Benedictinos (orden de San Benito) HIST.
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Historia de la Iglesia
HISTORIA. 1. Nombre genérico con el que se designa a los miembros de numerosas corporaciones monásticas que a lo largo de los siglos adoptaron como norma de vida la regla atribuida tradicionalmente a S. Benito de Nursia (v.), abad de Montecasino (v.).1. La Orden de San Benito (Ordo Sancti Benedicti: O. S. B.). El autor de la Regla de S. Benito no pretendió en modo alguno fundar una Orden religiosa. Su intención era reglamentar un solo monasterio. Y aunque previó que otros cenobios adoptarían su código de vida monástica, no estableció entre ellos lazo alguno de unión o federación. No es, pues, de extrañar que los b. no hayan formado nunca una familia monástica perfectamente homogénea, unificada y centralizada. La Orden de S. Benito es muy diferente de todas las otras. De hecho, se trata más bien de una expresión cómoda que de una auténtica realidad. En el pasado, significaba que el monje, el monasterio o la unión de monasterios que ostentaba este tíulo seguía la Regla benedictina. Sólo modernamente tiene cierta efectividad gracias a la agrupación de diversas congregaciones de monasterios en una "confederación fraterna".León XIII logró lo que no se había podido alcanzar en el pasado, pese a diferentes intentos. Un paso firme hacia cierta unión lo constituyó la inauguración, en Roma, del nuevo Colegio de San Anselmo (4 en. 1888), que abrió sus puertas a todos los estudiantes b., sin discriminación alguna. En 1893, por voluntad del Papa, se reunieron en Roma los abades b. del mundo entero. El 12 de julio del mismo año, el breve Summum semper creaba la "Confederación de las congregaciones benedictinas", bajo la presidencia de un abad primado.Uniones o federaciones de monasterios autónomos (su¡ iuris), de carácter regional, nacional o internacional, bajo la autoridad común de un capítulo general y de un abad presidente (o general), las diversas congregaciones benedictinas, al confederarse entre sí, no renuncian en modo alguno a su independencia, estructuras, tradiciones, actividades, derechos y privilegios. Ninguna es superior a las otras. El único lazo que las une es el abad primado, que las preside, pero no las gobierna con jurisdicción propiamente dicha, salvo en casos especiales. Otro lazo secundario es e¡ mencionado Colegio de San Anselmo, sostenido por el conjunto de monasterios de la Confederación, que le proporcionan fondos, profesores y alumnos. Además, todos los abades y superiores mayores confederados se reúnen en Roma cada seis años, bajo la presidencia del primado, para tratar de cosas de interés común; pero no forman un capítulo general. La Confederación se rige actualmente por la Lex propia confederationis congregationum monasticarum Ordinis Sancti Benedicti, promulgada por Pío XII (breve Pacas vinculum, 21 mar. 1952). En ella están integradas todas las familias monásticas que reconocen como base de su constitución la Regla de S. Benito, a excepción de los cistercienses (v.).2. La expansión de la Regla benedictina. La historia del monacato benedictino es tan extraordinaria como su constitución. Su admirable propagación en la Alta Edad Media no fue tanto el fruto natural de una familia que crece y se multiplica como de la adopción de la Santa Regla por monasterios cada vez más numerosos. Los monjes antiguos, salvo los discípulos de S. Pacomio (y.), no tenían el sentido de pertenecer a determinada corporación religiosa, como lo tienen los monjes de la actualidad. Eran simplemente monjes de tal o cual monasterio; era lo más común que no concedieran ninguna importancia a la regla o conjunto de reglas de diversos autores en que se inspiraban los abades en el cotidiano gobierno de cuerpos y almas. En el fondo, fue la indiscutible calidad del código benedictino lo que hizo que prevaleciera hasta alcanzar una hegemonía impresionante en la Iglesia de Occidente (V. REGLAS MONÁSTICAS).Los primeros