Intelectuales LIT.
Categoria:
Literatura
Concepto. Grupo de hombres relacionados entre sí por su formación y cuya producción, en la sociedad moderna, asume la función de una cierta conducción espiritual. En ese sentido se utiliza también el término Intelligenlzia que introdujo en Rusia el oscuro novelista Boborikyn para designar a un grupo de individuos marginales de la élite oficial entre 1830 y 1840 y que sentían vivamente su condición de "humillados y ofendidos" (v. la rev. "Daedalus" 93, 1960, 435-670). Su función deriva de su formación como cultivadores de la inteligencia, lo que les dota de diversos rasgos, les da una peculiar capacidad para influir con su juicio en los procesos sociales, etc. El término i. comenzó a circular a raíz del asunto Dreyfus (1894) al protestar contra el juicio un grupo de sabios, escritores y periodistas. Desde un punto de vista individual, la noción de i. supone autoconciencia de su situación y de su papel. De ahí la idea, algo inexacta, puesta en boga por las rev. "Esprit" y "Temes Modernes" de que el i. se califica necesariamente como hombre comprometido. El criterio del compromiso es inválido puesto que, fundamentalmente, el i. tiene como misión buscar la verdad y clarificar la realidad. El compromiso será sólo su actitud personal posteriormente a sus conclusiones.Origen y evolución. El origen de los i. se vincula a la existencia de universidades, que dotan a la mente de un estilo determinado de formación, de expresión y de propagación. Por eso, en la Antigüedad clásica su función la desempeñaba una aristocracia. En las culturas no occidentales, en las cuales no existen universidades, corresponde a una clase o a una casta. El cristianismo, con su acento puesto en la predicación y en la catequesis, fomentó la formación de escuelas y, en la Edad Media, de Universidades (v.), que se convirtieron en centros de educación de intelectuales. Esto no excluye la existencia de i. al margen de la Universidad. En realidad, los filósofos y sofistas griegos pueden considerarse sus predecesores, si bien resulta más cierto que el i. en sentido propio necesita un público y éste sólo aparece masivamente con la difusión de la educación a partir del s. xvlli especialmente. Esto le distingue del humanista de viejo estilo, cuya crítica de la vida no iba dirigida a provocar un efecto concreto. Por otra parte, hoy, y debido a estas circunstancias, como i. se comprende, en sentido amplio, a todos los profesionales del conocimiento. Si se restringe el término habría que distinguir al i. técnico del puro espectador (en el sentido de Ortega y Gasset), del comprometido y aun del ideólogo.Geiger y S. M. Lipset consideran i. a todos aquellos que crean, distribuyen y panen en acción la cultura. Lipset distingue dos niveles: los creadores de cultura (sabios, artistas, filósofos, autores, algunos periodistas) y los que distribuyen lo que otros crean (ejecutores de las diversas artes, profesores, periodistas); un grupo periférico estaría constituido por aquellos que ponen en acción la cultura en cuanto atañe a su oficio (médicos, abogados y profesiones liberales en general). Caben, sin embargo, muchos matices según la circunstancia histórica o geográfica.El interés de la Sociología se ha centrado en la consideración de la relación entre i. y sociedad. Para comprender el sentido de los análisis sociológicos recientes conviene tener presente un dato ya apuntado anteriormente pero que debemos subrayar ahora. Como decíamos, el cristianismo, con el acento que pone en la predicación, la catequesis y la educación, lleva a extender la formación intelectual a toda la sociedad. En la Edad Media, y como consecuencia de la peculiar estructura que se crea a la caída del Imperio romano, la cultura queda reservada a los monasterios y catedrales, y de ahí va extendiéndose a otros ámbitos. En el Humanismo, el Renacimiento y el Barroco encontramos amplios círculos culturales formados por laicos provenientes de muy diversas condiciones sociales; no hay, sin embargo, formación de un estamento intelectual aparte, sino que están