Historia I. Concepto y Ciencia. HIST.
Categoria:
Historia
El problema respecto al concepto de H. es la dualidad de significado. Los hechos y su conocimiento, convertidos en ciencia, quedan abarcados bajo la misma denominación. La complejidad del problema aparece en la multiforme evolución del concepto H., que el hombre ha desarrollado (v. v). Reduciendo estas variantes a sus posiciones más simplistas, podemos establecer un esquema triple: los que conciben la H. como un proceso de crecimiento lineal, irreversible, hacia una meta (sobrenatural o no); los que la entienden como un revertir periódico, en forma de ciclos; los que integran ambas posturas y defienden un progreso irrepetible, resultante de las experiencias que los ciclos que se inician tomarían de los que fenecen. La visión de la historia como proceso lineal con fin sobrenatural es propia del pensamiento cristiano; como secularización (v.) o laicización del mismo surge la visión lineal con fin intramundano como ocurre en el positivismo y el marxismo. A la pura concepción cíclica, corresponde el planteamiento greco-romano. La defensa de un proceso con base cíclica es típica de una gran variedad de escuelas (con variantes sustanciales) que van desde Maquiavelo y Vico a los grandes sistemas de los s. xlx y xx (Hegel, Spengler, Toynbee). Existen otros planteamientos para los que no es fundamental la comprensión integral del acontecer humano. Inciden con mayor intensidad sobre la estructura inmediata de la ciencia histórica; sobre su objeto, su metodología, etc.1. La interpretación cíclica greco-romana. Está vinculada a la afirmación eleática de que el conjunto de la naturaleza está regido por leyes inmutables, la primera de las cuales es el ciclo biológico: nacer, desarrollarse, morir. Como consecuencia, el devenir histórico no es más que un ciclo sin principio ni fin trascendental que, además, por mudable, no puede conocerse, ya que para los griegos sólo lo permanente y sustancial puede ser conocido.Pese a este ordenamiento, conflictivo, de la mente griega, en la práctica, ellos fueron los creadores de la ciencia histórica, cuyas características fueron esencialmente tres: su profundo humanismo (la h. es una realidad de hombres y no de dioses); su preocupación, casi exclusiva por el presente; su carácter esencialista (un intento de resolver el conflicto ya señalado, de como puede conocerse lo mudable), que les llevó a aceptar que el objeto del conocimiento histórico, aunque aparentemente sean individuos o situaciones circunstanciales, en realidad está constituido por esencias, permanentes a través del tiempo y el espacio, aunque sometidas al ciclo de la evolución. Estas esencias fueron distintas para cada historiador; para Heródoto (v.) fue la cultura racional de Occidente contra el poder oriental y bárbaro; para Tucídides (v.) las polis (v.); para Tito Livio (v.) el imperialismo de Roma; para Polibio (v.) las estructuras de asociación política. Quienes dieron forma y consistencia a la teoría de los ciclos fueron Tucídides y Polibio. El primero la aplicó a la H. de Grecia, que dividió en cuatro etapas: la edad primitiva (violencia incontrolada), la de los héroes (creadores de las polis), la de los tiranos (corrupción de las polis), la de las Guerras médicas (v.; ocasión frustrada de unidad que desemboca de nuevo en la violencia y la guerra civil). Polibio universalizó el esquema en función del tipo de gobierno: una catástrofe impulsa a los hombres a elegir un gobernante fuerte; sus herederos, corrompidos, son sustituidos por una aristocracia que, degenerada en oligarquía, sufre la rebelión popular que instaurará otra vez el poder de un solo hombre.2. La visión lineal y progresiva en autores cristianos. Constituye una oposición radical al sentido cíclico griego. Arranca de la afirmación de Dios único y creador, impulsor de toda la h., hacia el establecimiento de su Reino (v. REINO DE Dios). La concreación del sistema se realizó esquemáticamente, en tres etapas: la bíblica, iniciadora, que culminó con Daniel; la patrística, de los primeros siglos del cristianismo (Orosio y S. Agustín); la escolástica, desarrollada a lo largo de la Edad Media, cuya síntesis representa S. Tomás; en una línea peculiar se sitúa el cisterciense Joachim de Fiore (s. xti).Las características básicas del sentido cristiano de la H. (v. vi) podían ser las siguientes: