Genealogía I. Ciencia. CIENCIA
Categoria:
Ciencia
La G. (del griego geneos y logos, tratado del linaje) estudia la filiación de los individuos y se ocupa de establecer a cada uno en el lugar que le corresponde dentro de su linaje, según un doble punto de vista: árbol genealógico ascendente, con la fijación de los padres, abuelos, bisabuelos, etc.; y árbol genealógico descendente, buscando los hijos, nietos, etc., con las ramificaciones laterales correspondientes a cada nivel. Origen y evolución. Es una de las ciencias más antiguas del mundo. Recuérdese el relieve que adquieren las listas genealógicas en los libros sagrados, tanto en el A. T. (v. II), como en el N. T. (v. III). Los asirios y los egipcios trazaron las g. de sus faraones y reyes. Los griegos y romanos, de modo semejante, imaginaron para sus soberanos y príncipes entronques con los héroes antiguos más celebrados (Hércules, Eneas, etc.) y aun con dioses y diosas, a los que asociaban a los orígenes míticos de la propia nación.En el mundo occidental, sólo las familias de la gran nobleza y las dinastías reales se ocuparon de conservar memoria de su g., por vanidad tanto como para asentar sus derechos. Este interés utilitario de la g. se agudizó en la Edad Moderna, ya que se precisaba acreditar mediante documentos auténticos la ascendencia hidalga o noble para acceder a determinadas dignidades o corporaciones (órdenes militares, ciertos empleos en la administración civil y en el ejército).Renovación de la Genealogía. Actualmente, después de haber superado la prevención con que los historiadores han considerado la G. (cultivada hasta poco, y a pesar de notables excepciones, por genealogistas de incompleta formación histórica o por investigadores a sueldo de los nuevos ricos), la ciencia genealógica conoce modernamente una profunda renovación, estrechamente ligada con la Genética y orientada funcionalmente al servicio de la Historia social y de la Historia general. Hoy no se pretende simplemente reconstruir las g. de las casas reales y de los grandes nobles, sino también las de los burgueses y simples menestrales.Ahora bien, si el genealogista termina su labor con el establecimiento de la g., el historiador parte de ahí para realizar estudios de Historia social en el terreno de la demografía histórica, observando la mayor o menor tasa de natalidad, de nupcialidad y de mortalidad, dentro del grupo en cuestión a través de sucesivas generaciones, realizando estudios comparativos al respecto, entre grupos diferentes, por su diversa localización geográfica o su distinta posición social o económica. También pueden estudiarse los problemas de la movilidad social, posible tendencia a cerrarse en los límites de casta por medio de. prácticas endogámicas o, por el contrario, inclinación a abrirse ampliamente a todas las categorías sociales hasta quedar diluidas por completo, o bien, a través de una selección sistemática de las alianzas, tendencia a ensancharse, pero conservando al mismo tiempo una cierta cohesión. Por otro lado, anotando el lugar de nacimiento, matrimonio y fallecimiento de cada individuo, se puede afrontar el estudio de las movilidades geográficas; recogiendo sistemáticamente los testamentos de varias generaciones, se puede estudiar la estructura de las riquezas familiares y su evolución a través del tiempo. Se puede, asimismo, examinar el comportamiento ante el matrimonio, edad a la que se suele contraer, grados de parentesco considerados como impedimento, etc.Sistemas de representación de las genealogías. Para la representación de las g., se suelen seguir diferentes sistemas. Para las de los ascendientes se está imponiendo el sistema Sosa-Stradonitz, cuyo principio de clasificación se basa en dar al individuo del que se parte el n° 1, el 2 al padre, el 3 a la madre, el 4 y el 5 a los abuelos paternos, el 6 y el 7 a los abuelos maternos; 8, 9, 10 y 11 a los bisabuelos paternos; 12, 13, 14 y 15, a los bisabuelos maternos; y así sucesivamente. De este modo, los varones tienen siempre una cifra par, y las hembras, impar. Mediante el número que ostenta un individuo se deduce inmediatamente su exacta posición dentro del árbol genealógico, sabiendo que la cifra del padre es siempre el doble que la de los hijos, y la de la madre es el doble más uno: así, 16 es hijo de 32 y 33 y, al propio tiempo, padre