Superstición (2)
Francés e Inglés: Superstition. Italiano: Superstizione. Alemán: Aberglaube. Portugués: Supersticão. Catalán: Superstició. Esperanto: Superstico. (Etimología. Del latín superstitio, onis.) f. Creencia extraña a la fe religiosa y contraria a la razón. || Creencia ridícula y llevada al fanatismo sobre materias religiosas. || Culto o veneración que se da a quien no se debe o que se da de un modo indebido.
Superstición. Antropología criminal. Creencia sin fundamento positivo conocido, pero con eficacia suficiente para determinar la conducta, con abstenciones y acciones que prevengan lo nefasto o, por el contrario, aseguren lo benéfico.
"La superstición representa, dice Bernaldo de Quirós, en general, complejos mentales antiquísimos, de prejuicios, deseos, observaciones insuficientes, asociaciones prematuramente admitidas, transmitidas y fijadas por herencia en los estratos más profundos de la psiquis. De aquí, precisamente, su poder en las bajas clases sociales, y aun en individuos de cultura relativa y hasta elevada, pues no es dable inhibir enteramente el poder del largo pasado, la historia humana entera, que pesa sobre cada cual, en la conversión y paralelismo de lo filogénico con lo ontogénico, esto es, de lo propio de toda la especie con lo personal del individuo. Se conoce, en efecto, la remota genealogía de algunas supersticiones, remontándose hasta los tiempos paleolíticos, es decir, los albores de la prehistoria. Así la que da origen, todavía en nuestro tiempo y por muchos siglos del porvenir, a lo que pudiera llamarse el ’homicidio mágico’ o ’telepático’, o sea la muerte de un ser odiado traspasando de agujas su imagen o una víscera esencial representativa: el corazón generalmente. Esta costumbre nos ha dado la clave para describir el secreto de las representaciones de animales de caza traspasados de azagayas que tan a menudo representan las pinturas rupestres, hoy tan estudiadas. Jurídicamente, la superstición puede ser estimada como una circunstancia atenuante de la responsabilidad criminal, sobre todo cuando el temor engendrado por ella excede al mal causado y es, además, legítimo. Así, según el ejemplo puesto por Manzini, si una mujer embarazada hurta alguna cosa para satisfacer un antojo, a fin de evitar el supuesto peligro de una imperfección en su hijo, le será aplicable esta atenuante, como uno de los casos de miedo, siempre que el juez compruebe que la mujer en cuestión creía realmente en el peligro. Otra cosa sería en casos supersticiosos en que faltan aquellas condiciones y que desgraciadamente dan tan elevado contingente a la criminalidad todavía, v. gr., la virtud de los baños de sangre, los talismanes de miembros o de productos humanos para la invisibilidad de los malhechores, su ansia más deseada. El magisterio penal debe ayudar también, a su manera, esto es, con la pena, a la desaparición de la barbarie."
Superstición. Etnología. Si nos atenemos a su etimología, de super-sto, estar encima o mantenerse sobre, no puede llamarse superstición todo un sistema religioso, ni a ninguna de sus partes, profesado por un pueblo como norma superior de vida, por muy absurdo que se presente a nuestra razón, ni siquiera un sistema de prácticas y doctrinas mágicas, si él informa la norma superior de los conocimientos prácticos de una colectividad. Únicamente constituyen superstición cuando se manifiestan como reminiscencias o sobrevivencias de creencias y prácticas ajenas a las hoy dominantes en el mismo pueblo, residuos de paganismo y de procedimientos mágicos (adivinaciones, brujerías, hechizos), a veces en híbrido maridaje con fórmulas religiosas (íncubos, votos malignos, oraciones en cadena o invertidas o intercaladas con frases mágicas), pero no se consideran como supersticiones las reminiscencias paganas que han perdido todo sentido trascendente mágico, tales como el Carnaval. Ningún escritor actual llamaría supersticiones a las creencias propias del mahometismo o del judaísmo, como lo hacían algunos escritores castellanos del siglo XVI, y mucho menos admisible nos tiene que parecer la fatuidad con que algunos materialistas aplican aquel concepto a nuestras creencias. Con el estudio científico moderno de la historia de las religiones, lo que hoy puede mostrársenos en Europa como supersticiones, considerado en la antigüedad clásica, anterior al Cristianismo, en una cierta congruencia con las demás creencias del mismo pueblo, no se tratará como superstición. Por el mismo motivo, por muy ruda o muy extraña que pueda parecer una creencia o una práctica a un erudito neoclásico, al observarla en los indígenas de tal o cual país remoto no debemos señalarla como superstición, si forma parte congruente de un conjunto de creencias y normas de conducta.
