Autobiografía LIT.
Categoria:
Literatura
Concepto y características. Es la historia de una vida que, al exteriorizar hechos de conciencia, proyecta toda una serie de recuerdos desde la intimidad del propio ser. Todo hombre capaz de centrar su pasado en los hechos de su historia vivida está hacienda su propia a. Como todo género literario, la a., con sus linderos fijos, se mueve en torno a dos planos cuya existencia es necesaria; a uno de ellos lo llamaremos subjetivo y su exigencia es tal que todo, absolutamente todo, gira en torno suyo. El autor siente la necesidad de explicar su propia actuaci4n con los problemas que ello implica y lo hace desde su intimidad, porque en ella tiene la vida una auténtica realidad. El propio yo predomina en toda a. Ahora bien, todo yo histórico se desarrolla en el tiempo y en el espacio; una objetividad se impone, porque la propia vida es la resultante de una serie de factores ajenos al yo. No importa que en la a. destaque el yo sobre todo lo demás. Jamás, y esto es fundamental, lo subjetivo y lo objetivo marchan por distintos caminos; lo objetivo está siempre relacionado y se relata en función de lo subjetivo ante la necesidad de explicar el mundo que nos rodea centrado en la manifestación de la propia personalidad.El contenido no debe responder, aunque algunos lo consideren necesario, a un camino trazado de antemano donde lo lineal predomine sobre lo sinuoso; la historia del yo, su presencia o ausencia, es clave si nos movemos en interioridades, si lo que interesa destacar es el mundo privado; sin embargo, no es tan necesaria si la vida pública es el centro de interés de la a. Recordemos, p. ej., el carácter notoriamente egocéntrico de la a. de Gerolamo Cardano titulada De vita propria, donde todo, aun lo intrascendente, está visto bajo el prisma óptico de un concepto lineal de la vida; nada era intrascendente a G. Cardano, que se consideró un genio de la ciencia y su a. es fruto del humanismo más exagerado. Por el contrarió, la Autobiografía de John Stuart Mill (v.) llega a la presencia del yo después de haber agotado la exposición de todo aquello que contribuyó a su formación. El autor confiere una importancia decisiva a las ideas de su padre James, punto de partida de su singular personalidad. Estas dos maneras no agotan todas las posibilidades.Hay a. concebidas como brillantes novelas de aventuras, sin que pretendamos por eso restar valor histórico a la obra, así sucede con la de Edward of Cherbury, fundamental para conocer el s. xvii inglés o con la a. de Benjamín Franklin (v.), teñida de cierto espíritu dieciochesco, crítica hasta la médula y que nos recuerda las novelas satíricas de la escuela narrativa inglesa del s. XVIII. Con la a. el hombre trata de justificar su vida. Se considera importante para la comprensión de su época y sé siente arrastrado por una fuerza que le lleva a explicar las causas de sus actos. La problemática de su existencia se traduce en un programa vital, en una serie de acciones y reacciones sorpresivas para el lector, pues la pasión es, en este caso, la nota dominante. Recordemos An Autobiography de Theodore Roosevelt (v.), donde el radicalismo del autor obliga al lector a ponerse en guardia; la objetividad subjetiva no puede valorarse. En este mismo defecto incurren todos los personajes públicos cuando se autobiografían; suele darse con más frecuencia en los políticos que en los hombres de ciencia o en los artistas.La a. debe organizarse en torno a dos campos y así lo ha hecho la inmensa mayoría. La historia de una vida es el eje fundamental. La vida se proyecta en el tiempo y en el espacio mediante el recuerdo. Surge la historia de la época siempre vista en función del yo. No es necesaria una continuidad cronológica. Las intermitencias suelen hacer más sugestiva la a. Así lo han comprendido Mark Twain (v.) y Giambattista Vico (v.). El tiempo normalmente