pasos de esta expansión son más bien oscuros. Parece fuera de duda que el papa S. Gregorio Magno (v.) conoció e hizo practicar la Regla de S. Benito en su monasterio romano de Clivus Scauri. Fuentes literarias testifican que también era utilizada, junto con otros códigos monásticos, en Italia y la Galia. Fue introducida en la Inglaterra del s. VII, y tiene razón Mabillon al llamar a S. Wilfrido, S. Benito Wiscop y S. Beda el Venerable dimidiati benedictina. Los monjes anglosajones, acaudillados por hombres como S. Wilibrordo (v.) y S. Bonifacio (v.), llevaron consigo la Santa Regla al emprender la evangelización de los países germánicos, donde fundaron numerosos monasterios. En España, por el contrario, donde existía un poderoso e inconfundible monacato autóctono, no parece que fuera aceptada de un modo general hasta el s.X, gracias a los cluniacenses.S. Benito de Aniano (m. 821) contribuyó como nadie a su triunfo definitivo. Encargado de la restauración y reorganización monástica en el Imperio carolingio por Luis el Piadoso, se convenció de que la multiplicidad de reglas y observancias era la causa principal de la confusión y los abusos, y optó por la Regla benedictina, que impuso a todos los monasterios en el conc. de Aquisgrán de 817. Desde entonces, la Santa Regla dominó en casi toda la Europa central y occidental. Por desgracia, Benito de Aniano promovió al mismo tiempo la tendencia ritualista, nacida de la influencia del monacato urbano sobre los monasterios regulares. Este exceso de oraciones, ceremonias y solemnidades marcó todo el monacato medieval y fue, a fin de cuentas, causa de decadencia. Los monjes se pasaban la vida en el coro. La sabia proporción entre oración, lectura y trabajo establecida por la Regla quedaba comprometida, rota.3. Los grandes movimientos de reforma en la Edad Media. Siempre hay desfallecimientos y decadencia, y siempre hay necesidad de reforma; pero ésta era a todas luces urgente a lo largo del "siglo de hierro". Uno de los primeros reformadores b. del s. X fue S. Gerardo, abad de Brogne; otro, heredero de su espíritu, Juan de Gorze; ambos actuaron en Lotaringia. Pero la antorcha abandonada por S. Benito de Aniano al morir fue recogida sobre todo por la abadía borgoñona de Cluny (v.), fundada en 910.Cluny no sólo es un gran nombre de la historia benedictina, sino también de la historia eclesiástica y aun de la cultura. Su obra es polifacética y de gran importancia. Bajo la sucesiva dirección de los abades S. Odón (v.), S. Máyolo, S. Odilón (v.) y S. Hugo fue, sobre todo, a lo largo de los s.X y XI, el más poderoso centro de reforma, no sólo del monacato benedictino, sino de la Iglesia latina en general. Los cluniacenses acabaron por invadir no sólo los monasterios, sino también los consejos de los reyes y prelados, las sedes episcopales y aun la misma cátedra de Pedro (Gregorio VII, Urbano II). Y desde estos puestos prosiguieron animosos su lucha contra la simonía y el nicolaísmo, contra la intromisión abusiva del poder secular en la Iglesia y la incontinencia de los clérigos, en favor del primado, de la disciplina y de la liturgia de Roma. Bajo la Regla de S. Benito, Cluny fue formando, en el mundo monástico, lo que se llamó el Ordo Cluniacensis, vasto imperio que se extiende por toda Europa, no sólo a base de fundaciones, sino normalmente a base de suprimir la autonomía de monasterios preexistentes, sujetándolos directamente a la jurisdicción de la casa central o de una de sus grandes sucursales, llamadas piadosamente "hijas de Cluny": Lewes, la CharitésurLoire, SanntMartindesChamps, Souvigny y Sauxillanges. No fue ésta la única innovación introducida por los cluniacenses que contribuyó a desfigurar el monacato benedictino, pues se suprimió el trabajo manual, se sobrecargó el oficio divino con rezos supererogatorios y excesiva pompa y boato, se introdujo un insoportable ritualismo en casi todos los pormenores de la vida cotidiana, y se avanzó un gran trecho en la progresiva