Alegría Ii. Educación y Enseñanza. EDUC.
Categoria:
Educación
La a. es un sentimiento espiritual, complejo, mas no total, situado entre el placer y la felicidad. Pstas son las tres notas que destaca García Hoz, quien se extraña, con razón, de las pocas reflexiones pedagógicas sobre tema tan universal.Algunas teorías psicológicas. La a. está entre lo que Adler llama afectos conjuntivos: no consiente el aislamiento, en sus exteriorizaciones se manifiesta el afán de coparticipar, de cooperar y de gozar también en compañía. La a. es la verdadera expresión de la superación de dificultades. Si la educación es el proceso por el que se procura que la persona alcance su máxima perfección posible, la a. será no tanto una meta cuanto una consecuencia. Para Ph. Lersch, la a. no depende sólo de la temática del impulso vital: es una emoción propia del incremento vital: Éticamente más valiosa que la mera diversión, penetra toda la vida anímica y proporciona un punto de apoyo en la vida. Cuanto más profunda es la a., tanto mayores lapsos de tiempo de nuestra vida son iluminados por ella.Diferencia Lersch el buen humor de la a. o jovialidad, en que el primero, o ánimo festivo, necesita del mundo exterior. Por último señala este autor que el núcleo más profundo de la a. radica en la fuerza de la vivencia religiosa, en una alegría como "gratitud hacia Dios por concedernos vivir en este mundo imperfecto". J. M.a Cabodevilla analiza la a. en las diversas situaciones vitales, desde un punto de vista literario, pero también lleno de agudas reflexiones psicológicas (o. c. en bibl.). Refiriéndose al niño, destaca su felicidad defendida del pasado y del futura, sin estorbos, y con la sensación de debilidad protegida. Pero para un adulto, afirma, la auténtica a. supone siempre una mayor o menor impregnación de tristeza por la visión de nuestra imperfección y de la fragilidad de nuestra a. y nuestra vida. Y es que la a. terrena es un germen de la felicidad anhelada, total; un germen amenazado constantemente. Pero "la alegría es aún posible: todavía vivimos, aún podemos rectificarlo todo y recuperar nuestra infancia". Precisamente esta sensación de estar viviendo, de algún modo común al alma y al cuerpo, es la chispa inicial de toda a. humana. En este sentido hay una notable relación entre lo que hemos llamado a. interna y a. externa. En muchas ocasiones una persona está triste sólo porque físicamente no se encuentra bien. Lo contrario no ocurre necesariamente, pero con frecuencia es la salud requisito para la a. interior, que basamos en buena salud mental y en una motivación profunda o paz espiritual. No es menos frecuente el caso de manifestaciones físicas de a. o tristeza, como consecuencia de esa paz interior y a. profunda, o bien de su ausencia. Es decir, que, normalmente, la relación es intensa. Sólo en dos casos límite podemos hablar de independencia: en la moria, o a. estúpida, patológica; y en los grandes caracteres (santos ascetas, p. ej.), que logran sobreponerse al acontecer externo, incluso fisiológico propio.Una nueva imagen del niño. Durante siglos, la disciplina (v.) fue el centro de la Pedagogía. Se exigía a los niños el silencio, el orden, como modelo de perfección. Esta actitud, aunque muy combatida en los últimos dos siglos,perdura en no pocas manifestaciones y criterios. P. ej., se prejuzga la labor de un maestro por el bullicio o la calma de su escuela, sin estudiar la eficacia docente. Pero, como es sabido, el niño no es un hombre en pequeño, sino que tiene una serie de necesidades intrínsecas. Su educación, dirá Rousseau (v.), debe ser ante todo natural. El maestro debe conocer, sobre todo, la psicología del niño, sus intereses, su vida, y utilizar toda serie de recursos para que se sienta cómodo y aprenda con gusto. De ahí lo que ha podido llamarse "pedagogía de la alegría". No se trata ya, en este caso, de la a. como meta, como consecuencia de un logro de integración