No es atinado, por tanto, decir que las supersticiones son tan antiguas como el mundo; otra cosa sería decir esto de la magia, que coexiste con todas las religiones, unas veces en cooperación, otras en oposición, otras en indiferencia. En donde dominaba el esoterismo tomaba grandes vuelos ésta, como sucedía en Egipto, y hoy más aún en muchos pueblos africanos; pero la superstición propiamente dicha no es privativa ni de negros, ni de antiguos egipcios, caldeos o babilonios: se manifiesta en todos los pueblos que van a la cabeza de la civilización en unas u otras personas, sin librarse de ellas hebreos, griegos, romanos, chinos, &c. Pretender, por otra parte, que las artes mágicas se han extendido en Europa por contagio a partir de la dispersión de los magos medos, vencidos por los persas, es no conocer la etnología de la magia, que es universal, en más o menos grado, en una u otra forma; como es también inexacto el decir que la ciencia pitagórica, como de origen egipcio, era supersticiosa. Que Eurípides atribuyese a la magia la inspiración de Orfeo, llamada con tan poco fundamento divina; que Sócrates encargase el sacrificio de un gallo a Esculapio al ir a morir; que Platón hiciese figurar al mago Gobyras revelando a Sócrates sagrados misterios, y que se confunda todo esto con causas sobrenaturales; que Efipo achacase la muerte de Alejandro Magno a venganza de Baco, cuyo templo había hecho destruir aquél cuando tomó a Tebas; que los augures en la Roma pagana gozasen de gran crédito, incluso en los emperadores, todo ello encaja perfectamente en el paganismo. Otra cosa es que Juliano el Apóstata consultase a los arúspices y que Plinio se indigne contra tales o cuales supersticiones, a la vez que recopila en su Historia Natural un sinnúmero de patrañas, como si se tratase de hechos ciertos; patrañas que persistieron durante toda la Edad Media.
Tampoco Galeno logró escapar a tales errores. Afirmaba muy seriamente que Esculapio le había [997] aconsejado en sueños una sangría; el mismo dios le había apartado del designio de seguir en su expedición a los emperadores; defendía los encantamientos; pretendía explicar las enfermedades por la influencia de los demonios, de los eones, de las potestades ocultas, y las trataba con ayuda de hechicerías, haciendo llevar piedras de Efeso, donde estaban escritas las palabras misteriosas que se leían en la estatua de Diana, o bien amuletos o piedras preciosas cargadas de figuras egipcias o símbolos tomados, ora del culto a Zoroastro, ora de la cábala hebraica. Y Galeno repudiaba a los cristianos por supersticiosos (¡!). El historiador judío Josefo describe seriamente en una de sus obras la baara, planta que mata instantáneamente a los osados que se atreven a descuajarla; Apuleyo, Celio, Calcagrimes, Virgilio y el propio Aristóteles creyeron en las propiedades de los filtros amorosos; Luculo y Propercio pagaron con la vida su uso, y Lucrecio se suicidó arrebatado por uno de sus accesos. Papiriense aconsejaba precaver los cólicos tomando caldo de cachorro recién nacido; para curar las fiebres agudas, cortar un pedazo de puerta por cuyo umbral hubiese pasado un maniático, y decir sobre la madera un conjuro mágico; para preservarse de todas las enfermedades, comerse tres violetas silvestres. Marcelo Empírico recomendaba escupir tres veces para quitarse los cuerpos extraños de los ojos; para resolver los orzuelos, tocárselos tres veces con el dedo índice y pronunciar unos latinajos; para curar los panadizos, tocárselos asimismo con los dedos y decir una frase en latín: Pu, pu, pu, deum quiam ego te deum. Con la invasión de los bárbaros quedaron abandonadas las ermitas, y se propagó la especie de que los diablos se apoderaban de las campanas y se las llevaban al seno de los estanques, en cuyas misteriosas profundidades había las entradas que conducían al