Arte III. Historiografia. ARTE
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Arte
1. Edad Antigua. 2. Tiempos medievales. 3. Renacimiento. 4. Siglos XVII y XVIII. 5. Historiografía del arte en la Edad Contemporánea. 6. Historiografía del arte en España.1. Edad Antigua. La primera literatura artística que se conoce es la del mundo grecorromano (v. GRECIA III; ROMA II), y, aunque son sólo pocos y tardíos estos primeros escritos conservados, su espíritu en gran parte tiene una vigencia casi permanente. En tres vertientes se manifestará la literatura que tiene por objeto la obra de a.; ocupándose de su aspecto técnico, tal es el caso de los Diez libros de la Arquitectura de Vitrubio (v.), de tan amplia trascendencia; considerándola desde un punto de vista histórico, a este respecto contamos con los libros de la Historia natural de Plinio (v.) que se refieren a nuestro tema, que, aunque desordenado en ocasiones, tiene el mérito de transmitirnos un cuadro del desarrollo del a. antiguo, que la arqueología moderna se ha esforzado en rectificar y vivificar; o adoptando un aspecto topográfico, recordemos aquí la Guía de Grecia de Pausanias, similar en todo a la literatura periegética de Italia, puesta al servicio del viajero y con una raíz profundamente popular en la mayoría de los casos, vinculada a sentimientos religiosos. Junto a estas direcciones hay, finalmente, una literatura totalmente subjetiva, vinculada a poetas y retóricos, en la que la obra de a. es un instrumento al servicio de otros argumentos o de la brillantez de estilo. Esta literatura de ekphrasis a veces posee indudables contactos con la crítica estilística. Mención especial merecen Luciano, los dos Filóstratos y Calístrato. Su pervivencia en el mundo bizantino fue larga. Estas descripciones de cuadros conservan los rasgos concretos de la obra de a. que desaparecen, en cambio, en los epigramas.2. Tiempos medievales. Quedan así sentadas las bases para el desarrollo del género en la Edad Media, periodo en el que se puede distinguir entre el Oriente, con el mundo bizantino, más unitario y cerrado, y el Occidente, con el mundo románico, más multiforme y abierto (v. BIZANCIO IVV; ROMÁNICO, ARTE).En Oriente, el desarrollo de la literatura artística estará más claramente vinculado a los presupuestos antiguos. Sin embargo, el único tratado salido de los talleres artísticos bizantinos, obra de tipo técnico, es un producto totalmente nuevo y nacional que, salvo en su lenguaje, nada tiene que ver con la Antigüedad, la Guía de los pintores del monte Athos, todo lo más pronto datable en el s. XVIII, muestra algunos influjos del Renacimiento italiano, pero sus preceptos técnicos tienen el interés de mostrar cómo fueron los talleres medievales y sus noticias iconográficas son abundantes y preciosas. La literatura topográfica en Bizancio es muy rica, referida casi con exclusividad a Constantinopla; desde el libro de Procopio encomiando los edificios justinianeos, al lamento de Nicetas por las obras artísticas destruidas por los latinos en 1204 y la topografía de Constantinopla en 1400 por Codino. La ekphrasis prosística sí mantuvo candentes los vínculos con la Antigüedad; la homilía de un gran conocedor de la cultura antigua, S. Asterio, obispo de Amasa, en cuyas descripciones de martirios se despreocupa de la forma por el ethos, sirve de paso de lo antiguo al Medievo. Mucho más paganizado es el sofista de Gaza, Coricio, s. Iv, cuyos escritos se hallan plagados de referencias a famosas obras de a. de la Antigüedad. Dos composiciones tardías, del s. xv, describen obras del mundo occidental, con el interés que semejante toma de contacto tiene: la de Manuel II de un tapiz visto en París y lade Giovanni Eugenico di Trapezunte. La novela bizantina con sus descripciones artísticas imaginarias es el siguiente paso obligado.
En el Occidente latino los tratados de técnica son la parte más original de la literatura artística medieval, comenzando con el de Heraclio, De coloribus et artibus Romanorum, interesante por su Antigüedad y por el expreso deseo, desde el título, de proyectarse a un pasado glorioso. Probablemente italiano, tal vez romano, del s. x. Muy superior a estos recetarios es la Schedula diversarum artium, s. XII, del eclesiástico Teófilo, descúbierta por Lessing, en la que se contiene una extensa enciclopedia técnica del a. del primer Medievo y de notable altura literaria; se compone de tres libros precedidos de un preámbulo. Notables son los datos iconográficos y los referentes a la técnica de la eboraria y orfebrería medievales. Es apreciable la influencia bizantina. Otro escrito de Teófilo sólo fragmentariamente conocido es el Breviloquium diversarum artium. Un intento de resumir tales estudios lo tenemos en la obra de un laico, Jean Le Bégne, a mediados del s. xv. El mejor conocimiento de los talleres medievales, no obstante, se desprende del llamado Album de Villard de Honnecourt, el Livre de portraiture, una de las más importantes fuentes para el conocimiento de la íntima naturaleza del estilo gótico y de las tradiciones que predominaban en el alto Medievo; aparecen datos autobiográficos. Por lo que respecta a la Historia del Arte propiamente dicha tal vez puede decirse que en la Edad Media nadie intenta una consideración completa del desarrollo del arte. En general, el artista medieval procura poner su a. al servicio de una idea más alta que lo dignifica, buscando ser como instrumento para mostrar que toda la vida terrena es preparación para la eterna. La periegética tiene por objeto los viajes a los tres grandes centros de la cristiandad, de los que se ocupan los itinerarios, guías y manuales para el peregrino creyente. Con España se relaciona el Códice Calixtino, del s. XII, verdadera guía de los que hacían el camino de Santiago.3. Renacimiento. En la Florencia del s. XIV será donde la literatura artística medieval tenga su broche áureo y se edifiquen las bases de la crítica de a. en el Renacimiento. Los dos soportes de este florecimiento de la h. del a. toscana trecentista serán los principios de la crítica de la Antigüedad y la vigorosa experiencia plástica giottesca. "Esta crítica prefiere la expresión a la decoración en arte, compara a los antiguos y los modernos, vuelve a escribir vidas de artistas y trata de definir la personalidad. Busca una relación entre la imaginación y la imitación, y discute las necesidades de la forma y del color" (Venturi). Son sus representantes Dante (v.), Petrarca (v.), Boccaccio (v.), Sacchetti (v.), Filippo Villani y Cennini. Una de las manifestaciones más esenciales del Renacimiento (v.) consistirá en llenarse de un contenido histórico más o menos prolongación del medieval o a veces conocido de modo distinto.La figura en quien alumbra la literatura históricoartística en el sentido más estricto de la palabra será la de Lorenzo Ghiberti (v.), 13781455, cuyos Comentarios (1439), obra tardía, posterior a los escritos de Alberti sobre pintura, son decisivos en la formación de la historiografía del a. italiano. La teoría del a., con todos sus precedentes, se va desarrollando durante el tiempo llamado Renacimiento especulando sobre todo alrededor de un naturalismo y de una especie de descripción precisa del mundo material, bases buscadas por la mayoría de los artistas de esa época, y cuya más acabada formulación hallamos en la obra escrita de L. B. Alberti (v.), genio universal prototipo de humanista. Sus puntos de vista teóricos sobre las a. están recogidos fundamentalmente en tres de sus obras: Della Pittura..., 1436; De Re Aedificatoria (diez libros de arquitectura), 145072; y finalmente