Brueghel, Peeter
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Biografía GER
Vida. Pintor flamenco, apodado El Viejo, por ser fundador de una dinastía de pintores; pese a su dimensión de gran creador, desde siempre reconocida, su biografía es desdichadamente parca en datos ciertos. Comienza lo hipotético por no saberse con certeza el lugar de su nacimiento, que se ha convenido fijar en Brughel, cerca de Breda, en el Brabante holandés, si bien otras dos localidades del mismo nombre podrían reclamar su cuna. Tampoco es conocida la fecha, que puede oscilar entre 1525 y 1530, siendo acaso verosímil la de 1528. Parece probable que su familia fuera campesina. No hay, contra lo que se ha apuntado, evidencia de que hiciera su primer aprendizaje en Bois-le-Duc, supuesto con el que se querría emparentar su arte con el del Bosco, pero sí queda comprobado que marchó a Amberes e ingresó en el taller de P. Koeck, artista importante de la ciudad. Primera puntualidad, la de haber sido admitido nuestro artista como maestro en la gilda de S. Lucas, de Amberes, en 1551. Muy poco después debió emprender el lógicamente deseado viaje a Italia, se supone que por la ruta Lyon-Ginebra-San Gotardo. Testimonios de la estancia italiana son dos estampas firmadas por B. en Roma (1553), varios dibujos, la vista del golfo de Nápoles (Roma, Galería Doria) y la evidencia de obras suyas conservadas amorosamente por el miniaturista Giulio Clovio. Parece que en el mismo 1553 retorna a Amberes, donde se asocia con el marchante J. Cock, para dibujar temas de estampas destinadas a la venta, una vez grabadas. Durante años hizo vida marital con su criada, hasta que, curiosamente, la viuda de su antiguo maestro Koeck le propuso casarse con su hija, de mucha menor edad que B., y trasladar su residencia a Bruselas. A ambas proposiciones asintió el artista, y en el verano de 1563 casó con Maryken Koeck, de la que tuvo dos hijos, Peeter, en 1564, y Jan en 1568. Al año siguiente, el 4 sept. 1569, moría repentinamente.Obra. Tan sorprendente fue la personalidad de B. y de tal suma de perfiles, que la mayor parte de los biógrafos de B. no han atinado a dar medida exacta de su grandeza. Aunque el dicterio se haga común al autor de estas líneas, no dejará de intentar la disección del arte bruegheliano haciendo anteceder a toda otra cualquier dote una profusa originalidad que B. no buscaba, sino que se le venía a la mente y al pincel. En él, ningún lugar común, ningún débito para con nadie, como no fuera con la realidad bien observada de un mundo rural que fue su principal protagonista, ni enaltecido ni envilecido. Además, intenso sentido de drama por un lado, de cáustica sátira por otro, pero ambas constantes tan naturales y espontáneas, tan exentas de acentuación como para maravillar al espectador. Por otra parte, es un creador in crescendo, tanto más cautivador según transcurren los años, aunque, por desgracia, murió a los 40, cuando se hallaba en lo más selecto de su obra.Una rápida visión de esta obra, de todos modos respetable en cuanto a número, podrá dar mejor idea de su evolución. Comienza por paisajes de ámbito muy amplio, como el citado de la bahía de Nápoles, La parábola del sembrador y Las tentaciones de S. Antonio (ambos, de 1557, en la National Gallery, de Washington). Otra temprana maravilla, La caída de Jcaro, ca. 1558 (Mus. Real de Bruselas) nos muestra el singular concepto, positivista y anecdótico, que B. tenía de un motivo de la mitología clásica. Es muy curioso que sean posteriores a las fechas citadas los cuadros en que es preciso aceptar algún influjo del Bosco, como El capote azul, del Mus. de Berlín (1559), La batalla entre D. Carnal y D. Cuaresma, del Kunsthistorischen Mus. de Viena y de igual año, Juegos de niños (1560) y La torre de Babel (1563) ambos también en el mismo museo. Pero si se trata de reminiscencias del Bosco, ello sólo será por la multiplicidad de figurillas, porque el fuerte y seguro criterio realista de B. no necesita ninguna lección de las diablerías y fantasías de Jerónimo Bosch. Sólo en Margarita la loca de 1564 (Mus. de Amberes) es innegable y patente el influjo boschiano. En verdad, no se trata del cuadro más interesante del gran B. Éste, en el año posterior, 1565, parece haber alcanzado la plenitud de su genio, con esa fecha datan cinco (conservados) de los seis cuadros que el rico coleccionista de Amberes, N. Jonghelinck, encargó al artista. Son conocidos por el nombre de Las Estaciones, pero, realmente, cada uno se refiere a un bimestre: El día