el ordenamiento del tiempo histórico en base a un eje central (la Encarnación, primera venida de Cristo) y no un hecho inicial; la existencia de dos líneas de proyección histórica, la natural y la sobrenatural, de las que la segunda expresa el sentido último; el convencimiento de que ambas corrientes proceden de la voluntad suprema de Dios, que las ordena e interrelaciona según un designio regido por su bondad, aunque de un modo no siempre comprensible por el hombre, que debe ejercitar su fe.Resumiremos los logros más depurados de esta interpretación: S. Agustín (v.) y S. Tomás de Aquino (v.). Para S. Agustín la h. es el proceso de la edificación de la Ciudad de Dios, proceso que resulta conflictivo como consecuencia del pecado que da origen a la ciudad del diablo. En el entrecruzarse de ambas fuerzas trascendentes, se encuentra una Humanidad activa que se ha desarrollado en siete edades, desde la creación al futuro Reino de Dios. En su polémica contra los romanos, que culpaban al cristianismo de la crisis del Imperio, S. Agustín planteó la H. como una lucha entre el bien y el mal, no a nivel de instituciones, como se entendió después (queriendo identificar la Ciudad del mal con el Imperio político), sino de conciencia. S. Tomás, al dar cabida al aristotelismo, reformó el providencialismo agustiano en dos sentidos fundamentales: valoración de la actividad terrenal y de la razón humana. Aceptando la existencia de un orden establecido por Dios, razón última del cosmos, el hombre dentro de él, integra materia y espíritu y, por tanto, sus realizaciones, en ambos campos (y no sólo en el de la salvación) son perfectibles. El tomismo (v.) subraya así el valor de la ciudad política en cuanto obra humana. Y afirmaba que la razón tiene capacidad para conocer algunas líneas generales del plan divino, aunque sólo la fe permite conocer su fisonomía plena.3. Del racionalismo a la Ilustración. La etapa comprendida entre los s. xvi y XVIII presenció dos crisis de otros tantos sistemas intelectuales: la disolución del complejo edificio medieval y el triunfo del racionalismo (v.) primero; la crisis del cartesianismo a manos del empirismo después. El sentido de la H. reflejará esta dolorosa gestación del pensamiento contemporáneo. El proceso se inició, débilmente, con Dante (v.), el humanismo (v.) y sobre todo el historiador florentino Nicolás Maquiavelo (v.). El golpe duro, por excelencia, lo asestaba Descartes (v.). No solamente negaba la posibilidad de la ciencia histórica, sino incluso el conocimiento de la verdad histórica. Semejante intransigencia provocó un ataque múltiple. De una parte, el resurgir del providencialismo, en el propio s. xvti, que puede representar Bossuet (v.); de otra, la batalla contra el sistema cartesiano que, partiendo de Locke (v.), constituyó la espina dorsal de la Ilustración (v.); por último, una reivindicación de la H. como ciencia, la de G. B. Vico (v.; 16681744), un oscuro abogado napolitano.El ataque más influyente lo recibió el cartesianismo de la escuela de Locke y Hume (v.) y su secuela la Ilustración (v.). Los dos primeros, aunque no se ocuparon estrictamente del problema histórico (sobre todo Locke), pusieron las bases suficientes al conocimiento de la H., al propugnar radicalmente que no existían ideas apriorísticas (contra lo mantenido por Descartes) y que todo conocimiento proviene de la experiencia. La Ilustración siguió este camino y, en líneas generales, se adhirió a la interpretación lineal del providencialismo, aunque sustituyendo a Dios y la salvación espiritual por una razón conductora y una salvación natural, identificada con el acceso a la ciencia racional desde una supuesta barbarie irracional.Aunque no tan popular como el pensamiento de la Ilustración, la obra de Vico resultó uno de los hitos fundamentales del pensamiento histórico occidental. Partió de una refutación, matizada, al planteamiento cartesiano que consideró válido en lo concerniente al pensamiento matemático, pero irrelevante respecto al conocimiento del hombre y sus actos históricos. Afirmó que la auténtica posibilidad de conocimiento viene dada por el proceso creador. De ahí que la H., realizada por el hombre, es material idóneo para ser conocido por su realizador. Al considerar la H. como el "proceso de génesis de las sociedades humanas y sus instituciones", expresaba la primera idea