Éfeso, Concilio de HIST.
Categoria:
Historia
Tercer Conc. ecuménico, celebrado en junio-julio del a. 431 en Éfeso, antigua ciudad de Jonia cerca del mar Egeo, que condenó a Nestorio (v.) por admitir dos personas en Cristo y negar la maternidad divina de María.l. Preámbulos. La doctrina controvertida. En las controversias cristológicas que fueron apareciendo después de la lucha sobre los problemas trinitarios, Apolinar de Laodicea (v. APOLINARISMO), miembro de la escuela de Alejandría de tendencias místicas y platónicas, había enseñado desde el año 360 aproximadamente que el Verbo Encarnado tenía una sola naturaleza, la del Logos, hecha carne, sin que se pudiera hablar propiamente de que se había hecho hombre. De los tres elementos (carne, alma animal y alma intelectual) que componían la naturaleza humana según los platónicos, el último, el nous, no existía en Cristo, sino que sería reemplazado por el Logos, es decir, por la persona divina de Jesús. Esta doctrina errónea fue combatida por la escuela de Antioquía (más aristotélica), especialmente por Teodoro (v.), obispo de Mopsuestia (m. 428), que es el padre de un sistema defendido ulteriormente desde el 428 por Nestorio, obispo de Constantinopla. Este sistema, llamado nestorianismo, será el objeto del anatema de Éfeso. A partir de los últimos meses del 428, Nestorio, más orador que teólogo profundo y que carecía frecuentemente de moderación, se puso a propagar sus teorías. Un sacerdote de nombre Anastasio, que le había acompañado a la capital, predicó públicamente que la denominación Theotokos que se daba habitualmente a María era un contrasentido. Ésta era sólo la madre del hombre Jesucristo: anthropotokos. A lo más se la podría llamar Christotokos. Era la misma doctrina de Nestorio. Criticado vivamente por el’clero y la muchedumbre, Anastasio fue defendido por su obispo amigo, quien, con la ayuda del emperador Teodosio II, reprimió con violencia todas las protestas. Pero los monjes, escandalizados e indignados, informaron de esto a sus colegas de Egipto. Esta circunstancia, unida a muchas otras, introdujo a S. Cirilo de Alejandría, en la lucha cristológica.Habiéndose enterado de las intrigas del innovador, S. Cirilo, en su homilía pascual del 429 y en sus escritos, puso en guardia a sus fieles contra el nuevo error. Lo mismo hizo con la corte imperial. Además, envió dos cartas a Nestorio con la esperanza de que volviera a los caminos de la fe tradicional. Sólo recibió respuestas ásperas. Finalmente, expuso toda la controversia en una larga memoria dirigida al papa Celestino I, adjuntando un Commonitorium, que refutaba los errores de su adversario, y los escritos y cartas que él había consagrado a esta cuestión traducidas al latín. Pero, entretanto, Nestorio había informado ya por carta al Papa y le había pedido la convocación de un Conc. que demostrase su inocencia. Informado por ambas partes, Celestino en un Conc. de obispos occidentales celebrado en Roma en agosto del 430, condenó como herética la doctrina de Nestorio y le amenazó con la excomunión en el caso de que no se retractara de su error. Con un gesto tal vez poco psicológico, el Papa ordenó además a Cirilo que ejecutase la sentencia romana y notificase la amenaza a Nestorio (Kirch, n° 790). En consecuencia, Cirilo reunió en Alejandría un sínodo de obispos egipcios en donde se redactó una carta sinodal, fechada el 3 nov. 430, destinada a Nestorio, que terminaba con los 12 anatematismos que se han hecho célebres después (Denz.Sch. 252-263).2. Desarrollo del Concilio. Antes de comenzar, importa señalar que es el primer Conc. ecuménico cuyas actas se han conservado. Se hallan en muchas colecciones conciliares, unas griegas, otras latinas. Las unas son primitivas, las otras más recientes y realizadas a partir de las antiguas. Nos ofrecen datos históricos preciosos, no sólo relativos al concilio, sino también (aunque frecuentemente con manifiesta parcialidad) al caso Cirilo-Nestorio. Su edición y los estudios hoy día muy avanzados en este terreno, han aportado muchas cosas nuevas en la cuestión que nos ocupa. Se puede encontrar una lista analítica y razonada de las diversas colecciones en DHGE XV,561562. La más importante con mucho, así como también la más considerable, es la Coll. Vaticana (griega), editada íntegramente