Códices HIST.
Categoria:
Historia
HISTORIA. Las nuevas tendencias surgidas en los estudios paleográficos han dado como resultado el nacimiento de una disciplina de singular importancia en orden a la historia, que se conoce con el nombre de codicología y cuyo objeto es el estudio del c. en su evolución histórica, en sus fundamentos técnicos y sociales y en su ornamentación, que ha podido disputar a la paleografía (v.) propiamente dicha la atención de los investigadores (cfr. G. Batelli, Lezioni di Paleografia, Ciudad del Vaticano 1949, F. Masa¡, Paléographie et Codicologie, "Scriptorium" IV, 1950, 279-293).Los libros más antiguos, escritos en papiro, tuvieron forma de rollo (v. PAPIROLOGÍA). Se los conocía con el nombre de volumina. De longitud variable, se enrollaban en un cilindro de madera o de hueso llamado umbiculum, cuya extremidad sobresalía de la parte enrollada y de ella pendía un trozo de pergamino en el que se escribía el index o titulus del rollo. En los más solemnes o más cuidados, las extremidades, cornua, estaban esculpidas o pintadas. Se cerraba el rollo por medio de una cinta, lora, y se guardaba en una funda de piel o de tela coloreada: la toga. Así, pues, el libro quedaba reducido a lo más esencial: a una banda de papiro enrollada. La escritura en los volumina se ejecutaba en sentido paralelo a las frontes o márgenes superiores o inferiores del rollo y, a su vez, las frontes eran paralelas a las philyrae o fibras horizontales del papiro. La escritura debía disponerse en columnas, cuyas líneas tenían una extensión fija: la del hexámetro homérico (18 sílabas, equivalentes a un número de letras oscilantes entre 34 y 38). Este sistema fijo en la extensión de las líneas servía de cómputo para pagar a los amanuenses por la copia. Una parte del rollo, separada de él, se llamaba tomus. El primero y el último de los folios que, pegados, formaban el volumen se llamaban protocolo y escatocolo. Al comienzo del texto se solía escribir el título de la obra con la fórmula Incipit libes... y al final se repetía con esta otra: Explicitus est liben... Ambas fórmulas pasaron a los c., abreviada la segunda en Explicit... Para su mejor conservación los rollos, envueltos en la funda, se metieron en cajas cilíndricas, llamadas pandectae o bibliothecae.Aunque ya las tablillas enceradas y unidas entre sí presentaban la forma habitual del c., según testimonio de Séneca: plurium tabularum contextus caudex apud antiguos vocabatur, unde publicae tabulae codices dicuntur (De brevitate vitae, XVIII, 4), el c. o libes quadratus se hace de uso común al adoptarse como materia escritoria el pergamino. La nueva forma resultó cómoda y práctica. Se usó en el s. I en libros de pequeño formato, en especial en libros de regalo, de viaje, de cuentas y escolares o en aquellos que contenían la primera redacción de obras literarias. Durante los s. II y in se hizo más frecuente su uso y a partir del Iv, al prevalecer el pergamino sobre el papiro como materia escritoria, el codex sustituyó al volumen y desde esta fecha ha constituido la forma normal del libro. El codex estaba formado por varios quaderni unidos entre sí y compuestos de un número variable de folios. En cuanto a paginación, se numera cada uno de los folios, no las páginas: la página anterior se llama folio recto y la posterior verso o vuelto. En los c. más antiguos no existe numeración. A partir del S. VII, se usaron signos arbitrarios en la parte inferior de la última página de cada uno de los cuadernos, signos que se repiten al comienzo de la siguiente. En el s. XI se repite en el margen inferior de la última página de los cuadernos la primera palabra del siguiente, costumbre que se generaliza a partir del s. XIII y que es normal en las ediciones del XVl.En época romana, la "editorial" es ya una verdadera industria. Distribuía el papiro entre los librarü o antiquarii (copistas), quienes, en número variable, según los ejemplares que se pretendía copiar, escribían al dictado. Los errores advertidos eran borrados o bien señalados con un punto puesto debajo de la palabra que contenía el error. Las copias terminadas se enviaban a un corrector para su definitiva revisión. Los folios, corregidos por éste, pasaban a los glutinatores que ejecutaban todas las tareas de los actuales encuadernadores. Así formado el libro, se exponía para su venta en las taberna libraria, que a veces ocupaban calles enteras. Había tabernae librariae especializadas en determinadas obras.Durante los s. II al iv se produce un fenómeno cultural que va a tener honda repercusión en la historia del c.: el nacimiento de la cultura cristiana, que no pretende deber nada al paganismo y que trata de confeccionar sus libros por cuenta propia. Este fenómeno y otros de índole histórica, entre los que cabe destacar el auge de la institución monástica, determinan el que la producción de libros, destinada a engrosar los fondos de la biblioteca monacal, quede reducida a los escritorios eclesiásticos, cuya organización estuvo minuciosamente regulada: corresponde al pergaminarius la preparación de la materia para escribir; al praeceptor, además de sus funciones en el coro, le está reservada la preparación de las tintas y colores para miniaturas y es el propio abad del monasterio el que debe vigilar el buen funcionamiento del scriptorium, en el que el scriptor pasa buena parte del día dedicado a cuadrar y rayar el pergamino y a copiar los c. que han de servir en el cenobio para los oficios litúrgicos y para la escuela