El Dorado
Categoria:
Cultura
Leyendas de oro hubo en América muchas. Pero una caló muy hondo. Su nombre se extendió tanto que se transformó en signo de esplendor. Esta leyenda fue la de El Dorado, que tenía por base una historia que corría entre los chibchas, y que se refería a un cacique, el de la laguna de Guatavita, que siguiendo una antigua costumbre o rito religioso, solía espolvorearse de oro antes de sumergirse en la laguna sagrada, a la cual echaban ricas ofrendas. Por qué el nombre y el cuento se extendieron tan rápidamente, es muy sencillo. Los soldados de Belalcázar, que conocían la leyenda, se encargaron de contársela a los de Federman y Jiménez de Quesada en el casual encuentro de los tres ejércitos en la sabana de Bogotá en 1538. La leyenda de El Dorado se divulgó como reguero de pólvora entre los conquistadores, de aquí que se alzase en toda la geografía americana y no sólo se redujese a la ceremonia chibcha, sino con este nombre se buscase muchas cosas. Unas veces sería un príncipe; otras una región (Omagua); otras una laguna por localizar (Parime); otras una ciudad vagabunda (Manoa); otras, las más, una ilusión.A la captura de estas distintas concepciones partieron diferentes expediciones, también por diversas regiones. El primer núcleo que funciona en atención a E. es Quito, de donde sale Sebastián de Belalcázar (v.) rumbo a la meseta de Bogotá tras la historia del cacique. Cuatro años más tarde Gonzalo Pizarro -hermano del conquistador del Perú- marcha tras E. y País de la Canela. 20 años después, en 1560, Pedro de Ursúa, con los títulos de gobernador de los Omaguas y Dorado, llevaría el mando de otra expedición. Del núcleo de Quito todavía intentará salir una nueva expedición en 1589. Ésta es la de Agustín de Cepeda, hermano de la Santa española Teresa de Jesús. El segundo centro de expansión doradista es el Nuevo Reino de Granada. De Santa Fe de Bogotá o de Tumja arrancaron huestes hispanas comandadas por los hermanos Quesada. Uno, Hernando, inmediatamente después de 1538; el otro lo hace años más tarde, en 1569.De tierras colombianas el mito pasa a Venezuela, donde se mezclará con la ilusión del Meta. En la larga cadena de expediciones, el primer eslabón se llamará Enrique Alfinger, a quien siguen Jorge Spira, Federman (1539) y Felipe Von Hutten en 1541. Por fin E., cansado también de su loca carrera, buscará un asiento fijo. Éste será, durante los s. XVII y XVIII, la Guayana, uno de los pocos lugares que quedaban por explorar. Aquí el mito lo mismo será una ciudad, Manoa, que un lago, Parime, o las dos cosas juntas: la ciudad de Manoa asentada a la orilla del lago Parime. Las expediciones que se realizan a partir de este momento tienen ya un carácter distinto. En los s. XVII y XVIII no se pensará en el Dorado sólo como región de oro, sino como región que estaba sin poblar por la corona de España y que era necesario ocupar y colonizar, máxime si tenía aquella riqueza de la que se hablaba. La fiebre del oro que impulsó a los conquistadores del s. XVI ya está superada. Por otro lado, en los s. XVII y xVIII se recorta una figura prototipo en la búsqueda del Dorado, cosa que no ocurre en el s. XVI, donde cada expedición tuvo su personaje.En el s. XVII, las expediciones hacia Manoa se centran en dos figuras: el español Berrío y el inglés Sir Walter Raleigh. Ambos tuvieron como preámbulos los fallidos intentos de penetración al Meta de Ordás (1530), Ortal, Sedeño, Herrera, Serpa y Maraver de Silva (1569). De las tres expediciones de Berrio (1584, 1587 y 1590-91), solamente la tercera tuvo éxito y penetró en la Guayana; allí hubo de luchar primero en 1591 y después en 1603, con el famoso pirata Raleigh, que buscaba lo mismo que él. En el s. XVIII un gobernador de la Guayana, Centurión, corre tras la quimérica Manoa. La primera expedición (1771) no alcanzó la cima del cerro Dorado tras el cual la fantasía había ubicado la famosa ciudad; la segunda (1733) sí, y lo que vieron terminó con la leyenda, porque no había ninguna ciudad fabulosa, sólo sabana y monte.V. t.: MITO III.H. RUIZ GIL.
BIBL.: C. BAYLE, El Dorado Fantasma, Madrid 1930; C. BAYO, Los Caballeros del Dorado, Madrid 1915; H. Ruiz, La búsqueda de Eldorado por Guayana, "Anuario de Estudios Americanos", vol. XLV, Sevilla 1959.
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