por E. Schwartz.El concilio y el Emperador. Antes que el ultimatum de S. Cirilo dirigido a Nestorio llegase a Constantinopla, éste había buscado apoyo en el Emperador, que le era favorable. Teodosio II, presionado por el innovador así como por las quejas formuladas contra su obispo por los monjes constantinopolitanos, convocó por medio de un decreto del 19 nov. 430 un Conc. general para Pentecostés (7 de junio) del 431, en Éfeso. Sin duda, ni S. Celestino ni S. Cirilo habían querido llevar el asunto tan lejos. La carta circular iba dirigida de común acuerdo con el Emperador de Occidente, Valentiniano III, a todos los metropolitanos, y se les ordenaba estrictamente que fueran a Éfeso con algunos de sus sufragáneos con el fin de resolver las controversias y los asuntos pendientes. Teodosio envió también una severa carta al patriarca de Alejandría en la que no faltaban las amenazas; en ella se evidenciaba que Nestorio había predispuesto al Emperador contra él. Esta carta debía dar la impresión de que S. Cirilo era llamado al Conc, no como juez, sino como acusado. Se conserva además otro documento imperial, la Sacra, que da instrucciones precisas al conde Candidiano, que figuraría como protector y como representante personal del Emperador en-el Conc. Le da poderes muy amplios en lo referente a la vigilancia exterior y al reglamento de la asamblea, así como en lo referente al programa y al orden del día que se había de seguir en los debates, los cuales tendrían por objeto, antes que cualquier otro asunto eclesiástico, el examen prescrito de la cuestión dogmática (Schwartz, Acta Conc. oecum., I, vol. I, 1ª, 120-121; Mansi, IV,1117 ss.). No habiéndonos llegado ninguna legislación anterior que concierna a los Concilios antiguos, la Sacra arroja una luz especial sobre la delicada cuestión de la intervención del Emperador en materia conciliar, así como sobre el procedimiento a seguir en estas reuniones sinodales. Según J. Liébaert (o. c. en bibl.), este procedimiento (lo mismo que el de los primeros concilios en general) estaba calcado del que se observaba en el Senado. El papel del presidente consistía, en principio, en hacer un informe sobre el asunto tratado y en dar lectura de todo lo que a él se refería, de las sentencias individuales y del decreto conforme a la mayoría de los votos. En la práctica, sin embargo, este papel en las asambleas eclesiásticas no se limitó a estas funciones.En Occidente, el llamamiento imperial no tuvo ningún éxito. Quizá se debió en parte al espíritu más práctico de los occidentales que apenas se interesaban por las perpetuas disputas bizantinas de orden especulativo. El papa Celestino, que fue invitado, respondió a Teodosio que no podía ir al Conc., pero que se haría representar por sus legados. África, asolada por los vándalos envió solamente al diácono Bessula representando a Capreolo, obispo de Cartago. S. Agustín, celebridad teológica, había recibido una invitación, pero todavía se ignoraba en Constantinopla que acababa de expirar el 28 ag. 430. Ni Valentiniano III, ni Teodosio II estaban presentes en el sínodo. De los 200 obispos que participaron aproximadamente, la gran mayoría pertenecía, pues, a la Iglesia de Oriente, comprendido Egipto.Si el Emperador parecía tener en sus manos los destinos del sínodo, Celestino I, por su parte, había dado instrucciones muy precisas a sus legados. Éstos eran dos obispos, Arcadio y Proyecto, y el sacerdote Felipe, su representante personal. Les in llcó expresamente que afirmasen la primacía de la sede apostólica, que se comportasen como jueces y no como controversistas, y que se sometiesen a la decisión papal contra Nestorio. Por lo demás, debían mantenerse estrechamente unidos al patriarca de Alejandría, que trabajaría para obtener la retractación del incriminado. Por esta razón se habían suspendido provisionalmente las acusaciones y no tendrían su efecto sino en el caso en que éste perseverase en su obstinación.La primera sesión. El Conc., que debía tener lugar el 7 jun. 431, no pudo comenzar debido al retraso de bastantes metropolitanos. El grupo de Juvenal de Jerusalén y el de Flaviano de Tesalónica no podían llegar sino algunos días después de la fecha fijada. Más delicado era el caso del protector de Nestorio, es decir, el patriarca Juan de Antioquía, con