centro de la Tierra, donde guardaban sus tesoros. Arreberg era el genio que custodiaba aquellas poternas, y, como el basilisco, mataba con su soplo al imprudente que quisiera entrar en ellas. El médico más eminente de Bizancio era Alejandro de Tralles, autor de un procedimiento para curar los cólicos rebeldes mediante un talismán con la efigie de Hércules ahogando al león nemeo. Con los árabes la superstición tomó otro aspecto. Por sus maridajes intelectuales con los judíos, pusieron la ciencia al servicio de quimeras en busca del elixir de larga vida y de la piedra filosofal, y nació la Alquimia. Entre los pueblos cristianos de Occidente, la superstición adquiría vuelos gigantescos. Aparecieron los saludadores; resurgió el uso de talismanes y amuletos; se hicieron frecuentes los Juicios de Dios con las prácticas más crueles, en las que morían o quedaban mutilados en anticipado castigo quienes no habían conseguido ponerse de acuerdo previamente con los encargados de llevar a término la siniestra ceremonia. Achacábanse las epidemias a infames pactos de algún réprobo en inteligencia con Satanás, y entre los acusados se señaló a Grimaldi, duque de Benevento, achacándole haber desencadenado una peste sobre Europa para vengarse de ciertas humillaciones que le había hecho sufrir Carlomagno. San Agaberto, obispo de Lyón, consiguió convencer a las masas de que ningún mortal disponía de tan inconmensurable poder, y sólo así evitó una conflagración contra el calumniado. Surgió más tarde la plaga de las brujerías, encantamientos, falsas posesiones y aquelarres (véanse en los artículos correspondientes). No se libraban ni las personas de más calidad: Enguereando de Marigny fué ahorcado, bajo la acusación de que había intentado embrujar al rey de Francia; Carlos VI de Francia se volvió loco a consecuencia de otra impostura, en la que se fingió que le aparecía un espectro en la selva de Mans. En Asia, el Viejo de la Montaña explotaba la credulidad de los fieros montañeses fundando con ellos la secta de los asesinos, después de saturarles de cáñamo indio, provocándoles alucinaciones en las que se les aparecían todas las venturas del paraíso mahometano. Hasta los sabios más eminentes buscaban efímera celebridad dando apariencia maravillosa a los productos de su ingenio. Alberto el Magno construyó una cabeza de bronce que emitía sonidos guturales, y fingía que había creado un ser humano; con colores de cobalto había conseguido pintar una decoración de tonos mudables, y el vulgo creía firmemente que podía el sabio mudar a discreción la primavera en otoño. Rogar Bacon se mostraba partidario de que las masas siguiesen ignorando los secretos de la Ciencia, considerándolas indignas de interpretarlos. Con el Renacimiento la sociedad europea se paganizó, y los absurdos y desatinos tomaron una forma todavía más repulsiva y arriesgada. El resurgimiento de la cultura sirvió para desorientar mucho más al vulgo, ignorante de todo y en condiciones de creer lo más inverosímil. Cualquier fenómeno meteorológico un poco aparatoso era considerado como algo trascendentalísimo, y las multitudes, por autosugestión, veían en el mismo mil imágenes horripilantes. Así ocurrió con un cometa aparecido en 1527, descrito por el astrónomo Simón Goulard, y en otro de la misma época, descrito nada menos que por el insigne Ambrosio Paré, el creador de la cirugía moderna. Púsose en boga la aberración de los íncubos y súcubos, con sus derivaciones de alumbramientos infernales. Cualquier feto monstruoso se consideraba fruto de diabólicos o bestiales ayuntamientos, y se llegó a clasificar en la misma categoría a los partos de más de tres gemelos. Realizáronse ejecuciones de perros, gatos y cerdos; en Basilea se quemó un gallo en auto de fe; atribuyóse a los brujos la potestad de que los gallos pusieran huevos, por singulares cruzamientos ¡con las culebras! Con Paracelso, Glocenio, Kattray, Agripa, Cardan, della Porta y otras notabilidades que no desdeñaban sentar plaza de brujos u ocultistas, se difundió la Alquimia por los Estados cristianos. El emperador Rodolfo II fué un convencido y se prestó a amparar a cuantos petardistas le prometían la piedra filosofal. Brilló en todo su esplendor la Astrología judiciaria, y mantenían y subvencionaban espléndidamente a sus expensas astrólogos de prestigio, monarcas y altos dignatarios. Catalina de Médicis puso toda su confianza en Nostradamus, y se disputaban a Lucas Gauric príncipes y millonarios. Las pestes que durante todo el transcurso del siglo XVII asolaron Europa dieron lugar a las más absurdas sugerencias, pretendiendo que las plagas obedecían a malhechores que embrujaban las aguas. El pueblo se desbordó, inmolando víctimas completamente inocentes, a las que atribuía los males que le afligían, y, entre otros casos, fué descuartizado en Milán un infeliz inspector de sanidad que se frotó las manos manchadas de tinta contra la fachada de un edificio, y unas mujeres le acusaron de que untaba la misma con una grasa hechizada. Surgió en la corte de Luis XIV otra plaga con las misas negras, extravagantes y sacrílegas ceremonias, en las que, para bienquistarse con las potencias infernales, se llegó a sacrificar tiernas criaturas, quemando después los exangües cuerpecitos para borrar las trazas del delito.
Si bien muchas veces son las supersticiones manifestaciones directas de residuos de culturas inferiores, que renacen con nuevos bríos al descomponerse el freno de la religión superior, otras veces son verdaderas epidemias, hijas de la desesperación o de una transformación económica sin la guía necesaria en la transformación intelectual correspondiente, por donde el antagonismo dualista toma los procedimientos de las religiones inferiores: la brujería europea de los comienzos de la Edad Moderna, que usaba unturas de plantas narcóticas, capaces de producir diversas alucinaciones, fue en gran parte producto indirecto de las [998] sutilezas de los teólogos, o, por lo menos, sistematizada y combatida como beligerante en procesos que asolaron la Europa católica y protestante y, como dice Juan Arzadun, "¿qué de extraño tiene que hiciera también estragos en el país vasco, si todos creían a pies juntillas en ella?, chicos y grandes, pescadoras y doctores, alcaldes españoles y magistrados franceses; en una palabra, todos, menos la Inquisición". Entre los principales campeones contra tales obsesiones persecutorias se cuentan dos jesuitas de aquel mismo siglo, Tanner y Spee; en cambio, Pierre de l’Ancre, "que pertenecía a la caterva de jueces doctrinarios y ergotistas, que en todos tiempos han buscado saciar su apetito condenador por medios apropiados a encontrar delincuentes donde no los hay y a excitar las bajas pasioncillas disolventes de pueblos y familias más que la verdadera misión del juez, que ha de ser la investigación de la verdad con la paz social, achicharró en pocos meses más de 700 personas en el Labourd y reprochaba a los vascos el que comieran manzanas y bebieran sidra, reprochaba también a los vascos que vivan la mayor parte del tiempo al aire libre, porque les hace rústicos y poco adecentados y les da aspecto cambiante, el dejar que las doncellas lleven los cabellos sueltos..., no tener miedo al mar y lanzarse alegremente a la espuma de las olas, que en otro tiempo engendró a Venus, que renace tan a menudo entre estos marinos a la sola vista de la esperma de ballena, que cogen todos los años (la semiciencia erudita se hace esclava de la palabra y de su etimología por ignorancia del objeto y cae en silogísticas tonterías peores que las mayores supersticiones)." (Aranzadi, Viajeros rencorosos y ratones de biblioteca o los vascos en el siglo R, Euskalerria 1903).
