Cartaginense HIST.
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Historia
La división provincial de la España romana permaneció casi sin variaciones desde Augusto hasta fines del S. III. Diocleciano, que reformó todas las ramas de la administración, cambió también la organización provincial tratando de obtener una mayor eficacia en el mando y en la defensa contra los bárbaros. Hasta entonces eJ apelativo C. se aplicaba a un extenso convento jurídico. La única modificación apreciable desde que la división de Hispania en Citerior y Ulterior dejó paso a las provincias Tarraconense, Bélica y Lusitania, había sido la conversión en una nueva provincia, Gallaecia, de las diócesis de Asturias y Galicia, por obra de Caracalla. La crisis de autoridad y la decadencia del Senado acentuó el carácter monárquico del gobierno y la desaparición de la clase senatorial en la administración de las provincias, cosa que se notó más en la Bética, directamente sometida al Senado. Al mismo tiempo se alteró el número y extensión de las antiguas provincias; el Imperio quedó dividido en cuatro prefecturas y éstas en diócesis, cada una de las cuales comprendía a su vez varias provincias.1. La reforma del a. 297. En Hispania, la Bética y la Lusitania conservaron casi los mismos límites, pero de la antigua Citerior nacieron dos provincias, Tarraconense y Cartaginense, ésta con límites muy inseguros, pero seguramente conteniendo el convento jurídico del mismo nombre, parte del cluniense y las islas Baleares. Con esta división la dioecesis Hispaniarum se integró con seis provincias, tal como aparecen en el laterculus Veronensis, donde figuran Baetica, Lusitania, Carthaginensis, Gallaecia, Tarraconensis, Mauritania Tingitana. Así, en lo administrativo desaparecen los conventos jurídicos que permanecen vivos en lo geográfico, habiendo menciones en el S. V y aún después, en las ordenaciones y divisiones visigodas. La fecha de la división de Diocleciano es segura; poco antes (288-289) Postumio Luperco gobernó toda la provincia con el título de presidente de la Hispania Citerior. Una cuestión especial plantean las Baleares, que algunos suponen incluidas en la Tarraconense; no obstante, hacia el 400 constituían ya una provincia separada, según informa la Notitia Dignitatum; siempre debieron gozar de gran autonomía y es posible que figurasen en la reforma del a. 297, pues si bien el códice de Verona sólo enumera seis provincias, dice que la diócesis de las Hispanias "tiene provincias en número de siete".2. Gobierno de la Cartaginense. La diócesis de Hispania estuvo bajo la autoridad del prefecto del pretorio de las Galias; así se confirma por la disposición según la cual, en la primera tetrarquía, España fue asignada a Constancio; no obstante algunos autores, apoyándose en Lactancio, la otorgan a Maximiano y luego a Majencio y, por tanto, a la prefectura de Italia. El gobierno de la diócesis estaba a cargo de funcionarios delegados del prefecto de las Galias llamados vices agens praefectorum praetorio per Hispanias, comes Hispaniarum y vicarius praefectorum per Hispanias, conocidos a través de inscripciones y de fuentes jurídicas. Cada una de las provincias, y por tanto también la C., se gobernaba por un praeses o presidente, que estaba desprovisto de toda potestad militar, y tenía el título de vir perfectissimus, como miembro del orden ecuestre, clase inferior al orden senatorial compuesto por los viri clarissimi. Esta circunstancia se daba ya antes de Diocleciano. Aunque la C. no nos haya conservado ningún nombre de praeses, sabemos por la Notitia Dignitatum que estaba regida por tales funcionarios, como la Tarraconense, la Baleárica y la Mauritania Tingitana, en tanto que la Bética, la Lusitania y la Gallecia se gobernaban por consulares, desde la segunda mitad del S. IV, si bien las diferencias eran solamente de nombre. Consulares y praesides tenían a sus órdenes una oficina numerosa, tanto que Teodosio limitó a 300 su número máximo; conocemos los nombres de estos subalternos: princeps procedente del of ficium del pretorio, un cornicularius, dos tabularü, un adiutor, un commentariensis, un ab actis, un subadiuva y un buen número de exceptores y de otros personajes secundarios. Aunque no conozcamos ningún nombre de praeses de la C., sabemos de uno anónimo a quien se le dirige una constitución del Códice Teodosiano en relación con Castulo (despoblado de Cazlona, Jaén).La ordenación hacendística de las nuevas provincias se detalla en el Códice