un opúsculo, sobre la escultura, De Statua, un poco anterior a 1464. En sus escritos y en relación con sus predecesores le define su racionalismo, su método científico y la fe total en la naturaleza, y con respecto a los neoplatónicos de fines del Quattrocento la ausencia completa de la noción de imaginación. Con la excepción de Miguel Ángel,’ es Leonardo (v.) el único pintor del Renacimiento italiano que nos deja escritos de elevado interés por su condición de práctico, aunque la confusión de los manuscritos que nos quedan y el desorden de sus notas nos impida deducir una teoría verdaderamente coherente de las a. El tratado sistemático sobre la pintura, del que Luca Pacioli nos habla como acabado en parte, se ha perdido. A diferencia de Alberti, el artista se nos aparece bajo un doble aspecto, como observador científico y como creador imaginativo; la variedad de las proporciones humanas es propuesta frente a los arquetipos; finalmente su visión del mundo, aunque antropocéntrica, es menos estrecha, pues no sólo abarca al hombre.Al Quattrocento pertenecen otras obras que ilustran el desarrollo de la teoría de las artes en Italia. La más importante es la curiosa historia novelada atribuida a fr. Francesco Colonna, Hypnerotomachia Poliphili, publicada por primera vez en 1499. Única obra de este género en la Venecia de la época, plena del goticismo dominante en la ciudad. La Antigüedad es vista con un sentimiento más romántico que arqueológico, describiendo soñadas arquitecturas. Ecos de esta obra se encuentran en la de Antonio Averlino, llamado Filarete, Tratado de arquitectura, compuesto entre 1460 y 1464 en Milán. En la misma ciudad vio la luz la original obra titulada De Divina Proportione, 1497, del matemático fr. Luca Pacioli, discípulo de Piero della Francesca, que está impregnada de ideas medievales neoplatónicas. Savonarola (v.), en sus Sermones, nos deja una teoría de las a. mezcla de lo idealista y naturalista, con elementos medievales: el a. al servicio de la idea religiosa. Miguel Ángel (v.) nos dejó una teoría coherente, pero en continua evolución, en sus versos y en la obra de sus discípulos y admiradores, Holanda, Vasari y Condivi. Su teoría nos es preciosa por la luz que arroja sobre su obra pintada y esculpida. Hombre del Renacimiento, vive Miguel Ángel las primeras fases de la Contrarreforma (v.), y sus ideas, en su desarrollo, constituyen el paso de un estilo a otro, preparando el camino al a. y a las doctrinas del manierismo (v.). Los logros de los italianos en el Quattrocento no fueron conocidos en el resto de Europa, y, especialmente en el Norte, ni por lo que respecta a la anatomía y la teoría de la proporción, ni por lo que respecta a la perspectiva. El a. y la ciencia seguían aquí cauces separados. Los tratados medievales de perspectiva de Vitellio y del docto arzobispo de Canterbury Johann Peckham, pertenecen al mundo septentrional; utilizados en Italia hasta Leonardo eran pura matemática, estando vedados a los pintores. Con el nuevo siglo las conquistas del a. italiano traspasarían los Alpes, dejándonos el primer documento notable de ello en el extraño libro De artificial¡ perspectiva (1505), cuyo título es bien expresivo, y sobre todo la obra de A. Durero (v.), que da a conocer las grandes preocupaciones del a. contemporáneo a sus connacionales, aunque, como se demuestra en su tratado de las proporciones, su obra en este sentido sería imposible sin las experiencias de los italianos. Sin precedentes ni consecuencias casi hasta Menas, es el primer nórdico al que la Antigüedad y el a. italiano se aparecen como formas vivas de la visión. El manierismo de la pintura florentina tuvo su expresión teórica en los escritos de Vasari (v.), aunque no falten otras fuentes, como los tratados de Cellini (v.) sobre la orfebrería o la escultura o las Lezioni de Varchi. Mayor importancia que los Ragionamienti o su Epistolario tienen en la producción escrita de Vasari sus Vidas (Le vite de piú eccellenti Architetti, Pittori e Scultori Italiani), donde, junto a las partes de carácter biográfico, hay otras que tienen un carácter teórico, aunque su verdadera importancia será la de historiador de a., en una palabra, su método histórico, que le coloca en la tradición de Villani y Ghiberti. Su tradición crítica será proseguida por discípulos como Borghini, Danti y Bocchi, y, más allá de los Alpes, Van Mander. En la Venecia del s. XVI encontramos un grupo de tratadistas, en cuyas concepciones lo pragmático prevalece sobre lo ideal; Aretino (v.), 14921556, que en sus cartas se revuelve contra la forma toscana, expresando su admiración por Tiziano, es quien inicia esta revuelta contra el "orden", continuada por Dolce en su diálogo, significativamente titulado El Aretino (1557), al que precediera otro de Paolo Pino en 1548. Son ellos quienes recogen y exponen las ideas de los pintores venecianos contemporáneos, en cuya obra la imagen pictórica del hombre, a diferencia del humanismo florentino, aparece unida al Universo. En Pino aparecerán las primeras ideas eclécticas, signo de la decadencia artística. Faltos de la potencia para razonar de un Leonardo o Alberti son más notables como tendencia que como sistema. La importancia de los pintores manieristas como tratadistas se ha notado con frecuencia; el de mayor éxito, traducido al inglés y al francés, fue el de Gian Paolo Lomazzo (15381600), autor del Tratado del arte de la pintura (1584), en el que hallamos por primera vez un sistema de formas y colores, elementos abstractos que se constituyen en sistema de interpretación para los críticos, haciéndole predecesor de la ciencia alemana del a. Durante el s. XVI cuatro tratadistas de arquitectura alcanzaron gran éxito y numerosas ediciones: Serlio, boloñés que publica a partir de 1537 sus Siete libros de arquitectura, admirador de Peruzzi, algunos de cuyos manuscritos utilizó. Pese a ser común a todos ellos su vinculación a Vitrubio y a los monumentos de la Antigüedad, Serlio incurre en deslealtades a lo antiguo, exponiendo ingenuamente su’ propio gusto, en lo que radica su enorme interés. Vignola (v.), 150773, Palladio (v.), 150880, junto a Scamozzi (15221616), son los otros tres. Este último, arquitecto vincentino, es autor de una Idea de la arquitectura (1615).4. Siglos XVII y XVIII. El s. XVII preparará los materiales para que en el siguiente aparezca una idea de la autonomía del a. como actividad espiritual. La reforma católica determinará.la aparición de unas teorías del arte, a. de intención moralista, que proliferará a raíz del concilio tridentino en cuyas orientaciones se inspira, siendo eclesiásticos sus más calificadas figuras. En este grupo el a., como entre los tratadistas medievales, se subordina a la idea religiosa superior junto con un cierto interés estético: Gilio (1564) y Amnianati (1582) escribieron para evitar los errores en las escenas históricas y las representaciones deshonestas. El card. Paleotti publica un código iconográfico (158294) con un sentido más bien negativo, señalándose lo que el artista debe abstenerse de representar. Análogo sentido tiene la obra De pintura sacra (1634) del card. Federico Borromeo o el tratado escrito en colaboración por el pintor Pietro de Cortona (v.) y el jesuita Ottonelli (1652).Varias corrientes se encuentran en la crítica del a. en el s. XVII. Una de las fundamentales tiene su foco en Roma y su origen en la obra del abate Gian Pietro Bellori (161596), Vidas de pintores, escultores y arquitectos modernos (1672), donde se ocupa sólo de los artistas de su siglo y no exclusivamente de los italianos. Es la suya una estética ideal, en