Llegó a hacerse lugar común la especie de que los vascos son supersticiosos; pero Fr. Michel, después de decir que el pueblo francés es pueblo d’esprits forts, atribuyó precisamente a los vascos la superstición acerca de los 13 comensales, la del vuelco del salero o los cuchillos cruzados, el grito de lechuza y ahullido de perro, afortunado en el juego desgraciado en amores, viaje en viernes, barba roja, saludadores (que hasta en el nombre es importada), mal de ojo, medianoche de San Juan, echadoras de cartas, adivinadoras; todas ellas y la de brujería conocidísimas y vigentes fuera del país vasco a poniente, levante, norte y sur, cerca y lejos, en montañas, valles, llanuras, aldeas, villas y ciudades.
La superstición de las posesiones se aprovechó como recurso de alta política, y así como se tramó la célebre impostura de los hechizos de Carlos II de España, en Francia fué quemada por hechicera Leonor de Galigay, acusándola de que había embrujado a la reina María de Médicis. Otra de las lacras que desde este punto de vista azotaron a Europa fué el vampirismo, muy difundido hoy en los Balkanes, suponiendo que había muertos que por artes diabólicas resucitaban, filtrándose invisiblemente de sus sepulcros para alimentarse de la substancia de los vivos. Por si hubiese sido poco, afirmóse, además, que las personas chupadas por los vampiros se convertían asimismo en seres de tal condición, y para combatir la plaga se quemaba a vivos y a muertos. Por fin, llegó el siglo XVIII y las supersticiones tomaron otro rumbo, si no tan peligroso, no por esto menos perturbador. La electricidad incipiente se tomó como cosa sobrenatural, se confundió con el magnetismo, y legiones de charlatanes consiguieron explotar el recurso en las principales poblaciones europeas, siendo Cagliostro y Mesmer admirados como semidioses.
Hasta el fin del Imperio romano persistió, según Martindale, un antiguo canto, ininteligible ya de siglos atrás, entre los arvales fratres o sacerdotes de la dea Dia (Ceres). Hoy persiste el canibalismo en muchos cuentos de ogros y gigantes, y en forma de vampirismo curanderil se ha manifestado en acción en varios casos de Gádor (Almería), Castellón, Asturias, Capellades (Igualada), &c.; como en otros la desfloración, lo mismo en las Indias, Rusia y Bohemia, que en Alemania, Suecia, Italia y España, se ha creído eficaz para la curación de ciertas enfermedades. La transmigración en forma de reviviscencia en sus herederos, más regularmente en el nieto, se refleja en la costumbre de poner a éste el nombre del abuelo, tan general en Castilla en los tiempos del Cid y de los señores de la casa de Haro. En el Centro de Europa persiste como conseja la creencia de que los niños proceden del bosque, de pantanos, etcétera, sitios en que también habitarían las ánimas y del que los traería la cigüeña; otra costumbre, la de plantar un árbol al nacer un niño, se relaciona con los árboles, en que se ocultan almas infantiles, o los que sangran al herirlos. También es una reminiscencia de animismo el árbol de Mayo o de San Juan; pero no es propio el incluirlo en las supersticiones, pues no conserva el más mínimo rastro de trascendencia mágica, al igual que el Carnaval. Residuos de totemismo o naturalismo se observan, por otra parte, en muchas prácticas curanderiles, talismanes, mascotas, licantropismo, pantomimas o mascaradas con disfraces de animales, incluso de peces, como en ciertas fiestas del Rhin y del Danubio.
