Hugo, Victor
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Biografía GER
Poeta francés, máximo representante del romanticismo en la poesía, en el drama y en la novela, n. en BesanQon el 26 feb. 1802 y m. en París el 22 mayo 1885.Datos biográficos. Victor-Marie Hugo, hijo de un general de Napoleón, le acompañó, con el resto de su familia, a Italia (1807-1808) y a España (1811-12), donde empezó sus estudios en el Colegio de Nobles de Madrid. A pesar de su poca edad, la experiencia española tuvo gran influencia en su formación, así como en la orientación de su teatro y en parte de su poesía. Su carrera literaria empieza en 1819, con versos premiados por la Academia de los Juegos Florales de Toulouse y con la rev. "Le Conservateur littéraire", que dirige y escribe con su hermano, Abel Hugo.A partir de este momento se distinguen en su vida cuatro periodos: 1) De 1819 a 1843, periodo de creación poética y teatral, durante el que se afirma el romanticismo (v.), momento del cual H. es la figura más prominente y en cierto modo el jefe, por sus publicaciones literarias, por su prefacio programático de Cromwell, por su "Cénacle" o tertulia literaria, a la que acuden, con Nodier (1780-1844), Vigny (v.), A. Dumas (v. 1802-70), Sainte-Beuve (v.), Émile Deschamps (1791-1871), los escritores y artistas de la época, y, en fin, por el enorme revuelo suscitado por la representación de sus dramas. 2) De 1845 a 1852, periodo de vida política activa. Ya miembro de la Academia francesa (3 jun. 1841), distinción que H. consideró sobre todo como un peldaño para acceder a la vida pública, obtuvo el nombramiento de par de Francia (13 abr. 1845). Diputado en la Asamblea Constituyente (1848), se opuso a las tendencias autocráticas del presidente Luis Napoleón y pasó a la oposición activa, siendo incluido en la lista de proscritos, a raíz del golpe de Estado de 2 dic. 1851. Logró pasar la frontera clandestinamente y refugiarse en Bruselas. 3) De 1852 a 1870, el exilio en las islas Normandas de la Mancha. De Bélgica pasó primero a jersey, y en 1855 a Guernesey (Hauteville House), donde vivió rodeado de su familia, dedicado a la literatura, pero sin olvidar la política; siguió atacando a Napoleón III (v.) y su política e intervino con todo el peso de su nombre en varios asuntos internacionales. Volvió a Francia después de la caída del Segundo Imperio, durante la guerra franco-prusiana. 4) De 1870 a 1885, los últimos años de su vida, caracterizados por una actividad literaria muy abundante, le trajeron en cambio pocas satisfacciones políticas, pero fueron, desde el punto de vista de la consagración oficial y del respeto público, una apoteosis creciente, que culminó, tras su muerte con su sepelio en el Panteón, las honras nacionales y la asistencia a ellas de una gran muchedumbre; último homenaje que no se rendía solamente al gran poeta, sino también al tribuno popular, símbolo de la resistencia republicana contra la tiranía y profeta del progreso social.La obra de H. es tan voluminosa como variada y se extiende a lo largo de 65 años de actividad literaria. Aquí se examinará según los géneros (poesía, teatro, novela), tratando de caracterizar en cada uno de los mismos las distintas obras más importantes, así como las intenciones y los caracteres generales de la inspiración del poeta. Pero antes de proceder a este análisis, conviene indicar rápidamente el marco ideológico a que corresponden. Sin esta explicación, el análisis quedaría incompleto, porque la obra de H. está empapada de ideología política, religiosa y social y porque sus ideas han sufrido una evolución considerable, a lo largo de su vida.Ideas políticas y religiosas. Aunque hijo de un general adicto a Napoleón, H. vivió su infancia bajo la influencia decisiva de su madre, partidaria apasionada de los Borbones, y esta misma influencia es la que domina en sus primeras obras. Estas ideas políticas se bifurcan luego, en un sentido político, en primer lugar, que le lleva a la admiración del pasado, de la epopeya militar del Imperio y, en definitiva, de Napoleón, y en segundo lugar, en un sentido político-liberal, que le hace colaborar con la monarquía de Luis Felipe, pero con significaciones sociales cada vez más profundamente matizadas, que se deslizan rápidamente hacia un humanitarismo algo utópico. Perdida ya la causa de los Borbones, a los que se había mantenido fiel en febrero de 1848, se adhirió a los ideales republicanos y luchando por ellos se enfrentó a Napoleón 111. Para toda la izquierda europea, H. ha representado, en la segunda fase de su vida, una especie de símbolo del progreso