Edwards Bello, Joaquín
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Biografía GER
Novelista y periodista chileno. N. en Valparaíso el 10 mayo 1887 y m. en Santiago de Chile, 19 feb 1968. Heredero, por línea paterna, de una opulenta familia de banqueros y, por línea materna, del talento profusamente manifestado en la descendencia de D. Andrés Bello (v.), encarna Joaquín Edwards la figura del joven de la clase alta que reacciona contra su medio, como Vicente Huidobro (v.) y Benjamín Subercaseaux (n. 1902), y, amando mucho a su país, vive criticándolo con acritud y constancia hasta el fin.Empezó, allá por 1910, con dos novelas, El inútil (1910) y El monstruo (1912), que produjeron escándalo en su tiempo. Y prosiguió, siempre al margen, observando una actitud agresiva y opositora, tanto en sus novelas posteriores como en su labor periodística en La Nación, que le valió brillante nombradía nacional e internacional.Las influencias que operan sobre él oscilan, desde el comienzo, entre Blasco Ibáñez (v.), que celebró su aparición viendo en él un discípulo, y Eca de Queiroz (v.), por la ironía acerba y antirreligiosa. Su estilo es directo, polemizante; la prosa improvisada y rápida, arrastradora; la observación, a veces, muy aguda, en ocasiones banal. Nunca estuvo contento de nada, ni de sí mismo, aunque la vasta popularidad que consiguió le ofrecía razones de complacencia que otros habrían estimado, lo que no excluía la certidumbre, incluso un tanto exagerada, de su propio valer.Sin mezclarse en la lucha política, independiente de los partidos, gravitaba hacia la izquierda con un ardor vibrante, casi revolucionario, de apóstol. Estaba cargado de una electricidad que necesitaba desahogar y sus puntos de ataque eran infinitos, como abigarrada y pintoresca su información.Se educó en Inglaterra, vivió mucho en Francia y en España, como se refleja en sus novelas autobiográficas Criollos en París (1933) y El chileno en Madrid (1928), desordenadas y sabrosas; pero la mayor parte de su existencia transcurrió en Santiago de Chile, lanzando ataques encendidos desde su trinchera periodística. Ahí se hallaprimera, se han difundido unas doctrinas extrañas y confusas. Según cabe colegir del conjunto de datos bíblicos y extrabíblicos que hoy día poseemos, tales doctrinas debían sostener que el gobierno del universo está regido por unos poderes celestiales, intermediarios entre Dios y los hombres, poderes espirituales que se clasifican en especies jerárquicas, de modo que cada uno, según su rango, interviene en el desarrollo de la historia humana y cósmica. Incluso, por este conjunto de ideas, se debieron especular cosas peregrinas acerca del misterioso ser de Cristo-Jesús y de su función dentro de un enmarañado sistema cosmológico. La información de Epafras (cfr. Col 1,7-8; Philm 23) es suficiente para que Pablo aprecie, la gravedad de la cosa y se dé cuenta de que está fret te a lo que podemos considerar como la infiltración del as primeras manifestaciones de un sistema filosófico-religioso, que no debe distar ya mucho de lo que en el s. II tenemos documentado como la gnosis (v.). Todo ello ha hecho impacto en algunos espíritus más inquietos de las recientes comunidades del Asia Menor. Pablo ha tenido ya ocasión, en su tan asenderada vida, de encontrarse con esos complejos mundos ideológicos e intuye rápidamente sus consecuencias en las recientes comunidades cristianas: debe velar por la defensa de la verdadera doctrina en sus iglesias. La crisis, pues, de Colosas, como años antes la de Galacia (v. GÁLATAS), excita el pensamiento de Pablo fecundado por la gracia divina. Reemprende entonces sus altas meditaciones sobre el misterio de Cristo, que había comenzado en el camino de Damasco y que alcanza quizá su punto culminante en el texto de