clericalización del monaquismo. Sin embargo, hay que reconocer que, gracias a los cluniacenses, se restauró la disciplina y, lo que es más, la espiritualidad auténticamente monástica de orientación contemplativa.A lo largo de los s. X y XI, donde no logró introducirse la jurisdicción de Cluny, penetró su espíritu y su observancia. Se puede decir que, salvo excepción, los monasterios benedictinos quedaron marcados generalmente por su influencia. Centros reformadores inspirados y apoyados en Cluny fueron: SaintBenoitsurLoire, Marmoutier, Lérins (v.), S. Víctor de Marsella, etc. Particular mención merece Guillermo de Dijon o de Fruttuaria, creador de la reforma homónima que se extendió hasta Alemania y Polonia. Otros movimientos de restauración benedictina fueron: el de S. Dunstán (m. 988) y sus discípulos S. Etelwoldo y S. Oswaldo, en Inglaterra; el de Einsiedeln, en el centro de Europa; el de La Cava, en Italia; el de Ricardo de SaintVanne, en Lotaringia. En los países germánicos, las ideas cluniacenses hallaron un ferviente propagador en S. Guillermo, abad de Hirsau, quien, en la segunda mitad del s. xi, formó una congregación similar, que llegó a contar con más de 100 monasterios; éstos, sin embargo, conservaron su autonomía, a diferencia de las reformados por Cluny. En tierras hispánicas, los ideales, la observancia y aun la jurisdicción de Cluny contribuyeron grandemente al auge benedictino en los condados catalanes, en Aragón, en Castilla y en León, a lo largo del s. xI; fue entonces cuando vivieron Oliva de Rlpoll (V. RIPOLL, MONASTERIO DE SANTA MARÍA DE), S. Domingo de Silos (v.), S. García de Arlanza, S. Íñigo de Oña, S. Sisebuto de Cardeña, S. Veremundo de Irache, S. Alvito, S. Fagildo, S. Aldelelmo (el popular S. Lesmes); y la abadía leonesa de Sahagún, henchida de espíritu cluniacense, empezó a extender su influencia en otros monasterios hasta formar la Religio S. Facundi.Todos estos movimientos y . realizaciones presentan características idénticas o muy parecidas. A su lado surgieron y se desarrollaron tendencias muy diversas, aunque amparándose bajo la misma Regla de S. Benito. Este monacato disidente tenía una aspiración común: volver a la autenticidad primitiva. Y hacía hincapié en la simplicidad de vida, la verdadera pobreza, la austeridad, la clausura y la contemplación. Algunas de estas realizaciones, además, presentan una fuerte inclinación hacia la vida eremítica. Tal es el caso de los camaldulenses (v.), que reconocen por padre y fundador a S. Romualdo (v.), y la congregación de Fonte Avellana, ilustrada por S. Pedro Damián (v.), entusiasta propagandista de los nuevos ideales. S. Juan Gualberto (v.) (m. 1073), en cambio, permanece enteramente fiel al cenobitismo en su fundación de Vallombrosa y de la congregación homónima; su único empeño era establecer una observancia según el "recto sentido de la Regla". A este monacato nuevo y renovador pertenecen también las congregaciones francesas de Grandmont, SauveMajeure, Fontevrauld (en la que, por devoción a la Virgen, los monjes estaban al puro servicio de las monjas y a las órdenes de las abadesas), Savigny, Tiron, Caudouin y SaintSulpice, así como las italianas de Pulsano y Monte Vergine. Casi todas ellas tienen orígenes eremíticos y rechazan el hábito negro tradicional para adoptar el color blanco o gris. Todas surgieron a lo largo del s. xi o principios del XII.La vida que llevaban estos b. disidentes era como una condenación de las riquezas y poderío del monacato dominado por Cluny, una crítica de la complicación y suntuosidad de su liturgia, de su organización feudal, de su implicación en los negocios temporales, de las mitigaciones que había introducido en la observancia regular. Algunos llegaron a tomar la pluma para atacarlo. S. Bernardo de Claraval (v.) fue indiscutiblemente el más primoroso polemista en esta lucha entre hermanos. Miembro y representante autorizado de la más importante de las reformas que pretendían volver a la pureza