Teodosiano, especialmente en lo que se refiere a la annona (abastecimientos) y a la glebalis collatio, o impuestos especiales que alcanzaban a los senadores y decuriones en relación con sus posesiones. Respecto de la primera conocemos disposiciones legales de protección a los navegantes comerciales hispanos que llevaban carga propiedad del fisco para el abastecimiento de Roma; los productos eran los tradicionales, cereales, aceite y vino, y se citan los caballos, telas y metales ricos, especialmente el oro y la plata. La glebalis collatio no se aplicaba en Hispania por un privilegio que desapareció el a. 398, a juzgar por una constitución imperial de Honorio; que así lo afirma. La administración financiera estuvo a cargo de un doble orden de funcionarios dependientes de dos rationales y luego de dos convites, uno para cada una de las provincias.La ordenación militar no cambió gran cosa con la reforma del a. 297; las legiones y las cohortes auxiliares que guarnecían Hispania antes de Diocleciano continuaron hasta principios del S. V, salvo alguna excepción. La jefatura estaba en manos de un magister peditum presentalis y en las de un spectabilis comes. Con ocasión de las turbaciones producidas por las sucesivas invasiones de bárbaros, se envió un magister militum; en Cartagena (Museo Arqueológico Municipal) se conserva la gran lápida del 588 en honor del patricio Commenciolo, enviado por Mauricio Augusto contra los bárbaros enemigos, y se le llama magister militum.3. Estructura económica y social. Agricultura. La C. disfrutó de holgada situación, como parece deducirse de los versos de Paulino a Ausonio, que alaba las ciudades ricas y cultas entre el Guadalquivir y el Ebro. Las invasiones del S. III no debieron cambiar fundamentalmente la contextura económica y los productos naturales debieron ser los mismos de la época republicana y del Alto Imperio. Tampoco tenemos textos explícitos que hablen de las riquezas naturales; hay que recurrir a documentos arqueológicos como el mosaico de Hellín (Albacete) de la primera mitad del S. III (Mus. Arqueológico Nac., de Madrid), que contiene las estaciones y los meses con sus símbolos vegetales y animales. Respecto de éstos dominan las cabras; en el norte abundaron las vacas (relieves de Hontoria de la Cantera y Clunia, Burgos); las especies venatorias debieron ser el jabalí y el ciervo, y la caza ocupación predilecta de las gentes (v. la sítula de Bueña, Teruel, con una escena de la época del Bajo Imperio); los perros de caza hispanos gozaron de gran fama. La agricultura tuvo como productos esenciales el olivo, la vid, la higuera y otras plantas mediterráneas; prensas de aceite de piedra se han hallado en Cartagena y Santa Cruz de Moya (Cuenca). Se exportaba el vino; la vettonica, planta medicinal como el enebro; el esparto, famoso en el campo de Cartagena desde época púnica. Ignoramos la organización de la propiedad y la explotación agrícolas, pero poseemos relieves con escenas de este tipo (estelas de Lara de los Infantes y de Marcelo Aurelio). La minería, tan activa y rica en la sierra de Cartagena, debió de cesar durante la crisis del S. III, al menos nada posterior a dicha época se encuentra en la arqueología.Industria. La actividad fabril pudo ser importante en la labra del metal, tal vez con centros importantes de trabajo del bronce (p. ej., las ruedas circulares con decoración geométrica, o caladas con temas paleocristianos, bronces de caballos, arneses, pasarriendas); debieron existir industrias del cuero y el corcho (Ontur, Albacete), talleres de tallado de la piedra (estelas de Burgos, sarcófagos de Briviesca, Cameno y Poza de la Sal, de la segunda mitad del S. IV), que no llegaron a producir esculturas importantes. La inscripción de Sasamón (Museo de Burgos) se refiere a la organización del trabajo; en ella un gremio de libertos y siervos (cardador, curtidor, sastre) honra a sus patronos, en el a. 239, diciéndose libertos de una gentilidad, antigua institución indígena vigente aún en el S. III, y testimoniando tal vez un régimen de industria colectiva familiar. Los talleres cerámicos (Elche, cerámica esmaltada, Clunia), de los que conocemos los hornos (Olocau, Valencia), fueron importantes. Aparte hay que considerar las muñecas de ámbar o de marfil de Ontur (Albacete) y de Elche, las primeras de mitad del S. IV. También talleres de mosaicos; uno de las termas de Segóbriga, del S. III, lleva el nombre del arquitecto: Belcilesus artifex a fundamentis.Comercio. El comercio fue intenso, como