Italia, Historia Antigua y Medieval: 2 HIST.
Categoria:
Historia
1. Reino de Teodorico. A la caída del Imperio romano de Occidente (476), la diócesis itálica estaba dividida en dos vicariatos que comprendían las provincias anonarias (proveedoras de víveres) de la I. septentrional y las urbanas de la I. peninsular e insular, distintas administrativa y jurisdiccionalmente. Odoacro, proclamado rey por su pueblo (hérulos y esciros), se arrogó el derecho de patricio, se comportó como un vicario imperial en vez de como un rey bárbaro independiente, y mantuvo buenas relaciones con el clero católico.El emperador de Oriente, Zenón, no reconoció explícitamente la autoridad de Odoacro y mandó contra él a los ostrogodos (v.), guiados por el joven Teodorico (v.), que derrotó al usurpador en Isonzo (489) y más tarde junto al río Adda (,490). Con la rendición de Rávena (489), seguida del asesinato de Odoacro (493) por obra de Teodorico, se completa el sometimiento de la Península al dominio godo. El rey ostrogodo orientó su política en dirección de los reinos romano-germánicos, intentando hacerse reconocer, a través de numerosos vínculos matrimoniales, como su caudillo, y haciendo de 1. el centro del Occidente germanizado, punto intermedio entre Bizancio y el mundo bárbaro. Teodorico conservó la organización administrativa y financiera existentes (Edictum del 500), y permaneció dentro de los límites impuestos a la actividad normativa de un funcionario romano, pero de tal forma que los godos fueran fieles a sus antiguas costumbres. Aseguró así a I. 30 años de orden y bienestar económico.Pero la política conciliadora de Teodorico, posible por la desavenencia reinante entre el Papa y Constantinopla, a causa de la herejía monofisita (v. MONOFISISMO), se vino abajo al cesar el contraste religioso (519) y reanudarse la política del Imperio de Occidente. Creyéndose víctima de una vasta conjura, cuyos dirigentes estaban en Roma y Constantinopla, Teodorico hizo apresar al Pontífice y se preparó para una guerra con Bizancio, pero le sorprendió la muerte en agosto del 526. Es importante destacar que es en la I. de Teodorico donde florece el gran movimiento espiritual del monacato occidental debido a S. Benito de Nursia (v.). Asesinada Amalasunta, hija de Teodorico, y muerto el nieto de éste en el mismo año, en el 535 dos ejércitos bizantinos iniciaron la invasión del territorio italiano, y al año siguiente Belisario entraba en Roma. En el 540, también Rávena se rindió, y el nuevo rey de los godos, Vitiges, fue hecho prisionero. El sucesor, Totila, pasó al ataque, reconquistando la Península, pero en el 552 el Imperio bizantino tomó la iniciativa en I., y Narsés derrotó a Totila y al sucesor Teias (553). Justiniano I (v.) restauró el orden social y las estructuras administrativas romanas (Pragmatica sanctio del 554), y restableció una segunda romanización, con lo que sustraía a I. de la suerte común de Occidente y la insertaba de nuevo en el mundo romano-mediterráneo. Bizancio continuó así presente en los acontecimientos italianos hasta mediados del s. xi, no sólo condicionando la estabilidad política territorial de I., sino haciendo de mediador entre el mundo occidental y el Oriente bizantino; favoreció a través de la aplicación, única en toda Europa, del Corpus iuris civilis (v.), el renacer del Derecho romano en los s. VII y VIII.2. La Italia bizantina y lombarda. En los a. 568-569, una nueva invasión bárbara, la de los lombardos (v.), acaudillados por Alboino, se abatió sobre la I. bizantina. La conquista de gran parte de la Península fue rápida, y la paz concluida con los bizantinos en el 603 sancionó la ruptura de la unidad territorial, escindiendo la Península en una I. bizantina (litorales véneto, ligur y toscano, exarcado de Rávena, Pentápólis, ducados de Roma y Nápoles, Apulia, parte de Calabria, Sicilia, Cerdeña y Córcega) y una I. lombarda (capital Pavía, con los ducados semiautónomos de Spoleto y Benevento). Mientras la 1. bizantina conservaba una economía comercial, la 1. lombarda practicó una economía agrícola cerrada y, tras