primigenia de la Regla, Citeaux (v.), se enfrentó con el abad de Cluny, Pedro el Venerable, hombre de admirable sinceridad y moderación, que tuvo que defender como pudo las posiciones tradicionales. Pero, de hecho, Cluny, cumplida su misión, se había dormido sobre sus laureles. El porvenir pertenecía a los cistercienses (v.). La reforma tímida y penosamente iniciada por S. Roberto de Molesmes (v.) a fines del s. xI alcanzó un éxito inaudito, gracias en buena parte al genio de S. Bernardo, pero a fin de cuentas porque su ideal correspondía a las aspiraciones religiosas de aquellos tiempos. Consecuentes con sus principios, los primeros cistercienses buscaron de hecho la autenticidad en todo, y su vida se distinguía por su fidelidad a las normas del monacato primitivo y a la Regla de S. Benito. Los cistercienses acabaron por desbancar. a los cluniacenses, dando el golpe de gracia a su hegemonía.4. La decadencia de los s. XIII y XIV. El s. XII fue el siglo de oro de los cistercienses. No sólo florecieron en todos los órdenes y se multiplicaron por todas partes, sino que recibieron en su corporación a muchos monjes, abades y aun monasterios enteros que se pasaban del monacato benedictino, y de "la penumbra de Cluny" a "la pureza del Cister". Con el levante de la estrella del Cister contrasta el ocaso de la de Cluny y de los b. de hábito negro en general. Sin embargo, el s. xii puede presentar todavía una larga lista de b. ilustres: santos, grandes abades, historiadores, artistas, autores espirituales, obispos y cardenales, como Suger de SaintDenis, Guillermo de Malmesbury, Orderico Vital, Pedro de Celle, Ruperto de Deutz y tantos otros. Los s. XIII y XIV constituyen la época más lamentable de la larga historia benedictina. Son muchas las causas de esta decadencia. La sociedad había cambiado profundamente, mientras los b. permanecían inmóviles, aferrados al concepto del monje como un hombre a sueldo que reza por los demás; un hombre que se ha asegurado una renta y piensa merecerla salmodiando sin cesar. El sistema feudal prevalece en los claustros: el abad es un gran señor temporal; los cargos conventuales se convierten en derechos, pensiones y prebendas. Dignidad honorífica y lucrativa, el abadiato es codiciado por príncipes, nobles y alto clero para sus hechuras o segundones; y en momentos críticos para la economía o la observancia regular de los monasterios, éstos se hallan en manos de abades ineptos, ignorantes, pródigos o totalmente indignos.A partir de mediados del s. xiii, las abadías no suelen ser, a los ojos de lá Curia romana y de los príncipes, sino una fuente de importantes ingresos. Una tras otra van cayendo en manos de la nobleza, que las considera como parte del patrimonio familiar, y se pueblan de gran número de niños, idiotas, bastardos, contrahechos y otros tipos de monje sin ninguna vocación. Luego, so pretexto de pasarse a una Orden de observancia más estrecha, las invaden numerosos religiosos mendicantes, particularmente franciscanos, atraídos realmente, en su mayor parte, por las dignidades. lucrativas, las plazas cómodas y tranquilas. En tales cicunstancias, no es extraño que los monasterios se empobrezcan, colaborando a su ruina las exigencias de los señores feudales, las tasas eclesiásticas, las guerras, las epidemias, los incendios, las grandes sequías. Y, como consecuencia de esta pobreza, se introduce el peculio entre los monjes, se abandona la vida común y disminuye el personal en todas partes. Los escándalos no son muy numerosos, pero más raro todavía es el fervor. Domina la languidez, la rutina, y sólo de cuando en cuando descubrimos oasis de vida algo más vigorosa.No faltaron movimientos de reforma. Tres santos italianos, de carácter muy parecido, dan origen a tres nuevas ramas benedictinas: S. Silvestre Guzzolini (m. 1267), a los silvestrinos; S. Pedro Morrone (m. 1296), Papa durante algún tiempo con el nombre de Celestino V (v. PEDRO CELESTINO, SAN), a los celestinos; el b. Bernardo