Eph.Al escribir E., Pablo piensa en las comunidades del Asia Menor. Así es como Tíquico es encargado de hacer circular esta carta por las diversas comunidades (cfr. Eph 6,21; Col 4,7; Act 20,4). De ahí que, contrariamente a su costumbre, Pablo omita saludos y referencias a personas concretas: la lista se haría interminable y aún se olvidaría de mencionar a algunas, con la consiguiente y previsible tristeza de éstas. Efeso, la capital de la región, es probable que tuviera las primicias de la lectura de esta carta circular: aquí parece radicar la causa de que la más antigua tradición cristiana haya puesto como destinatarios primeros a los efesios.Contenido general. Saliendo al paso de todas esas elucubraciones, Pablo reemprende en la carta a los E. el argumento poco antes expuesto en Col, pero ahora más matizado, desarrollado y glosado. Pablo afirma de muchos modos y en diversos textos que Cristo Jesús es la cabeza Je rudos los seres, tanto de los terrestres como de los celestiales: su Señorío es absoluto y de un grado infinii amente superior al de todo cuanto existe en la creación (cfr. Eph 1,9-10.19-22). Esta es la intención que parece principal en la epístola, juntamente con las consecuencias soteriológicas implícitas en la misma (v. SOTERIOLOGÍA). E. va explicando, en tono no polémico, cómo la humanidad es una en Cristo y cómo existe un designio salvador de Dios, que se realiza en Cristo Jesús y, subordinadamente a él, a través también del instrumento universal de salvación que Cristo se crea y que es la Iglesia. E. considera que los redimidos, judíos y gentiles, forman un solo cuerpo, que está como ascendiendo de la tierra al cielo, hacia su cabeza, que es Cristo. En suma, E. constituye la cúspide de la concepción cristológica y eclesiológica de S. Pablo.Esquema temático de la epístola. Los autores suelen apreciar en E., como en otras epístolas paulinas, dos partes sucesivas: en la primera (Eph 1,3-3,21) predomina el contenido doctrinal o dogmático, mientras en la segunda el Apóstol extrae las consecuencias parenéticas y las aplicaciones morales y ascéticas. Ahora bien, esta división en dos partes no debe ser urgida ni tomada rígidamente, pues no parece que ese esquema fuera reflejo en la mente de Pablo. E. comienza con un himno o benedictus (1,3-14) de la mayor trascendencia: Pablo canta con entusiasmo la inefable bondad del Padre celestial en favor de la humanidad; antes incluso de la creación, el Padre nos amó, nos eligió y predestinó para llegar a ser hijos suyos por mediación de Jesucristo, su Hijo amado. Llegada la plenitud de los tiempos, Jesucristo hizo realidad el proyecto salvífico del Padre, siendo enviado por El y rescatándonos con su sangre, liberándonos del pecado y revelándonos en sí mismo el arcano misterio de la bondad divina, esto es, el misterio de nuestra salvación. Este misterio consiste fundamentalmente en la unificación y "recapitulación" de todas las cosas en Jesucristo, constituido cabeza vital y salvífica de todos los seres de la creación.Continúa la epístola rogando a Dios para que los fieles entendamos cabalmente este misterio de la salvación (Eph 1,15-23). Pasa a hablar de la admirable unidad de los diversos miembros dentro de un único cuerpo, la Iglesia, en el cual cuerpo toda disensión entre sus miembros ha quedado corregida por la fuerza unificante de Cristocabeza. La Iglesia aparece como una espiritual edificación, fundada sobre Cristo. Pablo da reconocida y humildemente gracias a Dios por haberlo escogido como instrumento suyo para ser el heraldo del anuncio a los gentiles de este misterio salvador, y ruega a Dios para que todos los fieles sean también llenos de esta sublime sabiduría y caridad y permanezcan firmes en la fe (Eph 3, 1-21).La segunda parte de E. subraya la unidad que han