lo demuestran los productos de importación; así, el plato estampado de Sagunto, de taller oriental, como los cepos de ancla de cabo de Palos (Mus. de Cartagena) con los nombres de Afrodita Sozusa y Zeus Casios; con el arte copto egipcio se relacionan los estucos de Villajoyosa (Mus. de Alicante) y muy activo fue el comercio del sudeste con el norte de África; especialmente intenso con Baleares, donde son de tipo africano las basílicas de Son Peretó, Puerto de Manacor, Son Bou, Isla del Rey, Es Fornás de Torelló, con mosaicos semejantes a los de Cartago y la región de Túnez; lo mismo ocurre en Cabeza del Griego (antigua Segóbriga, Saelices, Cuenca). El comercio con Bizancio se acredita por las joyas de llici y áureos bizantinos, ocultados entre los a. 408 y 410; con Italia lo prueban los sarcófagos importados de Roma, como los de las Musas de la catedral de Murcia, fragmento de Ontur, en Albacete, Covarrubias, Santo Domingo, Toledo, Berja (Almería), Erustes (Toledo), Denia (Alicante), Puebla Nueva (Toledo), todos de hacia el S. IV, importados por mar; del norte de Italia se importaba vidrio artístico (vaso diatretum calado, de Termancia, Soria). Se conocen también relaciones con Narbona. Se exportaba la púrpura, especialmente de Baleares; era monopolio estatal durante el Bajo Imperio y en las islas debía existir una tintorería imperial de púrpura.Características sociales. En los s. III y IV continuó el proceso de romanización de los indígenas del interior de la C., acelerada en los últimos tiempos por obra de la Iglesia, aunque continuaron persistiendo tradiciones prerromanas. Nos lo demuestran las estelas de Lara de los infantes, que denotan buen nivel de vida; Arcobriga (Arcos o Monreal), Uxama o Clunia; la Meseta debía estar bastante poblada y dedicada preferentemente a la agricultura. Sin embargo, las invasiones de las bandas bárbaras del S. III produjeron desorden, intranquilidad, abandono del campo por las ciudades y la decadencia de éstas; la inseguridad desarrolló el bandolerismo, por motivos económicos, tal como recuerda Servio Gramático y constatan inscripciones funerarias de personas muertas a manos de ladrones; Constantino I, en decreto del a. 332, dirigido a Tiberiano, Comes Hispaniarum, se refiere al peligro de las bandas de esclavos fugitivos; el empobrecimiento, al que alude S. jerónimo, se aumentó con las devastaciones de los germanos entre los a. 409 y 411. Antes de esta situación la vida de los señores en el campo estaba rodeada de lujos; las villae o casas de campo poseían pavimentos de ricos mosaicos, termas, etc., y las excavaciones han sacado a la luz restos ostentosos en Hellín (Albacete), Cabañas de la Sagra (Toledo). Las Tamujas de Malpica del Tajo (Toledo), y en la misma Toledo, en Santervás del Burgo (Soria) y especialmente en Cuevas de Soria, todas con extraordinarios mosaicos, así como los de Almenara de Adaja (Valladolid), Alcázar de San Juan, Elche, Liria, Cártama, etc. Muchas de estas villas rústicas eran propiedad de cristianos, como la importante de La Alberca (Murcia). En general eran establecimientos cabeza de latifundios, en gran parte privados y a veces imperiales; conocemos exenciones para estos latifundistas.Se configuran algunos grupos religiosos peculiares, como el de los judíos, dedicados al comercio, de los que conocemos sinagogas como la de La Alcudia de Elche, del S. IV, con mosaicos marcados con inscripciones griegas; también las de Menorca, cuyos miembros fueron perseguidos en el S. V. La comunidad cristiana era poderosa, con grandes fortunas, que debieron emplearse en parte en las necesidades de la Iglesia; el martyrium de La Alberca es una de las más interesantes construcciones de la época.La crisis iniciada en la segunda mitad del S. III provocó una activa tesaurización denunciada por el frecuente hallazgo de agrupaciones de monedas, a veces muy cuantiosas como las de Linares o Clunia, que se escondían, enterrándolas, con ocasión de las perturbaciones y peligros.4. Límites geográficos y ciudades. La división del a. 297 no tuvo en cuenta, para nada, la anterior división en conventos jurídicos, y la nueva provincia C. cortó los conventos cesaraugustano y cluniense por una línea bastante alejada del Ebro, pero paralela a él. Los límites exactos son inseguros y podrán deducirse de la lista de ciudades que siguen; la C. incluyó también las Baleares hasta su separación como provincia. La capital estuvo en Carthago Nova (Cartagena) y las poblaciones más importantes fueron las