Autor EDUC.
Categoria:
Educación
Del latín, auctor, de augere, supino auctum, aquel que añade algo, que hace avanzar. Según la etimología, a. es aquel que, en cualquier dominio de la inteligencia, perfecciona lo que ya existía o lo enriquece con nuevas aportaciones. El desarrollo de los conocimientos técnicos, especialmente_ desde el racionalismo experimentalista, ha hecho que se concrete la comprensión del término a. a quien es creador o artífice en el campo de las artes o del conocimiento especulativo o expositivo, con cuyo ejercicio el a. consigue "la liberación de la pura facultad creadora del espíritu" (J. Maritain, La poesía y el arte, Buenos Aires 1955, 72). Así, se puede hablar del a. de un poema, de una partitura, escultura, pintura, novela, obra de teatro, monografía histórica o filosófica, ensayo, guión radiofónico, cinematográfico o televisivo.Es difícilmente aprehensible la noción de a. a través de la historia de las ideas. Tenemos dos épocas claves en las que el a. alcanza una "mayor conciencia de sí mismo": el s. xi (H. Brinkmann, Zu Wesen und Formen mittelalterlicher Dichtung, Halle 1928, 46) y el Romanticismo. Del primer momento arranca ese deseo de "inmortalidad" lograda por la obra, que animará lo. más específico del Humanismo cuando proclama su aspiración a la vita nuova (K. Burdach, Riforma, rinascimento, umanesimo, Florencia 1935), cuy,, secreto, con tantas raíces clásicas, posee el humanista, hasta Unamuno, sin que puedan olvidarse ni los egotismos de Musset, en Confession d’un enfant du siécle (1835), tan fraternos con los versos, rebosantes de autoconciencia, de Walt Whitman, en Hojas de hierba (1856), caudal sublimado en ese dantesco "pasar por la tierra con faz serena / clara alegría en la secreta herida / abrazado a la Cruz hasta la muerte", de Bartolomé Llorens (m. 1945).La idea de a. evoluciona confortando su etimología, lo que da razón de la formulación doctrinaria de los llamados movimientos o escuelas literarias, hasta el actual intento renovador de la narrativa por el nouveau roman (nueva novela o escuela de la mirada). De todo ello fluye una primera conclusión: la interdependencia entre a. y obra, tanto más fuerte cuanto mayor es la conciencia que aquél tiene de su misión, salvo en el lapso de los s. xilxiii, carente de términos para indicar la participación del a. en su obra, ya por un riguroso sentido cristiano de la vanitas terrestris o por la impronta monástica y anónima de la cultura. Salvo este lapso, la "autoridad" del a. es una consecuencia de la formación (426) del canon de los juristas, al que siguió el establecimiento del de la Iglesia, con la fijación textual de los dos Testamentos, lo que indujo al establecimiento del canon de los auctores en la Edad Media (E. R. Curtius, Literatura europea y Edad Media latina, México 1955), cuyas obras y ellos mismos se prestigian en tanto son transposición analógica de los libros sagrados, y de los a. inspirados, en donde está el fundamento del cristianismo; prestigio del a. y del libro que inspira el concepto lateral de auctorista, con el que Hugo de Trimberg gustaba designar su profesión de la enseñanza de la literatura en Bamberga.Establecido el prestigio del a. y de la obra, uno y otra pueden convertirse en objeto de enseñanza y de crítica literaria, sin la cual no podría aparecer la noción de a. clásico o antiguo y moderno, contrapuestos uno a otro. Littré, influido por el positivismo, distingue entre escritor y a. atribuyendo al primero unas cualidades de estilo que parece negar al segundo. Es preciso superar esta distinción, basada en cualidades exteriores, aunque necesarias, a la obra literaria, para afirmar que no todo a. tiene que serlo de obras de creación artística, entendida ésta tradicionalmente, pues un ensayista, historiador, filósofo, etcétera, en fin, cualquier forma de actividad intelectual, tiende a comunicarse por aquellos medios de difusión que más universalidad concedan a los conocimientos, y la obra escrita, el libro, sigue insustituible e insustituido; por tanto, cualquiera que firme un libro puede considerarse escritor y, al mismo tiempo, a. de su trabajo, aunque quizá la mayor originalidad del a. de obras literarias permite considerarle como más a. No podemos echar en olvido las formas específicas de creación que exigen los medios de comunicación social y que no utilizan lo literario, el estilo, como instrumento único y genérico de comunicación, sino técnicas propias.De la misma autoridad nace la responsabilidad moral del a.,. ya que su obra es humana y alta, y así como las artísticas buscan la belleza también deben buscar el bien. La hermosa frase de S. Pablo que llama al hombre "poema de Cristo" (Eph 2, 10), permite concebir al a. como un análogo del Creador divino. El. problema moral del a. comienza en el instante de su encuentro con el mal (v.), y de la realidad de éste debe partirse para considerar la responsabilidad del a., cuestión que no debe quedar limitada a la condenación de temas pecaminosos. Si el a. literario es hombre, nada más natural que sea el hombre fuente de la problemática que le interese, y es en el hombre el lugar donde encontramos el mal, en tanto en cuanto aquél es libre para estimar y construir su destino (Y. J. M. Congar, El problema del mal, en Dios, el Hombre y el Cosmos, Madrid 1959, 691). El mal, en todas sus manifestaciones, debe ser considerado como negación y privación, pues de lo contrario nacen las deformaciones literarias de la verdad, tomando la parte por el todo, naturalismo; desgajando ramas del tronco, literatura de aberraciones; confundiendo lo singular con lo general (André Gide, v.).V. t.: PROPIEDAD INTELECTUAL.I. VILA SELMA.
BIBL.: La citada en el texto.
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