verdaderamente moderna acerca de la materia de la ciencia histórica, alejada por igual del providencialismo y del determinismo (v.). Aceptó la existencia de unos ciclos históricos, pero no a la manera de los ciclos biológicos; un periodo heroico (predominio de la imaginación) seguido de otro clásico (primacía del pensamiento); y de un tercero, de decadencia (barbarie de la reflexión).4. Idealismo y positivismo. La culminación del movimiento (v. IDEALISMO) es, sin duda, Hegel (v.) pero éste, a su vez, elaboraba factores esenciales que le habían proporcionado sus predecesores: Herder (v.), Kant (v.) y Fichte (v.). El primero acuñó el concepto de la diversidad humana, en una escala cósmica ascendente, y sostuvo que la H. era realizada en cada momento, por el elemento más capaz de la escala. Kant se refirió a la idea de la existencia de unas leyes históricas, por encima de las libertades individuales a las que éstas obedecen, inconscientemente, realizando así un plan preconcebido por la Naturaleza. Fichte por su parte propugnó que el principio de la evolución histórica residía en una idea única anterior a los acontecimientos y cuya realización se determina mediante la dialéctica de sus tres fases fecundas: tesis, antítesis, síntesis. Su ejemplo de cómo el estado de naturaleza (añorado por Rousseau, v.) suponía una libertad negativa (tesis) que choca con el principio de autoridad (antítesis) para producir una libertad positiva, en un estado de derecho (síntesis), esclarecía el sistema. Además, Fichte aportaba otro elemento clave para el sentido histórico contemporáneo: la idea de que la misión básica del historiador no consiste en esclarecer el pasado sino en comprender el presente.Hegel reelaboró estas aportaciones en su Filosofía de la Historia (1822-23) y con ella produjo uno de los más influyentes sistemas interpretativos sobre el devenir humano. Su síntesis, brillante, puede resumirse en cinco puntos: 1) no existe más proceso histórico que el humano; 2) éste no es más que la proyección de las ideas, anteriores a cualquier facto y que constituyen el verdadero campo de investigación histórica; 3) el motor de la h. es la razón, a medias trascendente y universalizada, que no actúa en forma abstracta ni como sustituto de Dios, sino mixtificada con el elemento irracional del hombre, las pasiones, a las que dirige con astucia para conseguir sus fines; 4) al constituir la H. un proceso lógico de ideas, su evolución adquiere caracteres de necesariedad; 5) por último, dicho proceso termina no en un futuro utópico, salvador, sino en el presente. Al insistir en que la única fuente de conocimiento de las ideas rectoras de la H. son los hechos, puso en marcha un movimiento de investigación exigente de estos hechos y una confianza ciega en la objetividad de la ciencia histórica (Ranke, Mommsen).El positivismo (v.), por su parte, puede considerarse como la réplica francesa al idealismo alemán. Su hombre clave será Augusto Comte (v.; 1798-1857) y su repercusión, muy profunda, por incidir, "tecnificándola", en la interpretación básica de la Ilustración: que Dios es una creación del espíritu humano desconcertado y que el progreso es la meta de la H. Los "dogmas" del positivismo, como planteamiento histórico, fueron básicamente tres: que H. y Naturaleza son idénticas (con las mismas leyes y metodología de investigación); que estas leyes, evolutivas, aplicadas al devenir humano, determinan la ley histórica según la cual la Humanidad ha pasado por tres etapas sucesivas, irreversibles e imprescindibles: la teológica (infancia de la Humanidad), la metafísica (juventud) y la positiva (madurez), cuya misión es la sustitución del cristianismo por una moral natural; por último, que la H. apunta hacia el futuro, que el presente no es más que una etapa y que necesariamente el futuro ha de entrañar una felicidad mayor para el hombre.5. La crítica al positivismo: el marxismo. La importancia de esta ideología, cristalizada en sistemas políticos. ha hecho olvidar frecuentemente que Marx (v.) fue, ante todo, un hombre preocupado por la H., y que todo su sistema parte de una interpretación histórica: el materialismo dialéctico. A caballo del idealismo y del positivismo, aceptó del primero el esquema dialéctico y del segundo la supremacía de la Naturaleza sobre la razón. Discípulo de Hegel, invirtió los términos de su dialéctica haciendo