de Pallantia (Palencia), Septimanca (Simancas), Numantia (cerro de Garray, cerca de Soria), Uxama (Osma), Clunia (Coruña del Conde, Burgos), Segovia, Abela (Ávila), Complutum (Alcalá de Henares), Segontia (Sigüenza), Toletum (Toledo), Segóbriga (Cabeza del Griego, Saelices, Cuenca), Valeria (Valera, Cuenca), Valentia (Valencia), Dianium (Denia), Oretum (Granátula), Castulo (despoblado de Cazlona, Jaén), Mentesa (La Guardia), Basti (Baza), Acci (Guadix el Viejo) y Urci (en la región de Almería); en las Islas Baleares, Pollentia (Alcudia), Ebusus (Ibiza), lamo (Ciudadela) y Mago (Mahón). Todas estas ciudades fueron de antigua fundación y continuaron su vida en los S. III y iv, pero es muy difícil hallar noticias o restos (aparte de los ya citados) del tiempo del Bajo Imperio. La mayor parte de las citas de los autores corresponden a etapas anteriores, aunque se recogiesen tardíamente; así, las de Marciano Capela o Esteban de Bizancio sobre Carthago Nova.Respecto de esta ciudad lo poco que sabemos, después de ser erigida en capital de la provincia, se refiere a los asaltos y saqueos sufridos por obra de los vándalos (a. 426), que también padecieron las Baleares; de ésta y otras razzias debió resultar su destrucción, aunque luego fuera restaurada posteriormente en el S. VI, como nos hace saber la inscripción laudatoria del patricio Commenciolo (590), en la que se ensalzan las altas torres y murallas y los suntuosos edificios que debieron llegar hasta la época de capitalidad del enclave bizantino. A pesar de las destrucciones debieron persistir buena parte de sus antiguos edificios y, desde luego, el recinto amurallado y la disposición de las vías de comunicación y el puerto. Las fuentes sobre ella son de la época púnica (229 a 209), de la republicana, tras la conquista por Escipión (fue colonia desde el 42 a. C., realizando la ceremonia Cneo Statilio Libo en nombre de Lépido), y de la Imperial. La ciudad se alzaba en una hondonada rodeada por colinas (Aletes=San José, Cronos=Sacro, Ars Has-Asdrubalis=Molinete, Ares=Castillo de la Concepción y Hefaistos=Despeñaperros); su único acceso lo tenía por el E, discurriendo entre las colinas de Aletes y Hefaistos; el límite S era el mar y el N una albufera; la planta de la ciudad no era regular, y el foro estaba en la actual plaza de S. Francisco. El puerto se abría donde la dársena del moderno Arsenal; todo el fondo de la bahía reunía excelentes condiciones. Las necrópolis se hallaban fuera de la ciudad, que estaba bordeada por altas murallas, incluso por el lado de la albufera (Almarjal); la vía principal era la de Tarraco a Castulo y Gades; a su orilla queda un monumento funerario del s. I (Torre Ciega).Realmente no queda nada de la ibérica Massia, de la púnica Qart-Hadasat y todo lo que nos ha conservado la Colonia Urbs Iulia Nova Carthago es romano y anterior al s. tic. Recientes son los hallazgos de los restos del anfiteatro (bajo la plaza de toros), y de los restos de un pórtico (calle de la Morería). Acuñó monedas latinas desde el 57 a. C. hasta el 43 d. C. y en ellas hay menciones de acueductos, templos y del culto de la Salud, que con el de Esculapio era el tutelar de la ciudad. En las lápidas, anteriores al S. III, figura una dedicada a Mercurio por una corporación de pescadores y pescaderos, asociados corporativamente. Gran parte de su prosperidad se debió a las minas de plomo argentífero de su sierra (La Unión con el Cabezo Rajado, a tajo abierto, Portman=Portus Magnus, Mazarrón, antigua Ficaria), minas que debieron ser abandonadas en el S. III. Es legítimo suponer que en el Bajo Imperio las trazas generales de la ciudad continuaron como en siglos anteriores.V. t.: ESPAÑA VI.A. BELTRÁN MARTÍNEZ.
BIBL.: E. HÜBNER, La Arqueología de España, Barcelona 1888, 168-173; P. L. Lucas y A. WEISS, organisation de 1’Empire romain, en L’Administration romaine, ed. 1. MARQUARDT, II, París 1892, 79 ss.; M. MARCHETTI LONGHI, Le provincie romane Bella Spagna, Roma 1917, 469; M. TORRES, La península hispánica provincia romana (218 a. 1C. a 409), en Historia de España, ed. R. MENÉNDEZ PIDAL, II, Madrid 1935; 1. M. BLÁZQUEZ, Estructura económica y social de Hispania durante la anarquía militar y el Bajo Imperio, Madrid 1964, 52 ss.; A. BELTRÁN, Topografía de Carthago Nova, "Archivo Español de Arqueología" 21 (1948) 191 ss.; A. GARCíA Y BELLIDo, Las colonias romanas de Hispania, en "Anuario de Historia del Derecho Español" 29 (1959) 447 ss.
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