Alcalde del Río refiere en su trabajo Las pinturas y grabados de las cavernas prehistóricas de la provincia de Santander (publicado en Portugalia, II, pág. 147, 1904), que en esta misma provincia "el último día del año se celebra en determinadas aldeas una fiesta llamada de la vijanera o viejanera, que consiste en ciertas danzas que pudiéramos denominar salvajes. Al romper el día, los individuos que toman parte activa en el festival, y que suelen ser los dedicados al pastoreo principalmente, se lanzan a la calle cubiertos de pies a cabeza con pieles de animales y llevando colgados a la cintura innumerables cencerros de cobre. Enmascarados con tan original y salvaje disfraz, corren, saltan y se agitan como poseídos de furiosa locura, produciendo a su paso un ruido atronador e insoportable. Entregados a este violentísimo ejercicio pasan el día, y entre ellos será el héroe de la fiesta quien haya derrochado mayor energía y agilidad en sus movimientos y sea el último en rendirse al cansancio. Al caer la tarde se congregan en el límite fronterizo a la aldea vecina, sin traspasar los linderos que las separan, y allí esperan a los danzantes de ésta, si en ella se ha celebrado igual festejo. Cuando se encuentran de frente ambos bandos, se preguntan en alta voz: ’¿Qué queréis, la paz o la guerra?’ Si los interrogados responden ’la paz’, avanzan unos y otros, se confunden en fraternal abrazo y dan principio seguidamente a la danza final. Si, por el contrario, la respuesta es ’la guerra’, lánzanse los unos contra los otros y se muelen a golpes hasta que sus cuerpos, ya rendidos y quebrantados por el ejercicio del día, dan por tierra tan bien asendereados y maltrechos, que es precisa la intervención de los vecinos pacíficos para irles transportando a sus hogares".
En el Carnaval, con sus reminiscencias de las lupercales (Lecuona, Mozorros y lupercos, Euskalerriaren alde, 1927), e incluso sus tostadas, es dudoso si la procedencia primitiva es del Imperio romano como tal, o más bien de difusión más antigua, o característica común aún más inveterada. Algo semejante ocurre con el Habergeiss del Norte, Centro y Oriente de Europa, y con la tarasca del Mediodía de Francia u otras semejantes de Italia y España. Parece un contrasentido que en regiones agrícolas, desde los Alpes a Escandinavia, aparezca la cabra como presidiendo el cereal, y en Tracia y Grecia desde antiguo asociada a la viña, como no sea supervivencia de un estado pastoril. Mas es de observar que en todo ello no hay ya influencia mágica, ni relación ninguna con la organización social; sin embargo, el albanés se representa a sus héroes como leones [999] y en el norte las fylgias o genios tutelares tienen figura de animales y el daño que a éstos se haga pasa a su protegido.
El cuervo aparece como adivino en los normandos, y los britanos se pintaban en el cuerpo figuras de animales; el héroe irlandés Cuchulain tenía prohibido comer carne de perro, por su propio nombre, pues en su idioma Ku quiere decir perro. Era frecuente en los guerreros del Norte y Occidente de Europa el poner cuernos de toro en el casco, en los reyes anglosajones la cabeza de jabalí, en los celtas una cabeza de animal puesta sobre la propia. Las figuras de animales heráldicos pueden también en ciertos clanes escoceses ser reminiscencias totemistas; los lobos de la casa López de Haro semejan también a las figuras de tales clanes.
En la agricultura persisten como fiestas las que en tiempos fueron magia de cosecha o de lluvia; por ejemplo, la joven polaca con corona de espigas y gallo sobre la cabeza; los mozos de Pinzgau: con flores artificiales, plumas de gallo y cintas; las abluciones del Carnaval argentino; las del madrileño del siglo XVII, y las de la noche de San Juan actualmente en el mismo Madrid, como las de mozas y mozos de la Prusia Oriental y Lituania al volver del mercado.
A un círculo cultural celta se ha querido referir la procesión y danzas de gigantones de Occidente y Mediodía de Europa hasta el Oriente de los Alpes. César y Posidonio refieren que los druidas (casta sacerdotal probablemente precéltica) cada cinco años hacían sacrificios, construyendo figuras gigantescas de palos, ramas y paja, que llenaban con hombres, niños y animales y les prendían fuego. Frazer dice que en Francia se llevaban en las procesiones gigantes vestidos de soldados y luego los quemaban. Hoy subsisten los gigantones procesionales en muchas ciudades flamencas, italianas y españolas. En Londres representaban en otro tiempo a Goliat y David, o a Sansón y Dalila. En Heinaut se mencionan de 1456 a 1460 en una procesión a causa de una peste. En Tamweg (Salzburg, Lungau) habla uno, llamado Sansón, y acompañado de dos enanos.
También son reminiscencias paganas muchas tortas de figura humana o de animales o sus partes, y los huevos de Pascua (equivalentes a la mona catalana o el mokots vizcaíno).