que cualquier idea venga producida por una situación: la socio-económica. Propugnó que toda la H. no era más que la evolución de los sistemas de producción de bienes materiales y de las relaciones sociales, conflictivas, provocadas por el desigual reparto de estos bienes, manifestándose a través de una superestructura de formas políticas, religiosas y culturales, medios superficiales por lo que la clase dominadora mantiene su situación de privilegio. La H. se entiende como un proceso lineal que va a resolverse en un futuro de salvación, social.La crítica al positivismo, desde otras posiciones, corrió por Europa en la segunda mitad del s. xix y, de un modo u otro, afectó a casi todas las escuelas de historiadores. En un esquema muy simplista podríamos distinguir tres corrientes: la francesa, la inglesa y la alemana. En Francia tuvo un carácter eminentemente filosófico; recababa para la H. libertad total e independencia respecto a las ciencias "positivas". En esta línea, se encuentran Ravaisson, Lachelier y el propio Bergson (v.). En Inglaterra, la reacción antipositivista va desde Bradley a Collingwood (v.), pasando por T. H. Huxley (v.), Bury y Oakeshott. De ellos tal vez el más significativo sea Bradley, en el último cuarto del s. xix, quien defendió por primera vez, taxativamente, la imposibilidad de una H. objetiva (en el sentido que Ranke había propugnado) y la importancia fundamental de la personalidad del historiador. Otra escuela siguió apoyándose en el positivismo; está representada sobre todo por Spenger (v.), que aplicó al devenir histórico las leyes evolucionistas de Darwin (v.). En Alemania, donde la tradición intelectual de Kant y Hegel era muy fuerte, se pretendió mantener a ultranza la separación entre Naturaleza e H. Los críticos alemanes constituyeron un frente muy sólido con hombres fundamentales para el pensamiento histórico como Dilthey (v.), Simmel (v.), Widelband y Rickert, que reivindicaron la libertad total para el historiador y mantuvieron que el conocimiento histórico era una ciencia muy especial y, por tanto, su metodología debería ser, también, peculiar. Coincidieron con Bradley en aceptar que el yo subjetivo del historiador es esencial en el conocimiento histórico, ya que éste se realiza sobre la vida misma y personal.6. El pesimismo histórico: el fantasma de la decadencia. A pesar del error de base del planteamiento positivista, es indudable que en su pretensión de asimilar la H. a las ciencias naturales, proporcionó al historiador occidental una metodología rigurosa, y, con ella, amplió gradualmente el conocimiento del pasado. Gracias a este mejor y más detallado conocimiento, el problema del sentido profundo del devenir del hombre se replanteó con mayor crudeza y una angustiosa exigencia de respuesta. Tal es la característica de este pesimismo histórico que arranca de finales del s. xix, pero que halla su arraigo más espectacular en las primeras décadas del s. xx. Está recorrido todo él, desde Burckhardt (v.) a Spengler (v.), por el convencimiento de la decadencia irremediable de la cultura occidental.El proceso tiene tres etapas, que van agotando el tema: Burckhardt, Nietzsche (v.), Spengler. Burckhardt (182897) comenzó por negar que el hombre tuviera capacidad para descubrir el sentido profundo de la H.; por ello, debemos reducirnos a intentar el análisis del hombre "como fue, es, y será siempre". Negó decididamente que el progreso fuese una constante histórica. Entendía que la esencia de la H. era la continuidad en la que juegan tres factores: el Estado, la religión y la cultura. Estos tres protagonistas son semiincompatibles entre sí. Los dos primeros tienden a unificar, en tanto que el tercero constituye el elemento de diversificación vital por excelencia. Cuando uno de éstos se impone al resto, surge una crisis. En el caso de Occidente, la crisis, que él detecta hacia 1870, se ha producido por la elefantiasis del Estado y su supremacía sobre religión y cultura. Dado que el progreso no puede provenir más que de la actividad libre individual y el Estado la aplasta, Occidente va, irremisiblemente, hacia una barbarie militarista.Nietzsche prolongó este análisis pesimista radicalizándolo. Propugnó el individualismo más exacerbado, único capaz de un dinamismo progresista. En cambio, plenamente de acuerdo respecto al problema del binomio individuo-sociedad, ahondó