Ermitage, Museo Del
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Cultura
Uno de los mayores y más importantes museos del mundo, el E. tuvo su origen en las colecciones imperiales de los zares. Pedro el Grande inició la adquisición de obras de arte en los países europeos, pero habría de ser Catalina I I (1729-96) la que lograse reunir una notable colección artística. Entre 1765 y 1768 el arquitecto francés Vallin de la Mothe construyó para ella un pabellón de recreo o ermitage en un estilo clasicista francés. Este Pequeño Ermitage se alzaba a orillas del río Neva y junto al barroco Palacio de Invierno de S. Petersburgo, la actual Leningrado, que había sido edificado por A. Rastrelli (1700-71). En él fue instalada la colección de la emperatriz, que al ir en aumento motivó la construcción de un edificio contiguo -el Viejo Ermitage- llevada a cabo por Felten entre 1775 y 1784. Catalina II había adquirido gran número de cuadros en la Europa Occidental a través de sus enviados y de otros colaboradores como Diderot, Grimm y Madame Geoffrin. Entre las colecciones adquiridas destacaron la rica biblioteca de Voltaire y la de Diderot, la colección de dibujos de Clérisseau y las ricas colecciones pictóricas del conde de Brühl (Dresde 1769), Crozat (París 1771), Sir Robert Walpole (Londres 1779) y la del conde de Baudouin (1784), entre otras. Su entusiasmo por la pintura italiana motivó en 1788 la construcción por el arquitecto Quarenghi de una interesante reproducción de las Estancias Vaticanas de Rafael, cuya decoración pictórica fue realizada por Giovanni Angelo y su hijo. A su muerte en 1796, el E. poseía 3.926 pinturas, que estaban destinadas a la contemplación personal de la emperatriz.Los sucesores de Catalina II, Pablo I y Alejandro I, continuaron la política de adquisición de obras de arte, especialmente el último en lo que concierne a las pinturas de escuela española, varias de las cuales compró en 1815 al banquero holandés Coesvelt.En 1852, el zar Nicolás I transformó la colección privada imperial en museo público, aprovechando la total restauración del Palacio de Invierno, que había sido arrasado por un incendio en 1837. En 1840 encargó al arquitecto neoclásico Leo von Klenze los planos de lo que sería el Nuevo Ermitage, que quedó terminado en 1849. Von Klenze planeó un edificio neoclásico con aires renacentistas, que se abría por un pórtico sostenido por diez atlantes realizados en granito por el escultor ruso Terebenev. En sus salas de elevadas bóvedas, el E. iba a contener ahora gran parte de las 4.500 pinturas que ya poseía. Además de las salas destinadas a la pintura de las escuelas europeas, contaba con una sección de arqueología, sobre todo de piezas clásicas y siberianas, a las que vino a sumarse en 1898 una sala dedicada a la pintura rusa.Alejandro II y Alejandro III mantuvieron la política de adquisiciones, que continuó en gran manera entre 1910 y 1932, llegando a duplicarse el número de obras de arte a raíz de la Revolución bolchevique en 1917, que motivó la nacionalización de las colecciones imperiales y de otras muchas particulares como las de Galitzin, Stroganov, Youssupov, Bieloselski, Demidov, Orlov y varias más, así como la asimilación de parte de la rica pinacoteca de la Acad. de Bellas Artes de S. Petersburgo. A pesar de que en la década de 1920-30 hubo un gran transvase de pinturas al Museo Pushkin de Moscú, en 1953 el E. contaba con 8.000 cuadros, 40.000 dibujos y más de medio millón de grabados. Toda esta riqueza se salvó milagrosamente de los ataques a la antigua capital de los zares durante la II