Tolomei (m. 1348), a los olivetanos (de Monte Oliveto). Características comunes a las tres reformas son la austeridad de vida, la extrema pobreza, una fuerte centralización y cierta tendencia al eremitismo. Lgs silvestrinos no tenían abades, sino priores vitalicios; los celestinos y los olivetanos introdujeron los abades temporales, innovación que fue imitada en los siglos posteriores.En los monasterios tradicionales, se empezó a hablar de salir de su aislamiento y agruparse de algún modo para defenderse mejor de los enemigos comunes. El ejemplo del Cister estaba bien patente: sus capítulos generales tenían verdadera eficacia. Ya en 1131 los abades de la provincia eclesiástica de Reims habían resuelto reunirse anualmente para tratar de reforma. Se conocen también otras reuniones similares en otros puntos. Celoso de la restauración monástica, Inocencio III (v.) promovió estas asambleas periódicas de prelados, que el IV cono. de Letrán sancionaba, en 1215, imponiendo a todo el monacato benedictino los llamados capítulos provinciales, esto es, la reunión, cada tres años, de todos los prelados de una misma región; sus decisiones debían observarse por todos los monjes allí representados; los capítulos, además, debían elegir visitadores, cuya misión era recorrer y reformar todos los monasterios de la provincia. Pero, pese al apoyo de los sucesores de Inocencio III, la nueva institución acabó por fracasar casi en todas partes, menos en Inglaterra.En el s. XIV, Benedicto XII, monje cisterciense, estimuló la reforma benedictina con la publicación de la bula Summi Magistri, generalmente llamada Benedictina (1336), legislación cuidada y prudente que completa lo dispuesto por el IV conc. de Letrán. Recuerda la obligación de celebrar los capítulos provinciales, que regula minuciosamente; divide la Cristiandad en 32 provincias monásticas, cuyos límites fija con precisión; se ocupa de puntos importantes de la observancia regular y, particularmente, de los estudios, ordenando, entre otras cosas, que se mande a las universidades un monje de cada 20. Pero los desvelos del Papa dieron poco fruto. Por entonces hacía estragos la encomienda. Prelados seculares, reyes y señores laicos gozaban canónicamente de los bienes de los monasterios como si fueran religiosos profesos. Los abades comendatarios, en general, se limitaban a apoderarse de las rentas de sus abadías, dejando a los monjes sólo una pequeña parte. La encomienda, sin duda, constituyó la peor de las plagas que azotaron los monasterios benedictinos, pero no la única. Puede recordarse el hambre de 1315-17, la gran peste de 1348-49, el gran Cisma de Occidente y la guerra de los Cien Años. Todo parecía obstaculizar la restauración benedictina.5. Las Congregaciones. A partir del s. XV, la historia benedictina se caracteriza por la progresiva proliferación de congregaciones, en su mayor parte de reforma, que acaban por repartirse entre sí la totalidad de los monasterios. En los países germánicos, puede mencionarse ante todo la reforma de Kastl (Baviera), iniciada ya en el s. XIV por Otón Nortweiner y fomentada más tarde por el cono. de Constanza (1414). Su fin era restaurar la disciplina. Pero, como descuidaba toda organización externa, no duró más de un siglo. Muchos de sus monasterios fueron heredados por las congregaciones de Melk y de Bursfeld. La reforma de Melk (Austria), comenzada por Nicolás Seyringer (m. 1425), tenía un carácter meramentereligioso: su único empeño era la difusión y cumplimiento de sus estatutos, asegurar la observancia regular y la santificación de los monjes. Produjo, entre otros frutos, una notable pléyade de escritores espirituales.
