Desnudo (Arte) ARTE
Categoria:
Arte
Género y especialización de las artes plásticas (escultura, pintura y técnicas afines), que tiene por fin la representación del cuerpo humano exento de vestiduras. De aquí los primeros prestigios del d., ya que las más antiguas versiones de la entidad femenina (las estatuillas paleolíticas que reciben los nombres de Venus de Willendorf y Venus de Lespugue) son figuraciones de hembras desnudas y monstruosamente deformadas por incesantes maternidades. También en el mismo periodo prehistórico aparecen figurillas masculinas totalmente desnudas en pinturas rupestres, pero un mayor nivel cultural impone el vestido, y, a excepción de Egipto y Asiria, será difícil hallar d., masculino o femenino, antes del gran arte griego, el responsable del mayor prestigio del género. Ha de entenderse que, durante su desarrollo máximo, Fidias, Praxiteles, etc., los helenos no iban más desvestidos que otros pueblos, pero se adoptaba esta fórmula de representación como homenaje a la belleza del cuerpo humano, dechado de perfecciones y canon ideal de conformación física, y por su deseable supervivencia mediante juegos atléticos y deportes. Ello, por lo menos, hasta la época helenística, en que el género pervive tanto por lo consignado como por motivos menos nobles. El arte hizo una versión nacional y más prudente del d., la que pudiéramos llamar del semidesnudo, como no fuera en las numerosas copias de lo griego.Tras ello, se olvidó el género del d. y, lo que es más grave para el arte cristiano, el canon de perfección humana que comportaba. La consecuencia es visible en el arte románico. En multitud de capiteles y bajorrelieves se encuentran d., pero aparte los de factura o influencia italiana, país en el que los dictados clásicos continuaron muy vivos durante el Medievo, resultan ser siniestros o grotescos. Aún fue mayor la dificultad de representar personajes d. en la pintura del mismo tiempo; pero como determinados temas (la creación del primer hombre, el pecado original) demandaban su inclusión, los artistas tuvieron que reinventar analíticamente el d. masculino y femenino, observando cada uno de los miembros y recomponiendo el conjunto. Tal es, al menos, la sensación que produce la versión más interesante de los temas aludidos, la de las pinturas murales del ábside de S. Cruz de Maderuelo (Museo del Prado). En otros ejemplos coetáneos, la observación puede ser más directa, pero no más conseguida. En cuanto al arte gótico, evidenció mayor familiaridad con el d., pero considerándolo como un hecho accidental y no como la verdadera e ideal contextura del cuerpo humano. O, si lo hizo, fue con una serie de prevenciones estilísticas en las que entraba en mucha parte la línea deseable en la mujer. Delgada, de pechos menudos y vientre prominente, tal cual la vemos en la Eva (Catedral de Zamora) de Fernando Gallego (v.); ése era el canon vigente en la pintura flamenca, y del que puede ser ejemplo correlativo la Eva de Jan Van Eyck (v.) en el políptico de S. Bavón, de Gante.Obsérvese que nos estamos centrando en el cuerpo femenino. El cuerpo masculino, del que hay mil ejemplos en otras tantas representaciones del Ecce Homo, de la Crucifixión, etc., era representado de forma poderosa, pero rara vez provista de apurado estudio anatómico. Ello conoce su final con el Renacimiento, en el que se vuelve al verdadero análisis del cuerpo humano, tanto por la convicción de la inexistencia de limitaciones de la iconografía, como por voluntad de continuar la tónica del clasicismo grecorromano. Lo mismo en la escultura (Donatello, A. Verrocchio) que en la pintura (Masaccio, Botticelli, Miguel Ángel), un nuevo y poderoso aliento, quizá de mayor sentido realista que el griego, anima y da forma a extraordinarios d., entre los que serán siempre inolvidables, en virtud de su fortaleza, los de Miguel Ángel. Reaparecen multitud de personajes mitológicos, y Giorgione y Tiziano pintan los que quizá sean los más hermosos d. femeninos de la historia, máximos e insignes en el género.Siendo Italia, casi mejor diríamos Venecia, el vivero esencial del d., éste es cultivado por los alemanes A. Durero y L. Cranach, por los franceses (escuela de Fontainebleau) y, en parva y reducida medida, por los españoles, con alguna interesante realización, como los Adán y Eva de Corral de Villalpando, en Medina de Rioseco.Era evidente que el frescor traído por el Renacimiento había prestigiado el d., singularmente el femenino, pero su ascendiente, más