los obispos que le acompañaban. Su retraso no estaba claro. Sin embargo, dos sufragáneos de su grupo conocido con el nombre de los Orientales vinieron a declarar en nombre de Juan que no se debía diferir el Conc. en el caso de que él llegase más tarde del día previsto. Juan de Antioquía y los suyos llegaron a su destino el 26 de junio. Entre los que se habían presentado a tiempo, hay que señalar a Nestorio, acompañado de 16 obispos y de una fuerte escolta; a S. Cirilo, acompañado de 50 sufragáneos y de un cortejo personal y de marinos, y, finalmente, su amigo, Memnon, obispo de Éfeso, con 40 de sus sufragáneos y 12 obispos de Pamfilia. Los legados pontificios, todavía ausentes, sólo pudieron llegar a la asamblea el 9 de julio.La sesión primera, que determinó toda la evolución de la parte dogmática del Conc., tuvo lugar el lunes 22 de junio. En efecto, S. Cirilo, cansado de esperar la llegada del grupo de Juan de Antioquía y de los legados del Papa, declaró abierta la asamblea en presencia de 154 obispos, más el diácono africano Bessula. Creyó que tenía derecho para hacer esto, pues, por una parte, el citado Juan acababa de declarar que el sínodo podía comenzar si él tardaba demasiado, y como, por otra parte, los legados pontificios no habían llegado, quedaba él como representante jurídico del Papa, quien le había encargado en el Conc. romano de agosto del 430 que ejecutase la sentencia infligida a Nestorio. Pero el comisario imperial Candidiano, ya el día anterior, se había creído autorizado, a su vez, para negar este derecho, alegando que, según el tenor de las instrucciones imperiales, las decisiones debían ser tomadas en común por todos los miembros. Esta postura recibió el apoyo de una importante fracción de obispos, en número de 68. Sin embargo, S. Cirilo, de común acuerdo con Juvenal de Jerusalén, mantuvo su decisión. La reunión tuvo lugar bajo su dirección desde por la mañana, en la gran iglesia de Santa María. (Los efesinos tenían una gran devoción a la Virgen, debido sobre todo a que, según una tradición, ella habría muerto en su ciudad.)Los actos de la primera sesión pueden resumirse como sigue. Después de la intervención prohibitiva y tumultuosa, pero no tenida en cuenta, de Candidiano, se entabló la discusión dogmática. Se dio lectura a todas las partes del proceso, después al símbolo de fe niceno-constantinopolitano y a la segunda carta de Cirilo a Nestorio (PG 77, 44-49); después se dio a conocer el texto de la respuesta de Nestorio contra Cirilo (ib. 49-57). La carta de Cirilo fue declarada unánimemente conforme al símbolo de Nicea, mientras que la de Nestorio incurrió en la reprobación general, como impía y no conforme a la fe católica. Se leyó igualmente la carta sinodal que Cirilo envió a Nestorio el 3 nov. 340 (Epist. 17) con ocasión del Conc. de Alejandría, y que contenía los 12 anatematismos. Fue bien acogida, si bien diversos historiadores señalan que no está demostrado que fuera especialmente aprobada por los obispos. Después de los votos, fueron leídos una serie de pasajes patrísticos reunidos por el patriarca de Alejandría, contrarios a las teorías de Nestorio y una colección de textos del hereje mismo. Finalmente, después de haber intentado en vano que compareciera el incriminado y se retractara, la asamblea fulminó contra él el anatema y acordó su deposición. El decreto fue firmado por 197 Padres, pues unos cuarenta se habían unidos ya a los 155 del principio. El decreto comienza con et>tas palabras: "Apremiados por los cánones y por las cartas de nuestro santísimo padre y colega, Celestino, obispo de Roma, nos hemos visto obligados, con lágrimas, a tener que llegar a esta triste sentencia" (Mansi IV,1211 ss.). Según S. Cirilo (Epist. 