todo identificada con los Carracci (v.) y desdeñando por igual a manieristas y naturalistas. Quien encarnará a la perfección sus ideas será N. Poussin (v.), quedando sistematizadas en la Academia francesa y en los escritos de Felibien. La otra parte del veneciano Mario Boschini (161378), autor de la Carta de navegación pintoresca (1660) y de las Ricas minas de la pintura veneciana (1674), se funda en la sensibilidad pictórica y triunfará en París con De Piles. Es, pues, la pintura la gran inspiradora durante todo el siglo de la crítica; los tratados de arquitectura no presentan novedades importantes, fuera de su interés por la escenografía y la libertad con relación a las proporciones clásicas, agresiva en un Claude Perrault (1676).En el s. XVIII la actividad del pensamiento en torno al a. tendría resultados de gran trascendencia; se va constituyendo la Estética (v.), la Historia del arte como historia consciente de una actividad peculiar del espíritu y unas nuevas formas de la crítica artística. En la centuria coexisten los autores del rococó (v.) y del neoclasicismo (v.) y aún más, pues al menos las mismas fuerzas espirituales que desembocaron en el neoclasicismo crearon también el romanticismo (v.). Desde los comienzos del siglo encontramos estos gustos diferentes en la teoría del a.: Dubos, en sus Reflexiones críticas sobre poesía y la pintura (1719), y Diderot, en su Ensayo sobre la pintura (1765) defienden una estética del sentimiento. Shaftesbury (16711713), inglés de gran influencia en el continente, nos proporcionará un completo programa del neoclasicismo. Vico (v.) representa el gusto romántico. La crítica del a. contemporáneo estará muy influida por las exposiciones y por el espíritu de la Ilustración, que desea siempre remontarse a los principios que inspiran la obra de a.; destaquemos los Salones, que Diderot escribe entre 1759 y 1781. En Italia, Lanzi es autor de una Historia pictórica de Italia (1792) y tenemos dos críticos de arquitectura de gran altura en Carlo Lodoli y Francesco Milizia. En Inglaterra Richardson, Hogarth y Reyno1ds representan con gran dignidad las corrientes críticas del siglo. Mengs (v.) y Wincke1mann (v.) son los fundadores del neoclasicismo en Roma alrededor de 1750; Lessing (v.) con su Laoconte (1766) figura en esta directriz. Un cierto culto a la naturaleza y a la vida, con el redescubrimiento del valor de la historia y de la tradición, colaboran a aumentar el interés por el cristianismo y por el arte medieval, disminuyendo la atención a lo griego; el movimiento romántico, con grupos muy diferentes, tuvo gran importancia crítica por cuanto supo reconocer el valor artístico a los monumentos de la Edad Media y recuperar valores que se estaban descuidando.5. La historiografía del arte en la Edad Contemporánea. Hemos notado la importancia que como precursor tiene Vico en el pensamiento romántico, continuado por Hamann y Herder, que impregnaron su crítica de sensibilidad, religiosa o moral. En Inglaterra, donde el gusto por el gótico no había sucumbido, esta admiración encontró tempranos valedores. El primer juicio valorativo sobre la arquitectura gótica lo hallamos en Hughes (1715); más adelante, Walpole y Langley y a finales del s. xvlu dos obras de verdadero interés arqueológico: Historia de Winchester, de Milner, e Historia de la Arquitectura gótica y sajona en Inglaterra, de Bentham y Willis (1798). Mayor profundidad tendrá el movimiento en Alemania, con figuras como Heinse y Füssli y el ensayo Sobre la arquitectura gótica, de Goethe (v.), homenaje a la catedral de Estrasburgo. Una intuición de grandes consecuencias hallamos en la obra de Wackenroder, Confidencias de un monje prendado de arte (1797), donde se sostiene la inspiración divina del artista; sus ideas tuvieron gran influencia en F. ven Schlegel (v.) y los Nazarenos (v.), descubridor el primero de los primitivos alemanes y flamencos, cuyo gusto relaciona con el movimiento nacional germánico, anatematizando a los Carracci. El más famoso de los estudiosos italianos de la época será Rio, autor del tratado Del arte cristiano, publicado a partir de 1836. El renacimiento del estilo gótico en Francia se vincula a E. E. ViolletleDuc (v.), 181459, arquitecto y escritor, autor de un voluminoso Dictionnaire raisonné de l’architecture francaise du XI au XVI siécle. En Inglaterra hallamos en el s. xzx al verdadero continuador de Wackenroder, que eleva a construcción crítica sus presentimientos y alcanza la cima de la crítica romántica: John Ruskin. Su Lámpara de la verdad cuenta en la isla con un valioso precedente. La defensa de la autenticidad en el a. y su rebelión contra las "reglas", la concepción de la unidad de las a. figurativas, su contribución a la valoración del a. medieval son un fuerte salto positivo en su labor crítica, sólo enturbiado por su desinterés ante figuras tan importantes del a. contemporáneo como Constable (v.) y Bonington. Las consecuencias de la filosofía idealista (v. IDEALISMO I) descompensaron la crítica, favoreciendo el factor ideal sobre el pragmático, haciendo ello que el nacimiento de la Estética (v.) en Alemania se vincule más a una reflexión sobre el concepto de arte que sobre la actividad artística. Baumgarten, Kant, Schiller, ven Humboldt y Goethe se hallan en esta corriente de las ideas estéticas.Otro grupo de escritores, como Herder y los Schlegel, se ocupan especialmente de la posibilidad de tratar el a. históricamente. Todos ellos abrieron el camino a la estética idealista que desarrollaron Schelling y Hegel. Las razones expuestas son la causa de la no muy intensa influencia del pensamiento idealista en la historia y crítica del a. Muy vinculado a Hegel (v.) estuvieron en Alemania Hoto y Schnaase. En Francia tales influjos aparecen en Cousin, Lamennais, Jouffroy, Quincy, Émeric David, Guizot y Blanc; en Italia las influencias proceden de Schelling y se hacen sentir en Gioberti y Selvativo. En Inglaterra hallamos ca. 1870, al más grande de los continuadores europeos del idealismo alemán, Walter Pater (183994), en cuya obra El Renacimiento encontramos hallazgos críticos muy importantes.Fue en la Alemania del s. XIX donde se creó una historia del a. a la altura de los tiempos, dominada por un deseo de síntesis panorámica y de explicación universal del fenómeno artístico. Karl Schnaase, discípulo de Savigny, será el autor de la primera historia del a. universal de este carácter, introduciendo en su obra elementos que le convierten en un precursor de la "interpretación histórico cultural". Franz Kugler y Gott£ried Semper, autores de obras análogas, aparecen más preocupados por las formas; J. Burckhardt, discípulo del primero, es de importancia entre estos historiadores por su consideración de la obra de arte viva, aunque en sus conceptos históricos depende excesivamente de esquemas idealistas. A finales del siglo aumenta el materialismo (v.); algunos observarán minuciosamente la obra de a. colocándola en un orden concreto positivista sin atención a fines espirituales o siquiera preocupaciones de tipo genético. A este tipo pertenece la historia de Anton Springer, de 1855. El positivismo (v.) en la historia del a. nos dará la figura de H. A. Taine (v.), quien, frente a los filósofos, trata de buscar la última explicación al a. aplicando una interpretación sociológica, un determinismo geográficoracial, que terminará en la ley de la obra artística, como podemos ver en su Philosophie de l’art, consecuencia ello de la aplicación del método de las ciencias naturales a un objeto que no le es propio. La reacción contra el positivismo, que en el caso de Taine desarrollará