Mucho más importante que las de Kastl y Melk fue la Congregación de Bursfeld (monasterio de Sajonia). Iniciada por Juan Dederoth, llamado también de Münden, en la primera mitad del s. xv, e inspirada por Juan Rode, abad de S. Matías de Tréveris, impulsada por el conc. de Basilea y protegida por el card. Nicolás de Cusa, llegó a poseer unos 200 monasterios, esparcidos por los vastos territorios de las actuales Alemania, Austria, Dinamarca, Holanda y Bélgica, y perduró hasta la secularización de 1802. Su constitución era muy tradicional: federación y no unión, monasterios autónomos, abades vitalicios. Su capítulo general anual y sus visitadores sólo pretendían ayudar a mantener la observancia, compendiada en tres libros oficiales: el Ceremoniale, el Ordinarius divinorum y los Recessus u ordenaciones de los capítulos generales. Entre sus numerosos hombres ilustres destaca sobre todo el abad Tritemio de Sponheim (m. 1516), hombre polifacético y maestro espiritual de la congregación.En los países latinos, se crearon diversas congregaciones benedictinas. La primera fue fundada por Ludovico Barbo, abad de S. Justina de Padua (m. 1443). De ahí que se llamara de S. Justina hasta que ingresó en ella el monasterio de Montecassino (1504); desde entonces es conocida con el nombre de Casinense. Erigida canónicamente en 1419, llegó a agrupar todos los monasterios de Italia y se distinguió por una fuerte centralización, por un gobierno de tendencia decididamene democrática y por el frecuente cambio de superiores. La obra de Barbo tuvo gran influencia en el resto del monacato benedictino.En España, existieron dos congregaciones: la llamada Congr. Claustral y la de S. Benito de Valladolid. La Congregación Claustral fue simplemente la prolongación de los capítulos provinciales que se celebraron ejemplarmente en las provincias de Tarragona y Zaragoza; sus monasterios, algunos muy ilustres durante la Edad Media, como Ripoll (v.), S. Cugat y S. Juan de la Peña, estaban situados en Cataluña y Aragón; pero llevó una vida lánguida, pues sus monjes y abades se opusieron rotundamente a toda renovación. Por el contrario, la Congregación de S. Benito de Valladolid, llamada también posteriormente de España e Inglaterra, fue una de las más eminentes en los s. XVI-XVIII.El monasterio de S. Benito de Valladolid, fundado en 1390 por Juan I de Castilla, se distinguió desde el principio por una austeridad y separación del mundo realmente extraordinarias, pues sus monjes hacían voto de perpetua clausura. Sus prelados lograron imponer sus costumbres y, si era posible, su jurisdicción a unos pocos monasterios a lo largo del s. XV; pero fue el generoso apoyo de los Reyes Católicos lo que les permitió apoderarse de abadías como Sahagún, Montserrat (v.) y S. Millán de la Cogolla, y, por último, formar una congregación (1500). Por desgracia, no se dio a ésta una constitución del gusto de todos los que la formaban, lo que originó grandes y largas luchas entre los monasterios sometidos y el de Valladolid, deseoso de conservar su hegemonía a toda costa. Además, el primer rigor fue debilitándose poco a poco. Sin embargo, la congregación vallisoletana conservó casi hasta los últimos años de su existencia un notable nivel de vida religiosa y produjo una pléyade de varones ilustres: personajes tan virtuosos como García de Cisneros (v.), Sebastián de Villoslada, Juan de Castañiza y José de S. Benito; teólogos y canonistas, como Antonio Pérez, José Sáenz de Aguirre, Juan Bautista Lardito y otros muchos; escrituristas, como Pedro Vicente Marcilla y Jerónimo Lloret; espirituales, como el mencionado Cisneros y Pedro Alonso de Burgos; historiadores, como Prudencio de Sandoval y Antonio de Yepes, autor de la primera historia general de la Orden de S. Benito; polígrafos de la talla de Feijoo (v.) y Martín Sarmiento; y todavía podrían mencionarse grandes predicadores, científicos, literatos, músicos famosos, grandes hombres de gobierno y más de 80 obispos. Los b. vallisoletanos administraban más de 200 parroquias, sostenían gran número de instituciones benéficas, regían cátedras en cuatro universidades, una de las cuales, Irache, era de su propiedad. Influyeron, además, notablemente en la formación de la Congregación de Portugal y de la nueva Congregación inglesa, integrada en su