Guerra mundial, gracias a que todas las piezas fueron transportadas a lugares seguros y alejados de los frentes bélicos. Por el contrario, los edificios sufrieron graves deterioros.En sus 400 salas, que comprenden una extensión de más de 50.000 m2, el E. cuenta con las dedicadas al arte prehistórico, en cuya colección destaca la Venus Kostenki y a las manifestaciones artísticas de China, India, Antiguo Egipto, Mesopotamia, América Precolombina, Grecia y Roma. Uno de los más preciados tesoros del E. es la colección de objetos de oro procedentes de las excavaciones realizadas en los poblados escitas de Siberia bajo la protección de Pedro el Grande y Catalina II. También es interesante el Gabinete Numismático.Sin duda alguna, el mayor interés del E. radica en las colecciones de pintura. La escuela italiana se encuentra representada con gran número de piezas desde el gótico del s.XIV hasta los artistas del XVIII. Abre la serie un crucificado de Ugolino de Siena y una Virgen de la Anunciación, de Simone Martini; la pintura florentina del s. XV se hace patente a través de obras de Fra Angélico (Virgen con el Niño y santos), Benozzo Gozzoli, Piero Pollaiuolo, Sandro Botticelli y Filippino Lippi; posee asimismo pinturas de Leonardo da Vinci (Madonna Benois y Madonna Litta), Luini, Perugino (Retrato de joven), Rafael (Madonna Connestabile, Sagrada Familia), Andrea del Sarto (Virgen con el Niño y santos), Rosso, Pontormo, Giorgione (Judith, Virgen con el Niño), Palma el Viejo, Tiziano (Danae, la Magdalena, S. Sebastián), Veronés (la Piedad), Tintoretto (Nacimiento del Bautista) y Tibaldi. La pintura barroca italiana se manifiesta con una obra de Caravaggio (Joven tocando el laúd) y diferentes composiciones de Aníbal Carracci, Guido Reni, Guercino, Fetti, Strozzi, Salvator Rosa, Crespi, Carlo Maratta, Lucas Jordán, Guardi, Canaletto y Tiépolo.La pintura de la escuela flamenca cuenta con obras del Maestro de Flemalle, Roger van der Weyden (S. Lucas pintando a la Virgen), el Maestro de las Medias Figuras, Gerard David, Van der Goes, Mabuse, Lucas de Leyden, Pourbus, y Antonio Moro, a las que se suman las creaciones barrocas de Rubens (Perseo y Andrómeda, Coronación de la Virgen, Descendimiento), Van Dyck (Autorretrato), Snyders, Fyt, Jordaens, Teniers, Honthorst y otros maestros menores. Asimismo, la escuela holandesa se revela en las creaciones del manierista Heemskerck y de los barrocos Frans Hals, Rembrandt (Flora, Sacrificio de Isaac, Descendimiento, Danaé y varios retratos), Ruisdael, Pieter de Hoogh, bodegones de Heda y paisajes y escenas populares de Van Ostade, Wouwerman, Ter-Brugghen, Paul Potter, Terborch, Steen, Metsu, Cuyp, Van Goyen y otros.La escuela alemana cuenta con un Holbein y diferentes pinturas de Lucas Cranach, Elsheimer, Schultz y Antonio Rafael Mengs.De la escuela española conserva obras de diferentes épocas desde una tabla del casi ignorado Maestro de la Visitación de Valladolid hasta los grandes maestros del s. XVII. Atesora obras del Greco (S. Pedro y S. Pablo), Morales (Dolorosa), Pantoja de la Cruz, Ribalta (Crucifixión), Zurbarán (Virgen Niña, S. Lorenzo), Ribera (S. Sebastián), Velázquez (El almuerzo, retrato del conde-duque de Olivares), Murillo (Niño con un perro, S. Antonio), Orrente, Puga, Pereda y una de las mejores obras de Mayno (Adoración de los pastores).La escuela francesa se inicia con un retrato de Corneille de Lyon y continúa con las composiciones barrocas de los Le Nain, Poussin (Deposición de Cristo, Descanso en la huida a Egipto, Tancredo y Erminia), Claudio de Lorena, Bourdon, retratos de