Émile Zola (v.), fue muy intensa a partir de Rickert y Dilthey (v.), que señalan la necesidad de seguir para las Ciencias culturales un método (v.) distinto del de las naturales, tratando de superar los defectos positivistas. Hay que notar, con estas corrientes del pensamiento históricoartístico, el trabajo filológico en este campo, que en la segunda mitad de la centuria reunió la mayor parte del material con que hoy trabaja la historia del a., orientándose, como señala Lafuente, en tres direcciones fundamentales: crítica de las fuentes literarias, topografía monumental y crítica del estilo. Obra modelo, resumen de un siglo de actividades en este sentido, es la Literatura artística de Julius SchlosserMagnino. La peculiaridad del objeto de la historia del a. hace de la observación directa, premisa fundamental de su método, pero tal preocupación exacerbada llevará al atribucionismo, que con una serie de expertos, que van desde Morelli a Bode, a Berenson o Friedlánder en nuestros días, ha significado un momento fecundo en la historia del a., pese a los extravíos de manía clasificatoria, quedando el conocedor en la mayoría de los casos en el umbral de la auténtica crítica, base de la historia del a.La actitud del positivismo de considerar la historia del a. como ordenación de los hechos, penetrará en el s. XX de la mano de la Histoire de l’art, dirigida por André Michel y publicada en 1905, pero las reacciones, ya antes iniciadas, culminarán con el nuevo siglo. Superando el atribucionismo y el trabajo de mera clasificación se lanzan los historiadores del a. a la investigación de la existencia y calidad de conceptos útiles para esa ordenación de los hechos y alcanzar la explicación del desarrollo del a. por factores inmanentes o espirituales. Tales indagaciones en torno a los problemas del estilo seguirán dos direcciones, la historia de las formas y la historia del espíritu; el formalismo tiene su precursor en el escultor y teórico alemán Hildebrand, pero su personalidad más importante es el profesor vienés Alois Riehl, autor de una obra de título suficientemente expresivo, Problemas de estilo. Fundamentos para una historia de la ornamentación (1893). El autor más importante y difundido entre los estudiosos de las formas es, sin duda, el profesor suizo Heinrich WSlfflin, continuador del idealista J. Burckhardt, autor de obras tan conocidas como Renacimiento y Barroco (1888), El arte clásico (1898) y Conceptos fundamentales en la Historia del Arte (1916), en las que aspira a crear una historia del arte sin nombres, esto es, como ha señalado Lafuente, "a una explicación del desarrollo inmanente de las formas de la visualidad artísticas que no necesite recurrir a la monografía de los artistas ni a la historia de la cultura". En su obra sigue el error de una consideración científiconaturalista de la historia, en cuanto pretende señalar las leyes de su desarrollo, minusvalorando la libertad y responsabilidad personales y dando valor para la historia general a conclusiones sacadas de periodos concretos. Esto último ha sucedido con otros seguidores del formalismo como Frankl o CohnWiener, cuya obra Las artes industriales en Oriente es análoga a la de Riehl. También el formalismo provocó reacciones contrarias, que arrancan, si no en su totalidad sí en su mayor parte, de Dilthey; este movimiento trata de explicar la historia artística como integrada en la historia de la cultura. Herman Nohl, discípulo de Dilthey, aplica a la pintura occidental el esquema de éste sobre las concep= ciones del mundo. Pero es el checo Max Dvorak, profesor en Viena, el modelo de cuantos cultivan esta senda de la historia del arte, sobre todo a través de la imagen que nos ofrecen sus discípulos J. Wilde y Karl M. Swoboda, colectores de varios de sus estudios en 1928 con el título de Historia del arte como historia del espíritu. Formalista en sus comienzos, reaccionaría contra este sentido, estimando la historia del a. basada en la creación individual y relacionada con las ideas dominantes de su tiempo. Su obra Idealismo y naturalismo en el gótico es un maduro estudio con este carácter. Erwin Panofsky aspira a una comprensión total del a. en que el factor formal es un elemento más y Worringer es uno de aquellos que dentro del método psicohistórico valora, en exceso, la importancia del factor racial en el a. De la misma escuela de Viena surge la personalidad de Werner Weisbach, que en su obra capital El Barroco, arte de la Contrarreforma nos ha mostrado el papel del a. como instrumento e intérprete de una ideología, la de la Contrarreforma, corriente que representa un indudable valor sociológico.Cierto valor tiene en los estudios actuales la aportación de Croce (v.) y su escuela, ?sí como la aplicación del método de las generaciones, propugnado por Ortega y Pinder. Hay que poner de relieve sobre todo la nueva atención de que el a. es objeto por parte de las ciencias sociales y de la filosofía. Citemos a Sorokin, a A. Hauser, cuya Historia social de la literatura y del arte ha alcanzado gran difusión a pesar de sostener tesis sin consistencia, y a Antal, más rico en experiencias, pero que excluye la idea de una acción recíproca de las a. sobre la sociedad. A ellos ha seguido la personalidad de P. Francastel, autor destacado, además de diversos escritos teóricos, de monografías como Peinture et société (1951), Art et teclmique (1956), La Réalité f igurative (1965), La figure et le lieu (1965). Importantes filósofos modernos se han ocupado de la teoría y de la crítica del a. con obras muy notables. Jacques Maritain (v.) es autor de La poesía y el arte (Buenos Aires 1955), Arte y Escolástica (Buenos Aires 1958), La responsabilidad del artista (Buenos Aires 1961). El destacado filósofo e historiador de la cultura Étienne Gilson (v.) ha escrito también muy importantes obras sobre teoría y crítica de a.: Pintura y realidad (Madrid 1961), Introduction aux arts de beau (París 1963), Matiéres et formes, Poiétiques particuliéres des arts majeurs (París 1964). Finalmente, mencionemos a Alois Dempf (v.) con su La expresión artística de las culturas (Madrid 1962).6. Historiografía del arte en España. a) Renacimiento. El primer libro de a. en España, la Medida del Romano, de Diego de Sagredo, capellán de Juana la Loca, impreso en Toledo en 1526, trad. en Francia en 1539, aparece en el Renacimiento con la pretensión de dar a conocer en España nuevas artísticas que habían producido ya en nuestro solar importantes obras. Sus deseos de encauzar tales ensayos, sometiéndolos a la preceptiva vitrubiana, se hallan endulzados por el magisterio de Alberti, único autor al que cita con el tratadista romano.Interesa por su significación la Ingeniosa comparación entre lo antiguo y lo presente, de Cristóbal de Villalón, pues la obra del inquieto bachiller, que ve la luz en 1539, con criterio común a nuestros humanistas, está llena de amor a la tradición medieval y desprecio de las modas del siglo, mostrando un gusto y formación nada vulgares.El tratadista portugués Francisco de Holanda (151884) compone en 1548 su obra capital De la pintura antigua, con dos partes, de las que la segunda, los Diálogos, es la más interesante. Es esta obra un testimonio del poder con que la teoría del a. italiana se proyecta fuera del país de origen antes de la obra maestra, las Vidas. Obra fundamental para conocer el ambiente artístico del siglo y esta importancia que antes enunciábamos por cuanto su propio autor es un personaje simbólico, su origen lo denota su nombre, pero en 1538 va a Roma en el gran momento del a. nuevo y del maestro considerado ya desde entonces