mayor parte por b. de la Gran Bretaña que habían profesado y se habían formado en monasterios españoles.El cisma inglés y la reforma protestante fueron un duro golpe para los monasterios benedictinos. La Contrarreforma impuso definitivamente el sistema de agruparlos en congregaciones. Incluso en Francia, donde anteriormente sólo hallamos la de ChezalBeniolt, se formaron diversas uniones monásticas. Las congregaciones benedictinas aprobadas por la Santa Sede desde el conc. de Trento hasta la Revolución francesa son las siguientes: la de Mélida, formada por los monasterios de Dalmacia (1548); Exentos de Flandes (1564); portuguesa (1566); Exentos de Francia (1580); de Estrasburgo (1602); de Suabia (1603); de SanntVanne (1604); Soc. de Bretaña (1607); Congr. de SanntDenis (1607); suiza (1608); inglesa (1619); de San Mauro (1621); de Allobroges (1621); austriaca (1625); belga (1627); claustral .(1640); de Salzburgo (1641); cluniacense reformada (1661); bávara (1684); de Augsburgo (1687), y castrocasinense, integrada por monasterios polacos (1700). En 1701, fue erigida la Congregación mequitarista, destinada a propagar y mantener el catolicismo en Armenia. Desde el s. XVI todos los monasterios benedictinos de Hungría formaban un cuerpo compacto en torno a la abadía de Pannonhalma; la unión llegó a ser tan estrecha que todos los monjes acabaron por ser miembros de una sola e inmensa abadía.Entre estas congregaciones las hubo de todas clases: de tipo federal o centralizado, de gran austeridad de vida o de muy poca, de existencia lánguida y efímera o de gran pujanza. Sólo unas pocas lograron subsistir hasta hoy. La inmensa mayoría o sucumbieron antes o perecieron al golpe de la Revolución y de la secularización qué progresivamente se impuso en todos los países de Occidente. De los 1.500 monasterios b. que cubrían Europa en tiempos del conc. de Constanza, sólo unos 30 sobrevivieron a la caída de Napoleón.6. La restauración del s. XIX. El cansancio, la vida holgada, la falta de espíritu religioso, las dispensas de actos regulares, el peculio y, en muchas partes, el jansenismo y el racionalismo fueron las lacras más comunes entre los b. de los s. XVIII-XIX. Pero de sus filas salieron hombres íntegros e intrépidos que emprendieron la restauración. Ésta empezó en ciertos países cuando en otros todavía tenía que consumarse la supresión de los monasterios. Así, en Suiza, Hungría, Italia e Inglaterra, donde por fin se establecieron los b. ingleses expulsados de Francia por la Revolución. Las congregaciones suiza, húngara, casinense e inglesa lograron sobrevivir. En cambio, fracasaron los intentos de restaurar las congregaciones que hubo en Francia; fue un sacerdote secular, Prosper Guéranger (v.), quien dio origen a la moderna Congr. de Francia al emprender la restauración del priorato de Solesmes en 1833. En 1860 se erigía la nueva Congregación de Baviera. En 1863, los hermanos Mauro y Plácido Wolter, que iban a recibir el influjo de Guéranger, abrían el monasterio de Beuron (Suabia); en torno a Beuron se formó la congregación homónima.En España, los b. exclaustrados no fueron capaces de resucitar ni la Congr. Claustral, ni la de S. Benito de Valladolid; sólo lograron restaurar los monasterios de Montserrat (v.), Samos (v.) y Valvanera, que más tarde fueron incorporados a la Congregación de Subiaco. Silos (v.) debe su restauración a los b. franceses de Ligugé. Lazcano fue fundado por los monjes de Belloc, abadía igualmente francesa. Dos monjes exclaustrados de la congregación vallisoletana, Rosendo Salvado y José Serra, fundaron la abadía de Nueva Nursia, en Australia (1867).Un monje de Metten, Bonifacio Wimmer, implantó el monacato benedictino en Estados Unidos (1846), dando origen a la floreciente Congr. AmericanoCasinense. La Congr. HelvetoAmericana nació en torno a los monasterios de S. Meinrad y Conception, fundados por monjes suizos.Fruto de un cisma reformador en el seno de la Congr. Casinense, la Congr. de Subiaco, llamada