integrados en las diversas estructuras sociales. En el s. xviti, la crisis política de la época y la actitud que implica la Ilustración (v.), dan origen a que los i. formen grupo aparte. Esta es la situación que tiene presente la Sociología moderna.Los intelectuales según Tocqueville. A partir de Tocqueville se ha desarrollado una frondosa literatura acerca de los i. Fue quien advirtió primero su aparición como grupo independiente y su papel en la conducción de los asuntos de la sociedad destacando cómo, a consecuencia del proceso de centralización llevado a cabo por las monarquías absolutas, han quedado fuera de la práctica efectiva, de manera que, al carecer de experiencia sobre los problemas del gobierno, sus teorías constituyen pura ideología sin conexión con la realidad, si bien, al mismo tiempo, impulsan la sociedad. Según Tocqueville, su influencia social resulta menor donde,existe un gobierno libre y descentralizado, como en los países anglosajones, ya que la experiencia que pueden adquirir matiza sus ideas. En caso contrario, su misma inexperiencia les hace concebir ideas que al penetrar en la vida social adquieren un carácter mucho más violento. Su papel suele ser entonces de oposición radical mientras que, en otro casó, su función crítica actúa como correctora más que como disolvente.En todo caso, el tipo de i. que surge con la Ilustración difunde una manera de ser caracterizada por su tendencia ambigua a defender la libertad y a propugnar la tiranía para conseguirla; a situarse en la oposición política bajo cualquier régimen o a integrarse como representante de la ideología oficial cuando piensa que el régimen es el medio adecuado para realizar sus proyectos. Entonces contribuye una parte muy importante de la clase dirigente. Son los momentos posrevolucionarios. Por otra parte, debido a su modo de vida, el i. moderno busca el complemento económico de su posición social en el público y, en otro caso, en las élites políticas y económicas que lo necesitan. La tecnocracia contemporánea suele estar basada en una íntima compenetración entre las élites sociales y económicas en los i. que se integran en su seno.El resentimiento de los intelectuales. Su relativo aislamiento de la realidad da lugar al llamado resentimiento de los i., cuyo rencor se debe a la debilidad de su influencia en el proceso social cuando está muy dirigido por el centralismo político. Por eso, compara R. Aron el arte de los i. británicos de reducir a términos técnicos conflictos a menudo ideológicos; el de los i. norteamericanos, que transfiguran en querellas morales controversias que conciernen antes a los medios que a los fines, y el arte de los i. franceses, que consiste muy a menudo en ignorar y agravar los problemas propios de la nación, por voluntad orgullosa de pensar en la humanidad entera. Recientemente el propio Aron fustigó a los i. franceses por su hostilidad contra Norteamérica sin querer ver la "viga" en el campo oriental: muchos "han ido hacia el partido revolucionario por indignación moral, para suscribirse finalmente al terrorismo y a la razón de Estado", traicionando de esta manera su propia misión.Analizando esa actitud sistemática entre los i. de toda, partes contra el capitalismo, Schumpeter, otro de los analistas contemporáneos más competentes, ha llegado a ver en ellos cl grupo social que "mueve y organiza los resentimientos, los alimenta, se convierte en su intérprete y los dirige". En su opinión, el capitalismo, al fomentar la racionalidad, ha instituido la crítica como principio del progreso y de las transformaciones, y exige, al llegar a determinado grado de desarrollo, una fuerte expansión de la educación. Al crearse una plétora de i. aumentan las ocasiones y los matices del resentimiento. No disponen de ninguna autoridad ni de poder auténtico y, por eso, deben halagar, sobreexcitar, cuidar las minorías vociferadoras, tomar a pecho los casos dudosos y submarginales y alentar las reivindicaciones extremas declarándose dispuestos, ellos mismos, a obedecer en toda circunstancia. En opinión de muchos, el