divino, Miguel Ángel, y el impacto es tal que el gran toscano será el sol central de la obra de Holanda, que podría llevar su nombre por título. En los Cuatro Diálogos, a través de tan elevado tamiz, nos ofrece Holanda sus impresiones personales sobre el a. y las opiniones de sus contemporáneos. Durante siglos permaneció inédito.El primero de los libros italianos del Renacimiento vertido al castellano fue el libro 3° y 4° de Arquitectura de Sebastián Serlio, por Francisco de Villalpando. Aparece en un momento en que el plateresco (v.) ha cedido ante un gusto más puro y son buena prueba de su pronto éxito las sucesivas ediciones de 1552, 1563 y 1574.Los textos sobre pintura en España se continúan con la obra de Felipe de Guevara, Comentarios de la Pintura. Compuesta probablemente en 1560, fue Ponz quien la sacó a la luz en 1778. Su autor, uno de los primeros arqueólogos españoles, cegado por su fanatismo de lo clásico, no comprende el a. de su tiempo y es en los puntos en ’que se separa de lo antiguo donde sus Comentarios resultan más meritorios. En la línea de las traducciones de obras extrapeninsulares está la que de los Diez libros de Arquitectura de Vitrubio hace el clérigo y arquitecto granadino Lázaro de Velasco, hijo de J. Florentino, ca. 155065; la versión se atribuyó largo tiempo a Miguel de Urrea.Hasta 1845 permanecieron inéditas las Memorias de fr. Juan de S. Jerónimo, puntual crónica de la edificación del monasterio de San Lorenzo de El Escorial y base indudable de la obra de un gran prosista, el P. Sigüenza (v.), 15441600, a quien la h. artística debe una considerable aportación: la Historia de la orden jerónima entre 160005, dividida en tres partes, de las cuales la tercera en sus libros 3° y 40 contiene la historia del Monasterio, donde se nos aparece el primer "crítico de arte" español. Sánchez Cantón lo valora cumplidamente: "Juicio despierto, retina purísima para ver paisajes y pinturas, gusto extremado, sensibilidad aguda en percibir el color...". Junto a estos valores críticos debemos mencionar los que como prosista coinciden en esta figura, que Menéndez Pelayo coloca después de la de Juan de Valdés y Cervantes.La escultura no contó con tal número de tratadistas en nuestro s. XVI. Se relaciona con este a. el libro del orfebre leonés Juan de Arfe, 15351603, De Varia Commensuración para la escultura y arquitectura (1585), cartilla de las a. del diseño dirigida a los orfebres, compuesta en octavas reales y prosa. Su principal modelo es el libro de Simetría, de Durero. De esta escasez de tratados sobre escultura se hace eco en el suyo, De las estatuas antiguas (1590), Diego de Villalta, donde dedica cumplido elogio a Miguel Ángel, haciendo importante relación de las colecciones españolas de estatuas, de los sepulcros reales y las esculturas de los Leoni (v.), concluyendo con una lista de pintores españoles.b) Siglo XVII. En el momento en que alcanzan tal boga los estudios sobre sociología del a., la preocupación por la consideración social del artista, es especialmente interesante la figura de Gaspar Gutiérrez de los Ríos y, entre sus obras, notorio el alegato en pro de los artistas que se contiene en su Noticia general para la estimación de los artistas (1600). En este sentido se produce la obra del jurisconsulto Juan de Butrón, Discursos apologéticos en que se defiende la ingenuidad del arte de la pintura (1626). Abunda en argumentos sobre la necesidad de eximir al a. de alcabalas el Memorial de 1629, incorporado por Carducho a sus Diálogos de la pintura, en el que se recogen opiniones de Lope de Vega, Juan de Jáuregui, el maestro José de Valdivieso y D. Juan Alonso Butrón.Con no menos entusiasmo, aunque con más altas miras, escribe en los comienzos del s. XVII el racionero de la catedral de Córdoba D. Pablo de Céspedes (v.), práctico en las tres a., arqueólogo, humanista y poeta. De su obra tenemos un conocimiento fragmentario. Tres títulos podemos citar: Discurso de la comparación de la antigua y moderna pintura y escultura (1604), un Discurso sobre la arquitectura del templo de Salomón, en que se ocupa del origen de la columna corintia, y las bellísimas octavas que nos restan de su Poema de la Pintura, incluidas por Pacheco en su Arte. Es esta última su obra más notable con altura poética y valores críticos, si bien se le puede acusar de anacrónico y falto de la amplitud crítica de un P. Sigüenza.Nuevo defensor había de hallar la pintura en la obra de Vicente Carducho (v.), Diálogos de la Pintura (1633), donde se refuerza la argumentación sobre las excelencias del a. que hemos mencionado y se nos ofrecen preciosas noticias sobre el a. contemporáneo en Europa y no menos valiosas sobre su desarrollo en España, con mención de las grandes colecciones reales y particulares, juicios y consejos técnicos, en el estilo claro y sencillo de un hombre sobre manera cultivado.El nombre de Francisco Pacheco (15641654; v.) es el más importante de la bibliografía artística española del s. XVII. El pintor y poeta sevillano nos ha dejado dos obras, la primera, fechada en 1599, aunque debe ser obra de todo el primer tercio del s. XVII, es su Libro de retratos, en que se incluyen biografías o elogios de los artistas que en 61 figuran. La segunda, a la que debe su justa fama y el lugar que en la h. del siglo le hemos asignado, es el Arte de la Pintura, Sevilla 1649. Importante entre todos por lo complejo y selecto de sus fuentes, la ciencia y experiencia del pintor que se traduce en atinados consejos y la abundancia de información sobre los artistas coetáneos. La obra se divide en tres libros, y aunque no se comprenden en sus límites con exactitud, tres son las materias que se proponen: historia del a., teoría del a. y teoría especial de las pinturas sagradas. Son sus principales fuentes Leonardo, Alberti, Vasari y Dolce y sumamente interesantes sus disertaciones iconográficas.Andando el s. XVII fr. Juan de S. jerónimo y el P. Sigüenza tendrían un digno continuador en fr. Francisco de los Santos, que publica en 1657 una Descripción de San Lorenzo de El Escorial, cuyo éxito sería causa de su sucesiva reimpresión en 1667, 1681 y 1698. La existencia de tan notables precedentes no resta un ápice el valor de esta obra, que nos proporciona cumplida cuenta de las obras que vinieron a embellecer el monumento con los Austrias y aporta nueva luz sobre extremos publicados con anterioridad. Mantuvo el jerónimo relaciones de amistad con Velázquez (v.), que debieron inspirar algunos notables aciertos críticos; ello, y un comentario de Palomino fueron la base de la falsa Memoria atribuida al pintor de Felipe IV. Suya es también la Cuarta parte de la Historia de la Orden Jerónima (1680).Aún hemos de citar dentro del s. xvti entre los biógrafos de Velázquez, a Alfaro y a Lázaro Díaz del Valle (160669), leonés, hombre que sintió gran veneración por este pintor, a quien dedica su Epílogo y nomenclatura de algunos artífices (165659), obra en que se recogen numerosas biografías de artistas, mostrando un gran apego a las fuentes (Vasari y otros biógrafos extranjeros; otros biografiados en la obra son Pacheco y Carducho), con lo que este desordenado conglomerado no pierde interés desde luego, pero se centra en la biografía del admirado pintor sevillano, a quien dirige la obra. Fue aprovechado por Palomino y Ceán.Los Discursos practicables del nobilísimo arte de la Pintura (¿1675?), del zaragozano G. Martínez (v.), equivalen en la corona de Aragón a las obras de Pacheco y Carducho sobre los pintores andaluces y madrileños.Obra de carácter manual, una vieja cartilla para la enseñanza del dibujo, es la de