24: PG 77,137), la noticia la recibieron los efesinos, devotos de María, con gran alegría. La ciudad se iluminó y a la luz de innumerables antorchas acompañaron a los obispos hasta sus casas.El conciliábulo de los orientales. Tal es la denominación de la contraofensiva que se desplegó algunos días más tarde. En efecto, la brillante victoria lograda en la primera sesión no duró mucho tiempo. Nestorio se quejó de su condenación en una carta dirigida al Emperador y firmada por seis obispos. Y lo que todavía fue más grave, el viernes 26 de junio, Juan, patriarca de Antioquía, llegó por fin a Éfeso con sus sufragáneos orientales (llamados así en oposición a los alejandrinos). Candidiano, por su parte, había expresado a la corte su descontento en términos muy hostiles a la primera asamblea y a sus jefes, y puesto todos los medios para que se anulasen las decisiones que se habían tomado. Acogió cordialmente a Juan y a su séquito y reunió inmediatamente en su casa un conciliábulo, al que se unieron un cierto número de obispos que se habían pronunciado juntamente con él en contra de la apertura del Conc. el 22 de junio. Eran 53 (según otra versión eran solamente 43). En este conciliábulo se tomó la decisión de deponer a S. Cirilo y a su ferviente consejero Memnon, obispo de Éfeso, así como a todos sus partidarios; después se decidió romper la comunión con ellos mientras no reprobasen los 12 anatematismos. Para obtener mejores resultados habían tenido el cuidado de no mezclar en esto el nombre de Nestorio. Habiendo recibido el Emperador tanto el informe de éstos como el de la asamblea de los ortodoxos, despachó inmediatamente una carta muy severa por la que anulaba toda decisión de cualquiera de las dos partes, y dio orden a los obispos de no abandonar la ciudad antes de que se hiciese una seria investigación sobre todo lo que había pasado.El comportamiento de Juan y de su grupo se hace acreedor de un juicio severo. Su arrogancia superó con mucho todo lo que hubiera podido reprocharse a la manera de comportarse de Cirilo y de la primera sesión. Depusieron al patriarca y a su consejero sin darles siquiera oportunidad para que se defendieran. Condenaron los 12 anatematismos como si éstos hubiesen recibido la aprobación formal de los Padres. En pocas palabras, su minúsculo conciliábulo separatista se erigía como juez de la Iglesia universal. Toda esta lamentable revuelta parece que se debió al estado de ceguera en el que Nestorio los había sumergido. Éste les había hecho creer que su caso estaba arreglado con Roma desde hacía mucho tiempo, pues después de una carta dirigida al Papa, había aceptado en diciembre del 340 el término Theotokos. Se sabe que esta aceptación suya no era convincente. Demasiado alejados de Roma y también de Alejandría para informarse objetivamente del debate en cuestión, engañados además por el incriminado, se imaginaban quizá de buena fe, y sin por ello apoyar formalmente el nestorianismo, que la investigación sinodal de Éfeso se iba a pronunciar no sobre la doctrina de Nestorio, sino sobre la del patriarca de Alejandría que, en la opinión de ellos, propagaba una nueva forma de error apolinarista.Las sesiones segunda y tercera. Tuvieron lugar en la mansión episcopal del obispo del lugar, Memnon, pues las recientes disposiciones del Emperador impedían celebrar una reunión que fuese demasiado ostensible. La primera tuvo lugar el 10 de julio. La llegada, el día anterior, de los tres legados pontificios había supuesto un refuerzo. Traían una carta del Papa que pedía a la asamblea que promulgase, sin más, la sentencia que el Conc. romano había pronunciado ya contra Nestorio el año anterior. La noticia supuso un gran alivio para la asamblea: "He aquí la verdadera sentencia. Demos gracias al nuevo Pedro, Celestino; al nuevo Pablo, Cirilo; a Celestino, el guardián de la fe..." (Mansi IV,1287). Los legados pidieron que les diesen a conocer las actas de la primera sesión con el fin de examinarlas y "para que pudieran confirmarlas" (ib. 1289). Al día siguiente, en la tercera sesión general, pidieron, siguiendo en esto las instrucciones de S. Celestino, que las actas fuesen leÍDas en público. Después declararon canónico el anatema lanzado contra Nestorio. En esta ocasión, el sacerdote Felipe, representante del Papa, fue el primero que tomó la palabra y subrayó en términos sublimes la primacía de la sede apostólica romana: "A nadie es dudoso, antes bien por todos los siglos fue conocido que el santo y bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia católica, recibió las llaves del reino de manos de Nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor del género humano, a él le ha sido dada potestad de atar y desatar los pecados; y él en sus sucesores, vive y juzga en el presente y siempre" (Denz. 112). Todos los Padres hicieron suya esta afirmación solemne (Mansi IV, 