Más apropiado es incluir en el grupo de las supersticiones lo que conserve algo de trascendencia mágica en la mente de los subyugados por aquéllas. Marett (The threshold of religion) presenta, en antítesis del sacerdote, al partidario de la magia negra, al brujo egoísta, parodia del sistema vigente, y la magia como clase mala de relaciones con lo sobrenatural, que otros dirían preternatural, a que el hombre se acerca imperioso, dominante, para explotarlo individualmente.
En los dólmenes y menhires bretones pueden a veces verse símbolos e imágenes cristianos, pero estos son ardides para contrarrestar las reminiscencias, aún subsistentes en otros muchos de la región, con sus leyendas de hadas y enanos, sus prácticas curanderiles, y adivinatorias; de supuestos priapos figurados se raspa una pequeña porción para mujeres estériles, o en Plouarzel iban los recién casados a pie al menhir, se desnudaban y se frotaban el vientre contra el saliente de la piedra (cada uno en el del lado correspondiente) para asegurarse posteridad. En Italia valen ciertos restos prehistóricos como amuletos contra el mal de ojo; en Albania, ciertas figuras de espigas cruzadas como talismanes para la buena cosecha, y en Inishire, islas de Aran, la cruz de Santa Brigida con sus cinco zarzos se cuelga sobre la cama por un año desde el día de la santa, o del gorro del niño se cuelgan símbolos de porvenir (mano, bastón, cuchara, tijera, fusil, hacha, escala, sable, gallo, medialuna, estrellas, pistola, guitarra, martillo), y hasta se utilizan en Austria y otros países menudas estampas de santos para tragarlas contra los males de garganta.
También se conservan con carácter de hechizos, amuletos o talismanes las raíces con figura remotamente humana, por ejemplo, la mandrágora; muñecos de paja, por ejemplo, en figura de cigüeña contra rayo en Vierlanden junto a Hamburgo; rama con trapos contra la enfermedad en Irlanda; muñequitos de trapo (Nénette et Rintintin) no comprados ni recibidos de regalo contra los bombardeos aéreos en la llamada cerebro del mundo. De procedimientos mágicos subsiste, por ejemplo, en muchos países, el hacer pasar a un niño quebrado por la grieta de un árbol expresamente hendido, que después se ha de unir y curar, o tiene también significación el pasar por una grieta estrecha entre dos peñas, o en un árbol ahorquillado, o, en Escandinavia, por el hueco de una raíz extrañamente torcida.
Los trofeos de cabezas de enemigos han sido y son realidades hasta en las guerras más recientes, sin que se necesite, por tanto, hacer alardes de erudición con citas históricas, que únicamente servirían para ponerlos en relación con la significación trascendental que tuvieron en otro tiempo; por ejemplo, en la epopeya irlandesa, al caer herido por una flecha envenena el héroe Bran, mandó que se hiciese un festín en honor de su cabeza; por último, la llevaron a Londres y la colocaron en White Hill de cara a Francia, sirviendo de talismán más tarde contra una invasión francesa. La colocación de calaveras de animales sobre el vallado del cortijo en los Balkanes, en las casas o en palos en países alemanes, es más que dudoso que tengan la misma significación, o sean substitutivos, pues Aranzadi (Espantajos de ingenio y monigotes de superstición, San Sebastián 1923) menciona de los pastores de las montañas vascas calaveras de vaca y cabra colocadas sobre varas más o menos movibles por la acción del viento y que sirven para defender de las aves de rapiña a los gallineros, motivo este que no tiene nada de supersticioso.
Se ha intentado relacionar con la magia del cráneo el plato con la cabeza de San Juan tallado en madera y que, puesto sobre la propia y pasando alrededor del altar, preserva de dolores de aquélla, según se practica en Hohe Salve (norte del Tirol); problemático es también relacionar con antiguo culto de cráneos la conservación de calaveras en osarios de Bretaña, Salzburgo, norte del Tirol, &c. Es creencia bretona que podían en ciertos días hablar y por Todos Santos nombrar a quienes habían de morir el año siguiente; en Carintia y Bohemia la fascinación de cráneos en que se hubiesen escrito números de la lotería daba éxito en el sorteo.
