Cuevas
Categoria:
Geología
Introducción. La palabra deriva del bajo latín cava; y ésta, del latín clásico cava y cavas, hueco. Con este nombre se designan cavernas, grutas y concavidades del subsuelo, naturales o artificiales, que a veces se prolongan en tortuosas direcciones con gran variedad de formas. Desde el punto de vista morfológico hay que distinguir entre: c. naturales, formadas exclusivamente por fenómenos geológicos, y c. artificiales, cuando estas cavidades del subsuelo las ha excavado la mano del hombre, aprovechando, por lo general, rocas poco consistentes. Existe un tipo intermedio, las seudoartificiales, es decir, aquellas c. qué originariamente fueron naturales y en las que más tarde intervino el hombre para adaptarlas mejor a sus fines. Estos tipos de c. se extienden por todos los países del mundo.Desde el punto de vista utilitario encontramos las siguientes aplicaciones: como habitación o morada permanente o transitoria de ciertos grupos humanos; como lugares funerarios donde el hombre ha enterrado a sus muertos, y como santuarios o locales de culto ligados a las manifestaciones espirituales de la humanidad. Bajo estos tres aspectos las c. han jugado un importante papel en la vida humana desde la Prehistoria hasta nuestros días. Aparte de estos fines que podrían llamarse constantes, las c. han podido servir de refugio esporádico en tiempos de calamidades o en la vida azarosa de los hombres, sirviendo de escondrijo de tesoros, ante las mismas circunstancias. Por último, no hay que olvidar la función de la c. como guarida de animales.En la religión cristiana, la c. está documentada en numerosas citas de la Biblia. Cristo nació y fue enterrado en una c. Hoy, estos lugares son sagradas reliquias convertidas en iglesias por la tradición cristiana.Importancia del estudio de las cuevas. Las c. revelan la evolución geológica y la contextura de la corteza terrestre. A través de sus sedimentos y de las caprichosas formaciones de su interior, se pueden estudiar los acontecimientos geológicos y climáticos. Por otra parte, las c. son testigos de la vida orgánica que habita en los espacios subterráneos, insectos, reptiles y plantas, en lo que se refiere al presente. Respecto al pasado y como refugio de animales, tienen gran importancia en paleontología. En las capas geológicas se han acumulado restos óseos o deyecciones (coprolitos) de diversas especies de animales, algunos extintos, que ocuparon estas c. Igualmente, el polen de las plantas de cualquier estrato nos documenta sobre la flora de estas épocas remotas.Muchas de estas c. son verdaderas estaciones prehistóricas o arqueológicas, ya que el hombre desde los primeros tiempos de su existencia aprovechó estas formaciones naturales. Junto a los sedimentos geológicos, encontramos las capas arqueológicas formadas por las cenizas de los sucesivos hogares que marcan las ocupaciones. Entre ellas, se mezclan desechos de cocina, útiles, armas e incluso huesos humanos. Muchas veces los objetos o desechos eran arrojados frente a la entrada, su acumulación ha dado el tell o terraza. El estudio de los estratos, tanto artificiales (restos de ocupación), como naturales (geológicos), evidencian las etapas de la humanidad en relación con sus circunstancias. Los fenómenos geológicos y climáticos que sorprendieron a los ocupantes, rocas desprendidas, inundaciones, entradas bloqueadas, etc., tienen gran valor cronológico, no sólo al fechar un determinado nivel o yacimiento, sino al autentificar los restos de nuestros antepasados, especialmente las manifestaciones artísticas.En resumen, las c. son grandes monumentos que nos ilustran sobre geología, fauna y flora de épocas presentes o pasadas y sobre la prehistoria e historia de la humanidad. El estudio científico y arqueológico de las c. naturales ha de hacerse en contacto con la espeleología, valiosa ciencia auxiliar en estas tareas. En todos lospaíses, la importancia científica, histórica y artística de las c. naturales ha hecho de estos lugares verdaderos monumentos. A veces, uno solo de estos valores hace que la c. tenga un carácter universal y sea visitada por miles de