o menos velado, persistió en el arte de la Contrarreforma, y en muy varia proporción. Desnuda está buena parte de la obra espléndida y optimista de P. P. Rubens, y con generosas cantidades de carne y lozanía femeninas, cuyo mejor ejemplo es el de Las Tres Gracias (Museo del Prado), y desnuda, también, mucha de la de su epígono J. Jordaens. Rembrandt, que no abusa del género, es autor de una obra maestra del mismo, su aguafuerte de la Negra yacente. Y, paradójicamente, los pintores españoles del siglo de la Contrarreforma nos ofrecen dos excelsos d., incomparablemente hermosos: Velázquez, con su Venus del espejo (Londres, National Gallery), ilustre ejemplo de gallardía en la dulce rúbrica femenina, y Alonso Cano, con su preciosa Eva en el cuadro de Cristo, quebrantando el Limbo (Museo de los Ángeles). Otro gran artista coetáneo, Lorenzo Bernini, es autor de muy nobles y depuradas figuras del mismo género.El d., sin embargo, adquiere un talante muy diverso en el s. XVIII, y, particularmente, en el s. XVIII francés. El d. femenino deja de ser pura, desinteresada, limpia y apologética exaltación de la mujer, concebida por sí misma o con los atributos de Eva o Venus, para convertirse en heroína erótica, con todo lo que ello comporta para miradas turbias. F. Boucher, J. H. Fragonard, SaintAubin y tantos otros notables artistas galos han pintado d. femeninos indiscutiblemente deliciosos, pero no menos indudablemente orientadores del acto carnal inmediato, con lo que esos d. comienzan a ser galantes y frívolos. Es achaque del siglo, alcanzando incluso a Goya, quien en su Maja desnuda resulta ser mucho menos afortunado, y, todo hay que decirlo, hasta menos frívolo que en la Maja vestida. Los modales austeros de la Revolución francesa barren aquella pintura galante, pero el Imperio y el neoclasicismo dan lugar a otra corriente, similar a la del Renacimiento, aunque menos auténtica, en la que el d. masculino y femenino es el principal trabajo de escultores, como A. Canova y B. Thorvaldsen. Ya no constituiría después, entrado el romanticismo, sino dedicación excepcional y, por tanto, más dignas de aplauso sus contadas creaciones, como la gentil Venus de Antonio Esquivel. La obra de J. A. Ingres (La odalisca, La fuente, El baño turco) es, dentro de la pintura romántica, una excepción por su atención, a veces no del todo limpia, para con el género.En la segunda mitad del siglo, coincidiendo con el arte del realismo (v.) minucioso, el triunfador en los certámenes oficiales, hay todo un abusivo y masivo resurgir del d. académico, engañoso en sus perfecciones, demasiado halagador de los sentidos, que hace tanto más incomprensible el casi general anatema que recibiera la sencilla Olimpia de Manet, estudio mil veces más honesto y recatado que la generalidad de lo que del mismo género era expuesto. Esa invasión de d. femeninos artificiosos, tanto en pintura como en escultura, y sin el menor contacto con la problemática del tiempo, justificó en todas sus letras la condenación del futurista Marinetti al aseverar que consideraba el abuso del d. en el arte "tan nauseabundo como el del adulterio en la literatura". Esta opinión, al cabo de más de medio siglo de ser formulada, mantiene toda su vigencia. Y, opuestamente, otros d. críticos, de mujeres deformadas por la fealdad, la miseria, el hambre o el vicio, los de G. Rouault, los de J. Gutiérrez Solana, los de muchos expresionistas alemanes, han ido acabando con la general y falsa creencia de que por el mundo no circulasen sino prototipos de belleza y que, mayor estupidez, circularan totalmente desnudos. Obviamente, ha habido d. cubistas y fauves, pero sus autores, como el glorioso H. Matisse, los han formado, deformado o recreado a su arbitrio, huyendo de la sujeción al canon, que ya ha legado suficientes obras maestras en un género del todo inactual y absolutamente inadecuado para nuestro tiempo. Como ejercicio académico, es conveniente, incluso obligatorio. Como realización, inverosímilmente lejano de las preocupaciones que deben privar en el s. xx. El d. es una dedicación del pasado, y como tal ha de ser considerado, y con toda la gran suma de respetos y admiraciones que ello ha de comportar, pero no como dedicación actual.J. A. GAYA NUHO.
BIBL.: K. EDSMICHD, Dibujos de desnudo de los grandes maestros, Barcelona 1967; J. L. VAUDOYER, El desnudo femenino en la pintura europea, Madrid 1958; K. CLARK, The Nude, Londres 1955.
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