Espiritualidad, Literatura de Literatura Universal. TEOL.
Categoria:
Teología
b. Fenómeno místico y fenómeno literario: el hecho. Los modernos gustadores de esencias literarias han constatado el gran caudal de valores artísticos que arrastran las obras de la literatura mística. El hecho es universal, es decir, común a todos los pueblos que poseen un patrimonio literario. Para Goethe, los hombres son productivos en poesía y arte en medida proporcional a su vivencia religiosa. Y K. Jaspers advierte que quizá ninguna constante histórica hay tan homogénea y similar, entre las formas ostensivas del espíritu humano, como la experiencia y la expresión de los místicos. La antología de E. Zolla (I Mistici, Milán 1963), juvenil y discutible en tantos aspectos (cfr. D. Barsotti, "Humanitas" 19, 1964, 368373), recoge textos de todos los tiempos y literaturas y constituye una formidable prueba de la unicidad del hecho.En España, que cuenta con un patrimonio sin par en literatura mística (v. ii), los historiadores han solido pasar por alto, la producción literaria de los místicos. Mas ya Menéndez Pelayo y Juan Valera llamaron la atención sobre la enorme "laguna"; y, de un modo sistemático, Sainz Rodríguez trata de colmarla. En pos y al unísono suyo muchos otros estudiosos han valorado objetivamente la realidad. Sirvan, de momento, dos testimonios: el primero de Rubén Darío, que se deleita paladeando el "inmenso tesoro de poesía" que anida "en la gloriosa y pura falange de los místicos antiguos" (Los raros, Madrid 1945, 181); el segundo es de Ortega y Gasset: "los místicos, dice, han solido ser los más formidables técnicos de la palabra, los más exactos escritores. Es curioso y -como veremos- paradójico que en todos los lenguajes del mundo los clásicos del idioma, del verso, hayan sido los místicos". (¿Qué es filosofía?, Madrid 1966, 112). No obstante su profesada irreligiosidad y su inquina ideológica a los místicos, Ortega los leía con fruición, según declara Azorín (cfr. Los dos Luises, Buenos Aires 1946, 58).Las sumarias indicaciones apuntadas sobre el hecho de la literatura espiritual plantean un problema, el de la relación entre fenómeno místico y fenómeno literario.c. La explicación. Se presentan dos hipótesis extremas. H. Bremond, analista del sentimiento espiritual francés, opta por el divorcio entre experiencia mística y expresión estética. En cambio, A. Levasti propugna una cabal correlatividad: a mayor intensidad mística, mejor expresión literaria; y, viceversa, la falta de intensidad expresiva es signo de que el escritor carece de intensidad mística, de que es un místico fallido. La solución justa se puede situar en el término medio. Aunque el problema desborda los límites de la 1. de e., o, con más exactitud, es referible a cualquier tipo de expresión de una vivencia, es obvio que, en el caso del místico, tiene peculiares motivaciones. Partiendo de una perspectiva amplia, encontraríamos en la base un problema común, cuya solución servirá de punto de apoyo para abordar el problema concreto.Pensamiento y expresión. La palabra es el cauce por el que se "sonoriza" y transmite el pensamiento. S. Tomás observaba que "un hombre manifiesta a otro sus ideas a través de algunos signos exteriores, especialmente a través de la voz y de la escritura" (Super epistolae Pauli lectura, Turín-Roma 1953, 22). La palabra exterioriza el mundo interior; y sólo a través de la palabra nos ponemos en contacto con el mundo interior. El lenguaje, pues, es portador de una carga de pensamiento y de realidad que lleva consigo (S. Ramírez, Filosofía y lenguaje, "Arbor" 32/1955/213). Ahora bien, las palabras en que se vierte el pensamiento cabe expresarlas de dos maneras: por espontaneidad, cuando uno dice lo que vive o piensa de un modo instintivo; por reflexión, cuando uno expresa su sentir o su pensar midiendo las palabras, preocupado de que lo traduzcan con precisión valiosa (conceptual o artísticamente). Desde el punto de vista de la calidad artística, tanto la manera espontánea como la manera reflexiva pueden contener valores.Literatura mística. De las premisas comunes se induce que puede haber místicos que son genios literarios temperamentales y místicos que son genios literarios a fuerza de unir temperamento a esfuerzo. S. Teresa de Jesús (v.) sería paradigma del primer tipo, el de la espontaneidad y del lenguaje familiar, pero un ejemplo "no puro", pues asimiló lecturas varias y contrastó en libros y diálogos su propia experiencia mística; Juan de la Cruz (v.) basta como exponente del segundo tipo, el de la lucha por la expresión. En contrapartida, se puede también decir que hay místicos que, como subraya G. Getto, son pésimos escritores, artística o estilísticamente; la carencia de genio temperamental y la falta de técnica expresiva desemboca, pues, a veces, en producciones literarias sin lustre, sin que obste la escasez de valores artísticos a la riqueza de valores vivenciales. Puede también acontecer lo contrario: una valiosa producción estilística sin el respaldo de una fuerte experiencia mística, como sugiere 1. Colosio, apuntando a la literatura espiritual francesa, con