el asesinato de los reyes Albino y Clef, se impusieron las tendencias particularistas de varios grupos militares nobles, originando un periodo de anarquía (interregno). La constante amenaza bizantina puso fin a la tendencia centrífuga de la I. lombarda, y en el 584 Autario reorganizó la monarquía. En el 603, se firmó la paz entre lombardos y bizantinos, siendo mediador el pontífice S. Gregorio Magno (v.). Teodolinda logró la conversión al cristianismo del nuevo rey Agilulfo, pero la conversión forzada del pueblo provocó la oposición del elemento fiel al arrianismo, y todo el s. vii fue turbado por las luchas entre católicos y arrianos.En la agitada escena lombarda de este siglo, se distinguieron dos reyes arrianos: Rotario (636-652), del que merece recordarse la importante obra legislativa (Edictum regis Rotaris del 643) y la ocupación de la Liguria y de parte del Véneto; y Grimoaldo (662-671), que deshizo el intento de ataque del emperador Constante II. En el s. VIII, se produce la expansión lombarda. Si por una parte las conquistas árabes rompen el eje comercial mediterráneo y provocan el declinar casi total de la actividad comercial y el predominio de la economía terrestre, por otra parte la violenta lucha iconoclasta provoca un estado de crisis en las relaciones religiosas entre Roma y Bizancio. Hubo insurrecciones antiimperiales en Rávena, Venecia y Roma. Esta última se proclamó independiente (727) bajo el mandato de un duque romano como expresión de la aristocracia local. El rey lombardo Luitprando (712-744) se aprovechó de la situación para reemprender una política expansionista; presentándose como defensor del culto ortodoxo, invadió el exarcado y la Pentápolis. Los pontífices Gregorio II y Gregorio III se opusieron a la nueva política lombarda, y Luitprando tuvo que retirarse, pero en vez de devolver el castillo de Sutri al ducado de Roma, se lo "devuelve y regala" ad Beati Petri sedem, esto es, al dominio directo del Pontífice. Es el primer acto formal de la transformación del ducado bizantino de Roma en Sancta Respublica Romana, gobernada por la Sede Apostólica. La política expansionista lombarda continuó con Rachis y Astolfo (749-756), que ocupó toda la 1. septentrional y llegó hasta los límites del ducado romano. Para poner freno a la amenazante política lombarda, el papa Esteban II (752-757) recurrió a la ayuda de los francos (v. CAROLINGIOS I; ESTADOS PONTIFICIOS I).3. La Italia franca, la anarquía feudal y el Imperio romano-germánico. Las dos entradas de Pipino en I. (754 y 756) obligaron a Astolfo a ceder al Papa las tierras usurpadas a los bizantinos. Surgía así, en el centro de I. un Estado completamente nuevo, el pontificio, constituido por el exarcado, la Pentápolis y el ducado romano, bajo el poder político protector de Pipino, nuevo Patricius Romanorum, a pesar de los derechos imperiales de Bizancio. Pero los lombardos no podían darse por vencidos, y el nuevo rey Desiderio (756-774) preparó la revancha, iniciándose una política matrimonial entre las dos dinastías. La muerte de Desiderio y el repudio por parte de Carlomagno de Desiderata, hija del rey lombardo, volvieron a acordar los intereses de la dinastía franca con el Papado. En el 774, Carlomagno (v.) ponía fin al reinado lombardo y cedía a la Santa Sede, la Emilia, la Toscana, los ducados de Roma, Spoleto y Benevento, y Córcega. La alianza entre Papado y monarquía franca, que culminó con la restauración del Imperio de Occidente en la persona de Carlomagno (800), en el ocaso de los reinos romanogermánicos y en el de la edad feudal, señaló un hito en la historia del Medievo cristiano (v. GERMÁNICO, IMPERIO); pero los francos fueron incapaces de realizar la unidad de la Península.El ducado, ahora principado, de Benevento sobrevivió a la ruina del reino lombardo, y la I. bizantina y lombarda, confinada al Mediodía, se aislaron del resto de la Península y se encerraron en el inmovilismo político, mientras que el resto de I. afrontaba, en el cuadro del Imperio carolingio, nuevas experiencias político-sociales. La I. meridional, escapada