personas que admiran las bellezas naturales de las formaciones geológicas (c. de Carlsbad, en el Estado de Nuevo México, la mayor del mundo), o las producidas por la mano del hombre: c. de Altamira (Santander), de Lascaux (Dordoña); otras, como la de Nerja (Málaga), reúnen todos los valores (declarada monumento históricoartístico en 1961).Cuevas naturales en relación con la arqueología. Cuevasvivienda. Fueron diversas las causas que impulsaron a nuestros antepasados a buscar las c. como refugio capaz de preservarlos de la vida hostil de su primera existencia. Moradas que se ofrecían espontáneamente y que los defendían de las asechanzas de los animales, de los propios hombres y, sobre todo, de las inclemencias climáticas. El fuego y la capacidad humana al elegir los lugares o al improvisar mamparas de barro aislando las corrientes, fueron de gran ayuda durante los periodos glaciares. El lugar preferido y generalizado como vivienda era la entrada de la c., con iluminación natural y soleada, aunque en ciertos casos la morada se instalaba en salas profundas, o incluso, penetrando cientos de metros en el subsuelo. Este tipo de habitat aparece desde el Paleolítico inferior, pero se ve incrementado, en la Europa occidental, especialmente durante los periodos glaciares.Durante mucho tiempo se creyó que el habitat en c. natural fue común y único del Paleolítico, sinónimo de época del hombre de las c., y desde los tiempos clásicos se denominaron trogloditas a los hombres que las habitaron y a su género de vida. Hoy, los avances prehistóricos han desmentido, en parte, estas concepciones y se sabe que indistintamente fueron ocupadas las c., los abrigos rocosos y las chozas o tiendas al aire libre, tanto en las glaciaciones como en tiempos más benignos. Sin embargo, son de gran valía estas rústicas habitaciones fáciles y cómodas en la vida nómada de los primitivos, y son numerosísimas en todo el mundo las c. que podrían citarse como estaciones prehistóricas: c. del Castillo (v.), c. de L’ermitage (Vienne), de la Moustier (Dordoña); de Arene Candile (Finale Ligure)..., con industrias paleolíticas, neolíticas, etc., e incluso con niveles que llegan hasta la época romana incluida. En las etapas históricas, y aun en la actualidad, se sigue aprovechando la ventaja de la c. natural como vivienda, sobre todo en países cálidos.Cuevasenterramiento. Desde los tiempos prehistóricos el hombre enterró a sus muertos sobre las cenizas de sus propios hogares o en un lugar de la c. poco distante de la habitación. Estos restos óseos son, en muchos casos, una valiosa y única guía en la evolución humana: c. de Chukutien (China), Chapelle aux Saints (Francia), Grimaldi (Italia) (v. CROMAGNON; NEANDERTHAL), Ofnet (Baviera), etcétera. Junto a los enterramientos se depositan ofrendas rituales; este ajuar ligado a los muertos ha creado, por tradición, el mito de los tesoros en c., muchas de ellas verdaderas necrópolis o cementerios utilizadas exclusivamente con estos fines como la c. de los Cadáveres en el cauce del Hónne (Sauerland, Alemania), ya de plena Edad de los Metales.Cuevassantuario. Uno de los primeros santuarios conocidos en la historia de la humanidad es el de la c. de Drachenloch, en los Alpes, al este de Suiza. En esta c. se habían depositado en una serie de cámaras, independientes de las destinadas a habitación, cráneos y huesos largos de osos, cuidadosamente protegidos contra cualquier profanación. El ejemplo no es único y está refiriéndose a un culto al oso, ligado a las preocupaciones religiosas de nuestros antepasados. Sin embargo, es en el Paleolítico superior cuando las c. se nos revelan como auténticos santuarios, a través de las manifestaciones artísticas guardadas celosamente en el interior de las cavernas, unidas, probablemente, a una religión zoólatra de carácter mágico (v. RUPESTRE, ARTE). Muchos de estos lugares perviven con su significado espiritual a través de los siglos. En los tiempos clásicos las c. están unidas a oráculos o a prácticas cultuales. La denominación de muchas c. delata el carácter mágico y misterioso de las entrañas de la tierra en relación con creencias