Agresividad MEDICINA
Categoria:
Medicina
Psicológicamente se define la a. como un impulso, cuya característica es la disposición a acometer peligros o dificultades, de suerte que más que de una verdadera agresión o una tendencia a eludir los obstáculos consiste en un natural y esforzado modo de enfrentarse con ellos.Su carácter instintivo. La Psicología actual admite que en la base de semejante disposición o tendencia existe un instinto específico. La naturaleza y estructura del referido instinto constituye, sin embargo, uno de los problemas psicológicos más debatidos. Para el psicoanálisis de S. Freud (v.), junto al instinto de la vida existiría en el mundo el instinto de la muerte; como una manifestación de este último estaría el impulso de destrucción y la a. en general.Freud, en la segunda parte de su vida, hizo un descubrimiento referente a la vida instintiva que revolucionaba totalmente sus puntos de partida para la consideración de la personalidad humana y sus enfermedades. La observación partió de ciertos sueños (v.) que no se sujetan al principio del placer (v. PSICOANÁLISIS). Son sueños en los que se revive una situación traumática angustiosa de la infancia. Obedecen a una tendencia natural a la repetición, mecanismo independiente del principio del placer y anterior al mismo. El niño repite la acción en su juego para poder aprender, para lograr dominar la impresión que ha recibido, en lugar de sufrirla pasivamente. En la repetición, el niño puede llegar al placer de dominar la realidad, pero en el enfermo, haciéndole revivir situaciones traumáticas infantiles, no entra para nada el principio del placer. Es, dice Freud, "la manifestación de una propiedad general poco conocida, o, al menos, no explícitamente formulada, de los instintos o quizá de la vida orgánica en su conjunto". Los instintos no tienden al cambio o al progreso, sino a la reproducción de estados anteriores. La tendencia profunda del ser vivo elemental es llevar una vida uniforme y mantener el equilibrio y reposo de su cuerpo, tras la vibración producida por las excitaciones exteriores. Pero la muerte es anterior a la vida y representa el equilibrio y reposo hacia el cual tiende el organismo como un destino fatal. La distinción psicoanalítica entre huido e instintos del yo se traspone a la de instintos de la vida y de la muerte; pero ambos planos no tienen una equivalencia exacta. En el yo existe una forma instintiva, centrífuga, que lo mantiene. El yo es la unidad, la fusión de los instintos del ser. Para conservar algo, es necesario destruir algo. Esta ley de la vida se encuentra en la economía del yo. La fusión no se logra sólo por un aunamiento de los instintos libidinosos, sino que para lograr esto se necesita amputarlos, recortarlos. Junto, pues, a los instintos vitales existen los de destrucción, los de muerte o de agresión. Estas designaciones dependen del punto de vista de que se parta para su designación. Para Freud, el ejemplo típico de los impulsos de agresión es el sádico; de todos modos, "la distinción entre dos variedades de instintos no reposa sobre una base suficientemente sólida y puede ser que esté en contradicción con los hechos de la clínica", dice Freud.Kunz señala una radical diferencia entre los instintos de agresión y el resto de los instintos. El hambre y la líbido tienen en sí una especie de ritmo autónomo de funcionamiento con sus fases de actividad y saturación. En cambio, los impulsos agresivos, sentimientos, tendencias, deseos, fantasías, son esencialmente reactives. Es decir, se engendran secundariamente cuando otras tendencias primarias o secundarias tropiezan con tenaces resistencias.Juicio crítico. Es curioso lo que ocurre con los instintos agresivos; el hombre se comporta frente al reconocimiento de su existencia de un modo más pacato todavía que frente al instinto sexual. Se ha considerado como un éxito del psicoanálisis el haber arremetido contra la falsa moral del mundo victoriano descubriéndose las tenebrosidades del subconsciente sucio y libidinoso. A pesar de un primer grito de sorpresa, lo cierto es que el mundo pronto reconoció la fuerza enorme del impulso sexual en la conducta humana Frente a los instintos agresivos, los hombres han tomado una actitud diferente: pretenden ignorarlos. Se considera anormal al individuo carente de sensualidad y, en cambio, se considera normal, y aun supernormal, al hombre carente de a. Los padres alaban melosamente al hijo dócil; los superiores, al colegial sin esquinas; los jefes, al subordinado sin asperezas. Parece que el ideal de un cierto tipo de educación ha de estar en la coerción