Cielo. Religiones No Cristianas. TEOL.
Categoria:
Teología
El cielo como morada de los dioses. Dentro del conocimiento natural y espontáneo de Dios y de lo divino, en muchas religiones no cristianas suele verse la bóveda celeste como "morada de Dios" o de los dioses; aunque no es fácil precisar siempre hasta qué punto el c. sidéreo o firmamento es literalmente entendido así, o se trata sólo de una expresión o figura que se utiliza para indicar de alguna manera el diferente modo de ser y la trascendencia de lo divino.En la mayoría de las religiones la naturaleza es vista como algo sagrado, no sólo porque es hechura de los dioses, sino porque revela diferentes modalidades de lo sacro (v. NATURALEZA, CULTO A LA). Las estructuras y fenómenos cósmicos son teofanías (v.): la tierra transparenta su transignificación sagrada (v. TIERRA V); la bóveda celeste revela naturalmente la distancia infinita, la altura inconmensurable. La contemplación de, dicha bóveda en su orden y perfección, inaccesible al hombre, desencadena espontáneamente y con frecuencia cierta experiencia religiosa. El c. sidéreo se manifiesta como lo completamente distinto: lo altísimo es de Dios (v. DIOS II). Esa distancia infinita facilita una confesión de la trascendencia divina, aunque a veces se limita a un esquema espacial: altísimo y completamente Otro se identifican. Respecto al hombre, el reconocimiento de lo sagrado y el ver en el c. la inconmensurabilidad divina, o un reflejo de ella, le ayuda a descubrir su propia condición en el cosmos. De ahí esos ritos de paso o tránsito, de purificación (v.) o ascensión, etc., por medio de los cuales el hombre aspira a participar de algún modo de la condición divina (v. t. INICIACIÓN, RITOS DE; SAGRADO Y PROFANO; RELIGIÓN I).Esa bóveda celeste con su fenomenología especial ha sido importante a nivel de la cultura, y también ha servido como punto de arranque (aunque no único) para la comprensión y aceptación de algo que está más allá del mero fenómeno deficitario. Todo cambia y fenece, pero el c. permanece, y aparece como elevado, infinito, eterno, lleno de poder. Por eso el nombre de no pocas divinidades designará la bóveda celeste, las estructuras del cosmos o sus fenómenos. Así, el supremo dios de la tríada sumeria, Anu, es sinónimo de c.; igualmente lo es Tengri, dios supremo de los mongoles, y T’ien es la suprema deidad china cuyo nombre designa a la vez a la persona y a la bóveda celeste. Sin embargo, no existe en estas religiones un naturalismo que lleve a identificar a los dioses uranios con el c.; en general, antes de que lo habitasen, el c. ya eXIstía. En pueblos tan distintos como los Bajami y los Kurnai de Australia, los indios de California, los romanos, etc., se encuentra la creencia de que los dioses o un dios concreto habitaron entre los hombres, les enseñaron la agricultura y la forma de construir sus útiles de trabajo, y, en un momento dado, partieron para el c., donde fijaron su morada definitiva. Desde allí van desgranando gota a gota su poder sobre la tierra. La morfología de estas divinidades será diversa, pero allá entre las estrellas, reside su poderío omnímodo, representado en la luz-tinieblas, día-noche, vida-muerte (v. DIOS II, 3; LUZ II y III).Geográficamente este c. es un paraje maravilloso, separado, una isla, como la conciben pueblos tan distantes como los celtas y los budistas. Como lo describía Homero: "Allí los hombres viven dichosamente, allí jamás hay nieve, ni invierno largo, ni lluvia, sino que el océano manda siempre las brisas del Céfiro, de sonoro soplo, para dar a los hombres más frescura" (Odisea, RapS. IV). Los bienes que disfrutan los mortales fueron arrancados del c. No se concibe nada bello ni útil cuyo origen no sea celestial. Esta idea, presente en la mitología celta, donde unos mortales robaron el ganado celeste, quedó plasmada en el mito de Prometeo.El cielo como destino humano. En general se considera que la morada de los dioses está abierta a algunos afortunados mortales: la inmortalidad (v.) del alma y la justa retribución divina (V. PREMIO Y CASTIGO; ESCATOLOGÍA; etc.) son realidades percibidas más o menos claramente en casi todas las religiones y expresadas de diferentes formas. En algunos casos muy claramente; p. ej., en los celtas, romanos, etc., a los mortales que llegan al c. muchos siglos les parecen unos instantes. En otros casos se piensa que la vida de ultratumba (v.) se desarrollará más o menos temporal o definitivamente en los abismos de la tierra (a veces concebidos también como morada de ciertos dioses: v. TIERRA V). En relación con todo ello están determinadas prácticas de inhumación de cadáveres. A veces, en algunas religiones, o al menos en algunos testimonios conservados, parece que no se concibe un mundo de los muertos que sea deseable; aunque también puede ser expresión del lógico recelo ante lo no experimentado, miedo a la muerte, al juicio divino, etc.; el espíritu de Aquiles dice a Ulises: "No intentes consolarme de la muerte, preclaro Ulises; prefiriría ser labrador y servir o otro, o ser hombre indigente que tuviera poco caudal para mantenerse, a reinar sobre todos los muertos". (Hornero, Odisea, Raps. XI).De una u otra forma, el c. y morada de los dioses es visto como meta a conseguir por el hombre. Geográficamente el c. está alejado, más allá del espacio humano. Aunque se conozca su situación, siempre será un lugar aparte, pues su distancia más que espacial es esencial. Cada pueblo ha conformado su propio c., bien al ambiente de sus deseos como realización de los anhelos de una vida llena de frustraciones, donde se goza de lo que la vida