Mignard, Rigaud y Largilliére y obras dieciochescas de Watteau, Chardin, Boucher y Fragonard. Completa el ciclo una de las mejores colecciones mundiales de pintura del s. XIX, especialmente del impresionismo, del que existe una serie excepcional tanto por la cantidad de lienzos como, sobre todo, por su calidad y carácter representativo, lo que le convierte, en unión del Museo Pushkin de Moscú, en el museo más rico en pintura moderna, excepción hecha de Francia y los EE. UU. Conserva pinturas de Ingres, Delacroix, Corot, Millet, Courbet, Monet, Renoir, Degas, Sisley, Pissarro, Van Gogh, Gauguin, Cézanne, Signac, Rousseau el Aduanero, Bonnard, Vuillard, Maurice Denis, Marquet, Derain, Matisse, Van Donge, Léger y otros, siendo asimismo muy interesante la serie de obras de Picasso.La escuela inglesa se manifiesta a través de varios retratos de W. Dobson, Reynolds, Gainsborough y Lawrence. Entre los 40.000 dibujos que conserva, se encuentran algunos de mano de Durero, Leonardo y casi un millar de Jacques Callot.BIBL,; P. DESCARGUES, The Hermitage, Londres 1967; ÍD, Tesoros de la pintura, 3 ed. Madrid-Barcelona 1967; V. F. LEVINSONLESSING, Gossoudarstvenny Ermitage, Katalog jivopissi, MoscúLeningrado 1958; G. BAZIN, Les grands maîtres de la peinture à 1’ Ermitage, París 1958; Cx. STERLIN, Musée de 1’Ermitage: la peinture française, París 1957; A. E. KROLL, La peinture anglaise à 1’Ermitage, Leningrado 1963; V. F. LEVINSON-LESSING, Splendeurs de 1’Ermitage. 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1. Orígenes y características de la espiritualidad eremítica. Para comprender cómo la vida eremítica se ha convertido en escuela de santidad para no pocos de los cristianos que se insertaron en las corrientes vivas de su tradición, importa en primer lugar indicar algunas líneas generales de su espiritualidad.Como fenómeno sociológico de la religiosidad natural, el eremitismo tiene precedentes en algunas formas del monacato budista (v. BUDA Y BUDISMO) y en el neopitagorismo antiguo. Dentro del judaísmo está el caso de las sectas de Qumrán (esenios; v.), si bien se desconocen sus posibles contactos con el anacoretismo cristiano.Pero el verdadero fundamento del eremitismo, como fenómeno cristiano, no es otro que la soledad de Cristo, vista dentro de la totalidad de su misterio de salvación. En efecto, el ayuno y las tentaciones que Cristo experimentó en la soledad del desierto vendrá a ser uno de los temas permanentes y más predilectos de los Padres, que suelen desarrollarlo en conexión con el tema bíblico del éxodo del pueblo elegido.El desierto (Moisés recibe la Ley en la teofanía del Sinaí; v. DESIERTO II; SINAÍ) es el lugar donde Israel, en cuanto pueblo, toma conciencia de su destino y sella un pacto de fidelidad con su Señor; v. ALIANZA (Religión). En el A. T. el desierto aparece como el tiempo de fidelidad y de prueba. El profeta llamado por Dios, se forma en el desierto. Algunas experiencias de soledad testificadas por la Biblia, como la de Elías (S. Atanasio es el primero que en su Vita Antonii presenta a Elías como modelo de solitario), Eliseo, los hijos de los profetas, o la del mismo S. Juan Bautista que anuncia la llegada del Reino desde el desierto, serán invocadas también por la antigua tradición patrística (Tertuliano, Evagrio, Casiano) para dar cuenta de las motivaciones espirituales que inducen a tantos cristianos a servir a Cristo en la soledad.a) La experiencia del desierto. Uno de los pensamientos constantes de las antiguas catequesis monásticas es que la vida eremítica es una imitación de Cristo, especialmente de