de 8.Para las g. descendentes no existe tanta uniformidad de sistema de clasificación, por la misma irregularidad de la materia, pues si la ascendente es invariable y crece en progresión geométrica, la descendente se halla sujeta a muchas variaciones (un individuo puede tener o no tener descendencia; si la tiene, el número de sus hijos varía en cada caso) y, por consiguiente, no permite una numeración preestablecida. Algunos investigadores preconizan la numeración de las generaciones con cifras romanas, y con cifras árabes la de los individuos de cada generación, por orden cronológico de nacimientos.Comoquiera que la g. ascendente crece en progresión geométrica (cada individuo tiene padre y madre, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos, etc.), si contamos a tres generaciones por siglo, "llegamos así a un millón de ascendientes para el tiempo de San Luis (grado o generación 21) y a varios billones en el grado cuadragésimo. Pero estas cifras no corresponden en absoluto a la realidad, pues sobrepasarían ampliamente la población de toda Europa en la Edad Media. Ocurre que descendemos centenares de veces de las mismas personas. Dada la progresión geométrica 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, se podría pensar que el gráfico de los cuadros de ascendientes es un triángulo que se va abriendo hasta el infinito. Pero no es así. La unión de dos primos hace aproximarse de golpe los lados del triángulo, y un gran número de uniones consanguíneas estrechan más las ramas del abanico. El hecho es muy perceptible cuando se estudian las casas reales: puede observarse, p. ej., que el rey de España Alfonso XIII descendía de San Luis más de ocho mil veces". (1. Meurgey de Tupigny, Généalogie, en L’Histoire et ses méthodes, o. c. en bibl. 728).Los cuadros de ascendientes se pueden representar gráficamente de manera vertical u horizontal. Con el sistema vertical, se disponen en la línea superior los ascendientes más antiguos que se vayan a representar; y en líneas progresivamente inferiores, los abuelos de las sucesivas generaciones, cada vez más próximas o modernas, hasta llegar a los padres; y, en la línea inferior, el hijo en cuestión. Con el sistema horizontal las sucesivas generaciones van en columnas, de izquierda a derecha. Pero, sea cual sea la representación gráfica, lo que más interesa es la numeración empleada. El sistema de Stradonitz se aplica sobre todo en Alemania, Polonia y Bélgica. En Alemania, el propio Stradonitz ha publicado un Ahnentafeln Atlas (1898-1904) en el que se estudian los ascendientes de todos los soberanos de Europa. En Polonia, Otto Forst de Battaglia ha trazado el cuadro de ascendientes de la reina María Leckzynska hasta la séptima generación, y en otra obra dedicada a Los ascendientes de Leopoldo III, publicada en 1939, demuestra que ningún monarca europeo carece de sangre burguesa o campesina. En Bélgica, 1. L. M. Eggen van Terlan ha consagrado un importante trabajo a los Ascendientes, descendientes y parentela de S. A. Isabel, princesa de Isemburgo. Ascendencias maternas y descendencias paternas, que va apareciendo en fascículos.La Genealogía en España. Entre las fuentes medievales de la España cristiana no faltan algunas de positiva importancia genealógica. No podemos dejar de citar aquí, por ej., las Genealogías de Roda o de Meyá, nóminas reales y condales incluidas en un códice de fines del s. x, que procede del archivo catedralicio de Roda y que perteneció en el s. XVIII a Manuel Abad y Lasierra, prior de Meyá en la misma provincia de Lérida. De preferente importancia para la historia de los núcleos políticos peninsulares del Pirineo centro-occidental (Navarra y Aragón), contienen también . datos genealógicos que interesan a las tierras colindantes de ambas vertientes de la cordillera, tanto españolas como francesas (la parte más importante se debe a J. M. Lacarra, Textos navarros del códice de Roda, en Estudios de Edad Media de la Corona de Aragón, I, Zaragoza 1945, 229 ss.).Recordemos también las Generaciones y semblanzas, colección de biografías compuesta por Fernán Pérez de Guzmán entre 1450 y 1455, y que comprende las de Enrique III, la reina Catalina, Fernando de Antequera, Álvaro de Luna y Juan II. Lorenzo Galíndez de Carvajal añadió unas g. de Fernando de Antequera, el almirante Enríquez, el