Sobrenaturales (espectros, brujas), supersticiones e incluso a cultos cristianos (cenobios) o a apariciones religiosas (c. de Massabielle, Lourdes en Francia, etc.).Cuevas artificiales. Cronológicamente son más modernas, no sólo en su formación, sino en su ocupación a partir del Neolítico. Su valor arqueológico e histórico es paralelo al de las c. naturales y nos demuestran la pervivencia de la tradición humana por ocupar las cavidades del subsuelo. Se puede hablar, incluso, de una arquitectura rupestre empleada en la construcción de viviendas, enterramientos y templos. Las c. artificiales predominan en todo el Mediterráneo, desde Capadocia, Frigia y Armenia hasta Malta, Cerdeña, Baleares, Italia y España. Pero ni la utilización de las c. naturales, ni de las artificiales, ni en general, de la arquitectura rupestre son características de una determinada cultura, época o región, como ya demostró B. Taracena. Es consecuencia de un fenómeno biológico de adaptación a las condiciones del medio ambiente físico. En este sentido son representativas las c. de Capadocia (Turquía) que aprovechando formaciones geológicas han sido utilizadas como morada, necrópolis o monumentos religiosos, de aspecto fantasmagórico, pero de sugestiva significación.Importancia de las cuevas en España. España, sin olvidar las Islas Baleares y Canarias, es un país privilegiado en c. naturales y artificiales. El hecho se debe a la abundancia de formaciones calizas en las que son frecuentes los fenómenos cársticos y la formación de cavidades o de rocas poco consistentes.Durante el Paleolítico y Mesolítico encontramos numerosas estaciones prehistóricas en c. ocupadas como habitación, enterramiento o ambas cosas: c. del Castillo, restos neanderthales de las c. de Gibraltar, de la Carigüela de Piñar (Granada), mesolíticos de la c. de Urtiaga, Izar (Guipúzcoa), etc. Las numerosas c. con pinturas rupestres son auténticos santuarios; así las c. de Altamira (v.), Maltravieso (Cáceres), La Pileta (Málaga) o la de Cogull (Lérida). En esta última, el carácter de santuario a través de las distintas épocas queda demostrado, no sólo por las diversas etapas de las pinturas, sino por las inscripciones votivas ibéricas y romanas que manifiestan el carácter sagrado del lugar.Con la llegada de nuevas civilizaciones se construyen villas y poblados fortificados; sin embargo, en España sigue perdurando la c. como habitat, y durante mucho tiempo se conoció a esta etapa cultural con el nombre de Cultura de las c., uniendo entre sí una serie de fenómenos culturales que, aunque diversos, parecían unidos por una homogeneidad mental cuya característica común más importante era la elección de la c. como morada. La vivienda se instalaba junto a la entrada, y en el interior se enterraba a los muertos. En la actualidad la denominación de Cultura de las c. se ha abandonado y sus manifestaciones culturales se estudian dentro de diferentes civilizaciones (v. NEOLíTICO). La propia c. de Nerja nos ilustra sobre habitat y necrópolis desde el Paleolítico a la Edad del Bronce. Otras veces, nos encontramos con c. naturales convertidas en osarios, como la de los Murciélagos en Albuñol (Granada). Con la introducción del megalitismo (V. MEGALíTICOS, MONUMENTOS), aparece el tipo de enterramiento en c. artificial: necrópolis de Alcaide (Málaga). Son tumbas hipogeos que responden a diversos tipos constructivos. El arte con nuevos estilos y significado diferente sigue existiendo en c. o covachos consagrados como santuarios. Conforme nos adentramos en la Edad de los Metales, vemos disminuir la importancia de la c. en las zonas más civilizadas, aunque subsisten en muchos puntos de la Península. En Baleares, tanto la c. artificial, como la natural, en su triple aspecto, perdurará hasta los tiempos romanos (Cales Coves, en Menorca, es un buen ejemplo).Es precisamente dentro del Hierro II (v. LA TÉNE, CULTURA DE LA), cuando surgen, entre ciertas tribus, verdaderas ciudades rupestres, como el oppidum de Termancia (Soria), ocupado desde el s. iv hasta el cambio de Era, y tal vez el de Perales de Tajuña y otros. Las viviendas de estos núcleos de población