la gravedad de su enfrentamiento en el proceso histórico, confiriéndole caracteres de tragedia y simbolizándolo en dos divinidades griegas: Apolo (orden, tradición, serenidad y bien común) y Dioniso (vitalismo individual, creador, anárquico). Si lo dionisiaco no triunfa, lo apolíneo vulgarizará la cultura agotándola. Sólo el superhombre podrá llevar lo dionisiaco al triunfo sobre la mediocridad de las masas occidentales.En 1920, aparecía la obra más famosa y polemizada: La decadencia de Occidente, de Spengler. Constituye la culminación del pesimismo histórico. Incide en el esquema cíclico, cuya esencia es similar al de la Naturaleza. Las ocho culturas que, según él, integran la H. universal (egipcia, babilónica, china, india, mexicana, apolínea, mágica y fáustica) se suceden irreversiblemente tras sus respectivas etapas de decadencia. La cultura del Occidente cristiano es la fáustica, y su momento de decadencia ha sonado. Su determinismo le ha hecho fácil blanco de las críticas.7. La reacción contra el pesimismo. En la década de los a. 30, la polémica por el pesimismo, sobre todo el más inmediato y espectacular, el de Spengler, originó una doble reacción. Por una parte, filósofos que criticaban la posibilidad de predecir el futuro en base al conocimiento del pasado; por otra, historiadores que acusaron de futilidad una polémica metafísica y propugnaron centrarse en la problemática de la metodología. En la línea filosófica, merece la pena destacar las críticas de Ortega, Jasper, Bergson o Croce. En la vertiente de lo que podríamos denominar los profesionales de la H., la escuela francesa de los Annales (con distintas variantes) y en general casi toda la nueva generación.Como excepción a este clima general surge la figura del historiador inglés A. 1. Toynbee (v.), el último elaborador de un intento de síntesis total de la H. El optimismo de Ortega se fundamentaba en la valoración, de influencia burckhartiana, del pasado en función del presente. El hombre es una variable y aunque, como tal, oscila en el devenir, las circunstancias futuras de estas oscilaciones son absolutamente imprevisibles. Bergson se había dedicado a refutar el erróneo concepto del tiempo en Spengler. El tiempo histórico es duración y no sucesión, y lo que caracteriza a la duración es constituir un término medio entre el azar y la necesidad. De ahí que el futuro sea una total incógnita. Jasper (v.) desarrolló su teoría del tiempo-eje como el motor de historicidad. Pero el futuro es de la entera responsabilidad del hombre. Croce (v.), presenta puntos de vista paralelos: toda la H. es H. Contemporánea. La H. es, por ello, el autoconocimiento de la mente viva, y ésta, a su vez, sólo es admisible en la libertad.El optimismo de Toynbee parte de otras posiciones. Analizando lo que él denomina "campos históricos inteligibles", es decir, sociedades o civilizaciones que viven de una misma esencia espiritual, halla poderosas interrelaciones entre las que considera esencial las paralelas evoluciones de su dinámica. Una civilización persiste mientras sea capaz de dar respuestas a los desafíos que se le ofrecen. Respecto a la sociedad occidental y su posible crisis, Toynbee confía en que la sociedad cristiana, que posee conciencia de su historicidad, logre dar la respuesta adecuada, originando lo que él denomina la "gran sociedad" de toda la especie humana. En el transfondo de su esperanza se halla una profunda conciencia teológica.V. t.: V-V1.GIL MUNILLA.
BIBL.: M. BLOCH, Introducción a la Historia, México 1957; R. COLLINGWOOD, La idea de la Historia, México 1952; K. LóWITH, El sentido de la Historia, Madrid 1956; J. A. MARAVALL, Teoría del saber histórico, Madrid 1958; A. ROWSE, The use ol History, Nueva York 1963; L. SUÁREZ FERNÁNDEZ, Las grandes interpretaciones de la Historia, Bilbao 1968; E. H. CARR, ¿Qué es la Historia?, Barcelona 1965; C. M. RAMA, Teoría de la Historia, Madrid 1968; H. l. MARROU, El conocimiento histórico, Barcelona 1968; A. G. WIDGERY, Les grandes doctrines de 1’Histoire, París 1965; J. REGLA, Introducción a la Historia, Barcelona 1970; L. FEBVRE, Combates por la Historia, Barcelona 1970; F. BRAUDEL, La Historia y las ciencias sociales, Madrid 1968; R. ARON, Dimensiones de la conciencia histórica, Madrid 1962: E. KAHLER, ¿Qué es la Historia?, México 1966.
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