Vicente Salvador Gómez, Cartilla y fundamentales reglas de pintura (1674); su autor muestra una humildad del todo desconocida para D. Félix de Lucio Espinosa y Malo, pedante tratadista, autor de El pincel (1681), donde, en estilo repleto de altisonancias, repite argumentaciones y autoridades sobre la nobleza del a. de la pintura. Los principios para estudiar el nobilísimo y real arte de la Pintura (1691), de D. José García Hidalgo, cierra la serie de estudios sobre este tema en el s. XVII. Menéndez Pelayo estimó la obra carente de importancia científica "siendo una cartilla de dibujo o poco más"; limpiamente grabada, algunos de ellos son de elevado interés.No anduvo sobrada la arquitectura en el s. XVII de tratados notables. Hemos de anotar aquí la traducción de Vignola y el que, titulado Arte y uso de la Arquitectura, publicó en 1663 fr. Lorenzo de S. Nicolás, libro de mayor utilidad práctica que interés estético con un notable capítulo final autobiográfico. Sánchez Cantón dio a conocer el libro del arquitecto gallego D. de Andrade (v.) Excelencias de la Arquitectura (1695), broche de los de su especie en este siglo, cuya noticia se había transmitido, pero no su contenido, inquietante incógnita más prometedora de lo que la obra resulta, por común tendencia de los tratadistas españoles a la erudición.c) Siglo XVIII. Figura puente entre ambos siglos es el pintor cordobés D. A. Palomino y Velasco (v.), reputado por Menéndez Pelayo hombre del XVII, pero que no publicará hasta bien entrado el s. XVIII su Museo pictórico y escala óptica (171524) ni su Parnaso Español pintoresco laureado, con las vidas de los pintores y estatuarios eminentes españoles (1724). Por las mismas fechas se imprimió en Madrid un curioso tratado de iconografía, el libro de Juan Interián de Ayala Pictor Christianus Eruditus (1730), elogiado por el propio Benedicto XIV. junto a ello, el valenciano Vicente Victorio, erudito, clérigo y pintor que compusiera un escrito polémico Osservazioni sopra il libro della Felsina pittrice, Roma 1703, dejando una inédita Historia pictórica, desconocida.En 1761 la llegada de Mengs iba a proporcionar a la Península un "dictador estético"; su intolerancia y su dogmatismo dan relieve a sus Reflexiones sobre la belleza y gusto en la Pintura. Con furia iconoclasta se arroja sobre toda manifestación artística que no proceda de la Antigüedad clásica, perdonando tan sólo, pese a sus impurezas, a Rafael, Correggio y Tiziano. Pero la furia del semidiós es tanto más temeraria en sus profetas, Azara y Milizia, autores respectivamente de un Comentario al tratado de la Belleza y un Arte de ver en las bellas artes del diseño, en que se descalifican, por su ciega servidumbre, ante la posteridad. Excepción a aquella poderosa influencia es el Arte de pintar (1776) de Gregorio Mayans, obra de erudito de base fundamentalmente literaria. En 1789, el sevillano D. Francisco Preciado de la Vega compone una alegoría titulada Arcadia pictórica, su crítica clásica ingeniosa y amena no toca los extremos de Mengs. De interés técnico es el libro Ensayos sobre la restauración del arte antiguo de los pintores griegos y romanos (1784) del P. Vicente Requeno y Vives. El didascalismo fue la epidemia del momento y entre sus prosaicos partos figuran dos poemas, uno del pintor y poeta Diego Antonio Rejón de Silva (traductor de Vinci y Alberti, compilador de un endeble Diccionario de las Bellas Artes) titulado La Pintura (1786) y otro del grabador D. Juan Moreno de Tejada, Excelencias del pincel y del buril (1804), ambos modelados en Iriarte.En 1786 hallará la escultura un continuador del trabajo de Arfe en el escultor burgalés Celedonio N. de Arce y Cacho, autor de Conversaciones sobre la escultura, bien intencionado y extraño sistema de ideas, donde se mezclan ética y estética, de carácter por lo demás netamente práctico; tuvo escasa influencia.Por lo que respecta a la arquitectura, se tradujeron todas las obras maestras de arquitectura grecorromana, se creó un gusto por ellas y por lo arqueológico (interesan los nombres de Ortiz y Sanz y el P. Maiquez). Se inicia la campaña contra la arquitectura barroca en las Cartas críticas (1766) de Diego de Villanueva. Y en medio de la nueva ortodoxia no faltó quien clamara, exponiéndose al anatema, por una arquitectura original, aun a fuerza de alejarse de los clásicos; tal hizo Valzania en sus Instituciones de arquitectura (1602). El más severo censor del barroco, continuador de aquella ofensiva, fue Antonio Ponz, secretario de la Acad. de Bellas Artes, que entre 1771 y 1792, desplegando una incansable actividad viajera, fulminó las obras barrocas de España. Su fervor por Mengs no implica intransigencia y su buen gusto le dicta en numerosas ocasiones atinados juicios. Su Viaje a España (177294), al que hay que añadir el Viaje fuera de España (Francia, Inglaterra y Países Bajos), "es una fecha en la historia de la cultura" (Menéndez Pelayo), lejos de los tópicos en curso entre los historiadores de ciudades, su crítica es científica, apoyándose en los conocimientos y criterios de la época, y con una fuerte base documental exhumada en los archivos locales. Primer catálogo artístico de la Península, es testimonio de cuanto desapareció tras la agitada historia contemporánea española; los aciertos de algunas instrucciones de Ponz resultan admirables. Quedó incompleto, faltando Granada, Galicia, Asturias y Mallorca.Consecuencia de la labor de Ponz es la Real Cédula de 1777, que otorga el control de las obras públicas a la Acad. de San Fernando. En su pos hizo y relató un viaje (1804) Isidoro de Bosarte, sucesor de Ponz en el cargo de secretario de la Academia; más intolerante que él, son notables las ideas contenidas en los cuatro discursos que, sobre la arquitectura y pintura en Grecia y Egipto, pronunció en los Estudios de San Isidro en 1790. Menos pretencioso fue Eugenio Llaguno y Amírola, autor de las Noticias de los Arquitectos y Arquitectura de España,1829, con adiciones de Ceán Bermúdez. Más diccionario que historia de la arquitectura, hay en ellos páginas notables dedicadas a los artistas del Renacimiento, mayor tolerancia con los artistas barrocos y sobre todo un gran material documental (debido en su mayor parte a Ceán); sólo resultan lamentables las omisiones e indiferencia por la Edad Media. Ésta ha de encontrar, no obstante, dos importantes valedores en el siglo: Antonio de Capmany y Montpalau, cuya valoración del a. gótico es precoz y hasta genial, en sus Memorias sobre la Marina, Comercio y Artes de la antigua ciudad de Barcelona (1792); el otro, G. M. de Jovellanos (v.), nos ha dejado una importante colección de escritos que tienen por tema la crítica de arte, con dos etapas perfectamente caracterizadas, antes y después de su destierro a Mallorca, momento en que logra verse liberado de la disciplina de Mengs y Milizia, aunque con anterioridad a 61 la curiosidad por el pasado y legado estético medievales que impregnarán a los románticos prende en Jovellanos. Declamatorios pero plenos de acierto son su Elogio de las Bellas Artes (1781), Elogio de Don Ventura Rodriguez (1788), donde se filtra aquel gusto en un curioso alegato en pro de la arquitectura gótica e investigación de su origen. Mayor es su conocimiento y tino cuando trata de pintura, abordando la reivindicación de la pintura española, tan denostada por Mengs en su Discurso de las Artes. Los escritos sobre Mallorca y el arte asturiano, posteriores a su destierro, así como la Carta de Philo ultramarino, contienen la apología de lo pintoresco, equivalente al término romántico, usado por entonces en Inglaterra.