sus "místicos experimentales de calibre menor" y sus escritores-señores de materias místicas (Grande Antología Filosófica, 9, Milán 1964, 2141).A los datos generales, obtenidos en lo expuesto sobre pensamiento y expresión, habría que añadir en el ámbito místico una trilogía de elementos considerables: vivencia indecible, lucha por decirla, formas de decirla.Si no se acepta el dato esencial de la vivencia indecible por prejuicios, la literatura mística no obtendrá una explicación satisfactoria. Ortega y Gasset no se libró de la paradoja en este aspecto: por un lado, rechaza el tópico del racionalismo del s. xix, que estudia a los místicos "como casos de clínica psiquiátrica, como si esto aclarase nada de su obra" (o. c. 114); pero, por otro, "aceptando cuanto nos proponen y tomándoles por la palabra", intenta llevarlos al ridículo, insistiendo en su "gran talento dramático" y juzgando lo que dicen como "de una trivialidad y de una monotonía insuperables" (o. c., 112-115). El hecho de la vivencia mística lo admiten hoy, como dato científico, y lo valoran, aun los más racionalistas, positivamente, como G. Le Bon, para quien "el orden místico se impone como cosa innegable", si bien figure "en un plano distinto del plano de nuestra razón" (J. G. Arintero, Cuestiones místicas, Madrid 1956, 7); literariamente, como J. Baruzi, en un libro que ha formado escuela literaria (cfr. Saint lean de la Croix et le probléme de l’expérience mystique, 2 ed. París 1931). Para un católico, el problema se simplifica: el místico es un hombre auténtico, sincero; vive, como el justo, de fe (Rom 1,17), de amor, en espera y esperanza. La experiencia mística es sobrenatural por su objeto, Dios, pero es también intrahumana, intrasubjetiva, es un mundo inefable.Si todo hombre lleno de ideas o vivencias sufre en el esfuerzo de darlas a luz, expresarlas y darles configuración de criatura legible, inteligible, en el místico suele ser aún más trabajoso. Si su obra es artística, se debe, sobre todo, a ese mundo de maravilla y sorpresa que vive; y, en no escasa medida, a la lucha por decirlo. En grado menor, el esfuerzo subsiste en los escritores religiosos que tratan simplemente de explicar un tema sublime: los misterios de la fe. Una frase de S. Juan de la Cruz permite entrever las raíces del problema: "Él (Dios) está sobre el cielo y habla en caminos de eternidad; nosotros, ciegos, sobre la tierra, y no entendemos sino vías de carne y tiempo" (Subida, 11,20,5). Y en ellas nos expresamos. "Falta lenguaje" (Llama, pról. 1), "no hay decirlo por lengua mortal" (Cántico, 39,3). Son cosas que no se pueden "declarar con términos vulgares y humanos" (Noche, 11,17,6); "no hay vocablos para declarar cosas tan sublimes de Dios" (Llama, 2,21). Estas citas escorzan la lucha por la expresión; las dobles redacciones de los textos, fenómeno que afecta, si bien más levemente, a algunos libros de S. Teresa, están motivadas por ese forcejeo. Así termina el comentario a Llama en su primer esbozó: "no querría hablar, ni aun quiero, porque veo claro que no lo tengo de saber decir... Y por eso, aquí lo dejo" (Llama, 4,17).A la vista de las afirmaciones sanjuanistas, exponente máximo de la lucha, y de formidables logros, comprendemos la validez del juicio de Sainz Rodríguez cuando asevera que "la literatura mística es sustancialmente una lucha por la expresión en un grado más fundamental y profundo que cualquier otra producción literaria... Toda obra de arte es una lucha por la expresión, siendo por esto el análisis de los medios expresivos el fundamento de la moderna crítica literaria. Los místicos, además de la dificultad común a todo poeta o escritor, luchan con la dificultad básica de pretender explicar mediante el lenguaje escrito una experiencia psicológica cuya característica fundamental es la inefabilidad" (Espiritualidad española, Madrid 1961, 32-33).La forma o el género literario más apto, ya que es imposible la adecuación, para expresar la vivencia o ideología espirituales, A. Levasti lo atribuye a la poesía (Mistici del Duecento e del Trecento, Milán 1953, 13-14). Y D. Alonso, escribe acorde: "No toda la obra de San Juan de la Cruz, sino precisamente la lírica es la expresión, y la única posible en lengua humana, de su experiencia mística. La ciencia no lo entiende, y los comentarios, a pesar de su a veces rigurosa ordenación ideológica, son un previsto, aunque admirable fracaso" (La poesía de San Juan de la Cruz, Madrid 1942, 197). Es arriesgada una conclusión tan tajante, porque en contra del aserto está todo el peso de la Teología, por un lado; y, por otro, el variado panorama, no sólo de estilos, sino también de formas de la literatura espiritual.V. t.: ESPIRITUALIDAD; ASCETISMO 11; MÍSTICA 11.Á. HUERGA TERUELO.
BIBL.: Además de la citada en el texto, consúltese la reseñada en La perfección cristiana. Vida y teoría, III, Barcelona 1968. Consúltese también J. BARUZ1, introducción al estudio del lenguaje místico, "Bol. de la Academia de las Letras" 10, Buenos Aires 1942, 7-30. V. t. la bibl. de ESPIRITUALIDAD Y ESPIRITUALIDADES II.
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