sus 40 días de ayuno y oración en el desierto (cfr. Mt 4,1-2) y de sus retiros ocasionales a lugares apartados para hablar intensamente con su Padre (cfr. Mt 14,23; Me 1,35, etc.). En el silencio de la oración, Jesús escogió a los Apóstoles para constituirles heraldos de su Evangelio (cfr. Lc 6,12-16). De hecho, no deja de ser digno de consideración que, entre los santos que Dios ha escogido para una gran obra, algunos han conocido estados análogos: Pablo de Tarso, en el desierto de Arabia; Martín de Tours, Basilio, Crisóstomo, Benito, Gregorio Magno, Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Juan de la Cruz, Teresa de Lisieux, Charles de Foucauld, etc. Sin ser todos ellos e. o monjes en sentido estricto, se trata de cristianos que han pasado por este estadio de plegaria intensa, pura y simple, en la desnudez absoluta del desierto, en vistas a una total disponibilidad interior ante las imprevisibles exigencias de la Palabra de Dios. El desierto supone efectivamente desasimiento y silencio interior y exterior, es pobreza y lucha, es un reclamo constante a una opción cristiana radical.b) La ascesis del yermo y la contemplación. Como ideal de total servicio al Señor en la soledad y ascesis del desierto, la espiritualidad de los monjes ermitaños es, según la tradición patrística, una espiritualidad del retiro y de la paz interior, de la paz y del gozo que fluyen de un corazón purificado y libre de toda esclavitud. Es, también, una espiritualidad de la discreción (moderación, equilibrio, sosiego) y de la humildad de la plegaria contemplativa y de la hospitalidad acogedora, propias del que vive en íntima y silenciosa unión con Dios.En la soledad del yermo, el anacoreta renueva en sí mismo el misterio de Cristo e imita la soledad y el sufrimiento de la Cruz. Este acento teológico y contemplativo de la espiritualidad eremítica proviene sobre todo de los escritos de Orígenes (v.), conocidos también en Occidente. Según Orígenes, el eremus es el lugar y el símbolo del conocimiento del Verbo y de la contemplación de las Escrituras. También S. Jerónimo (v.), lector asiduo de Orígenes y que ha vivido largos periodos en el retiro, es considerado el cantor por excelencia del eremus.Pero la doctrina de los grandes maestros no deja de insistir en que de nada sirve retirarse al desierto si el monje no vive la caridad (v.) de Cristo, entregado a la contemplación de las cosas del Padre. Ello requiere una delicada sensibilidad sobrenatural a la acción del Espíritu, que se logra por la gracia y la renuncia de sí mismo, aceptada por fidelidad a las exigencias de la fe y que, como en el caso de los mártires, convierten la vida del e. en vivo testimonio de Cristo en medio de la Iglesia.c) Eremitismo y tradición monástica. Como explica J. Leclercq (o. c. en bibl.), antes que una teoría o un objeto de reflexión teológica, el eremitismo es una realidad de Iglesia, un don, una vocación, un carisma que suscita en quien lo recibe una aspiración que la Iglesia promueve y ratifica. Unido a Cristo, participando de la soledad de Cristo, el e. no deja de estar unido a sus hermanos, en la caridad y la renuncia, por el misterio de la Redención. A veces incluso, favorecido por el don de discernimiento o de consejo, el ermitaño se convertirá en padre espiritual (abbas) y, cuando las circunstancias lo exijan, no dudará en dejar provisionalmente la soledad para defender la recta fe de la Iglesia.Centrada en tales principios, y dentro de esta perspectiva general, la espiritualidad de la vida eremítica, indisociable de la primitiva tradición monástica, será