íntimamente vinculada a Jovellanos está la personalidad menos genial de su paisano Juan A. Ceán Bermúdez, cuya producción escrita sobre arte, abundante y laboriosa, penetra ampliamente en el s. XIX. Prepara Ceán con rapidez su Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España (1800), donde se recogen no sólo escultores y pintores, sino también maestros de las artes menores. Valioso. precedente fue Palomino, al que conoce y utiliza Ceán, si bien con escrúpulo muy superior, así como la restante bibliografía española de a., añadiendo un cúmulo de noticias obtenidas en archivos, bien personalmente o a través de valiosos corresponsales, incorporando los documentos o su extracto a la obra. En la crítica estética es inferior a Jovellanos, al que sigue ciegamente; su influencia será determinante del ataque que en obra sin firma dirige a Mengs en su Diálogo sobre el arte de la Pintura (1817) y causa de que escribiera la Descripción artística de la catedral de Sevilla (1804), primera descripción detallada en el siglo de un edificio gótico. Hemos de mencionar para cerrar el balance de los libros de a. del siglo, las poesías leídas en la Academia en los repartos de premios, algunas de ellas de indudable valor literario y elevado interés, tales como las de fr. Diego González, Huerta, Meléndez, López de Ayala, Quintana, Gallego, Arriaza, el duque de Frías o Reinoso, el defensor de Ceán.No fue exclusiva esta actividad del núcleo centrado en la Acad. de San Fernando; el ambiente y la labor de sus émulos valencianos en torno a la de San Carlos, serían la causa de que el abogado valenciano Marco Antonio Orellana (17311813) escribiera sus Pictorica Biographia Valentina, inédita demasiado tiempo, exhaustiva, de espíritu y estilo muy barrocos. Más crítica es otra obra de fines del s. XVIII, inédita hasta 1870, la del mercedario Agustín Arqués Jover, Colección de pintores, escultores y arquitectos desconocidos.d) Del s. XIX a nuestros días. El romanticismo (v.), en la teoría de las a., cuyos más ilustres precedentes han sido ya notados aquí, nos dejaría multitud de viajes de autores nacionales y extranjeros, copiosamente ilustrados y destinados a saciar el hambre de lo pintoresco de los curiosos lectores. Interesante entre los pioneros es el libro de Alejandro de Laborde (180620), por su atención a los monumentos medievales y la singular fantasía con que interpreta paisajes y ruinas; 1826 es la fecha del Voyage pittoresque en Espagne et Portugal, de Taylor. La más exaltada visión romántica de España nos la dejará J. F. Lewis (180576), cuya influencia es notable, entre otros españoles, en Villaamil. En 1835 publica Thomas Roscoe su libro The tourist in Spain, ilustrado por David Roberts. Los dibujos de la España artística y monumental se litografían en París en 1842. Jorge Street. publica en 1865 sus clarividentes apuntes sobre España, serio estudio de nuestra arquitectura medieval. P. G. Doré (v.) incorporará sus inspirados dibujos de tema español algunos años después a la obra del barón Davillier, L’Espagne. Los efectos del romanticismo en nuestra historia del a. fueron fecundos; destaquemos el interés hacia el a. medieval no siempre comprendido, sin que ello suponga total repudia a lo neoclásico, admitido sin trabas en el seno del eclecticismo del siglo; también persisten los anatemas contra lo barroco. Hijas de este espíritu son la Historia de la Arquitectura y observaciones sobre la que se distingue con la denominación de gótica (1833), de Juan Miguel de Inclán Valdés, y el Ensayo histórico sobre los diversos géneros de Arquitectura empleados en España desde" la dominación romana hasta nuestros días (1848), de’ José Caveda, donde la defensa de lo barroco se hace con una admirable justeza crítica. La obra cumbre, según los principios de la estética romántica, será la colección Recuerdos y bellezas de España, nacida de la inquietud romántica del literato y arqueólogo Piferrer, y el dibujante Javier Parcerisa, en 1893, realizada en su mayor parte por José María Cuadrado, una de las más acertadas e intuitivas plumas de nuestro romanticismo. La avidez romántica de monumentos y paisajes de estos jóvenes, tras copiosos viajes, se recoge en su obra.Hay admirables esfuerzos por coordinar la labor de hombres de letras y artistas. en publicaciones, que si bien rara vez consiguieron vida duradera, contribuyeron a la difusión de las obras de a. Recordemos "El Artista" (1835), de Eugenio de Ochoa y Federico de Madrazo. En 1836 Mesonero Romanos funda "El semanario pintoresco"; de 1837 es "No me olvides"; de 1843 "El Literato"; en 1857 aparece "El Museo Universal", más tarde "Ilustración española y americana", de larga vida, sin olvidar "El Siglo Universal" o "El Museo de las Familias". Décadas después de su desaparición encontraría "El Artista", un digno sucesor en las páginas de "El Arte en España", dir. por Cruzada Villaamil, que emuló con fortuna a los mejores prototipos franceses y tuvo más larga vida que su ilustre antecesora. En provincias aparecen esfuerzos análogos como "El Guadalhorce" (1840) de Málaga y "Las Bellas Artes" (185459), entre otras. La prensa periódica nos ha dejado preciosas críticas, no tanto por su calidad como por su número, sobre todo con motivo de las exposiciones, algunas de las cuales desencadenaron violentas polémicas. El estudio de nuestro a. medieval salió favorecido por el interés reseñado, diversificándose sus periodos hasta entonces confundidos, siquiera de forma elemental, con respecto al visigodo. Cuadrado y M. de Assas (1857) cumplen este papel; el a. musulmán empieza a ser estudiado por Lozano en sus Antigüedades árabes en España (1804), y Murphy (1813), sistematizándose este estudio con Girault de Prangey (1839), sólo logrando en la segunda mitad de la centuria verdadero rigor científico. En este periodo, disipado el entusiasmo romántico y el carácter nacional de la literatura artística del primer medio, habrá un movimiento de radical germanocentrismo, acentuado por la difusión de las ideas de Hegel y Krause. Menéndez Pelayo escribió sobre el fenómeno: " ¡Pobre juventud nuestra, tan despierta y capaz de todo, condenada no obstante por pecados ajenos a optar entre las Membraciones de Krause, interpretadas por el Sr. Giner de los Ríos, y las que, con el título de la Belleza y las Bellas Artes, publicó en 1865 el jesuita José Jungmann, profesor de Teología en Innsbruck, y tradujo al castellano en 1874 el Sr. Ortí y Lara! ". ``Es el momento de las grandes colecciones de libros de a., realizadas con una amplitud de medios y un lujo desconocido hasta entonces. Las de mayor utilización fueron las editadas bajo la dirección de Gil Dorregaray, patrocinadas por el Estado, con los títulos de Museo Español de Antigüedades y Monumentos arquitectónicos de España, esta última muy inferior en utilidad al Museo. El tono del texto de tales obras nos lo da la pretendida Historia de la Pintura española, de F. Pi y Margall (v.), cuya publicación en 1850 provocaría la separación de su autor de la empresa de Recuerdos y bellezas de España; los trabajos de Cuadrado, Piferrer y Madrazo, España: sus monumentos y artes, su naturaleza e historia, reeditados a finales de siglo con algunas adiciones, entre las que sobresale la monografía sobre Valencia de T. Llorente. Es el momento en que florecen las guías de ciudades. Es innegable que este periodo fue fecundo para la historia del a. de España, los trabajos de Rada y Delgado, los de Amador de los Ríos, Tubino y tantos otros, con elementos de gran validez. En el Arte en España se publicaron también documentos de gran interés para el a. español. Posteriores son los Documentos para la historia de las Bellas Artes en España.
