La Cruz, Ramón de
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Biografía GER
Comediógrafo español n. en Madrid el 28 mar. 1731 y m. en la misma ciudad el 5 mar. 1794. Patriarca de un género chico, el sainete (v.), hizo desfilar por él a todo eJ Madrid populachero y aristócrata, presentado en animadas escenas de la vida cotidiana. Si queremos conocer a fondo la vida dieciochesca, ninguna fuente más fidedigna que las estampas costumbristas (v. COSTUMBRISMO iI) de este moderno sainetero madrileño.R. de la C. jamás tuvo una gran cultura. La vida fue su maestra, pues la pobreza de su familia le impidió seguir estudios superiores. Con el concurso de algunos parientes realizó unos estudios superficiales de humanidades en las Escuelas Salmantinas; a los 13 años le encontramos con su familia en Ceuta donde se despertó su afición por la- poesía y tal vez por el teatro. Como poeta es mediocre, hijo de su siglo, aunque en algunas ocasiones se salve recurriendo a la vena poética tradicional; las alegres seguidillas de muchas de sus piezas es lo mejor de su poesía. De Ceuta pasó a Madrid donde desarrolló su actividad de hombre de letras, compartida con un modesto empleo en Prisiones. Fue Oficial mayor de la Contaduría de penas de cámara. Vivió intensamente las polémicas literarias a que tan aficionados fueron los ingenios del s. XVIII. Fue satirizado por L. Fernández de Moratín y por los partidarios del arte neoclásico, y contra ellos se defendió ridiculizándoles en múltiples sainetes. No fue insensible, por otra parte, a los gustos de su siglo. Comenzó siendo traductor de comedias y tragedias francesas, de Hamlet, de obras de Metastasio y Weisse. Esta tarea fue una especie de aprendizaje pronto superado para dedicarse a una labor creadora.El 11 jun. 1768, con el estreno en casa del conde de Aranda de la zarzuela Briseida, obtuvo un gran triunfo en Madrid. La ciudad se enteró de la existencia de un auténtico dramaturgo popular, le dispensó desde entonces éxitos clamorosos, y le hizo gozar de una fama que no poseyó ningún otro hombre de letras en su tiempo. Esa fama no le hizo rico. Llevó siempre una vida precaria y hubo de recurrir en ocasiones al amparo de los poderosos. Las duquesas de Alba, Benavente y Osuna fueron sus protectoras y en alguna ocasión se vio en la necesidad de pedir dinero al Ayuntamiento para imprimir sus sainetes. A pesar de las estrecheces económicas, llevó una vida honrada y digna. La estampa romántica de un R. de la C. mendigo y bohemio es totalmente falsa. Perteneció a dos Academias, la de Buenas Letras de Sevilla y la de los Arcades - de Roma (v. ARCADIA). Su nombre académico fue Larisio Dianeo.Los sainetes originales son muchos y variados; todo intento de clasificación resulta fallido: unas veces por la diversidad de la temática; otras, la forma es tan variopinta que no es posible encuadrarlos dentro de las tradicionales clasificaciones. Todos tienen cierta hilación e intención: ser documentos fehacientes de una época e inclinados más a la comedia que al drama. Desde 1762 y durante 30 años ininterrumpidos, R. de la C. creó centenares de sainetes que van desde la parodia de obras neoclásicas, como Inesilla la de Pinto, hasta la visión, tan moderna, del teatro dentro del teatro. En este tema consigue piezas maestras como La comedia de Maravillas o La comedia casera. Los sainetes más interesantes son los costumbristas, tales como La chupa bordada, El fandango del candil, El sarao, La visita de duelo y La petimetra en el tocador; los apicarados como Las castañeras picadas, La casa de Tócame-Roque y El muñuelo; los satíricos como Las majas del Avapiés, El Manolo, La Petra y la Juana, el delicioso La presumida burlada, el evocador La pradera de San Isidro, Las tertulias de Madrid y Los payos en la corte. R. de la C. sobresalió también en la comedia de dimensiones normales, como Marta abandonada; en la zarzuela, dentro de una tradición musical hispánica, Las segadoras, Las Íoncarraleras y El tutor enamorado; en la tragedia, Sesostris y Aecio, triunfante en Roma; en los arreglos de algunas piezas calderonianas, Andrómeda y Perseo y El cubo de la Almudena; y en traducciones del francés como Bayaceto de Racine. Los sainetes de R. de la C. fueron censurados por los críticos y eruditos partidarios del arte neoclásico. N. Fernández de Moratín, Iriarte y Clavijo no comprendieron el auténtico sentido de estas piececillas. Contra todos ellos escribió el chispeante sainete El pueblo quejoso, y siempre que encontraba oportunidad los zahería violentamente.Aunque R. de la C. no es una figura excepcional de las letras, hay en su obra unos valores positivos que merecen ser recordados. Dentro del teatro de raigambre popular, el género del sainete alcanzó una perfección hasta