Por los antiguos tratados manuscritos de Geomancia que se conservan de la Edad Media conocemos el método y disposición con que era aplicada la ciencia adivinatoria en los diversos actos y vicisitudes de la vida. Tenían todos carácter cabalístico y simbólico y por medio de palabras hebraicas mutiladas o corrompidas daban título a una sección o agrupación de métodos determinados. En el Manuscrit namurois du XV siècle, publicado en 1895 por el catedrático de Turín, Julio Camins, en la Revue de langues romanes (IV serie, t. VIII, pág. 27), se hallan unos 400 vaticinios o pronósticos geománticos, repartidos en 36 agrupaciones, que cada una ostenta, respectivamente, los títulos siguientes: Gozal, Zona, Chove, Duzon, Gorsal, Cother, Arnagon, Mery, Guyra, Jhoas, Salaph, Arbry, Azera, Effre, Sadoch, Gaap, Geezie, Caleb, Janon, Zalen, Cidre, Cyza, Heth, Canon, Raboth, Arioth, Saphet, Caph, Parachis, Balach, Nasón, Syna, Gobal, Absón, Enon y Oreb.
En la agrupación I, o sea Gozal, se proponen las siguientes preguntas, o, mejor dicho, respuestas, que presuponen una pregunta hecha por un sujeto a quien interesa saber algo de lo que sigue: Li enfan vivera et si sera de boins mores es plains. - La chose perdue ou [1000] emblée, sera recouvrée. - Tes amis t’aime de tres bon cuer. - La hayne et la discorde sera en bone paix convertie. - Ton soinge se convertira en bien. - Chils que tu penses vil el brief en avras nouvelle. - Tu gaigneras le plait contre la partie. - Li fuilif revenra bien brief. Les nouvelles sont vraies et se convertiront en bien. - La terre que tu tiens tu le tenras longement. - Ne fais nulle mutatina de lieu en aultre. - Le povre n’enrichira pas pour son labeur.
Ante todo, en el Tratado se advierte que nadie ose hacer una pregunta que no sea necesaria, y que tampoco deben preguntarse cosas ya sabidas o previstas con certeza, así como tampoco las imposibles o quiméricas. Para el éxito y exactitud de la respuesta era preciso al demandante hacer oración primero; abrir un libro cualquiera al acaso, y, según fuese la primera letra del mismo, consultará la inicial de la agrupación antes enumerada. También podía cogerse a la suerte un signo del Zodiaco, y buscar la respuesta en la inicial de la misma agrupación. Seguía después la llamada Batalla de preguntas, que en el texto de Namur se describe así: Quiconques voelt avoir la cognissance de ceste science doit tout premièrement aviser en la bataille de questions quel coze il voelt scavoir el puis aprés le fourmer a laventure en ung peu de parchemin, ou de papier 4 lignes de poins, en tele manière, que cascune ligne du mans contiègne 12 poins pour la cause des 12 signes dont la 2ª ligne soit plus loinge de toutes les aultres. Y sigue una descripción del modo de contar puntos y líneas, hasta dar con el número que corresponde con la agrupación de las respuestas, que nada hay semejante, en punto a confusión, dificultad y embarullamiento. En las voces Adivinación, Alquimia, Astrología, Nigromancia, Quiromancia y otras similares hallará el curioso toda la variedad de procedimientos y sistemas de que para adivinar lo futuro, lo lejano y lo oculto se servían los geománticos de la antigüedad.
El erudito Pablo Meyer estudió el manuscrito de la Biblioteca Nacional de París núm. 7349 (sección latina), que es un tratado de Geomancia escrito en lengua provenzal, probablemente en los siglos XIV o XV. Está escrito en verso y contiene preguntas tan curiosas como las siguientes: D’ome près, dich si exirá - De la prezó, o si morrá - De femma dich gran mervilla - Si es prenys de fill o de filla.
Carlos V de Francia tenía una rica biblioteca de obras de Nigromancia, Astrología, Adivinación y Geomancia
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