de vivir los fieles en la caridad, hasta hacer una realidad sentida la unión en un solo cuerpo, animado en el mismo Espíritu (Eph 4,1-6). Teniendo en cuenta Pablo las circunstancias de la mayor parte de los destinatarios, procedentes no hacía mucho de los ambientes viciados de la gentilidad, en los cuales necesariamente han de seguir viviendo, les advierte de las incompatibilidades de tales vicios con su nueva condición de llamados a la santidad (Eph 4,17-5,20). Contempla el Apóstol diversas situaciones en la vida y estados y enseña sus correspondientes deberes: cónyuges, padres e hijos, señores y siervos (5,216,9), deberes que se derivan de la nueva condición cristiana, de la nueva y estrecha relación de cada uno de los fieles con Cristo Jesús, y, por tanto, entre ellos mismos. Inspirándonos parcialmente en el esquema argumental que ha dado P. Benoit, podríamos representar el horizonte doctrinal de E. como un díptico: en el primer cuadro -que es el fundamental- se nos presenta a Cristo Jesús triunfante en el cielo (Eph 1,20) y cabeza de la Iglesia (1,22; 4,15; 5,23). Desde esa condición gloriosa, Jesucristo-cabeza, en el cual habita toda la ple. nitud de la divinidad, distribuye su fuerza vital al cuerpo para que éste pueda creer (4,16); edifica la casa, de la cual El es la piedra angular (2,20), casa-Iglesia a la que Jesucristo ama como a su esposa (5,28), y a la que se entregó en matrimonio (5,25) y la salvó (5,23), lavándola de toda mácula en el Bautismo (5,26). En el segundo cuadro se representa a la Iglesia salvada y ganada por Cristo mediante su sacrificio expiatorio, como hombre nuevo (2,15), como un cuerpo (2,16) sometido vitalmente a Cristo y en una relación de esposa a esposo (5,24). En esas circunstancias, la Iglesia va creciendo y desarrollándose como un cuerpo que recibe el principio vital y el alimento desde la cabeza (4,16). Otra visión, superpuesta y entrelazada en el segundo cuadro, nos muestra a la Iglesia como un edificio (espiritual) (2,20 ss), que se levanta y construye teniendo como meta "un hombre perfecto" (4,13); o bien nos presenta a la Iglesia como un templo santo, una morada de Dios (2,21 s).Los grandes temas de la epístola a los Efesios. 1) Jesucristo, cabeza de la creación. El Cristo contemplado en E. no es el puro Logos (v.) divino, sino Cristo-Jesús, el Dios-Hombre, que murió y resucitó. Repetidas veces se afirma en E., con toda claridad y fuerza expresiva, que ese Cristo es cabeza (kefalé), Señor (Kyrios), y Salvador (Sótér) de todos los seres creados. La capitalidad y señorío de Cristo sobre la creación no son meramente honoríficos, sino absolutos, de mando eficaz, ¡limitado, aunque amorosos. Ninguna realidad existente, ninguna criatura física, espiritual o moral puede sustraerse y marginarse del señorío, kyriotés, de Cristo. Pero la capitalidad universal de Cristo va enmarcada en E. en contextos de orden e interés soteriológicos. E. fundamenta de modo rico la capitalidad universal de Cristo; unas veces ésta es puesta en función de la Resurrección: es a partir de su Resurrección, como Jesucristo ha sido puesto por el Padre como cabeza de todo el cosmos; otrasa veces apunta a la razón más honda y radical: Cristo es cabeza de todo el cosmos porque en Él habita permanentemente toda la plenitud de la divinidad (aquí hay que sumar a E. ciertas expresiones contenidas en Col).El interés pastoral de E. se encamina a exhortar a los lectores a la vida de santidad cristiana. Para ello les pone ante la vista el misterio de la salvación en Jesucristo; esto es, un plan de salvación para toda la humanidad, que Dios Padre trazó antes de los siglos (desde la eternidad), pero que no ha sido revelado hasta ahora, nyn (el tiempo apostólico), precisamente porque es por medio de Jesucristo, cómo Dios Padre