tanto del control de Bizancio como del carolingio, se precipitó en un caos. Las ciudades marítimas de Nápoles, Sorrento, Gaeta y Amalfi se comportaban como pequeñas repúblicas independientes en lucha entre ellas y con los señoríos lombardos vecinos. Se aprovecharon los musulmanes, que conquistaron Sicilia (v.) y se expandieron hasta el alto Tirreno, expulsando a los bizantinos de Apulia (v.) y creando un emirato islámico en Bari. El ducado veneciano a su vez, superviviente al hundimiento del exarcado de Rávena (v.), se encaminaba hacia una completa autonomía de Bizancio. Esta situación caótica quiso remediarla Lotario (795-855), quien redujo a la obediencia a los señoríos lombardos y expulsó a los musulmanes de Bar¡. A su muerte, la I. meridional se precipitó de nuevo en el caos.También la I. centro-septentrional, inserta en el sistema de vasallaje beneficial carolingio, fue invadida poco a poco por los gérmenes de la disolución y la anarquía. El vasallo-funcionario se transformó en un verdadero señor local; el regnum Italiae, en el que se habían integrado las grandes casas feudales de Friul, Ivrea, Spoleto y Toscana, se precipitó en un periodo de 60 años de anarquía feudal. Una vez depuesto Carlos el Gordo (887), la historia del reino independiente de I. está dominada por la lucha entre el rey Berengario, marqués de Friul, y Guido, marqués de Spoleto; ambos querían la creación de un fuerte reino itálico. Pero los intereses temporales del Papado veían con malos ojos la formación de un fuerte y único reino en I., y por ello el papa Formoso pidió ayuda a Arnulfo de Carintia, y Guido tuvo que retirarse a Spoleto. En el 898, Berengario fue reconocido único rey de l., aunque sólo pudo ejercer su poder en la Alta l., devastada por continuas invasiones húngaras.Roma se transformó, de hecho, en una señoría de los condes de Tuscolo, cabeza de la cual fueron Marozia y Teofilacto. Pero contra Marozia, que se había casado en terceras nupcias con Hugo de Provenza, aspirante a la sucesión de las coronas de 1. y del Imperio, estalló una gran revuelta entre los romanos capitaneada por Alberico, que se proclamó señor de la ciudad con el título de Senator et Princeps Romanorum (932-954), e inició una radical reforma de la corrupción conventual (apoyo dado a Odilón de Cluny), pero hizo del Pontificado un instrumento de sus intereses políticos. Hugo de Provenza sostuvo la corona imperial, que después dejó a su hijo Lotario (946-950). Para desembarazarse de él, Berengario II (950-964) solicitó ayuda del soberano germánico Otón I (v.) de Sajonia, que en un principio le envió tropas, pero habiéndose después deteriorado las relaciones entre ambos, fue a 1. y derrotó a Berengario (951). Detenido en su avance por Alberico, Otón tuvo que volver a Alemania. Muerto Alberico, el papa Juan XII (955-964) volvió a llamar a Otón, que de nuevo marchó a I., venció. a Berengario y fue proclamado Emperador (962), poniendo así fin a la anarquía feudal. Otón I favoreció al obispado en detrimento del feudalismo laico; a los obispos les fue confirmado el poder condal (obisposcondes), mientras el poder laico se restringió a los campos (condado). Se produjo así un principio de renacimiento de la vida municipal.El sistema de obispos-condes creaba por un lado un cuerpo de funcionarios imperiales, con cargos vitalicios en lugar de hereditarios, sujetando así las tendencias centrífugas de los feudatarios laicos, y por otro establecía una injerencia continua del Emperador en el nombramiento de obispos y del Pontífice; causa ésta de un próximo choque entre Imperio y Papado. La política imperial y eclesiástica de Otón I le llevó además a afrontar el problema de la I. meridional y de las relaciones con el Imperio de Oriente (v. BIZANCIO t). Su hijo Otón II (973-983; v.) se casó con la princesa bizantina Teófanes y, a la muerte del padre, ayudado por los obispos-condes, dominados los grupos antiimperialistas romanos, se trasladó a I. meridional para combatir a los bizantinos, pero fue derrotado por los musulmanes en Sicilia. Otón III (9831002; v.) reemprendió con mayor