Julio Antonio (Julio Rodríguez Fernández)
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Biografía GER
Malogrado escultor español, n. en Mora de Ebro (Tarragona) el 6 feb. 1889, m. en Madrid el 15 feb. 1919, en plena carrera triunfal. Su nacimiento en dicho pueblo se debió al azar. Su padre, capataz de minas, se trasladó a las de Almadén (Ciudad Real), muy poco tiempo después. Decidido a ser artista, J. A. se traslada muy joven a Madrid, con la pretensión de practicar la escultura a toda costa, y recibe lecciones de Blay y de Cutoli, que no tardará en ampliar mediante un viaje a Italia, donde Florencia y su museo del Bargello le ponen en comunicación con los que habían de ser sus maestros más efectivos, Donatello (v.) y Verrocchio (v.).Vuelto a España y dominada la técnica, rebautizado su romanismo tarraconense en las fuentes primitivas, mas todavía vacío su escenario, se lanza a buscarlo, recorriendo las tierras de España. Toma apuntes y se enfrenta con especímenes muy varios de hispanos petrificados en sus gestos desde hacía siglos. La consecuencia tangible fue la creación de la serie Los bustos de la raza, que no podían sino constituir una pasmosa revelación para los vetustos escultores académicos y para sus aún más viejas clientelas, porque lo que allí mostraba J. A., sin énfasis, sin altisonancias, incluso sin apetencias de respaldos literaturizables, era un puñado de rostros españoles. El hombre de la Mancha, Minera de Puertollano, Mujer de Castilla, El novicio, El Ventero de Peñalsordo, El cabrero de tierras de Zamora, Minero de Almadén, etc., sorprendieron por su no aliñada veracidad, por su desparpajo antiacadémico, por una calidad sinceramente realista sin el menor parentesco con el realismo naturalista que se gozaba en esculpir pingajos y naderías. Pero no sólo fue grande el impacto que produjeron en su tiempo, sino el hondo respeto que continúan mereciendo del nuestro, al cabo de muchos años de vanguardia militante.En Los bustos de la raza, no se pretendían innovaciones, sino reivindicaciones de la auténtica escultura. Y se cumplían con creces. Los nombres de Donatello y Verrocchio no fueron mentados gratuitamente, y sí como índices de a dónde puede llegar la magistralidad en la factura de una escultura de bronce, esto es, de una escultura que parece haber nacido siendo de bronce y que no da lugar a pensamiento sobre los necesarios procesos anteriores a la fundición, uno de los pequeños y grandísimos secretos de la óptima escultura que dominaba J. A. en comunión con sus florentinos. Con lo que se hace patente la calidad antigua de aciertos tan rotundos como ese Ventero de Peñalsordo al que todos creemos conocer de cuerpo entero, al que todos aseguraríamos haber visto en su pueblo o en otro. Hay en éste, como en los demás bustos de la serie, una serenidad como romana, sorprendente en su escueta simplicidad. D repente, algún raro capricho de escultor del s. xvi, de escultor-orfebre, se hace demasiado patente; es el busto en plata, el busto-relicario de la Condesa de la Gracia y del Recuerdo, ficción susceptible de contraponer a la vieja María la gitana, querida que fue del Pernales, pieza, por cierto, favorita de J. A.; pero que ni con la ayuda de su larga titulación incisa por el artista guarda la más pequeña relación con la españolada, ni siquiera con los tópicos de la España Negra zuloaguesca, triunfante por entonces.El reproche, latente siempre, rara vez formulado, para con Los bustos de la raza es el de que estas piezas, por meritorias que resulten, no pasan de la condición de fragmentos mutilados, de trozos de verdadera estatua, y que al escultor hay que verlo manejando cuerpos enteros. Reproche bien legítimo si se dirigiera a un escultor de 60 u 80 años, no si se lanza contra J. A., que vivió 30 años y nueve días. Pero hasta en este caso hay respuesta adecuada, porque incluso en tan breve espacio de vida tuvo tiempo J. A. de trazar el Monumento a los héroes de la guerra de la Independencia, que hoy se alza en Tarragona, en uno de los extremos de su rambla principal, y que se integra con tres cuerpos completos. No demasiado afortunado el que más se eleva, el de la matrona, con rostro hipotético, impersonal, sin ilación posible con los bustos ya elogiados; por el contrario, el cuerpo del héroe sostenido por ella es excelente de modelado y de observación anatómica: semejante, el que pudiéramos llamar héroe segundo.¿Por qué J. A., el gran sabedor de contexturas humanas españolas, según tenía bien demostrado, las olvidó para traer a éste de todos modos notable monumento tres cabezas premeditadamente impersonales, internacionales, exentas de identidad? La respuesta pudiera ser que la psicosis del monumeto conmemorativo es tan comprometedora y artificiosa que hasta los mejores artistas caen entre sus garras presuntuosas, de las que no habría de librarse ni siquiera J. A., uno de los mejor dotados. Su última obra, el grupo funerario de la familia Lemonier, parte de un equívoco inicial; hay allí un mancebo muerto, en mármol, blando, fino y suave, mientras que la madre, a su cabecera, se alza corporeizada y vestida con una extraña dalmática de bronce. La combinación de materias en este caso resulta poco afortunada, y rechaza más que atrae. Pero era la última obra de I. A., expuesta en las salas de la Soc. Española de Amigos del Arte en los momentos en que fallecía el artista, y el homenaje público fue todo lo gigantesco que cabía en el Madrid de 1919. Quedó sin concluir su Wagner, y quizá haya sido mejor así por el peligro de que alguna grandilocuencia musical y extraplástica hubiera complicado y desvirtuado la limpia ejecutoria primera de J. A. En definitiva, se convierte en juego absurdo e inútil pretender adivinar cuál hubiera sido -o debido ser, o podido ser- la postura estética de J. A. de no haber fallecido tan pronto. ¿Hubiera continuado innovando? ¿Se habría detenido, contemporizando? Demandas improcedentes, contestadas por la virtualidad de Los bustos de la raza.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: R. PÉREZ DE AVALA, julio Antonio, Madrid s. a.; íD, La última obra de Julio Antonio, "Arte Español" IV (1919) 233; J. DI, LA ENCINA, julio Antonio, Madrid 1920; J. A. GAYA NuÑo, Tres encuentros con julio Antonio, "indice" 58 (1952).
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