siempre un punto de referencia ineludible para toda forma de monacato en la Iglesia. Éste, en efecto, en la medida que permanezca fiel a sí mismo, no podrá menos de conservar y promover la soledad y la ascesis en vistas a revivir la contemplación y la paz de Cristo, su caridad.2. Testimonios de santidad entre los ermitaños. Las historias monásticas, las vidas de santos, los Apophtegmata Patrum (sentencias de anacoretas ilustres) y los Martirologios señalan muchos nombres de santos ermitaños. Es difícil establecer el grado de autenticidad de estas noticias, tomadas casi siempre de hagiógrafos más preocupados del panegírico edificante que de la historia crítica. De la mayoría de santos e. nada o casi nada sabemos. Muchos vivieron en un aislamiento completo, fieles a su vocación, sin desarrollar ninguna actividad especial que perpetuara su nombre. A veces el nombre de un santuario o capilla, el testimonio de un culto antiguo, una leyenda con oscuros orígenes históricos, son los únicos vestigios que han dejado los santos anacoretas. No siempre, pues, el lugar que ocupan en la historia de las letras cristianas es proporcionado a la influencia que ejercieron en las corrientes de la espiritualidad.Por todo ello no es posible dar una lista completa de los e. destacados por su santidad. Se indican solamente algunos testimonios. No se incluyen aquí algunos e. o monjes-ermitaños que tienen artículo propio en esta Enciclopedia, como S. Pacomio, S. Macario, S. Columba y S. Columbano, monjes irlandeses, S. Simeón el Estilita (v. ESTILITAS), S. Millán, monje castellano, Evagrio Pontico, S. Martín de Tours, etc.; ni otros monjes que fueron ermitaños sólo por un tiempo limitado de su vida: S. Juan Crisóstomo, S. Gregorio Nacianceno, S. Jerónimo, Casiano, S. Benito, S. Juan Clímaco, etc. Otros nombres de monjes anacoretas pueden encontrarse también en ANACORETISMO Y MONAQUISMO II Y III.a) Época clásica de esplendor (s. IV-VI): Con razón S. Antonio (m. 356; v.) el más famoso de todos los e., es considerado como padre de los monjes. La lectura de la Vita Antonii tuvo una enorme resonancia en la antigüedad; es de recordar la impresión que causó en S. Agustín (cfr. Confesiones, VIII,6). Discípulo de S. Antonio es S. Pablo, llamado el Simple, y que debe distinguirse del famoso Pablo el Ermitaño, biografiado por S. Jerónimo. En Palestina florecieron las lau colonias de eremitas bajo la dirección común de un aba.. Son conocidos los nombres de algunos abades: S. Hilarión (m. 371). padre del monaquismo palestinense y ermitaño en el desierto de Maiuma, de quien da noticias S. jerónimo; Epifanio; Eutimio (m. 473), etc. Merecen destacarse también S. Sabas (m. 512), monje palestinense, creador de la gran !aura de Palestina y defensor de la fe católica contra el monofisismo. S. Teodosio el Cenobiarca (m. 529), fundador del monasterio de San Teodosio, en el desierto de Judá y después archimandrita de los cenobios de Jerusalén (que comprendían ca. 10.000 monjes).Merecen especial mención S. Abraham de la Tebaida, S. Abraham de Manuf, S. Capitón, los anacoretas de Escete tales como Agatón, Pafnucio, Nilamón, Moisés, Palamón. Entre ellos, S. Alonio, ermitaño de Poimene, fue un gran maestro de espíritu. Los Apophtegmata Patrum les atribuyen algunas sentencias. Otros ermitaños famosos: Alay, compañero de S. Domecio en las cavernas de Qurus; S. Abraham de Beyth, a quien S. Efrén dedicó algunos himnos; S. Aquila, contemporáneo de S. Arsenio el Grande; S. Pambo, anacoreta en el desierto de Nitria.Entre los s. V-VI cabría citar a S. Potamio, e. de Troyas; S. Menna, solitario