vigor el problema imperial, soñando con una Renovatio Imperii, pero sus proyectos encontraron la oposición y la resistencia de la aristocracia romana.Durante este periodo, asistimos en I. a un importante robustecimiento económico-social, cuyo factor esencial es un resurgir demográfico, que en los campos produce una aglomeración alrededor de los castillos, transformados en burgos, y en las ciudades se constituye el nervio principal del feudalismo eclesiástico. Asistimos además a un cambio económico basado en la economía monetaria y en el comercio; la curtis cede el paso a las ferias y a los mercados. Al subir al trono S. Enrique II de Sajonia (10021024; v.), el gran feudalismo laico de la 1. septentrional intentó reconstruir un reino de 1. independiente, bajo la dirección de Arduino de Ivrea; pero el apoyo dado al Emperador por los obispos cortó este intento del gran feudalismo laico, poniendo los cimientos de la futura comunidad ciudadana e iniciando el desmoronamiento del feudalismo (v.). Los mismos problemas se presentaron a sus sucesores. Contado I I (1024-39), teniendo en contra a los grandes feudatarios, buscó el apoyo del arzobispo de Milán, Heriberto de Intimiano, al mismo tiempo que reforzó el poder regio favoreciendo los milites secundi (Constitutio de feudis de 1037), lo que provocó la insurrección de éstos contra Heriberto, la intervención del Emperador a favor de ellos y la formación en Milán de milicias populares. Estas últimas, cuando subió al trono el nuevo emperador Enrique III (1039-56), dispuesto a reconciliarse con Heriberto, se insurreccionaron contra el autoritarismo eclesiástico-nobiliar. La solución del complicado conflicto llevó a un gobierno ciudadano dirigido por un cuerpo mixto de nobles y plebeyos (burguesía); era el comienzo de una nueva fuerza política, la organización comunal.4. Los normandos en el Mediodía y la edad de las organizaciones comunales. Entre tanto, en el Mediodía de I., los normandos, que en un principio habían entrado como mercenarios para intervenir en las luchas entre los bizantinos, los principados lombardos y las ciudades marítimas de la I. meridional, se habían adueñado de Apulia y Calabria (v.), favorecidos por las luchas intestinas de los señores feudales locales y por los contrastes entre Roma y el patriarcado de Constantinopla. Las conquistas normandas fueron legitimadas por el Pontífice (acuerdo de Malfi de 1059), que necesitaba del apoyo del duque normando Roberto Guiscardo para su lucha antiimperial. Esta legitimación papal, que obligaba al duque normando a reconocerse siervo de la Santa Sede, hacía surgir en el mediodía de I. una nueva situación política y establecía el comienzo, cargado de consecuencias, de la alta soberanía de los Papas en 1. meridional. Con la conquista de Sicilia (1091), el mediodía de I. recibía, gracias a Roger I I (113054), un aspecto unitario. El reino normando, cuya legítima existencia necesitaba la investidura imperial, fue una de las creaciones más singulares y modernas del Medievo.Mientras tanto, la intervención en Roma de Enrique III a favor de una restauración religiosa y de una reforma eclesiástica, había promovido en el Papado un movimiento que llevó a la Iglesia a las decisiones revolucionarias del sínodo de Letrán (1059), en el que se decretó la ilegitimidad de las investiduras obispales imperiales, desvinculando así al Papado de la tutela imperial y poniendo fin a la autonomía de las iglesias locales. Para llevar a cabo esta nueva política, la Iglesia acentuó su alianza, además de con los normandos, con ciertos movimientos populares lombardos (la Pataria), en contra del feudalismo eclesiástico. Con la subida de Enrique IV (1056-1106) al trono imperial y de Gregorio VII (1073-1085; v.), acérrimo sostenedor de las teorías teocráticas de Cluny, al pontificio, la lucha entre los dos poderes se hizo más aguda; a la deposición del Papa por parte de Enrique IV en Worms, respondió inmediatamente la excomunión del Emperador por parte de Gregorio VII. El Emperador, frente a la rebelión del feudalismo laico, estimó oportuno