hasta hace poco Casinense de la Primitiva Observancia, fue erigida en 1872. En 1884, se erigió la de S. Otilia, cuyo centro se encuentra en el monasterio bávaro del mismo nombre; dedicada al apostolado misional, conoció una rápida expansión. En 1889, León XIII agrupó los monasterios austriacos en dos congregaciones: la de la Inmaculada Concepción y la de S. José. Fundada en 1827, la Congr. del Brasil había quedado reducida a la mínima expresión cuando, en 1895, el monje belga Gerardo van Caloen emprendió su restauración. La renovación b. del s. xix culminó, en cierto modo, con la confederación de las congregaciones que tuvo lugar en 1893 y de la que hemos tratado arriba.7. Los benedictinos en el s. XX. En el s. XX continúa el periodo de resurgimiento y expansión. Las estadísticas son elocuentes. En 1905, los monasterios eran 155 y los religiosos 5.940; en 1935, 190 y 10.356, respectivamente; en 1965, 225 y 12.070.En 1965, la Confederación estaba integrada por las siguientes congregaciones: Casinense (10 monasterios y 198 religiosos), de Inglaterra (12 y 599), de Hungría (3 y 245), de Suiza (6 y 559), de Baviera (11 y 459), del Brasil (6 y 222), de Francia (21 y 1.078), AmericanoCasinense (20 y 2.045), de Beuron (9 y 631), de Subiaco (35 y 1.907), HelvetoAmericana (16 y 972), de Austria (14 y 512), de Santa Otilia (14 y 1.311), de Bélgica (erigida en 1920, 14 y 751), Eslava (Checoslovaquia, 7 y 106) y Olivetana (21 y 263). Esta última, considerada como una rama de los b., ingresó en la Confederación en 1960. Después de 1965, obtuvieron su admisión en la misma las restantes ramas, a excepción de los cistercienses, considerados como una orden aparte: los camaldulenses (v.), los valumbrosanos y los silvestrinos. Últimamente, se formó la Congr. de Holanda, compuesta de cuatro monasterios que se separaron de la Congr. de Francia. Siete monasterios están bajo la jurisdicción inmediata del abad primado: el Colegio de San Anselmo (Roma), San Matías de Tréveris, la Dormición (Jerusalén), Le Bouveret (Suiza), Chevetogne (Bélgica), Elmira (Estados Unidos) y Binicanella (España).En España existen actualmente los siguientes monasterios su¡ iuris: Montserrat, Samos, Silos, Valvanera, Lazcano, El Paular, Santa Cruz del Valle de los Caídos y Binicanella. Algunos. de ellos poseen dependencias: Leyre, Montserrat de Madrid, S. Clodio, Monforte de Lemos, Estíbaliz y El Miracle.8. Actividades. Los b. no han tenido ni tienen una actividad específica común, a no ser que se considere tal el culto divino que se esmeran en ofrecer todos los días. S. Benito sólo supone que sus seguidores son monjes, esto es, hombres dedicados a servir a Dios en la clausura de un monasterio, cantando las divinas alabanzas, meditando las Escrituras, orando y trabajando en cualquier labor que pueda compaginarse con su peculiar género de vida.Los b. medievales roturaron las tierras, copiaron manuscritos, cultivaron las ciencias y las artes. Su relevante contribución a la conservación de la cultura antigua y a la formación de la moderna es generalmente reconocida. Esta tradición cultural fue continuada en los tiempos más recientes. Baste citar el ejemplo luminoso de la Congr. de S. Mauro, con sus ediciones patrísticas, sus colecciones de autores medievales, sus obras históricas, etc. (v. PATRÍSTICA II, 2). Actualmente, mientras unos se dedican a la formación de la juventud en colegios y otros trabajan en el ministerio parroquial o en las misiones, no faltan quienes publiquen estudios o fuentes de patrología, Eturgia, espiritualidad, historia, etc. La colaboración benedictina a la restauración litúrgica y especialmente del canto gregoriano es conocida. Tampoco tienen los b. una escuela filosófica o teológica propia. En general, han sido partidarios del tomismo. El intento español de fundar una escuela anselmiana y el francés de crear una teología benedictina no han llegado a triunfar.GARCÍA M. COLOMBAS.
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