personal, sino de la a. como método. Y, desde luego, al menos, la a. se ha convertido en un estilo, una situación base en la cual se desarrolla la vida del niño. Así lo han hecho, p. ej., Pestalozzi (v.), que une a. y amor al alumno como principios fundamentales de su enseñanza y, particularmente, el movimiento de la Escuela Nueva. Pensemos, p. ej., en María Montessori (v.), que declara como su fin principal la busca de la salud psíquica del niño, y así lo practica en sus famosas "casas de los niños". Pensemos en S. Juan Bosco (v.), quien consideraba la a. como uno de los principales medios de educar. Ya de seminarista había fundado la " Societá dell’allegria". Luego, en toda su obra, insistió en esa actitud: quería que hubiese a. en los patios de recreo, en el salón de estudios, en clase, en la capilla, etc. Señalaba, además, el benéfico influjo de la a. sobre la inteligencia: "Para digerir el saber hay que haberlo recibido con apetito; ahora bien, la curiosidad no es viva y sana más que en los espíritus felices". En parecido sentido orientó toda su magna obra pedagógica Andrés Manjón (v.), que en sus Escuelas del Ave María buscaba sobre todo crear un clima de confianza, espontaneidad y a.
La misma preocupación han tenido Pedro Poveda (v.) y J. M.a Escrivá (v.), fundadores de dos importantes instituciones, específicamente distintas entre sí, con gran influencia, aunque de modo diverso, en la educación. El primero, fundador de la Institución Teresiana (v.), insiste en el ambiente de a. cristiana: "La alegría hace breve el tiempo y llevaderos los estudios y la disciplina, y fácil la vida, y amables las personas y simpática y atractiva la virtud...". El segundo, fundador del Opus Dei (v.), destaca el aspecto laical y sobrenatural de la a. (la a. de saberse hijo de Dios) y considera la tristeza como una de las más claras señales de que no hay verdadera virtud: "Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino" (Camina, n° 665).En otra línea cabe destacar la actividad del movimiento scout (v. ESCULTISMO), que ha puesto el acento sobre el sentido vital de la a. Su fundador, Baden Powell (v.), afirma como los tres elementos indispensables del mundo del muchacho los verbos reír, luchar y comer. "El muchacho escribe está rebosante de retozo y de peleas, travesuras arriesgadas y bulla, observación y alboroto. Y si no es así, entonces no es normal".La alegría, coleo medio y como fin de la educación, Un hombre adecuadamente formado debe ser un hombre capaz de enfrentarse con a. con las diversas incidencias del vivir. Y en ese sentido, la a. es un fin de la educación. Pero, para alcanzar ese objetivo, es necesario que la a. se radique en el alma, es decir, que la a. informe el ambiente educativo. Y, en este sentido, la a. es un medio para la educación.Como fin, lo que se pretende con la educación es lograr una armonía tal en la persona que la a. sea su consecuencia natural. En este sentido podríamos decir que se trata de: a) conseguir un cuerpo y una mente sanos, cuya vitalidad produzca la natural a. de vivir; b) una vida espiritual equilibrada, basada en una sensación de seguridad e integración. Si el acontecer externo influye nuestro estado de ánimo, todavía en mayor grado podemos decir que el hombre proyecta su estado emocional sobre cuanto le rodea; y el niño, en mayor grado. De una a. a golpes que alterna con la "rabieta" más que con la tristeza se va progresivamente equilibrando hacia un estado en que la a. es más serena y, en cambio, acaso aparezca ya la tristeza. Es consecuencia de un proceso de acomodación o asimilación, que dará lugar, finalmente, a la adaptación. Para el niño pequeño la forma más pura de asimilación al medio es precisamente el juego. El juego, unido inseparablemente a la a., porque la produce espontáneamente y no puede ser practicado plenamente sin ella, es utilizado y orienta didácticamente todo el movimiento citado de la Escuela