i. constituye planes de reforma social reservándose los mejores puestos. No obstante, independientemente del acierto de las críticas, el i. no siempre se mueve, como grupo, por causas estrictamente racionalistas, sino que, como en el de la intelligentzia rusa -no la actual que constituye un grupo de funcionarios que critican dentro de un esquema-, protestan en nombre de ideales humanitarios y reivindican derechos humanos elementales muchas veces olvidados por el poder y, por eso, se sitúan fuera de éste y contra él (cfr. V. Horia, La rebeldía dé los escritores soviéticos, Madrid 1962).Con Ortega y Gasset, hay que considerar misión auténtica del i. la formulación de ideas claras y distintas sobre la realidad, clasificar los hechos en lugar de establecer verdades, ya que la vida no admite soluciones más que en el plano estrictamente personal. En el plano social sólo resulta posible el compromiso acerca de lo que es mejor o menos malo. Al clarificar la realidad ya cumple el i. su función crítica y de denuncia, pero sin pronunciarse acerca de cómo debe constituirse porque le falta la experiencia del hombre de acción, del cual, por definición, es la antítesis. En ese sentido, su labor resulta positiva y eficaz, no meramente negativa como cuando pone en acción ideas que pueden ser irrealizables.Así, Adorno y Horkheimer critican el compromiso para la acción del i., pues le resta independencia. El i. comprometido no puede llevar a cabo la función crítica, esencial en la propiedad democrática. La lucha del i., en suma, es siempre contra la barbarie de las élites o de las masas. Sus riesgos son la caída en la ambigüedad o el compromiso para la acción concreta en nombre de ideales abstractos, en olvido, al fin, de la crítica.El mito de los intelectuales. Actualmente se discute si el i. constituye una clase. Los soviéticos hablan gustosos de una "capa social" pero, en general, en el mundo occidental por lo menos, componen un grupo heterogéneo debido tanto a motivos materiales como históricos. No obstante, la figura del i. se ha convertido en un mito. Sobre todo a partir de los ideólogos, como les llamaba Napoleón despreciativamente, y de Saint-Simon debido al auge del cientifismo (v.), pues se espera que venga de ellos la solución de todos los problemas, con la consecuencia de que los actos públicos en general y los políticos en particular no se consideran en función de su bondad o malicia, sino de la agudeza intelectual que se atribuya a sus autores. En este sentido, la tarea del i. tiende a concluir en nihilismo, cuyo ejemplo es la tecnocracia. Según un criterio humanista y cristiano, la misión del intelectual debe ser facilitar el camino hacia la verdad mediante el esclarecimiento de la realidad. Su motivación debe ser la libertad, su fin la justicia y su modulación ha de tener en cuenta la caridad.D. NEGRO PAVÓN.
BIBL.: A. DE TOCQUEVILLE, El antiguo régimen y la revolución, 2 ed. Madrid 1911; 1. A. SCHUMPETER, Capitalismo, socialismo, democracia, México 1952; L. BODIN, Los intelectuales, Buenos Aires 1965; L. M. LIPSET, El hombre político, Buenos Aires 1963; R. MICHELS, art. Intellectuals, en Encyclopaedia of Social Sciences VIII, Nueva York 1932; G. B. DE HUSZAR (ed.), The intellectuals, a controversial portrait, Glencoe 1960; 1. BENDA, La trahison des clercs, París 1927; F. ZNANIECKI, El papel social del intelectual, Madrid 1944; N. CHOMSKI, La responsabilidad de los intelectuales, Madrid 1969; T. W. ADORNO y M. HORKHEIMER, Sociológica, Madrid 1966; F. PICAVET, Les idéologues, París 1878; M. WEBER, El político y el científico, Madrid 1967; G. SARTORI, Intellettuali e Intelligentzia, "Studi politiei" II (marzo-agosto 1953); VARIOS, Les intellectuels dans la société fran~aise contemporaine, "Rev. franQaise de Science politique", IX,4 (diciembre 1959); L. y M. FEBRE, L’apparition du liare, París 1958; P. BARRIÉRE, La vie intellectuelle en France du XVI siécle á Vépoque contemporaine, París 1961; A. FONTÁN, Los intelectuales, "Nuestra tiempo" n" 26, ag. 1956, 3-25.
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