Corot, Jean-Baptiste-Camille
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Biografía GER
Vida. Pintor francés del s. XIX; n. en París el 16 jul. 1796, m. en la misma ciudad el 22 feb. 1875. Sus padres mantenían en la rue du Bac una de las tiendas de modas más renombradas durante el primer Imperio, y el niño, muy a su pesar, al ganar en diciembre de 1806 una beca, vivió desde abril de 1807 a junio de 1812 en Rouen, estudiando en su liceo y al cuidado de un tutor. Es colocado por sus padres, sucesivamente, en dos comercios, y han de persuadirse de las escasas dotes del muchacho para estos menesteres, tras de lo cual, se le asigna una pensión e ingresa en el taller de un cierto Aquiles Michallon, mediocre artista. Cuando éste muere en 1822, C. pasa a estudiar con Bertin, maestro del anterior y discípulo de David, que proporcionó a C. las enseñanzas más contrarias a lo que él anhelaba. En diciembre de 1825, acompañado de su maestro, hace su primer viaje a Italia, donde permanece tres años y pinta lienzos tan importantes como El puente de Narni, La basílica de Constantino, El coliseo y El Foro. De vuelta a París, y para conservar íntegra su capacidad creadora, rechaza los proyectos de matrimonio acariciados por su padre. En 1827 envía dos de sus telas al Salon, y son aceptadas, y en tanto repitió los envíos, jamás se le aceptaron más de dos. Vuelve a Italia, recorre los departamentos del norte de Francia, pinta en 1830, el año de la revolución, su admirable Catedral de Chartres, prosigue su ruta y vuelve a Francia cuando ya está reinando Luis Felipe. Concurre a la Exposición del Louvre de 1831 y gana una medalla en el Salon de 1833, con su Magdalena orando. En 1834 hace un viaje por Suiza e Italia en compañía de su colega y amigo Grandjean. Continúa participando en los salones, y en 1842 hace su último viaje a Italia. A todo esto, y un tanto amedrentado por la personalidad de su padre, continuaba firmándose Corot, hijo, y raramente vendía un cuadro, por suma tan baja como 200 francos. En 1848, y por vez primera, se le admiten en el Salon nueve obras. En 1851 viaja por Inglaterra, y en 1854, por Holanda. En 1857 va, una vez más, a Suiza. En 1860 se dedica al grabado. Hacia 1867 comienza su popularidad. Pasa como puede la guerra francoprusiana. En 1874, obtenida la Medalla de Honor por Geróme, sus admiradores le regalan una de oro. Le es diagnosticado un cáncer de estómago, a consecuencia del que m., en la fecha indicada. En mayojunio de 1875 tuvo lugar la venta póstuma de 600 de sus cuadros en el Hotel Drouot, proporcionando la suma, enorme para la época, de unos dos millones de francos.Obra. Conviene considerar en C. dos extremos difícilmente compenetrables, los de su aprendizaje tardío y su rápido dominio de la pintura, que bastarían para calificarle de genial si no se hubieran interpuesto entre ambos términos otras extrañas limitaciones. Una, p. ej.: no le gustaba hacer retratos, bien porque desconfiase de sus dotes, bien porque juzgase este género inferior al del paisaje. Consiguientemente, desconfiaba de la figura. Fue todo un vasto error, porque si bien varias de las efigies de niños que se conservan de su mano no merecen otro calificativo que el de torpes, hay otras femeninas que valen tanto o más que su obra de paisajista. Son las de La mujer en azul y La Mujer de la perla (ambas en el Louvre, y la segunda con algo y mucho de rafaelesca) o La italiana Agostina, en la National Gallery, de Washington. Y se trata de algunas de las más depuradas mujeres que nos haya legado el retratismo decimonónico. Poco más pudiera ampliarse la lista en términos de similar elogio, quizá porque C., sin ser precisamente un misógino, temía a la mujer. Tampoco gustó de auto rretratarse, aunque sean piezas magníficas del género sus dos autorretratos, uno en el Louvre, otro en los Uffizi de Florencia.Su pasión constante es la del paisaje, dedicación en la que procede separar dos inspiraciones, la italiana y la francesa, maravillosamente entendidas por el artista las discrepancias fundamentales entre las contexturas de uno y otro país. En lo italiano, sus vistas de Volterra, de Narni, de Roma, de Nápoles, están como empapadas de un casi indefinible sentimiento de clasicismo; dijérase como si el artista se supiera de memoria a Poussin (no era así) o como si se conociera de memoria los clásicos latinos. Y no es un clasicismo de carácter arqueológico, ya que las Termas, el Foro o el Coliseo se suman voluntariamente en el encuadre del paisaje, y sí la colaboración de un sentido suplementario que definiera a este hombre, tan poco o tan nada erudito, lo que habían sido y eran la Roma clásica y la Italia secular. Pero si esta prodigiosa intuición operaba sobre C. en lo tocante a Italia, ¿qué no ocurriría en su Francia? Es posible que incluso Théodore Rousseau haya pintado frondas más espectaculares que las suyas, pero, en trueque, nadie ha sorprendido con parigual amor el sereno erguirse de la Catedral de Chartres, o el interior de la de Sens, o el señorial exterior del castillo de Rosny, vertiendo a menudas dimensiones lo más cordial del patrimonio francés en espíritu y en emoción. Se dirá que el elogio se dirige más al paisaje monumental que al natural, y es cierto. Así como en Italia se ha dejado seducir C. principalmente por el aroma clásico de la campiña, en Francia compenetra naturaleza e historia, bien que sin insistir en ésta, y aunque las series del observatorio preferido, Ville d’Avray, estremezcan por su eterna hermosura. Es muy verdad que la naturaleza pura le emociona, en grado tal como para convertir al pintor en poeta. Su escrito La jornada de un paisajista contiene una entidad lírica de primera clase, como puede aseverar esta muestra: "Debajo del follaje cantan pájaros invisibles. Parece que las flores entonan una plegaria. Un cortejo de miles de mariposas se agita sobre el prado y hace mover las hierbas más altas. No se ve claro todavía. El paisaje está por completo sumergido en la niebla que sube, sube, sube, atraída por el sol y deja, al levantarse, que se vea el río plateado, los árboles, las casitas y el último término lejano. Se distingue, por fin, lo que se adivinaba al principio". Sólo con esta total unción y semejante entrega ha podido ser C. el paisajista por antonomasia y sin apellido estilísticodel s. XIX francés. Tal es también la razón del altísimo precio alcanzado por sus obras, de su masiva entrada a museos y colecciones de Norteamérica y de las monstruosas cifras de falsificación, que obligan en cada caso de aparición de un cuadro al más exigente examen.J. A. GAYA NUÑO.
BIBL.: H. DUMESNIL, Corot, Souvenirs intimes, París 1875; A. ROBAUT, L’oeuore de Corot, París 1905; J. MEIERGRAEFE, Corot, Berlín 1930; L. E. POMBO, Corot narrado por él mismo y por sus amigos, Buenos Aires 1948; F. FOSCA, Corot, sa aie et son oeuvre, Bruselas 1958; J. DIETERLE, Corot, París 1959; J. LEYMARIE, Corot, Ginebra 1966.
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