de Savinio y que vivió con gran pobreza y penitencia (cfr. Diálogos de S. Gregorio Magno); S. Bilco, discípulo de S. Gildas, m. en 538 cerca de Blavet y considerado como mártir; S. Aca, e. de Siria; S. Patario, originario de Tebas y muy venerado por el pueblo de Constantinopla a causa de sus milagros; S. Donato, solitario de Sisterón; S. Ciriaco, anacoreta de Palestina; S. Calupano de Alvernia y otros como Jacobo, Paladio, Pedro el Caleota, en Oriente; Simón, Montano de Vivarais, Geroldo, Florencio, Enardo, Calogero, en Occidente.b) Siglos VII-X. Entre estas centurias, Occidente conoce una proliferación de formas de vida eremítica que en el s. xi cristalizará con el nacimiento de algunas congregaciones de ermitaños. Oriente, en cambio, fiel a la tradición de los Padres, permanece en las estructuras antiguas. De los s. VII-VIII son testimonios representativos S. Cosme, e. de Creta; los S. Caidoco y Frecorio, venerados en Centula (cfr. Vida de S. Ricario, escrita por Alcuino); S. Bríaco, anacoreta de Bretaña; S. Anastasio el Sinaíta, S. Wilibaldo, S. Cutberto, S. Matroniano, S. Etha, S. Namfisio, S. Frutos, etc.A partir del s. VIII abundan las biografías de santos ermitaños. Mabillón, p. ej., en sus Acta Sanctorum, recoge no pocas noticias sobre los e. que sobresalieron por sus carismas. Así: Adalardo, Meinrado, Gultaco se distinguieron por la hospitalidad. Junián, Amat, Launer, Mesmín fueron ejemplares por su amor al prójimo y por su don de saber gustar las S. E., Silvino y Herluino vivieron en extrema pobreza y eran muy dados a la plegaria; Vulmano fue modelo en su solicitud por el trabajo manual y Disibodo de Kreuznach por su constancia en el silencio y la contemplación. De esta época es también Teodoro el Estudita (m. 826), asceta bizantino, considerado fundador del célebre cenobio de Studion (de ahí, estudita) y gran defensor del culto de las imágenes contra los iconoclastas.Otros santos e. de los s. IX-X: S. Claro de Vexin, en Normandía; b. Bertrada, reclusa (v. ANACORETISMO) en S. Gallo; S. Onofrio de Belforte, que vivió según las normas de la ascesis basiliana en Chao; los S. Pelagio, Arsenio y Silvano, e. de Eslonza; S. Juan de Oporto, que vivió como e. en Tuy; S. Pedro del Monte Athos; S. Alarico de Einsiedeln. La Regula solitariorum de fines del s. ix, escrita por Grimlaicus, es un documento interesante para conocer el estilo espiritual del eremitismo de esta época.c) Las congregaciones de ermitaños. No podemos pasar por alto aquí a hombres de talla como S. Romualdo (m. 1027; v.) fundador de la Camáldula y que, fiel a la antigua tradición, compara la soledad del anacoreta al martirio (v. CAMALDULENSES). S. Bruno (m. 1101; v.), fundador de los cartujos (v.) y que hizo del retiro y del silencio uno de los puntos clave de su Orden, llamada Ordo eremiticae vitae. S. Pedro Damián (m. 1072; v.), asceta severo y famoso hombre de Iglesia, fundador de Fonte Avellana. S. Juan Gualberto (m. 1073; v.), fundador de los e. de Vallumbrosa. S. Esteban de Muret (m. 1124), fundador de la Orden de Grandmont. S. Norberto (m. 1134; v.), fundador de los premonstratenses (v.). Guillermo de Vercelli (m. 1142), fundador de los benedictinos de Monte-Vergine. En fin, S. Celestino V (v.), que hacia 1246 fundó una colonia de e. en Sulmona.Todas estas congregaciones, a las cuales habría que añadir Citeaux (v.), Cluny (v.), Monte Luce, Monte Athos (v.), Einsiedeln, que conocieron formas diversas de eremitismo, dieron a la Iglesia un testimonio de renovación indiscutible, plasmado en la santidad de hombres como el b. Pedro Gubio, e. de Fonte Avellana