reconciliarse con el Pontífice (humillación de Canossa, 1077). Pero ésta sólo fue una aparente victoria del Papa, porque Enrique IV reanudó la lucha y, vuelto a l., se hizo coronar Emperador por el antipapa. Entonces intervinieron los normandos a favor del Papado, entrando a saco en Roma y liberando a Gregorio VII (1084). La contienda se reanudó con Urbano II (1088-99) y Enrique V (1106-25), complicándose con la controversia a propósito de la herencia de la condesa Matilde de Toscana, que el Papado reclamaba para sí. Finalmente, se llegó a una tregua y a un compromiso con el concordato de Worms (1122).De la lucha de las investiduras (v.) salía maltrecha la concepción medieval del Imperio, afirmado el principio de la independencia de la Iglesia del poder imperial y ulteriormente desmembrado el sistema feudal en beneficio de la autonomía de las ciudades; en toda la I. septentrional y en parte de la central estaba ya en pleno desarrollo la nueva estructura comunal. La aristocracia extranjera pierde en ella su posición dominante, y el elemento italiano toma de nuevo la delantera. La organización comunal nace en un principio como organismo privado no coincidente con el ordenamiento jurídico de la ciudad, que conserva intacta su organización pública, feudal, episcopal, e imperial. Pero en seguida, por su constitución, asume la administración de la ciudad transformándose en un ente público.La organización comunal fue obra de la burguesía en alianza con los pequeños propietarios y los milites secundi. Aun reconociendo la alta señoría del Emperador y rey de I., las organizaciones comunales italianas se liberaron casi totalmente de sus obligaciones jurídicas, provocando así una disolución de hecho del reino itálico. Al viejo tipo de organización comunal privada constituida por el Arengo y por algunos boni Nomines, le sustituye bien pronto un colegio regular de magistrados, los cónsules, protegidos por un Consejo Grande y por un Consejo de Confianza. La presencia de un fuerte grupo de pequeños feudatarios da lugar a una primera época agitada por violentas luchas intestinas, pero en el s. xiII el auge de las clases mercantiles y artesanas, reunidas en- corporaciones u oficios, hace que los cónsules comiencen a desaparecer, cediendo el puesto a un magistrado, el podestá, encargado del poder ejecutivo y de poner fin a las luchas civiles. La organización comunal tuvo un gran desarrollo en el Norte de I., mientras la inicial vida autónoma de las ciudades del Sur fue frenada por el reino normando. Contemporáneamente al desarrollo de la organización comunal se observa un general aumento de la potencia naval y comercial de las ciudades marítimas, como Venecia (v.), Amalfi, Pisa y Génova (v.). A la muerte de Enrique V, se observa un nuevo impulso en el desarrollo de las organizaciones comunales y se produce una ausencia de autoridad imperial con lo que la organización comunal hace su aparición en la misma Roma (1143). Durante este periodo, cada una de las organizaciones comunales italianas se había transformado en una especie de pequeña república independiente, con territorio propio, más o menos vasto, y en permanente lucha con los señores feudales y con las ciudades vecinas. Todavía sobrevivían grandes señorías feudales, como en Monferrato, Saboya, Aquileia, Trento, ducado de Spoleto, etc.Por todo esto, los señores feudales y pequeñas organizaciones comunales, amenazados por otras más potentes, estaban dispuestos a apoyar a un Emperador que quisiera restaurar las tradiciones otonianas y sálicas. Este Emperador lo encontraron en Federico Barbarroja (1152-90; v.). Pero el problema del dominio de I. traía consigo el de las relaciones con el Papado y el de la 1. meridional, así que Federico en sus incursiones a I. tuvo que afrontar problemas bastante complejos. En su primera intervención (1154-55), no pudiendo someter a Milán, entró en Roma, capturó a Arnaldo de Brescia y se hizo coronar Emperador por Adriano IV. Cuando por segunda vez fue a I. (1158-62), consolidó sus pretensiones jurídicas en una Dieta en Roncaglia (v.), dictando la