Fidelidad
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Varios
En el ámbito natural el estudio de la virtud de la f. parte de su experiencia humana, para elevarse, finalmente, en un orden trascendental, a Dios naturalmente conocido, término supremo de la f. del hombre. La Teología, en cambio, toma su punto de partida en la contemplación de Dios, tal como Él se nos ha revelado; siendo Dios absolutamente fiel (Apc 19,11), representa para el hombre, al mismo tiempo, la causa ejemplar y el principio eficiente de su f. El hombre, creado a imagen de Dios y hecho partícipe de la naturaleza divina (2 Pt 1,4), debe participar de la f. de Dios para alcanzar la santidad, y esta participación debe ser actualizada, de modo integral, en todas sus relaciones: con Dios, con la Iglesia, con el prójimo; en su trabajo, en sus deberes de estado, consigo mismo, etc. Este método descendente, teológico, de Dios al hombre, será el empleado en el presente estudio.Definición. Los moralistas definen la f. como la virtud moral que inclina a la voluntad a cumplir, con rectitud de intención, sinceridad y exactitud, las promesas hechas: "Corresponde a la fidelidad del hombre cumplir aquello que prometió" (S. Tomás, 2-2 gll0 a3). En sentido amplio, se puede considerar la f. como la adhesión de la inteligencia y de la voluntad a un bien objetivo, por la que se permanece vinculado a él de modo estable, a pesar de la prueba del tiempo y de los obstáculos (interiores o exteriores) que, naturalmente, inclinan a la voluntad a ceder o a cambiar de propósito.Etimológicamente, el término f. procede del latín fidelitas, que expresa la cualidad de aquel que es fidelis, que, a su vez, procede del sustantivo f ides. El término fidelis tiene distintos significados, aunque relacionados, según venga empleado como adjetivo o como sustantivo: como adjetivo indica la cualidad del que ejecuta lo que ha dicho y cumple lo que ha prometido (cfr. S. Jerónimo, In Issaiam, 52,2, PL 24,513d). Empleado como sustantivo fidelis significa simplemente un amigo, un íntimo, sin referencia explícita a ninguna promesa (cfr. CICERÓN, Epistulae ad familiares, IV,1, 2 ed. Leipzig 1907,81).Naturaleza. El cristianismo ha conferido al concepto de f. una mayor precisión porque, explícitamente, lo ha relacionado con la idea central de la fe y, en cierto modo, representa la actualización de la misma fe, al hacerse activa en el hombre en un comportamiento bien definido y dotado de unas características específicas, como la perseverancia, la constancia, la veracidad, la lealtad, etc. La f. está vinculada a la idea de la vocación (v.), porque el ideal del cristiano, el bien al que debe adherirse, es precisamente la santidad, respondiendo así a la llamada de Dios. Por consiguiente, la esencia de la f. estriba en su relación teándrica (cfr. M. Adriani, Enciclopedia filosófica, 11, Florencia 1957, 300): se puede decir que la unión personal entre la gracia y la fe existe donde hay f. y donde falte esa unión no hay lugar más que para una apariencia de f. (cfr. G. Marcel, Étre et avoir, París 1935, 76). El hombre ha sido llamado (vocación divina) a participar de la santidad de Dios. Esta vocación, siempre actuante por medio de la gracia, condiciona la vida humana y su destino, si bien la libertad de que goza el hombre le hace capaz de corresponder o no a la gracia, de ser fiel o infiel a la voluntad de Dios. El cristiano es fiel, vive la virtud de la f., cuando orienta su vida y dirige todas sus acciones según esta vocación, es decir, cuando vive según lo que Dios quiere y espera de su vida.En las lenguas originales de los textos bíblicos la f., por filología y significado, está íntimamente relacionada con la fe. En hebreo, la misma raíz sirve para designar la actividad divina y la correspondiente actividad humana: ’émúnúh y ’émet expresan tanto la f. de Dios como la fe del hombre (cfr. P. Adnés, Dictionnaire de spiritualité, París 1962, fase. 33-34, 313-314). Las relaciones entre Dios y el hombre se establecen por medio de sus respectivas fidelidades. La f. de Dios representa la causa exigitiva de la f. del hombre y, en la S. E., tanto en el A. T. como en el N. T., la fe del hombre viene expresada como la respuesta exigida por la f. de Dios. La f. humana es, por consiguiente, la fe operativa (fe confirmada con obras), postulada por la f. de Dios, y estable (en cuanto participa de la inmutabilidad divina); es ésta la razón última de las palabras del profeta: "El hombre justo, por su fidelidad, vivirá" (Hab 2,4).La f. de Dios aparece en el A. T. como uno de los rasgos de su acción hacia el hombre: "£1 es un Dios fiel" (Dt 32,4); "Es Dios fiel que guarda su alianza y su amor por mil generaciones a los que le aman y guardan sus mandamientos" (Dt 