En estos años se acomete el estudio de las a. industriales en España, labor a la que no son ajenos buen número de estudiosos extranjeros, y aparecen los primeros estudios científicos del a. colonial en el antiguo Imperio hispánico: la monografía de J. M. Groot sobre el pintor neogranadino Gregorio Vázquez (Bogotá 1859); Conto publica en 1865 su Diálogo sobre la historia de la Pintura en México, seguido en 1879 de la Historia de la Pintura en México de Arangóniz, y en 1893 de El arte en México, de G. Revilla, dedicando también al a. en Hispanoamérica, el P. Cappa la cuarta parte de sus Estudios críticos (1893). A las últimas décadas del siglo pertenece ese serio esfuerzo sin continuadores que es la Historia de las ideas estéticas en España, de Menéndez Pelayo (v.), cuyo primer tomo aparece en 1883, de la que Croce ha dicho "obra capital, en lo que. respecta a los escritores españoles, presenta en la parte general magníficas disertaciones sobre puntos olvidados de otras historias".Momento clave en el desarrollo de la historia del a. en España es la gran Exposición de 1892, que produce a nivel nacional una inquietud análoga a la que había producido la de 1888 en Barcelona, en aquella región capital en el marco de nuestros estudios; el gran entusiasmo despertado será causa de la fundación de la Soc. Española de Excursiones y la aparición de su importante "Boletín", modelos de parecidas e importantes instituciones en provincias y tlodo un punto de partida de una línea que se concreta en la aparición de una serie de publicaciones, algunas de las cuales subsisten: "Rev. de Archivos, Bibliotecas y Museos", Madrid, cuya segunda época parte de 1897; "Bol. de la Real Acad. de la Historia"; "Bol. de la Real Acad. de Bellas Artes de San Fernando"; "Butlletí del Centre Excursioniste de Catalunya"; "Bol. de la Soc. Española de Excursiones"; "Bol. Com. Monumentos de Orense"; "Bol. Soc. Castellana de Excursiones"; "Anuari de 1’Institut d’Estudis Catalans"; "Bol. Com. Mon. de Navarra"; "Arte Español. Rev. de la Soc. de Amigos del Arte"; "Archivo de Arte valenciano"; "Archivo Español de Arte y Arqueología" (1925), desde 1939 "Archivo Español de Arte". A las que se han sumado recientes publicaciones como la "Rev. de Ideas Estéticas" o la rev. "Goya".Será el s. XX el que contemple el gran adelanto de la historiografía del a. español, desarrollo en que participan nacionales y extranjeros. Francia, Estados Unidos, Alemania e Inglaterra han sido la cuna de los principales estudiosos no españoles; la primera visión se halla en la Historia del Arte dir. por André Michel, en estudios de C. Enlart y E. Bertaux. Otros historiadores galos nos han dejado importantes estudios como Lambert, Gaillard y Paul Guinnard, sobre el a. medieval español los primeros y una gran monografía sobre Zurbarán del segundo, gran especialista en pintura española. Los investigadores norteamericanos han dedicado una gran atención al a. español. Especialmente digna de encomio es la labor realizada por institución tan ejemplar como la Hispanic Society de Nueva York; al importante número de aquéllos pertenecen Walter W. S. Cook, el extraordinario especialista en pintura románica española; Kingsley Porter, el autor de la Romanesque sculpture of the pilgrimage roads, de desbordante hispanofilia; Martín Soria, historiador de la pintura andaluza, y Harold E. Wethey, autor de valiosas monografías sobre Alonso Cano y El Greco, además de sus contribuciones al estudio del a. hispanoamericano. El interés de los historiadores de habla inglesa les asegura un puesto de eminencia en la h. hispana. Su precocidad es tal que el primer libro sobre arquitectura gótica en España (1865) se debe a J. Street. Auténtico carácter de pionero tiene, entre los que se ocupan del a. español, la figura del alemán Augusto L. Mayer y sus numerosos escritos sobre pintura española; tal preocupación por las a. plásticas españolas inspira a G. Weise; con no menor dedicación se ha entregado a sus estudios el prof. Schlunk, ilustre arqueólogo, autor de concienzudos estudios sobre el a. cristiano en la Alta Edad Media española y el a. paleocristiano español.En el turno de los historiadores españoles hemos de partir de Manuel Gómez Moreno (v.), tempranamente dedicado a la investigación históricoartística, pues en su juventud colabora con su padre en la redacción de la espléndida Guía de Granada, cuya extraordinaria obra, en parte inédita, supone la primera sistematización del a. español desde la época visigoda al Renacimiento, poniendo orden y precisión científica en campos donde antes sólo había confusión y penetrando otros vírgenes. Elías Tormo Monzó, extraordinario universitario, infatigable escritor, de copiosa producción, ha dejado numerosos estudios de incalculable valor sobre los pintores del s. xvil;, además de su guía del Levante español. Vicente Lampérez es autor de importantísimas obras sobre la Arquitectura medieval cristiana española en la Edad Media (1908) y la Arquitectura civil española de los siglos I al XVIII (1922). Andrés Ovejero, talento literario inestimable, es el maestro de una gran generación de historiadores del a. Manuel Bartolomé Cossío es el reivindicador de El Greco, cuyo reconocimiento deriva de su importante monografía aparecida en 1908. A la generación que hereda de aquellos maestros el entusiasmo por el estudio de la historia del a. español pertenecen Francisco Javier Sánchez Cantón, autor de un inconmensurable estudio de las fuentes del a. español, de valiosos trabajos sobre iconografía, una gran monografía sobre Goya y otros importantes estudios sobre la pintura española; y Diego Angulo Íñiguez, cuya vocación y formación le han permitido hacer importantes aportaciones a la h. del a. español e hispanoamericano. La historia de este último es una magistral y básica obra en tres volúmenes, las contribuciones a aquél se cifran en sus numerosos estudios.I. L. HENARES CUÉLLAR.
BIBL.: W. STIRLING, Annals of the Artists of Spain, Londres 1848 (primera historia del arte ilustrada); M. MENÉNDEZ PELAYo, Historia de las ideas estéticas en España, CSIC, Madrid 1940; A. PELLIZZARI, Trattati attorno le Arti figurative in Italia e nella Penisola Ibérica, Nápoles 1915; F. 1. SÁNCHEZ CANTÓN, Fuentes literarias para la Historia del Arte español, Madrid 1923; MARQUÉS DE LOZOYA, Historia del Arte hispánico, I, Barcelona 1931; W. PASSARGE, La Filosofía de la Historia del Arte en la Actualidad, Madrid 1932; 1. SCHLOSSERMAGNINo, La Letteratura artística, Florencia 1935; MARQUÉS DE LoZOYA, La teoría de las artes plásticas en el siglo XIX, Madrid 1940; L. VENTURI, Historia de la crítica de Arte, Buenos Aires 1949; E. LAFUENTE FERRARI, La fundamentación y los problemas de la Historia del Arte, Madrid 1951; P. FRANCASTEL, Sociologie de l’art, en Traité de Sociologie, dir. G. GURVITCH París 1960; A. BLUNT, La théorie des arts en Italie de 1450 á 1600, París 1966 N. PEVSNER, An Outline of European Architecture, Norwich 1968.
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