Constitutio de Regalibus, con la que concentraba en sus manos el monopolio de la justicia, la máxima autoridad de gobierno y los medios financieros. Bajo la influencia de los juristas de Bolonia (v.), la idea imperial fue perdiendo su carácter religioso y trascendente. Pero el concepto absolutista de los juristas imperiales chocaba con la ideología teocrática de los teólogos papales.Una vez destruidas las ciudades rebeldes de Cremona y Milán, Federico se encontró frente a una coalición formada por el papa Alejandro 111 (v.), el Emperador de Oriente y el rey de Sicilia, así como la Liga Veronesa, a la que se adhirieron casi todas las ciudades del Véneto (v.), incluida Venecia. En una cuarta intervención (116667), Barbarroja llegó hasta Roma, pero se vio obligado a volver a atravesar los Alpes a causa de la peste. Mientras, bajo los auspicios de Alejandro III, se había frenado la Liga Lombarda, en la que estaban comprendidas casi todas las ciudades del valle del Po. En la quinta penetración (1174-76), el Emperador fue derrotado por la Liga en Legnano; los comunales lombardos habían triunfado sobre el viejo mundo imperial y feudal. Federico tuvo que llegar a un acuerdo en la paz de Constanza (1183), en la que fueron reconocidos, junto con la suprema autoridad imperial, los derechos reales ya conquistados por las organizaciones comunales. Federico obtuvo un gran éxito diplomático por el acuerdo a que llegó con el rey de Sicilia (matrimonio entre Constanza de Altavilla y Enrique de Suabia), que aportó a la casa suaba la herencia del reino (v. NÁPOLES, REINO DE). El entendimiento entre el reino normando y el Imperio germánico condujo a una continuación con el heredero de las dos coronas, Enrique VI de Alemania (v.; 1190-97), de la política imperial en el centro y Sur de I.La muerte repentina de Enrique VI determinó el hundimiento de la potencia suaba y la reanudación de las luchas internas (v. HOHENSTAUFEN, DINASTÍA), junto a la reivindicación de la propia autonomía por parte de las ciudades, y el intento teocrático de Inocencio 111 (v.; 11981216) de sustituir completamente al Imperio en la dirección de la cristiandad de Occidente. La época de Inocencio 111 ve además surgir a las nuevas órdenes religiosas: dominicos (v.) y franciscanos (v.). Los 20 años que van desde la muerte de Enrique VI hasta el triunfo definitivo de Federico II señalaron para las organizaciones comunales italianas el periodo decisivo para la manumisión definitiva del Imperio y para su expansión y transformación interna. La yuxtaposición y superposición de formas políticas y sociales y la competencia entre la clase nobiliaria, la alta burguesía y la pequeña burguesía, llevaron a frecuentes luchas intestinas e intercomunales, y al agudizamiento del conflicto entre el poder civil y el eclesiástico. Las luchas ciudadanas se encuadraron en las dos facciones de güelfos y gibelinos (v.), encarnando el güelfismo, en cierta medida, la oposición nacional a la injerencia del Imperio en los asuntos italianos, y el gibelinismo la oposición laica a la influencia de la Iglesia en las cosas temporales.Es decisivo en la historia de I. el hecho de que la tendencia comunal a la unificación estatal no se presentase acompañada de la necesidad de una completa autonomía de iure del Imperio. A diferencia de otros países europeos, el rey de I. se identificaba con el Emperador, y sus enemigos se apoyaban en otra institución universal, el Papado; e Imperio y Papado se revelaron incapaces de promover la unidad nacional. Por tanto, en I. no será posible una constitución unitaria hasta el s. xix, a causa de su extrema multiplicidad política, si bien su unidad cultural no dará lugar más tarde a rígidas divisiones regionales.5. La crisis del reino meridional y las señorías. El reino del Sur, tras la muerte de Enrique VI, había sido presa de los legados pontificios, de los comerciantes genoveses y pisanos, y de la nobleza insular, pero la subida al trono de Federico II de Alemania (v.; 1215-50) cambió la situación. El nuevo soberano hizo de Sicilia el primer verdadero Estado moderno, pero