condestable López Dávalos y el canciller Ayala (la última edición se debe a R. B. Tate, Londres 1965, mientras que las adiciones de Galíndez de Carvajal fueron publicadas en CDIN HE, XVIII, 423-536). No se hace sino repetir un tópico de la mentalidad de toda la época medieval española cuando se ensalza con énfasis la supuesta ascendencia goda de los reyes castellanos: "Este rey don Enrique el tercero (comienza el autor) fue fijo del rey don Johan e de la reina doña Leonor, fija del rey don Pedro de Aragón, e descendió de la noble e muy antigua e clara generación de los reyes godos e señaladamente del glorioso e católico príncipe Recaredo, rey de los godos en España. E segunt por las estorias de Castilla paresce, la sangre de los reyes de Castilla e su sucesión de un rey en otro se ha continuado fasta oy, que son más de ochocientos años sin aver en ella mudamiento de otro liña nin generación. Lo cual creo que se fallará en pocas generaciones de los reyes christianos que tan luengo tiempo durase... ".Como puede apreciarse, se trataba de entroncar a toda costa a la dinastía reinante con la de los visigodos, que habían reinado en toda la Península y no sólo en una parte de ella, como era el caso de las dinastías que se repartían a la sazón las tierras de España. No es sino la manifestación, en el orden del entronque dinástico, del ideal de la restauración de la unidad política peninsular que habían logrado los reyes visigodos, unidad definitivamente consolidada por la conversión de Recaredo, a quien se recuerda por ello de modo particular. Esa supuesta continuidad dinástica es al mismo tiempo un hecho prodigioso y un timbre de gloria del que, presume el autor con no disimulado orgullo difícilmente podrán alardear otros "reyes christianos". En todo ello, como es lógico, hay mucho más de fantasía y de intereses políticonacionales que de rigurosa verdad y auténtica ciencia genealógica. Es digno de notarse, también, que como especial honra añade el autor que entre sus ascendientes, además de "muy buenos e notables reyes e príncipes" tuvo la dinastía real "cinco hermanos santos, que fueron sant Isidoro e sant Leandre e sant Fulgencio e santa Florentina monja e la reina Theodosiá, madre del rey Recaredo, que fue avida por santa muger e un su fijo mártir que llamaron Hermenegildo", figuras del reino godo con las que no se había agotado la vena de la santidad en la estirpe castellana, pues -añade el cronista- "aun en los tiempos modernos es avido por santo el rey don Fernando que ganó a Sevilla e a Córdova e a toda la frontera". La alusión no es insólita y particular, sino precisamente sintomática del estado en que se encontraba la g. española en aquella época, el enfoque que se le daba y el fin para el que se la utilizaba.Para la Edad Moderna poseen un destacado interés genealógico los fondos documentales de las órdenes militares (para cuyo ingreso se precisaba demostrar un determinado grado de nobleza), los procesos de "limpieza de sangre" (también precisa para el desempeño de ciertas funciones en aquella sociedad de tan varios antecedentes raciales y religiosos -cristianos, judíos, morosy que por lo mismo, aunque parezca paradójico, tanto prestigio concedía a la supuesta "limpieza de sangre", a la condición de "cristiano viejo") y las "ejecutorias de nobleza", que se encuentran depositados en los archivos de las chancillerías de Granada y Valladolid, ante las que se veían estos procesos, y en el Archivo Histórico Nacional (fondos de órdenes militares), principalmente.V. t.: HERÁLDICA.F. J. ZABALO ZABALEGUI.
BIBL.: Española: F. FERNÁNDEZ DE BETHENCOURT, Historia genealógica y heráldica de la Monarquía española, Casa real y Grandes de España, Madrid 1897-1920 (constituye, en frase de L. G. de Valdeavellano, "la aportación más considerable de la bibliografía española a los estudios de Genealogía"); ID, La Genealogía y la Heráldica en la Historia, Madrid 1900; ID, Nobiliario y blasón de Canarias, Santa Cruz de Tenerife 1878-86; ID, Príncipes y Caballeros, Madrid 1913; F. PIFERRER, Nobiliario de los Reinos y Señoríos de España... Ilustrado con un diccionario de Heráldica por don José Fernández de la Puente Acedo, Madrid 1855-60; A. y A. GARCÍA CARRAFFA, Enciclopedia Heráldica y Genealógica Hispanoamericana, Madrid 1919 ss.
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