monástica.Las nuevas orientaciones del pensamiento, que se producen en Europa a partir del s. XII, dan vida a una grandiosa renovación de los estudios, polarizada en el nacimiento de las universidades, que a su vez trae consigo una demanda de libros tal que la producción monástica resultó insuficiente, con lo que en las ciudades universitarias nació una verdadera industria y comercio de c. y una organización gremial, regulada con estatutos, que acoge a cuantos se dedican a la producción libraria. Su técnica no difiere mucho de la empleada en el mundo romano y en la Alta Edad Media, pero es de destacar ahora el hecho de que las relaciones personales entre diversos artesanos y el afán de superación hacen que se formen escuelas escritorios con características propias, ya fuesen nacionales, ya circunscritas a los distintos centros universitarios. Las universidades cuidaron, en interés de los escolares, la pureza del texto y se opusieron a que la venta de libros se convirtiera en monopolio. Era entonces obligación de los stationarii o libreros tener copia oficial (exemplaria) de todos los libros de texto y de consulta de cada Facultad, cuya relación venía preceptuada en las constituciones universitarias. Los exemplaria no estaban cosidos, sino en cuadernos sueltos (peciae), cuyo número para cada obra era también fijado por la universidad. La pecia era la base de todo el trabajo de copia.El que necesitaba un libro podía recurrir a un librero o valerse de un scriptor que arrendaba del stationarius las peciae en un precio fijado también por los estatutos universitarios (taxatio). Así, poco a poco se reunían todas las peciae que formaban el texto. Con ello un solo ejemplar podía servir para la ejecución de varios c., pues no era necesario comenzar a copiarlos por el principio, ya que se conocía la extensión de cada pecia y podía dejarse en blanco los folios necesarios para ir intercalando éstas. Cada universidad nombraba anualmente una comisión, integrada por los peciarii, que examinaban los exemplaria de los stationarii. Es explicable que los c. destinados a servir de libro de texto y de consulta fueran eminentemente comerciales. Junto a éstos, en la Baja Edad Media se hicieron, por encargo especial, otros de gran valor caligráfico y artístico que alcanzaron sorprendente belleza, en especial los libros corales, debidos a artesanos especializados en cada uno de los procesos por los que pasaba el libro para su ejecución. Con el humanismo renacentista la investigación sobre c. clásicos tomó bastante impulso y se llegó a una gran exigencia en la pureza del texto (cfr. R. Sabbadini, Le scoperte dei codici latini e greci ne’secoli XIV e XV, Florencia 1967),escribiéndose entonces los c. en la que llamaron littera antiqua y constituyendo su ejecución una verdadera obra de arte.Entre los c. más importantes, escritos en capital libraria, debemos citar la serie de los "Virgilios": Augusleo (atribuido al S. IV), Vaticano (del S. IV o principios del v), Mediceo (de ca. 494), Romano (probablemente del S. V) y Palatino (fechado entre los S. III y v). Escritos en uncial son destacables los fragmentos de los Evangelios de Vercelli (S. IV) y un c. del S. V que contiene obras de Tito Livio. Del S. V es la antiquísima versión del Pentateuco en la Biblia de Lyon. Fechable entre el S. VI y el vii es el Escurialense de S. Agustín y el de la Biblioteca Capitular de Barcelona con las Homilías de S. Gregorio Magno. De origen español, el Pentateuco Ashburnham ha sido atribuido al escritorio isidoriano de Sevilla y a Cataluña. Del periodo mozárabe son las Biblias Complutense (s. ix), Cavense (s. ix) e Hispalense (s. X); la serie de los Beatos de la escuela pictórica de Magio (s. X) y la Biblia Leonesa del 920. Del s. XI, las Biblias de Farfa y Roda y el Forum Judicum del Escorial, así como los procedentes del escritorio del monasterio de Ripoll. Del periodo gótico, los c. alfonsíes, que contienen las obras de Alfonso el Sabio.Durante la Edad Media fue práctica frecuente formar nuevos c. con pergaminos ya escritos, borrando mediante un tratamiento adecuado la escritura primitiva. Se les denomina c. rescripti o palimpsestos. Datan en especial de los S. VIi y vIII, a causa de la escasez y del alto precio del pergamino. Si bien la investigación sobre palimpsestos comenzó en el s. XVII, su estudio adquiere gran predicamento con Angelo Mai, card. prefecto de la Bibl. Vaticana, cuyo método se ha perfeccionado por medios físico-químicos. Entre los palimpsestos más significativos mencionaremos el c. 5757 de la Bibl. Apostólica Vaticana que contiene el tratado ciceroniano De re publica, el Sacramentario Atanasiano y las Instituciones de Gayo de la Bibl. catedralicia de Verona, y el de la catedral de León, con la Historia Eclesiástica de Eusebio y Rufino en escritura del s. ix sobre un trozo de la Lex Romana Visigotorum, escrita en uncial, del S. VI.V. t.: MINIATURA.L. NÚÑEZ CONTRERAS.
BIBL.: Además de la citada en el texto y en la voz Paleografía, G. CENCETTi, Lineamenti di storia della Scrittura Latina, Bolonia 1954, 36-51; J. DESTREZ, La "pecia" dans les manuscrits du moyen áge, "Rev. des sciences philosophiques et theologiques" XIII (1924) 182-212; A. MILLARES CARLO, Contribución al "Corpus" de códices visigóticos, Madrid 1931; 1. DomíNGUEZ BORDONA, Exposición de códices miniados españoles, Madrid 1929; íD, La miniatura española, Barcelona 1930; P. BoHIGAS, El libro español, Barcelona 1962.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.