entonces desconocida. Si comparamos los pasos, entremeses, loas, zarzuelas y demás piezas de ambientación costumbrista, hemos de reconocer que ninguna de ellas logra la armonía de obrita maestra del sainete, miniatura de costumbres populares y documento inapreciable para conocer la historia interna de una ciudad, en este caso Madrid, y de una sociedad, la madrileña. Aparte de haber creado definitivamente el género, dos aciertos indudables hacen de su creador un verdadero maestro: tipos y ambientes. El teatro neoclásico se movía en dos direcciones: o la tragedia al estilo Voltaire, más o menos pseudohistórica, a veces musical, o la comedia moralizante, lacrimosa a lo Diderot y pedagógica a lo Fernández de Moratín, en las que se evocaba una corriente literaria fuertemente afrancesada o una sociedad selecta, minoritaria, producto de la literatura de salón a la que tan aficionados fueron los ingenios del s. XVIII. Lo popular apenas contaba para ellos y no comprendieron la cantera de posibilidades temáticas que ofrecía. R. de la C., en cambio, supo sacar partido del pueblo; para él escribió; lo enfrentó con la sociedad almibarada y exquisita, afrancesada y propia de los salones.Los tipos populares de sus sainetes se cuentan por cientos. Es imposible dar una nómina completa. De entre los masculinos encontraremos cocheros, ladrones, mercaderes de baratijas, viudos que pronto se consuelan, gallegos cazurros, poetas pedigüeños, barberos chispeantes de gracia, criados enredadores, payos alelados, soldados aficionados al teatro popular, arrieros imprecadores, cómicos de tres al cuarto, feriantes vocingleros, manolos achulados y desafiantes, presidiarios, maleantes, parlanchines, graciosos apicarados, vagos de profesión, maridos burlados, borrachos empedernidos, gitanos marrulleros, chisperos y mesoneros. Todos están perfectamente retratados y se les coloca en su ambiente para que puedan desenvolverse de acuerdo con su "profesión". El Madrid bajobarriero, alegre y picante, está sorprendido en eterno carnaval. A tipos semejantes corresponden idénticas figuras femeninas. Vecinas chismosas y camorristas, viudas "inconsolables", curiosas impenitentes, comadres intrigantes, doncellas con ribetes de celestinas, majas y chulonas de una ordinariez desconcertante, criadas terceronas y ladronzuelas, calceteras correveidiles, naranjeras populacheras, beatas indeseables, castañeras "picadas", manolas achulapadas, discretas simplonas y casamenteras. Frente a esta abigarrada galería, como contraste, los tipos odiosos que eran el hazmerreír del populacho. Bellas adocenadas, señoritingas merengues, caballeros de capa y casino, médicos matasanos, abogados del diablo, petimetres y petimetras a la moda, preciosas ridículas y vergonzosas, presumidas, lindas de cabeza a pájaros, usías entrometidos a modo de muñecos de alta sociedad y abates afrancesados y corteses. Todo este mundillo está visto por el lado amable y zumbón de la realidad que encierran.Hay también otro rasgo muy destacable, el humor. R. de la C. provoca la risa por muy diferentes procedimientos. Situaciones cómicas, lenguaje ridículo, vestimenta estrafalaria, contraste de pareceres y frases con segundas intenciones. Ahora bien, en honor a la verdad, ese humorismo está hoy fuera de tono, porque nacido para una sociedad su¡ generis, muere con ella. Pensemos que la mayoría de esos tipos han desaparecido, afortunadamente, de la sociedad española, y que el Madrid geográfico evocado por el autor está muy lejano. El Rastro, escenario de innúmeras piezas ramonianas, se ha sofisticado en extremo, la Pradera de San Isidro ya no posee el encanto primitivo, ni existen ya el alegre colorido de los carnavales o la familiaridad de las representaciones hechas en los teatros de corral. Ya no son posibles las deliciosas escenas de tocador, ni los alambicados saraos versallescos, y hasta las tabernas y barberías han perdido su encanto de fuentes de información.V. t.: SAINETE; HUMORISMO II.P. CORREA RODRÍGUEZ.
BIBL.: R. DE LA CRUZ, Teatro o Colección de los sainetes y demás obras dramáticas, 10 vol., Madrid 1786-91; fD, Colección de los sainetes tanto impresos como inéditos, ed. de A. DURAN y MARTÍNEZ DE LA RoSA, 2 vol., Madrid 1843; fD, Sainetes en su mayoría inéditos, ed. de E. COTARELO, 2 vol., Madrid 1915-28; E. COTARELO, Don Ramón de la Cruz y sus obras. Ensayo biográfico y bibliográfico, Madrid 1899; B. PÉREz GALDÓs, Don Ramón de la Cruz y su época, en Memoranda, Madrid 1906, 141225; 1 VEGA, Don Ramón de la Cruz, el Poeta de Madrid, Madrid 1945; L. DI FILIPPO, La sátira del "bel canto" en el sainete inédito de don Ramón de la Cruz: "El italiano fingido, "Rev. Estudios Escénicos" 10, Barcelona 1964, 47-101.
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