sombrío (enero-febrero) (Kunsthistorisches Mus.); Los henos (mayo-junio) (Galería de Praga); La siega (julio-agosto) (Metropolitan Mus. de Nueva York); La vuelta del ganado (septiembre-octubre) y Los cazadores (noviembre-diciembre), ambos en Viena. Es improbable que el cuadro perdido, el alusivo a marzo-abril, pudiera ser más hermoso que el de La siega o que esa maravilla de paisaje nevado y de sinfonía perfecta en blanco y negro que es el de Los cazadores, a no dudar, una de las obras máximas de la historia de la pintura.Con posterioridad a esta antológica serie, parece como si B. se hubiera cansado de los paisajes amplios y de las figuras más bien menudas. Se diría que prefiere resaltar mejor el argumento humano, por lo que irá desapareciendo el escenario anteriormente tan vasto para fijarse mejor en lo que hacen sus gentezuelas. De 1567 es El país de Jauja (Munich, Pinacoteca Antigua), en que tres personajes tumbados a la bartola (un labriego, un soldado y un estudiante) tienen a la mano los manjares que deseen. De ca. 1568 datan obras tan seductoras como La parábola del Nido, La boda campesina, pieza maestra por excelencia del costumbrismo de todo tiempo, y Danza de campesinos, todos tres en el Mus. de Viena. Además, tres de los cuadros más intencionados del artista: Los mendigos cojos (Louvre), estremecedora casi miniatura a la que se han buscado muchas explicaciones ocultas; El Misántropo (Mus. de Nápoles), acaso clave de preocupaciones íntimas de B. y la emocionante Parábola de los ciegos, también en el Mus. de Nápoles, y uno de los cuadros más crueles y, a la vez, piadosos, que puedan conservarse en la memoria, de un realismo verdaderamente inaudito. Con todo propósito, se han segregado de la relación anterior los cuadros de tema religioso, vena sumamente ajena al gran creador de tipos y de situaciones, y que las veces que la atendió sólo fue en forma episódica y costumbrista, ensanchando hasta lo sagrado sus normales afanes populares. Ignórase si B. fue católico o luterano, y acaso su mejor filiación sea la de indiferente en esta importante materia. La consecuencia en sus cuadros de título, más que contenido, sacro es la dificultad en encontrar los protagonistas. En La caída de los ángeles rebeldes, de 1562 (Mus. de Bruselas) acaso todavía sean visibles, pero hay que advertir que se trata de uno de los cuadros más impersonales y más boschianos del gran maestro. La subida al Calvario, de 1564 (Mus. de Viena) es una notabilísima pieza, atiborrada de multitudes, y es necesario fijarse bien en su centro para advertir que allí se enclava el motivo titular. Algo semejante ocurre en esa obra maestra de composición que es La conversión de S. Pablo, de 1567 (Mus. de Viena). En fin, otras dos maravillas, El censo de Belén, de 1566 (Bruselas), y La matanza de los inocentes, de 1567 (Viena), son más bien escenas de género que transcurren en aldeas nevadas de los Países Bajos, la segunda con la mínima cantidad de violencia que pudiera adjudicarse al repetido tema. Otra obra tardía, El triunfo de la Muerte (Prado), nos parece constituir una excepción en la vena, habitualmente templada y pacífica, de este extraordinario cronista de la verdad, de lo cotidiano, de lo cierto, de este hombre que no creó sino obras maestras. Pero por esa misma razón, por esa evidente excepcionalidad, sus seguidores fueron tan modestos.
Descendientes. Peeter Brueghel, El Mozo, también llamado Brueghel d’Enfer (Bruselas, 1564-1637/8), no pasó de la categoría de imitador de su insigne padre, adquiriendo el dicho mote por su afición a los fondos de reflejos ígneos. El hijo segundo, Jan Brueghel de Velours (Bruselas, 1568-Amberes, 1625) fue pintor vulgar y ostentoso, fecundo e insípido, muy conocido por sus cuadros demasiado decorativos. Este artista tuvo dos hijos: Jan Brueghel, El Mozo (Amberes, 1601-1678), pintor de los archiduques Alberto e Isabel Clara Eugenia, y Ana, que casó con D. Teniers en 1638, asistiendo Rubens a los esponsales. He aquí de qué sencilla manera se relacionaban dos grandísimos nombres de la pintura flamenca.
J. A. GAYA NUÑO.
BIBL. : G. GLÜCK, Pieter B"ueghel the Elder, Nueva York 1951; R. GENAILLE, Brueghel l’Ancien, París 1954; V. STECHOW, Pierre Brueghel le Vieux, París L.’54; F. GROSSMANN, Tutta la pittura di Brueghel, Florencia 1956; C. G. STRIDBECK, Brueghel-Studien, Esto- colmo 1956; R. L. DELEVOY, Brueghel, Ginebra 1959; J. COMBE, Brueghel de Velours, París 1942.Guarda este contenido en tu perfil
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