntad: era el primitivo estetoscopio.Pero de poco habría servido este instrumento si su descubridor no hubiera aportado, al mismo tiempo, la amplia gama de posibilidades que da su adecuado empleo. Cuando alguien no preparado hace uso del estetoscopio sólo percibe un confuso "barullo" en el interior del tórax; hay que aprender a distinguir los ruidos que el aire hace al penetrar pór la tráquea, de los debidos al despliegue de los alvéolos, y a apreciar las modificaciones que estos ruidos respiratorios -como los que proceden de la palabra y de la voz- experimentan cuando se producen condensaciones, reblandecimientos y ulceraciones en la textura del pulmón; lo mismo que a detectar ruidos adventicios por secreciones anómalas que la corriente respiratoria agita a su paso; etc. Es una aplicación de la doctrina sensualista de Condillac (v.), dominante en aquel ambiente científico: el ánálisis de los elementos simples de la sensación y su ordenada elaboración racional. Con esta mentalidad, con infinita paciencia y con la ayuda de un fino oído musical, L. distingue y describe los diversos ruidos que el estetoscopio le permite percibir; y los pone en relación con las lesiones evidenciadas en las necropsias.Así se logra el ideal anatomo-clínico: la posesión de signos físicos ciertos que dan cuenta de lesiones orgánicas, las cuales definen de modo objetivo las antes imprecisas entidades morbosas. Esa percepción auditiva viene a ser para la mente del clínico una visualización de las lesiones internas; de ahí la raíz elegida por L. (skopé5, miro) para nombrar aquel instrumento que le lleva al interior del pecho (stéthos).Sólo al cabo de tres años de incesante investigación, y después de dar cuenta de su hallazgo en l’Academie Royale des Sciences, es cuando publica L. los dos volúmenes de su gran obra De 1’auscultation médiate (1819), conteniendo una acabada exposición de la técnica auscultatoria, combinada con las ya conocidas, seguida de un completo estudio de las enfermedades del pulmón y corazón, renovado a la luz de las nuevas posibilidades diagnósticas.La obra, tras de vencer indiferencias y hostilidades, pronto habría de imponerse por su propio peso. Pero su autor enferma precisamente de aquella tuberculosis pulmonar que tanto contribuyó a esclarecer; y busca reposo en su Finisterre natal, en la finca familiar de Kerlouarnek. Sólo a fines de 1821 regresará a París para regentar la enseñanza clínica, en el College de France, primero, y, desde 1823, en la célebre cátedra de la Charité; allí, donde aprendiera en sus años mozos, enseña a los médicos que acuden de todos los departamentos de Francia y de todas las naciones de Europa. Mientras tanto, procede a pulir y completar su libro, cuya segunda edición -el definitivo Traité de l’auscultation médiate-, aparecerá en el verano de 1826. Para entonces, está L. de nuevo en su tierra, ya consumido por la enfermedad; allí, en Kerlouarnek, muere piadosa y serenamente, el 18 ag. 1826.Breve existencia pasada en medio de convulsiones políticas que apenas si le afectaron en la regularidad de sus jornadas de silencioso quehacer, en la apasionada dedicación a la ciencia y a los enfermos, y en el fervor de una acendrada fe cristiana. Unos pocos lustros de actividad bastaron para crear una Medicina realmente científica, basada en datos objetivos y seguros. Al cabo de siglo y medio, aún puede leerse en buena parte el libro de L. como si fuera un texto actual; sobre todo por lo que hace a la sistemática de la exploración endo-torácica, que casi sin modificación recogen nuestros manuales de clínica propedéutica, y a la sobria y exacta descripción de tantos cuadros clínicos cardiopulmonares, centrados en la lesión anatómica y definidos por los signos físicos correspondientes. El espectacular desarrollo de la clínica médica a lo largo del s. xix, procede, de modo directo o indirecto, del impulso dado por aquel sencillo, pulcro y genial médico bretón.JUAN ANTONIO PANIAGUA.
BIBL.: R. T. LALNNEc, De 1’auscultation médiate, 4 ed. París 1837; Laénnec, en Clásicos de la Medicina, dir. P. LAN ENTRALGO, Madrid 1954; A. ROUXEAU, Laénnec avant 1806 y Laénnec aprés 1806, París 1912 y 1920; A. DE CORBIE, La vie ardente de Laénnec, París 1950; R. KERVRAN, Laénnec médecin breton, París 1955; C. y S. MALORD, Laénnec, París 1960.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.