realiza ese plan salvífico. Secundariamente subyace cierto interés apologético de gran estilo frente a elucubraciones de la filosofía vulgarizada y tal vez de unas primeras manifestaciones de una gnosis incipiente (no documentada en la historia de la religión antes del s. II d. C.). E. no desciende a polemizar en detalles, sino que aborda el tema de la capitalidad universal de Cristo de modo radical y categórico: Jesucristo, cabeza salvífica, es el único Salvador de la humanidad. Desde Cristo-cabeza se difunde la salvación, a través de su cuerpo, no sólo a los miembros de su Iglesia, sino a toda la humanidad y a todo el conjunto de la creación.2) El misterio de la "recapitulación" de todas las cosas en Cristo. Eph 1,3-14 constituye como un himno o canto, como una obertura de toda la epístola. Por la forma es un himno de alabanza y acción de gracias a Dios (un benedictus). El motivo de alabanza es el plan de salvación en Jesucristo para toda la humanidad, que Dios Padre trazó desde la eternidad. Teológicamente este himno tiene su punto culminante en 1,9-10: "dándonos a conocer el misterio de su voluntad (de Dios Padre), según su benevolencia, que Él mismo se propuso, para realizarlos en la plenitud de los tiempos, de recapitular todas las cosas en Cristo, las de los cielos y las de la tierra...". Advirtamos que el verbo "recapitular" (anakefalaiósasthai), con su contexto inmediato aquí, indica muy probablemente la unión o conjunción (synáfeia, que comentaba S. Juan Crisóstomo) de todos los seres creados en Cristo, al ser puesto Jesucristo como cabeza (kefalé), o cima (kefálaion) de la creación. Todos los seres creados, que por el pecado habían sido descoyuntados y desunidos entre sí y respecto de Dios, son ahora, mediante la redención operada por Cristo, vueltos a unir entre sí al ser unidos con Dios por la unión con Jesucristo, y vivificados precisamente al ser constituido Jesucristo en cabeza de la creación entera; todos esos seres creados, como miembros integrantes de un solo organismo, se unen entre sí -según las concepciones fisiológicas de la épocapor la acción ordenadora, unificante y vivificadora de la cabeza. De este modo, Cristo-Jesús es el salvador de toda la creación, y en Él "se recapitulan todas las cosas".3) La eclesiología de Efesios. De la profunda cristología de E. se desprende su también profunda eclesiología. Aquí se ha trascendido completamente el concepto de iglesia como pequeña comunidad local hasta la contemplación del ser teológico más profundo de la Iglesia en su unidad y totalidad infraccionables. Con las imágenes de la Iglesia-cuerpo (sóma), plenitud (pléróma) y esposa (gyné) de Cristo, y sobre todo con el conjunto de enseñanzas y reflexiones eclesiológicas que aparecen en E., la función de la Iglesia, en la realización del misterio de la salvación en Cristo, se engrandece hasta alcanzar las inmensas dimensiones de ser el instrumento universal de salvación en manos de Jesucristo.J. M. CASCIARO RAMÍREZ.
V. t.: PABLO, SAN; NUEVO TESTAMENTO; CUERPO MíSTICO I. BIBL.: M. ZERWICK, Carta a los Elesios, en Col. "El N. T. y su mensaje", Barcelona-Madrid 1967; J. LEAL, Carta a los Elesios, en La Sagrada Escritura, Nuevo Testamento, vol. 2, Madrid 1962; J. M. GONZÁLEZ RUIZ, Cartas de la cautividad, Roma-Madrid 1956; J. M. CASCIARO, La "consecratio inundi" en las epístolas de la cautividad, "Nuestro Tiempo" n- 120 (junio 1964) 755-774; J. HUEY, San Pablo, cartas de la cautividad, Madrid 1966; P. BENOIT, Les épîtres de S. Paul aux Philippiens, à Philémon, aux Colossiens, aux Éphésiens, en Bible de Jérusalem, París 1949; A. MEDEBIELLE, Épître aux Éphésiens, en La Sainte Bible, XII, París 1951; H. SCHLIER, Der Briel an die Spheser, Ein Kommentar, Düsseldorf 1957.
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