terrestre negó; bien proyectando al más allá las características de su propio mundo ambiente; etc. a) El Paraíso que se encuentra en religiones del medio Oriente, en el parsismo, con variantes en la religión egipcia, etc., se relaciona con la costumbre de plantar flores y árboles alrededor de las tumbas o a la de inhumar los cadáveres en oasis. Jardín o Campo de Juncos, lugar de ríos y fuentes, de rincones llenos de sombra, es característico de geografías tórridas. b) Otra forma de concebir el c. será la de los pueblos guerreros del N. El Valhall o Wahalla, es un palacio de ensueño propio de gigantescos campeones. Sus altas estancias, alumbradas por el fulgor de las espadas, tienen como vigas señeras las lanzas de los combates, por techos escudos de oro y los escabeles son corazas guerreras señaladas con el hierro de la lucha; 540 puertas se abren a la multitud de paladines que se acerca y por cada una de ellas holgadamente pueden pasar 800 guerreros de Odín (v.) con todas sus pertenencias. La comida y bebida son míticas: la carne del jabalí Shárimnir, guisado en enorme caldero por el mismo cocinero de los dioses, comida eterna que jamás decrece; beben hidromiel que brota de las ubres siempre repletas de la también mítica cabra Heidrun.Pero otras veces se llega a expresiones más acertadas acerca de la espiritualidad del alma y también a describir el c. despojándolo de elementos materiales, geográficos, etc. Siempre el c. es algo lejano, distante al menos idealmente; pero a veces se describe como algo que es más que un lugar del cosmos, como algo que no puede ser medido, pues es ante todo un estado de bienaventuranza. En el país del Nilo, p. ej., se encuentran testimonios que se refieren al c. como realidad más espiritual que material. En boca de Atón (V. EGIPTO VII) un escritor desconocido de los albores del Imperio Medio pone las siguientes palabras: "Yo he puesto allá, en lugar del aire, del agua y de las delicias, una transfiguración y una bienaventuranza donde antes había pan y cerveza". Y en diversos sepulcros tebanos se repite la misma idea: "Puse una transfiguración gloriosa en lugar de sexualidad, una abierta generosidad en lugar de concupiscencia del corazón, paz del alma en vez de apetito de comer". En la religión mazdea (V. MAZDEÍSMO), la felicidad será completa porque la saben eterna; su c. es la larga vida, la mejor existencia.De esta idea al c. de Platón hay poca diferencia. El filósofo griego lo describe así en el Fedro: "El lugar supraceleste, ningún poeta de esta tierra lo ha cantado ni lo cantará jamás dignamente. Es, pues, así...: la realidad, que verdaderamente es sin color, sin forma, impalpable, que sólo puede Ser contemplada por la inteligencia, piloto del alma, ocupa este lugar. Así, pues, como el pensamiento de la divinidad se alimenta de inteligencia y de ciencia sin mezcla y lo mismo el de toda alma que se preocupa de recibir lo que le conviene, al ver en el transcurso del tiempo la realidad, la ama y, contemplando la verdad, se alimenta de ella y se siente feliz hasta que el movimiento circular en su revolución la vuelve a llevar al mismo lti’gar (Fedro, 248 d).Una concepción también de algún modo espiritualizada está representada por la idea budista del nirvana (v.), estado ideal interpretado de diversos modas según las escuelas budistas, interpretaciones que oscilan entre la de la aniquilación y la de la plenitud. Etimológicamente significa expirar, extinguirse, y guarda relación con los procedimientos del yoga (v.). La conciencia individual no sería más que una forma degenerada del Atmán (v. BRAHMANISMO) encarcelado en lo concreto contingente. Esta individualidad busca liberarse por medio de prácticas "místicas" hasta la última etapa en la que el alma se exhala, se escapa del mundo de lo variable contingente para unirse con el Brahmán. Esa unión, donde termina un proceso lento de purificación, que ha podido prolongarse en diversas reencarnaciones (V. METEMPSÍCOsis), es el nirvana. Un estado que es como una consciencia imperceptible, infinita, resplandeciente, no iluminada por ningún agente externo, sino por su propia luz. Aunque bajo la figura de una isla bienaventurada, allí no existe nada, sólo la isla, única, permanente, lejos de la vejez y de la muerte.Conclusión. Los espacios abiertos llamaron siempre al espíritu sediento del hombre. Éste vio en el c. la morada de los dioses más poderosos. La conciencia ética de un premio y castigo que, por imperativos de la situación humana, jamás pueden ser encontrados en el mundo subcósmico, contribuye a que los hombres intuyan o descubran un más allá de dicha y de contento, que se sitúa o se identifica con el c., concebido o descrito de forma más o menos espiritual o material. Generalmente se ha creído necesario un rito o una conducta para lograr pasar las puertas de la dicha sin término, variando éstos según las categorías de los grupos que forjaron la propia imagen de su c.; la fenomenología del mismo está, pues, condicionada por la vida y la cultura de los pueblos. En el c. se concretan (a pesar de algunas voces disidentes) las ansias de justicia y de paz definitivas que los hombres todos anhelan como fin de un mundo donde no llegan nunca a realizarse del todo.V. t.: ESCATOLOGÍA I; INMORTALIDAD;ULTRATUMBA.J. GUILLÉN TORRALBA
BIBL.: E. O. JAMES, Historia de las Religiones, Barcelona 1960 (en especial: 1,175-186; II,413-417.419-423); F. KóNIG y OTROS, Cristo y las religiones de la tierra, Madrid 1960 (en especial: 11,500-506.549-556.599-613); E. COTHELET, Paradís, en DB (Suppl.), VIA177-1220; H. C
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