social; pero su socialismo no es el de ningún partido y se mantiene en esferas teóricas algo nebulosas y casi inaccesibles: se trata de grandes principios generales, más que de reformas o proposiciones concretas de reformas que parecen confirmar la conocida afirmación de que un buen poeta es un mal gobernante.Casi lo mismo se puede decir de su religión. Espíritu religioso por naturaleza y por su primera educación, H. es quizá el poeta que más hondamente ha sentido la inquietud del más allá y la presencia del Creador. Numerosos arranques líricos de adoración, de respeto y de sumisión, y espléndidas figuras de sacerdotes, como la del obispo Myriel en Los Miserables, son testimonios de su sentimiento religioso. Pero su personalidad, que no sufría ninguna disciplina, como no fuese la suya propia, llegó rápidamente a una interpretación personal de la fe, que tiene poco que ver con la fe auténtica de la Revelación y la Iglesia. Su religión se resuelve en un deísmo (v.) que se parece algo al teofilantropismo de la Revolución francesa y del que él mismo parece considerarse el profeta. Es característico de esta actitud su testamento, que elimina de su entierro toda forma de culto, pero pide una oración de todos los asistentes. Si se añade que H. había sido acostumbrado, desde sus primeras manifestaciones literarias, a que se le considerase en círculos cada vez más amplios como jefe indiscutible de su generación, y que su fe literaria se fundaba en la confianza que tenía en la misión profética del poeta, se dispone de los elementos básicos para comprender su obra, siempre teniendo en cuenta el tiempo en que vivió.Obra poética. La primera obra poética de H., Odes et poésies diverses (1822), es de inspiración legitimista y católica. Completada con Nouvelles odes (1824), refundida en Odes et ballades (1828), esta colección sigue en lo lírico el doble camino de la actualidad política y de los temas eternos, interpretados estos últimos con cierto sentido de la intimidad, que será a menudo la nota dominante de su lirismo erótico, y que le fueron inspirados por su novia, luego su esposa; mientras que en lo épico (baladas), utiliza el pintoresquismo antitético, brillante y dramático, que empieza ya a inspirarse en un Medievo exuberante y teatral. Esta triple veta -política, esencial y pintoresca- será característica de toda la obra poética de H. El pintoresquismo domina en Les Orientales (1829), en que aprovecha la moda por lo oriental, originada por la guerra griega de la Independencia, y trata orientalmente ambiente y temas españoles; éstos son quizá la muestra más característica de su inspiración y han contribuido a fijar la imagen romántica que de España tuvo, en general, el s. xix.A la lírica intimista y a la poesía de la familia y del hogar pertenecen Les Feuilles d’automne (Las hojas de otoño; 1831), que tienen un tono melancólico y desengañado, el mismo que domina en la primera parte de Les Chants du crépuscule (Los cantos del crepúsculo; 1835), que expresan las decepciones legitimistas del poeta y su añoranza del pasado imperial (la segunda parte expresa, en cambio, las nuevas ilusiones del poeta, enamorado ahora de la célebre Juliette Drouet). Lo mismo se puede decir de Les Voix intérieures (Las voces interiores; 1837), y de Les Rayons et les ombres (Los rayos y las sombras; 1840), en que se abre camino su preocupación humanitaria; en la última obra figura Tristesse d’Olimpio, elocuente confesión lírica, que es uno de los poemas más característicos de H. y del romanticismo en general. Les Contemplations (1856, 2 vol.) es un amplio fresco lírico, separado en dos partes por la muerte de la hija del poeta (1843), que significó una frontera en su inspiración, como la muerte de Laura en la de Petrarca (v.). A pesar de la fecha de su publicación, la mayor parte de los poemas son muy anteriores, y muchos de ellos vuelven a los temas ya conocidos de la poesía lírica de H., a los recuerdos felices de la juventud (ciclo Aurore) y al amor de Juliette (L’Áme en fleur). Después de la catástrofe de 1843, el dolor todavía vivo produce los mejores poemas (ciclo Pauca meae, sobre todo el poema A Villequier), y le impulsa a profundizar en los grandes problemas de la vida y de la creación, en las estrofas espléndidas y nebulosas del último ciclo, Au Bord de 1’infini. En su conjunto, esta colección es la obra lírica más lograda y más completa de H. y probablemente la mejor obra de poesía personal en lengua francesa.La Légende des siécles (La leyenda de los siglos; 18571877-1883) es su obra maestra en el género épico. Se compone de una larga serie de poemas