en tiempos de Pedro Damián; S. Alberico de Ocri; S. Anselmo y S. Justo, e. de la Camáldula; S. Orlano, converso de Vallumbrosa; S. Juan de Organyá, e. premostratense de Bellpuig.La región de Normandía y Bretaña conoce en este tiempo (s. XI-XII) un importante movimiento eremítico. Entre los fundadores de colonias eremíticas que pronto evolucionaron hacia la observancia cenobítica cabe recordar a Vital, Roberto de Arbrissel, Pedro de Étoile, S. Bernardo de Tirón, Raúl de Futaie, S. Godrico, hombres éstos que sobresalieron tanto por su carisma de paternidad como por su espíritu de oración y retiro.Un balance exhaustivo de los santos e. no podría ignorar la existencia de órdenes que se esfuerzan por conservar en su seno elementos de la espiritualidad eremítica tales como: agustinos (v.), servitas (v.), jerónimos (v.), silvestrinos. Y entre los muchos santos no afiliados a una congregación podrían mencionarse: S. Domingo de la Calzada (v.), S. Gencio de Beaucet, S. Alberto de Crespín, las reclusas S. Cristina de Markgote y b. Naberilla de Mehreran.d) Testimonios desde el s. XV hasta nuestros días. Aunque la vida eremítica tiende a decrecer, en pleno Renacimiento se encuentra la figura del ven. Pablo Giustiniani, reformador de los camalduleses, que insertó la disciplina eremítica en una estructura cenobítica. Espirituales como Ruysbroeck (v.), Juan de la Cruz (v.), Ignacio (le Loyola (v.) y otros, realizan en su vida no pocos de los rasgos típicos de los que hemos visto constituía el nervio de la vida eremítica: plegaria contemplativa, soledad, esfuerzo personal de ascesis.Entre los s. XVI-XVIII, al lado de las formas más o menos institucionalizadas de eremitismo, centros como Athos, Montserrat (v.), o regiones como el Trentino, Tréveris, Borgoña, Mallorca, Córdoba, conocen una floración notable de vida eremítica. Entre los santos pueden señalarse: S. Simón (m. 1609), Pedro Seguín (m. 1636), F. Charteuil del Líbano (m. 1644), Miguel de S. Sabina (m. 1650), S. Benito José Labre (v.), el famoso e. peregrino (1748-83), S. Serafín de Sarov (m. 1883; v.), gran espiritual entre los estarets rusos, b. Charbel Makhluf (m. 1898), entre los maronitas del Líbano. En fin, Charles de Foucauld (m. 1916; v.) y su discípulo Albert Peyriguère (m. 1953). V. t.: ANACORETISMO; ESTILITAS; MONAQUISMO.CEBRIÀ M. PIFARRÉ.
BIBL.: Fuentes: SOZOMENO, Historia Ecclesiastica (PG 67,8441624); PALADIO, Historia Lausiaca (ed. C. BUTLEB, Cambridge 1904); RUFINO, Historia monachorum (PL 21,391-462); JERÓNIMO, Vita S. Pauli, Vita S. Hilarionis (PL 23,17-54); Apoplneginata Patrum (PG 6571-440); ATANASIO, Vita Antonii (PG 26,837-977); TEODORETO, Religiosa Historia (PG 82,1284-1996); GREGORIO DE TOURS, De Vita Patrun: (PL 71, 1009-1096); EUCHERIUS, De laude Eremi (PL 50,701-712). Estudios generales: J. BREMOND, Les Pères du désert, París 1927; L. GOUGAUD, Ermites et Reclus, Ligugé 1928; A. STOLZ, L’ascesi cristiana, Brescia 1943; R. DRAGUET, Les Pères du désert, París 1949; Bienheureuse solitude, n, especial de "La Vie Spirituelle", Sup. (1952) n, 78 y (1959) n, 50; H. HENNE, Documents et travaux sur 1’Anachorèsis, Viena 1956; C. LIALINE, P. DOYERE, Érémitisme, en DSAM IV (1960) 936-982 (fundamental); J. LECLERCQ, Problèmes de 1’érémitisme, "Studia Monastica" 5 (1963) 197-212; ÍD, La vie érémitique d’après la doctrine du bienheureux Paul Giustiniani, París 1955; VARIOS, Historia de la espiritualidad, I, Barcelona 1969, 500-602, 661-732 y 882-934; L. BOUYER, Introducción a la vida espiritual, Barcelona 1964, 243 ss.
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