7,9; 1 Re 8,23; Neh 1,5; 9,32).En el N. T. se pone en evidencia que la f. de Dios es el fundamento de la esperanza indefectible del cristiano (Heb 10,23; 2 Tim 2,13), porque Cristo es la manifestación y perfecta consumación de la f. de Dios (2 Cor 1,20), en cuanto que en su persona se han cumplido todas las promesas hechas a los Patriarcas (Rom 15,8; Act 13,32-34; Apc 19,11).Normatividad moral. Considerada la f. del hombre como la respuesta a la f. de Dios, se explica que ocupe un primer plano entre los deberes de la moralidad. En último término, la normatividad moral de la f. viene determinada por el hecho de constituir una propiedad esencial de la caridad, por lo que el precepto de la f. se extiende tanto como el de la caridad. El amor tiende, por esencia, al establecimiento de una relación personal, y cuanto más íntima sea esta relación, más profundo será el deber de f. "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos" (In 14,15); "El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama" (lo 14,21).El que adquiere unos compromisos con Dios o con los hombres, libremente se impone el deber de cumplir las obligaciones que, también libremente, asumió, de tal manera que la lealtad, fundamento humano de la f., señala cuándo el hombre puede usar indistintamente de su libertad y cuándo ese uso ya no es moralmente lícito, porque se opone al compromiso adquirido. La libertad humana, en tanto que libertad encarnada, tiene que actuarse con la f. para que resulte creadora y no destructora. En otras palabras, la f. es la expresión de la necesaria limitación vital de la libertad y de su buen ejercicio (cfr. J. López Ibor, Dimensiones antropológicas de la libertad, "Atlántida" IV, 1966, 582).También considerada bajo una perspectiva meramente humana, la f. ocupa un primer plano, en cuanto que, con el amor y la justicia, constituye uno de los fundamentos de la vida social. En el ámbito social la f. es normativa porque, sin ella, no hay posibilidad de establecer un orden social, las relaciones humanas perderían todo asidero, la sociedad se disgregaría en un clima de mutua desconfianza, y donde domina la desconfianza se hace imposible la convivencia.La fidelidad en la unidad de vida cristiana. La f., virtud moral, es una actitud del alma, que debe informar la vida del hombre en todas sus manifestaciones vitales. El hombre fiel, lo es en todos los aspectos, en todas sus relaciones: con Dios, con la Iglesia, con el prójimo, en el trabajo, en sus deberes de estado y consigo mismo. Es más, el hombre vive la f. en todas sus formas cuando es fiel a su vocación, y es de su f. a Dios de donde se deducen, y a la que se reducen, todas sus fidelidades particulares. El cristianismo impone al hombre la unidad de vida, en cuanto que no existe una tensión contraria de vocaciones -natural y sobrenatural- ni yuxtaposición de fidelidades, porque la vocación natural está integrada en la sobrenatural. El hombre debe amarse a sí mismo, tal como Dios lo ama, y permanecer fiel a este amor. La f. es la conformidad sincera a su propia vocación (que es forzosamente única), la realización progresiva y perseverante de una cierta semejanza a Dios, que Él mismo le ha asignado como tarea, que nadie encarnará de la misma manera y cuyo designio está inscrito en la profundidad de su ser, como principio rector de su evolución. El hombre plenamente íntegro, desde el punto de vista psicológico y espiritual, es aquel que ha encontrado el camino de esta f. y a él, decidida y libremente, se ha ceñido.La falta de f. a la propia vocación impide el desarrollo verdadero y armonioso de la personalidad (cfr. C. Jung, Problémes de 1’áme moderne, París 1960, 251), y puede incluso hacer al hombre extraño a sí mismo. Si no realiza, porque es libre de no realizarlo, el designio que Dios tiene sobre él, su vida ha fracasado, porque sólo siendo fiel a Dios puede el hombre alcanzar todos los bienes a que está llamado y encontrar la fuerza y el fundamento para ser fiel a todos sus compromisos particulares. Por eso la f. constante en lo pequeño y ordinario le conduce a Dios: "Bien, siervo bueno y fiel, porque has sido fiel en lo poco, yo te constituiré sobre lo mucho" (Mt 21,23).V. t.: LEALTAD; PERSEVERANCIA; VERACIDAD; AMISTAD; FILIACIÓN DIVINA.J. CARDONA PESCADOR.
BIBL.: V. la voz f. en los tratados de Teología Moral (p. ej., J. Mausbach-G. Ermecke) y la bibl. citada a lo largo del art. Además: M. NEDONCELLE, De la (idelité, París 1953; G. MARCEL, Notes sur la (idelité, "Vie intellectuellen, París 1935; F. JODL, Geschichte d. Ethik, Stoccarda 1920; R. PLUS, La fidelidad a la gracia, Barcelona 1951; R. GARRIGOu-LAGRANGE, Las tres edades de la vida interior, Buenos Aires 1944.
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