es factor limitado y arrastra consigo las limitaciones del género autobiográfico; la valoración del espacio queda en un segundo plano para la perfecta comprensión de la obra. Si el factor espacial predomina sobre el temporal, la a. se enriquece, pero sus límites se rebasan y pasamos, a veces sin percibirlo, a otros géneros afines. Las memorias (v.) y los diarios íntimos pertenecen a este segundo campo y no importa la forma que adopten.Breve desarrollo histórico. Pese a las limitaciones impuestas para una comprensión definitiva de la a., no está de más consignar que toda historia del género debe contar como punto de partida con las Confesiones (ca. 400) agustinianas, primer intento serio de una exposición sistemática del mundo interior. El concepto colectivo de la vida, que impuso a los medievales un olvido total de la propia personalidad, está en la base de cualquier creación, y se hace muy difícil rastrear el sello de lo individual tanto en las grandes obras artísticas como en la historia narrada. El humanismo, centrando en el hombre toda la problemática de la vida, agudizó el sentido del yo y, en consecuencia, comenzaron a abundar los diarios, memorias, epistolarios personales y a. Fueron maestros en estas modalidades, italianos y franceses. La a. vivió una auténtica edad de oro durante el s. XVIII; B. Franklin, Salomón ben Yehoshua, G. Vico, J. J. Rousseau y otros muchos, abrirán un inmenso portillo al género y lo fecundarán para que alcance nuevas dimensiones a lo largo del s. XIX. El romanticismo lo universalizó, haciéndole vivir una nueva era de esplendor. Fueron decisivas las experiencias aportadas por los psicologístas rusos, los egotistas franceses y los universalistas angloamericanos. Será la época de L. Tolstoi, de Ana Grigorievna, de Mark Twain, de Stendhal y de Marc Rutherford. Nuestro siglo se inclina más por las memorias, confesiones y diarios. Cabe señalar la pérdida de valores tanto artísticos como vivenciales, provocados por la universalización de estos géneros.En la literatura española. Dado el carácter profunda mente realista de esta literatura, nada tiene de extraño que lo autobiográfico esté en la entraña de casi todas nuestras grandes creaciones. Basta recordar en la Edad Media El libro de buen amor (1330) del Arcipreste de Hita. Ahora bien, para encontrar verdaderas a. hay que remontarse a los s. XVI y XVII, épocas de apogeo de la ascéticomística y de la novela picaresca. Significativos fueron el Libro de su Vida (1562-66) de Santa Teresa y dos a. de pícaros, La vida y hechos de Estebanillo González, hombre de buen humor, compuesta por él mismo (1646), y los Coméntarios del desengaño de si mismo por Diego Duque de Estrada (publicada en 1860). La tradición a. de la picaresca vivió también en el s. XVIII; la Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras del doctor don Diego de Torres y Villarroel (1742-1758) constituye una obra enjundiosa sobre su época y de sí mismo. El género, a despecho de Europa, decayó visiblemente en el s. XIX. Los escritores se confesaron a través de memorias o en interesantes epistolarios. Se pueden citar a Fernán Caballero, J. Valera y a B. Pérez Galdós. De nuestro siglo mantienen un valioso testimonio de época, La vida de Rubén Darío, escrita por él mismo (1914), Las confesiones de un pequeño filósofo (1904), de Azorín, las dinámicas Memorias, subtituladas Desde la última vuelta del camino (194448), de P. Baroja, y el dilatado epistolario de M. de Unamuno.V. t.: BIOGRAFÍA; PICARESCA, NOVELA.P. CORREA RODRÍGUEZ.
BIBL.: M. GRANELLA. DORTA, Antología de diarios íntimos, Barcelona 196263, p. XIXLII (buena intr. y selectos trozos antológicos); J. ORTEGA Y GASSET, Espíritu de la letra, Madrid 1927; R. FERNÁNDEZ, L’autobiographie et le roman: Vexemple de Stendhal, París 1926, 78109.
Guarda este contenido en tu perfil
Inicia sesión o crea tu cuenta para guardarlo.