independientes, pero engarzados entre sí que pretenden ser una exposición de la historia universal, vista poéticamente como una marcha de la humanidad hacia el progreso y la libertad. Este proyecto, ambicioso tanto por su alcance como por sus dimensiones, ha sido llevado a cabo con brío y gallardía y su resultado, una masa de versos imponente y comparable a los mayores poemas de la literatura universal, es la obra definitiva y el fruto de la madurez de H. La realización algo imperfecta de su propósito inicial importa menos que el mérito intrínseco de numerosos episodios, cumbres de la poesía épica francesa a la vez que su última manifestación. La materia se divide en tres ciclos, no muy rigurosamente separados: la época mítica y la Antigüedad, el Medievo y el Renacimiento, y la época moderna, con amplias proyecciones hacia el porvenir. De manera general, los poemas en que predomina la objetividad narrativa y que tienen carácter épico en el sentido tradicional de la palabra, son los mejor logrados; mientras los últimos, que quieren sondear el porvenir y las promesas del progreso adolecen de cierta vaguedad, aunque estén llenos de visiones fulgurantes y de raros aciertos, que han hecho hablar del espíritu profético del poeta, y aunque se mantenga innegable la belleza de la imaginación y de la versificación. Éste es un defecto fatalmente unido a esta clase de argumentos, en los que el poeta finge transformarse en adivino, aunque en realidad sólo prolongue en un ignorado futuro las consecuencias lógicas de su credo político-social.En los libros siguientes es perceptible la misma doble veta. Les quatre vents de l’esprit (Los cuatro vientos del espíritu; 1881), Toute la lyre (Toda la lira; 1888-91), y Derniére gerbe (Último ramillete; 1902), reúnen ambas inspiraciones, mientras L’Art d’étre grand pére (El arte de ser abuelo; 1877), renueva, a base de otra situación fundamental, la poesía intimista del hogar. En cambio, en Le Pape (El Papa; 1878), La Pitié supréme (La piedad suprema; 1879), y Religions et religión (1880), el poeta cumple pesadamente con la misión que se ha atribuido de dirigir los pasos de la humanidad futura, reformando incluso la religión. Forman excepción Les Chátiments (Los Castigos; 1853), con su continuación póstuma Les Années Junestes (1898), sátiras lírico-políticas contra Napoleón 111, de una elocuencia virulenta y de una eficacia poética sin par, pero que llegan a ser monótonas por su reiteración y por su falta de actualidad, y L’Année terrible (1872), poesías patrióticas inspiradas por la guerra franco-alemana.Merece señalarse que en la intención de H., La Légende des siécles no era sino la primera parte de un amplio poema en tres partes, que ha quedado inconcluso. La segunda parte debía cantar en tres libros el pecado introducido en el mundo por Satanás, el triunfo de la bondad en la persona de Cristo y el perdón final de Satanás, reintegrado al círculo del amor universal; de esta parte sólo se publicó póstumamente el último libro, La Fin de Satan (1887). La tercera parte del gran poema proyectado, Dieu (Dios; 1891), abandona el tono épico para exponer, en una visión inmensa y apocalíptica, una teodicea, que examina todas las opiniones filosóficas y todas las religiones; la última, que es la profesión de fe del poeta, es el Dios del racionalismo y del amor universal. Todo ello pertenece a la misma poesía grandiosa, grandilocuente, de excepcional vigor y valentía, pero difusa y cansada, porque se funda en una ideología a la vez imprecisa y partidista, confusa y orgullosa. De todos modos, H. es el poeta más completo de su siglo y de toda la literatura francesa, por la gran variedad de los temas que toca, por la constante preocupación problemática, ni tan profunda ni tan hueca como se le atribuye a menudo, por sus dotes de pintor que completa la realidad con la imaginación, y por las calidades extraordinarias de abundancia, elocuencia, fluidez y primor de su dicción que hace pensar en las orquestaciones sinfónicas.Obra teatral y novelística. H. ha dado al teatro Cromwell (1827), Hernani (1830), Marion Delorme (1831), Le Roi s’amuse (El rey se divierte; 1832), Lucréce Borgia (1833), Marie Tudor (1834), Angelo (1835), Ruy Blas (1838) y Les Burgraves (1843), y lo dejó después del fracaso del último drama. Cromwell, no representado ni escrito para representarse, es importante por su prefacio, verdadero manifiesto del romanticismo (v.). Los principios dramáticos que H. expone, y que deben tenerse en cuenta al enjuiciar la obra dramática de H., consisten en la supresión de las unidades de tiempo y de lugar y en la mezcla