su política absolutista le enfrentó con los derechos feudales, con la libertad de las organizaciones comunales y con los privilegios de la Iglesia. Durante su reinado, se reanudó el conflicto entre poder estatal y Papado, y la última gran lucha entre Imperio y organizaciones comunales inicialmente representada por la victoria imperial de Cortenuova (1237) y que al final se cierra con la derrota imperial en el Concilio de Lyon (1245) y en las batallas de Vittoria (1248) y Fossalta (1245). A la muerte de Federico II, el Imperio se hundía en el abismo del gran interregno (1250-73), mientras en I. se realizaba el efímero intento de insurrección imperial de Manfredo, hijo natural de Federico II y rey de Sicilia (1258-66). Entre tanto, en I. septentrional asistimos a un nuevo proceso que señala la crisis de la civilización medieval: la concentración del poder dentro de las organizaciones comunales en manos de una sola persona, con la institución de la señoría. Junto a señorías de origen comunal como las de Milán con los Della Torre y más tarde con los Visconti, hay señorías de origen feudal, como el condado de Saboya, el marquesado de Monferrato y Saluzzo, o la señoría de Ezzelino da Romano, que más tarde se escindió en las señorías de Verona (Scaligeri), Treviso (Da Camino) y Padua (Da Carrara). En cambio, en 1. central, Florencia (v.) y los demás regímenes comunales toscanos se hallaban en su apogeo bajo la dirección de la burguesía industrial y mercantil; Florencia estaba en guerra con las organizaciones comunales cercanas por el predominio en Toscana (v.). En tanto, las repúblicas marítimas estaban en conflicto entre ellas por el predominio de los mares: Génova vence a Pisa (1284) y a la flota veneciana (1298). Se llega así a una distinción de zonas de influencia y tráfico. Constantinopla y Rusia meridional para Génova; Egipto y Asia Menor para Venecia. En el Sur de I., la potencia de Manfredo empuja al Papado a ceder Sicilia a Carlos de Anjou (v. 1266). La instalación de la dinastía de Anjou en Sicilia llevó a la caída de la facción gibelina en muchas organizaciones comunales de I. y a la constitución de ligas güelfas en la zona centro-septentrional, teniendo como jefe al mismo Carlos I de Anjou, lo que provocó la desconfianza del Papa. Pero el usufructo del reino de Sicilia por parte de la nueva aristocracia francesa, y el traslado de la capital de Palermo a Nápoles, causó la revuelta de las Vísperas Sicilianas (v.; 1282) y el paso de Sicilia a manos de los aragoneses en 1302 (v. PEDRO III DE ARAGÓN). Un anacrónico intento teocrático fue llevado a cabo por Bonifacio VIII (1294-1303; v.), que intervino en la disputa angevino-aragonesa por la posesión de Sicilia (v. ARAGÓN III, 4-5) y en las luchas intestinas de Florencia, pero su programa, y con ello el gran sueño teocrático del Papado medieval, se quebró frente a la potencia de Francia y, por más de medio siglo, la Santa Sede se vería absorbida en la órbita francesa de los Anjou (cautiverio de Aviñón, 1305-77). También el Imperio hizo un intento con Enrique VII (1308-13) de reafirmar su autoridad en las ciudades italianas, demostrando únicamente la vanidad de la pretensión universalista del Imperio. Una última llamarada de la vieja lucha entre Papado e Imperio se produjo cuando, seguidamente al envío a I. por parte de Juan XXII del card. Bertrán del Poggetto (1319-33) para sofocar la revuelta de los gibelinos, apoyados estos últimos por los franciscanos, invitaron a entrar en 1. al emperador Luis de Baviera (1313-46), que pronto se vio envuelto en las luchas de las señorías y obligado a abandonar la Península. Era el ocaso del universalismo medieval y el triunfo del particularismo italiano.GIOVANNI STIFFONI.
BIBL.: N. VALERI (dir.), Storia d’Italia, Turín 1965; G. VOLPE, Medio Evo italiano, Florencia 1923; N. OTTOKAR, 1 Comuni cittadini del Medioevo, Florencia 1936; G. VOLPE, Movimenti religiosi e sette ereticali nella societá medievale italiana, Florencia 1926; G. DE ROSA, Storia medievale, Bérgamo 1971.
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