1296; Schwartz, Acta, I, vol. I, 3ª, 106).Las cuatro sesiones siguientes. Son mucho menos importantes. Excepto la sexta, se celebraron de nuevo en la iglesia de Santa María. Al patriarca de Alejandría se le considera como el que en esta ocasión ocupa el puesto del pontífice de Roma. Se trató de Juan de Antioquía y de su conciliábulo. Como Juan y 33 de sus partidarios se negaban obstinadamente a comparecer, a pesar de que habían sido requeridos en distintas ocasiones, el Conc. les excomulgó en la sesión quinta (17 de julio). Eran unos treinta. El Conc. tomó también un pequeño número de decisiones relativas al Derecho canónico (cfr. sobre este tema G. Bardy, Dict. de droit can., 1953, V,362-364). El 22 de julio, en la sesión sexta, se prohibió severamente componer o difundir cualquier fórmula de fe diferente de la de Nicea (Denz.Sch. 265-266). Evidentemente, esta decisión afectaba solamente a los particulares, comprendidos los sacerdotes y los obispos; no afectaba a la autoridad eclesiástica suprema ni a un concilio general. El de Calcedonia, p. ej., promulgó en el 451 una nueva fórmula. La sesión séptima y última (31 de julio, fechada incorrectamente el 31 de agosto) promulgó además seis cánones, dos de los cuales se referían a los pelagianos, y a los nestorianos y pelagianos (Denz.Sch. 267-268).3. Acuerdo final. El Conc. se terminó practicamente con la sesión séptima, pero no se terminó su historia. El versátil Teodosio II ratificó las actas del Conc. general y las del conciliábulo. Como consecuencia, arrestó no sólo al hereje sino también a Cirilo y a Memnon. Sin embargo, al cabo de tres meses, influenciado por los amigos del partido ortodoxo, se distanció de los antioquenos y liberó a los dos últimos, manteniendo la deposición de Nestorio. Disolvió definitivamente el Conc. sin tomar decisiones precisas. Pero el dogma de Éfeso triunfaría dos años más tarde. Las reiteradas tentativas y negociaciones terminaron finalmente en el acuerdo del 433 o Formula unionis. En ella S. Cirilo sacrificó algunas expresiones accidentales que le eran particularmente queridas, mientras que Juan de Antioquía con un gran grupo de Orientales consintió en condenar a Nestorio. Se aceptó el término Theotokos con toda la doctrina que comporta. Esta doctrina, reivindicada valientemente por Éfeso, coronó la obra de Nicea (v.). Se preparó así, indirectamente, el formulario teológico-especulativo que expresará de una manera afortunada el mismo dogma en el Conc. de Calcedonia (v.) 20 años más tarde. Para terminar, debemos subrayar la gran importancia de la primacía de la sede apostólica romana (v. PRIMADO DE SAN PEDRO), aceptada espontáneamente y por unanimidad por los Padres de Éfeso.V. t.: NESTORIO Y NESTORIANISMO; CIRILO DE ALEJANDRÍA, SAN.ALCÁNTARA A. MENS.
BIBL.: PG 75-77 (tratados y correspondencia de S. Cirilo); F. NAU, Livre d’Héraclide de Damas (trad. francesa de la versión siriaca de la obra polémica de Nestorio, publicada por P. BEDJAN), París 1910; Mansi IV,567 ss. y V,1-1062; E. SCHWARTZ, Acta conciliorum oecum. 1. Concilium universale Ephesinum, I-V, Berlín 1922-29; C. HEFELE-H. LECLERCQ, Hist. des cono., II, París 1908, 219-422; M. JUGIE, Nestorius et la querelle nestorienne, París 1912; ÍD, Éphése (Concile de), en DTC V,137-163; E. SCHWARTZ, Cyrill und der Monch Viktor, Viena 1928; A. D’ALÉS, Le dogme d’Éphése, París 1931; J. LEBON, Autour de la définition de la foi au concile d’Éphése, "Ephemerides Theologicae Lovanienses" 8 (1931) 393-412; E. AMANN, Nestorius, en DTC X1,76-157 (especialmente 109-130); I. RUCKER, Studien zum concil. Ephesin., I-IV, Oxenbron 1930-34; J. LIÉBAERT, La doctrine christologique de S. Cyrille d’Alexandrie, Lille 1951; A. GRILLMEIER y H. BACHT, Das Konzil con Chalkedon, Geschichte und Gegenwart, 1-III, Wurzburgo 1951-54 (especialmente 1,159-164; 11,768; 111,843-847); I. ORTIZ DE URBINA, 11 dogma di E/eso, "Rev. des Études byzant." 11 (1953) 233-240; L. ABRAMOWSKI, Der Streit um Diodor und Theodor zwischen den beiden ephesinischen Konzilien, "Zeitschrift fur Kirchengeschichte" 57 (1955-56) 252-287; H.-M. DIEPEN, Les douze anathématismes au concile d’Éphése et jusqu’en 519, "Revue Thomiste" 55 (1955) 300-338; J. LIÉBAERT, Éphése (concile de), en DHGE XV,561-574.
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