están excavadas en rocas blandas, construidas expresamente como morada permanente con distribución análoga a la de una casa, a veces de dos pisos, con escaleras, silos y lucernarios para salida de humos. Plutarco habla de los caracitanos que habitaban en c. inaccesibles y a los que Sertorio sometió haciendo que sus tropas levantaran mucho polvo, que, arrastrado por el fuerte viento, entró en las c, e inmovilizó a sus moradores.En la España romana la c. vivienda queda bastante relegada, pero es seguro que ciertas c. tuvieron un especial significado cultual tanto entre religiones paganas (cultos mítricos), como en la cristiana (las propias catacumbas).Es en la Alta Edad Media española cuando las c. naturales o las artificiales trabajadas con la escoda cumplen una misión especial. Principalmente, eremitas y anacoretas, al igual que en Oriente, buscan estos refugios como lugares de soledad, meditación y acercamiento a Dios. La c. les sirve de celda, oratorio y sepultura, pasando a ser posteriormente auténticos templos; así la c.de los Siete Altares (Segovia), de época vísigoda. Este uso religioso de las c. tiene su origen en la piedad individual (monaquismo de los s. IvVII), llegando posteriormente a formarse verdaderas comunidades religiosas que erigen templos rupestres junto a los osarios de los eremitas; p. ej., S. Millán de la Cogolla (Logroño). También, durante la Reconquista, la c. tiene una especial importancia. Los monjes, en su ayuda a la repoblación buscan cualquier lugar donde refugiarse y atraer un núcleo de población. Los mozárabes contribuyen a la formación de estos nuevos pueblos. La toponimia de poblaciones actuales, Cova..., Cueva de..., delata su origen. También las c. están ligadas a los árabes (Bobastro, guaridapoblado del caudillo muladí Omar ben Hafsum). Los nombres: c. de la Mora, del Moro, de los judíos, aunque no tengan este origen, sí tienen relación con ciertas tradiciones populares. La c.enterramiento es frecuente en comunidades judías.Muchas de aquellas c. con significado apotropaico o espiritual, pagano o cristiano, se han ido convirtiendo, con el transcurso de los tiempos, en verdaderas iglesias o ermitas cristianas que recogen el sentir popular que no olvida sus tradiciones espirituales. Criptas y panteones recuerdan la arquitectura rupestre funeraria. La c.vivienda todavía es frecuente en España, e incluso familias acomodadas viven en moradas subterráneas, tanto en Aragón, como en Navarra, Guadalajara, La Mancha o Andalucía. Otras c. deshabitadas siguen unidas a supersticiones y a misterios. En la actualidad, las cavidades del subsuelo se buscan afanosamente con múltiples fines. Finalmente, puede citarse la reciente construcción de la basílica de Cuelgamuros (Valle de los Caídos), santuarioenterramiento en las entrañas de la sierra.El ejemplo de España no es único. La c. natural o artificial está ligada a las manifestaciones materiales y espirituales de la humanidad a través de los tiempos. Es un fenómeno universal, en el viejo y en el nuevo continente, entre civilizaciones modernas o primitivas.M. R. LUCAS PELLICER.
BIBL.: B. TARACENA, Arquitectura hispánica rupestre, "Investigación y Progreso", jul.ag. 1934, 226232; M. MAURA y 1. PÉREZ DE BARRADAS, Cuevas Castellanas, "Anuario de Prehistoria Madrileña" IVVI, Madrid 1936; 1. PÉREZ DE BARRADAS, Cuevas artificiales del valle del Tajuña, "Bol. del Seminario de Arte y Arquitectura de la Universidad de Valladolid" 3133 (194243); A. LUBKE, Los misterios del mundo subterráneo, Barcelona 1961 (obra muy documentada pero con reservas sobre sus conclusiones en Prehistoria. Valioso apéndice de I. COMAS sobre la Espeleología en España y su relación con la Prehistoria); A. DEL CASTILLO, Cultura de las cuevas, en HE 1,506517, Madrid 1963; B. BERDICHEWSKY, Los enterramientos en cuevas artificiales del Bronce 1 hispánico, "Bibliotheca Praehistorica Hispana" VI, Madrid 1964: T. ORTEGO, Tiermes, ciudad rupestre célticoromana, Soria 1965; C. NENY, Las cuevas sepulcrales del Bronce antiguo de Mallorca, "Bibliotheca Praehistorica Hispana" IX, Madrid 1968.
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