Nueva. El psicólogo suizo J. Piaget (v.) estudia cómo esta asimilación es sólo un aspecto de la adaptación total: los juegos de los niños se transforman poco a poco en trabajo. Es una forma amable de irse insertando eii la vida adulta. Esto nos recuerda que determinadas situaciones suscitan en nosotros diversas actitudes según la manera de afrontarlas; p. ej., una tarea tomada como juego o como penosa obligación. Y ello también nos hace pensar que incluso cuando la a. es exterior, esforzada, estimula la verdadera a. interior, profunda. Salvo cuando se busca huyendo de la reflexión, de los problemas existentes, en cuyo caso es falsa y va seguida de un vacío cada vez mayor. Pero no cabe duda de que la a. se puede potenciar, provocar incluso. Así lo proclama F. W. Fárster (v.), que hace especial hincapié en la música como factor de a.En general, podemos hablar de la extraordinaria importancia de la vida social. La integración en el grupo, en el ambiente, es fuente de a., y permite una vida mental y afectiva sanas. Se trata, por tanto, de crear un clima. En la familia, en la escuela, en la vida social. Como señala Durh, los niños alegres son, de ordinario, los más sanos, porque la a. se manifiesta en movimientos, afloja los nervios y los estimula; espolea todo el organismo. A su vez, la salud y armonía física repercuten en el estado de ánimo. La gimnasia, los juegos, los paseos a pie, los deportes, son fuentes de a. En general, como insiste Lancaster, sugerir una actividad entusiasta es el secreto de toda educación. Es una cuestión de dinámica psicológica. No podemos obligar a ser alegres, no es posible forzar a un niño a manifestaciones que no le son espontáneas. Ésta es la idea del recientemente fallecido Bertrand Russell (v.) cuando dice: "debiéramos preocuparnos de producir hombres simpáticos y afectuosos más que de forzar el desarrollo precoz de estas cualidades en los primeros años". El niño pequeño es egocéntrico; sus a. son biológicas o de satisfacción de caprichos. Pero se puede educar su sentido positivo, se puede orientar su a. hacia la obra bien hecha, mediante premios que progresivamente se vayan haciendo más psicológicos aceptación, simpatía, sensación de haber hecho algo bien que materiales. El niño, al principio, se alegra según estímulos irracionales; pero la convivencia con los adultos le hace acostumbrarse a las actitudes de éstos. A esto es a lo que podríamos llamar "educación de la alegría".Por lo demás, como señala también Russell, es una cuestión muy importante y difícil la de saber cuándo y cómo se debe enterar un niño de los males del mundo.Lo cual, sin duda, debe ocurrir, aunque el conocimiento deba ser gradual. La verdadera a. no puede basarse en mentiras ni en ignorancias, sino en la aceptación e integración de la vida como es. Sin embargo, G. Courtois tiene empeño en que no se presente a los niños una imagen demasiado sombría de ellos mismos; el equilibrio es fundamental: los niños tienen necesidad de calma. La a. demasiado ruidosa es casi siempre signo de nerviosismo. Es la a. que sólo se da cuando las cosas salen bien. La verdadera, íntima, connatural es la que nace en el hombre de descubrir la voluntad de Dios en los acontecimientos grandes o pequeños y de reconocer los signos de su presencia en la historia de cada día.V. t: ADAPTACIÓN; AFECTIVIDAD; AMISTAD; CARÁCTER.E. FERNÁNDEZ CLEMENTE.
BIBL.: J. M. CABODEVILLA, Aún es posible la alegría, Madrid 1958; G. COURTOIS, Educación del buen humor, en El arte de educar a los niños de hoy, Madrid 1957, 149 ss.; F. W. FOERSTER, La alegría como medio educativo, en Temas capitales de la Educación, BarceIona 1960, 202 y ss.; V. GARCfA Hoz, El nacimiento de la intimidad, Madrid 1970; íD, Pedagogía de la lucha ascética, 4 ed., Madrid 1963; PH. LERSCH, La estructura de la personalidad, BarceIona 1962; J. URTEAGA, Siempre alegres, 4 ed. Madrid 1968.
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