de lo trágico (según él, lo sublime) y lo cómico; esto último, no tan claramente formulado, pero aplicado constantemente, es la ley del contraste violento, de las posiciones antitéticas, de la tensión patética y melodramática entre principios opuestos: el gran señor que es a la vez bandido (Hernani), la cortesana rehabilitada (Marion Delorme), el amor materno en una mujer desalmada (Lucréce Borgia), el bufón sensible (Le Roi s’amuse), el lacayo ministro (Ruy Blas). Pero, en general, la acción dramática es pobre o deficiente y su estructura simplista recuerda los libretos de ópera. Lo mismo se puede decir de los personajes, caracterizados de modo demasiado tajante y faltos de matices. Lo que salva el espectáculo, y quizá más aún la lectura, es la calidad poética del conjunto, el lirismo de los personajes, la avasalladora pasión que lo envuelve todo y que oculta los defectos. El teatro escrito después de 1843 (Torquemada; Theátre en liberté), no estaba destinado a la representación.H. escribió también varias novelas, entre ellas Le dernier Jour d’un condamné (El último día de un condenado; 1820); Les Travailleurs de la mer (Los trabajadores del mar; 1866, 3 vol.), dedicado a la vida de los marineros y en que abundan las descripciones retóricas; L’Homme qui rit (El hombre que ríe; 1869), sumamente melodramática, Quatre-vingt-treize (Noventaitrés; 1872), inspirada en la resistencia monárquica durante la Revolución. Notre-Dame de Paris (1831), de acción deficiente y cuyos personajes, siempre antitéticos, son simples fantoches, muy someramente caracterizados, vale para la reconstitución poderosa y pintoresca de la vida de París, de su catedral y de sus muchedumbres en el s. xv. Su obra mejor novelísticamente, Les Misérables (1862), es la historia patética, contada con elocuencia y con romántica sensibilidad, de una serie de desgraciados, víctimas de una organización social que se le antoja al autor responsable de todos los males que aquejan a la humanidad. Ha escrito también varios tomos de prosa crítica, en que la superficialidad vistosa y la imaginación desbordante ocupan el lugar de las ideas.Significación de Victor Hugo. H. contribuyó más ’que cualquier otro poeta romántico a la liberación de la poesía y del teatro de las servidumbres del clasicismo (v.), por medio de sus prefacios con intenciones de manifiestos literarios, por su acción personal en la sociedad literaria de su tiempo, por la representación de sus dramas y por el impacto de su obra poética. Junto con Lamartine (v.) y con Vigny, dio a la literatura francesa una verdadera poesía lírica. Quiso rehabilitar al poeta dándole una nueva fe en su misión de promotor del progreso y de la verdad y, con admirable tesón y con aciertos líricos indiscutibles, ha cumplido por su parte esta misión, aun cuando resulten oscuras y discutibles sus últimas conclusiones. Enriqueció la poesía no sólo con una masa inmensa de versos sonoros, sino también con inspiraciones que abarcan todos los matices del sentimiento, desde los balbuceos pueriles del "arte de ser abuelo" hasta las más abstrusas visiones apocalípticas de su propia teología natural. Dio a la versificación una amplitud y un aliento que se había olvidado después de Ronsard, una gran seguridad quizá inigualada, y una carga de significaciones simbólicas y de imaginación plástica, que alimentó no sólo a los parnasianos, sino también a muchos de los simbolistas (V. PARNASIANISMO; SIMBOLISMO).V. t.: ROMANTICISMO.ALEJANDRO CIORANESCU.
BIBL.: V.-M. HuGo, Oeuvres complétes, ed. nacional, 43 vol., París 1885-1895; P. BERRET, Victor Hugo, 2 ed. París 1939; A. BELLESSORT, Victor Hugo, essai sur son oeuvre, París 1930; F. GREGH, L’oeuvre de Victor Hugo, París 1933; A. MAUROIS, Olympio o la vida de Víctor Hugo, Barcelona 1956; G. SIMON, L’enfance de Victor Hugo, París 1904; A. LE BRETON, La ieunesse de Victor Hugo, París 1928; P. FLOTTES, L’éveil de Victor Hugo, París 1957; L. GuIMBAUD, V. Hugo et luliette Drouet, París 1914; G. VENZAc, Les origines religieuses de Victor Hugo, París 1955; 1. Roos, Les idées religieuses de Hugo, París 1958; A. CAMPIÓN, Víctor Hugo,_ Madrid 1885; Víctor Hugo, álbum dedicado a su memoria, Santo Domingo 1885; 1. A. SOFFIA y 1. RIVAS GAVOT, Víctor Hugo en América, traducciones de ingenios americanos coleccionados, Bogotá 1889; E. S. SANTOVENIA, V. Hugo y Cuba, La Habana 1933; A. CIORINESCU, V. Hugo y España, en Estudios de literatura española y comparada, La Laguna 1954, 269-292; A. MOREIRA, Victor Hugo, a sua influéncia no mentalidade portuguesa, Oporto 1952.
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