absoluta de los instintos agresivos; tan absoluta, que llegue a su aniquilamiento. El ideal de una sociedad así constituida es la desaparición de toda pulsión agresora. Y, sin embargo, el instinto de agresión impregna y debe impregnar toda la conducta humana. En la historia hay ejemplos frecuentes y considerables de lo que es el instinto de agresión en las guerras. Todas las relaciones interhumanas están siempre perfundidas por la presencia del mismo. Esto no es una deducción teórica, sino que se extrae de la observación de las. relaciones humanas normales y de las conductas netamente patológicas. Y, sin embargo, la vida demuestra una y otra vez lo errónea que es la concepción de querer suprimir el instinto de agresión. La a. existe en el hombre como uno de sus ingredientes principales, y amputársela es, en definitiva, deformarlo. La a. aparece precozmente en la vida infantil. El psicoanálisis, que elaboró una teoría muy detallada de las primeras fases de la libido, dejó en segundo plano el estudio de la génesis de la a. No es que Freud la haya ignorado, pues ya quedó señalado que situaba frente a los instintos sexuales los instintos de la muerte o agresivos.El instinto sexual y el instinto agresivo aparecen siempre mezclados en la crisis de angustia; pero si hubiésemos de dar preferencia a uno, se la daríamos al de agresión. El enfermo siente deseos de morder, arañarse o pegar. Es decir, la a. existe contra el exterior o contra uno mismo. Al perder la coerción reguladora del yo, la gran corriente instintiva amenaza con desbordarse; a veces se logra, y a veces no, y cristaliza en una fobia (v. OBSESIóx). Pero no es preciso que la a. alcance niveles clínicos, es decir, formas patológicas de expresión. Sus manifestaciones en la vida ordinaria son frecuentes. Más aún, propiamente la vida no sería posible sin esa disposición natural que canaliza los impulsos vitales en la dirección de los objetos concretos. Realmente el llamado conocimiento científico descansa en buena parte sobre tales disposiciones y tendencias. Todo el proceso de la ciencia moderna a partir del Renacimiento es buena muestra de ello. En tanto la ciencia pueda entenderse como una creación del espíritu fáustico del hombre, sus resultados o productos mostrarán, a quien observe atentamente el fenómeno, que el modo de alcanzarlos no es, en exclusiva, el resultado de una deliberación. Naturalmente, no es ésta la única manera de acercarse científicamente a las cosas. Hay otro modo de acercamiento: frente al análisis, p. ej., la comprensión.Como se ve, buena parte de las manifestaciones de la llamada civilización técnica, y no sólo en este tiempo, sino de siempre, son efecto de la a. Cualquiera que observe a un niño mientras juega podrá comprobar la fruición con que destruye sus juguetes. Pensar sólo en el valor negativo de la destrucción sería dejar incomprendida la mitad del fenómeno. El niño no destruye por romper y acabar con lo que tiene delante aunque, de hecho, esto pueda ocurrir. El niño trata de averiguar lo que los juguetes tienen dentro, lo que son. A., curiosidad y afán de conocer son matices de este mismo impulso instintivo. Melania Klein (una discípula de Freud) se refirió a este hecho calificándolo como efecto de un instinto que propuso llamar "epistemológico". Lo interesante, una vez más, es advertir que estas manifestaciones instintivas son anteriores a la sexualidad y que están ligadas, por una parte, a la defensa y conservación de la vida y, por otra, a una auténtica tendencia de superación y derroche de energías cuyo carácter competitivo impregna a partir de los primeros años cualquier tipo de actividad vital.En estos últimos tiempos el problema de la a. ha sido planteado de una manera original y nueva por los etólogos, especialmente por K. Lorenz. Este autor ha publicado un libro con el título de Das sogemante Bose (El así llamado mal), Viena 1963, en el que describe muy detenidamente la presencia de la a. intraespecífica en los animales. Que en el mundo animal existe la a. de unas especies contra otras es conocido desde largo tiempo, pero la a. intraespecífica habla en pro de la existencia de un elemento primario agresivo en la serie animal. El libro de Lorenz ha despertado una viva polémica, pero no cabe duda de que ha reavivado el problema, sacándolo de cauces rutinarios (v. ETOLOGÍA).J. J. LÓPEZ IBOR.
BIBL.: J. l. LóPEZ IBoR, Lecciones de psicología médica, Madrid 1957; íD, Rasgos neuróticos del mundo contemporáneo, Madrid 1964; MAx ScHELER, El puesto del hombre en el cosmos, 4 ed. Buenos Aires 1960.
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