Faraón
Categoria:
Cultura
Esta denominación del soberano egipcio no se usó hasta el primer milenio a. C. La voz egipcia per’aá que en hebreo pasó a ser par’óh y en griego Farao, significaba "la casa grande", e indicaba el palacio real, pero con el tiempo pasó a aplicarse al que era dueño del palacio, al rey. En ningún momento sirvió el título de f. como única manera de designar al soberano. El protocolo oficial, p. ej., asignaba al rey de Egipto cinco títulos normalmente.Desde tiempos prehistóricos arranca la idea de la condición divina del f. En las primeras dinastías, el soberano era para el pueblo un dios verdadero e hijo de todas las divinidades locales. La vinculación más estrecha estaba establecida con Horus, del que el rey se consideraba legítimo sucesor en línea directa. Sus insignias le identificaban también con las figuras divinas, pues llevaba fijada en la cintura una cola de animal, tenía barba postiza y portaba un cetro; en el centro de su frente el ureus, serpiente sagrada, despedía la llama que devoraba a los rebeldes. Su condición divina le permitía dominar a las masas, destruir a sus enemigos, sin que nada pudiese escapar a la fuerza de su brazo. Además poseía la omnisciencia y su bondad no tenía límites para asegurar el bienestar de sus súbditos.En el templo de Hatshepsut en Deir el-Baharl y en el de Amenofis III en Luksor pueden verse unas escenas que explican la identidad entre el nacimiento de un soberano y el de un auténtico dios. Está representado Amón, que toma la forma del f. reinante, y se une a la reina madre. Después Khnum modela en su torno de alfarero al niño; en el parto, la reina es asistida por un grupo de diosas y el recién nacido es presentado a Amón, siendo bautizado por los dioses. El f. es la encarnación de Horus y recibe la sucesión de su padre Osiris; como hijo de Amón es presentado a todo el mundo. Horus y Seth le dan las coronas del Alto y Bajo Egipto.Pese a la divinización del soberano, los egipcios no perdieron nunca de vista que su rey era un hombre como ellos.A pesar del respeto y la aureola divina que le rodeaba, no era un personaje independiente, sino que capas sociales elevadas ejercían sobre él cierto poder moderador y su imagen entre el pueblo egipcio debió ser más realista que la que nosotros conservamos. Los generales del ejército, los consejeros, los sacerdotes, ejercían una influencia muy grande en la marcha de la monarquía y en ciertas épocas vemos llegar al trono a varios de estos personajes de la corte. La crítica del soberano era frecuente, y a veces parece que se produjo incluso ante su persona. La leyenda nos cuenta el caso de Ipuer que fustigó la escasa energía del f., o el caso de Djedi que criticó la actitud de Keops ante el propio interesado. Sin duda, ambas figuras son absolutamente legendarias, pero estas historias eran en Egipto muy populares e indican la mentalidad del pueblo y los sentimientos generales.Sobre los muros de los templos se encuentran ejemplos de estas dos facetas del f., la divina y la humana. En el caso de Ramsés 11, junto a la inscripción en que se dice que el f. logró la dominación universal, hay otro texto que reproduce el tratado hecho con los hititas en pie de igualdad, tratado que por otra parte representó un grave descalabro en la política de expansión del Imperio egipcio.La vida diaria del f. estaba rodeada por un vastísimo ceremonial en el que los súbditos debían adorarlo como la más alta de las divinidades, postrándose a sus pies, dirigiéndole rezos y pronunciando plegarias. El rey tenía también su clero especial y en su honor eran compuestos solemnes himnos de tipo religioso. Como dios, se preocupaba de las necesidades de las demás divinidades y procuraba satisfacerlas construyendo templos y dando gran brillantez a todos los actos del culto. Patrocinaba igualmente las instituciones funerarias que garantizaban la felicidad en el otro mundo a sus súbditos. Al término de su vida el f. pasa a identificarse con el dios de los muertos. En general, las creencias funerarias de la cultura egipcia estaban elaboradas para el f., pues encontraban una justificación teológica en la naturaleza divina del soberano. Para garantizar su supervivencia el rey hace levantar enormes monumentos funerarios y de su culto pasa a encargarse mucho personal. En el más allá, el f. seguirá siendo distinto de los hombres, participando en la suerte de los inmortales, gozando de una vida espléndida tal como la que había dejado al morir aquí, en la tierra.E. RIPOLL PERELLÓ F. MARTÍ JUSMET.
BIBL.: 1. HAWKEs, Los faraones de Egipto, Madrid 1964; A. OTTO, Agypten der Weg des Pharaonenreiches, Stuttgart 1953; 1. CERNY, La antigua religión de Egipto, en Historia de las religiones, dir. E. 0. JAMES, I, México 1960, 125-222.
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