Sociedad I. Filosofia. 1. Naturaleza de la Sociedad.b. Visión Sintética.
1. Noción de sociedad. La s. es "la unión de hombres para ayudarse mutuamente en la consecución del ser plenamente humano exigido por los fines existenciales" (Messner, o. c. en bibl., 160). Los hombres se unen entre sí movidos por su impulso societario (v. SOCIABILIDAD), ya que, de una parte, el hombre ve en los otros a seres hacia los que les lleva su capacidad de amor, y, de otra, busca en ellos una cooperación que supere sus límites individuales. Los esfuerzos reunidos alcanzan en su recíproco complemento una efectividad considerablemente mayor que la suma de los esfuerzos individuales. La s. es por ello más que una simple pluralidad de hombres y también más que una mera pacífica convivencia de individuos: es una unidad supraindividual. Esta unidad radica en la participación activa y pasiva de los hombres individuales tanto en el desarrollo como en el resultado del complemento recíproco. Este resultado consiste fundamentalmente en el ser plenamente humano para todos, al que no podría llegar ninguno de los individuos por sí mismo.
Hay, pues, una jerarquía de sociedades, dependiente de la medida en que la existencia humana del individuo esté condicionada por cada una de ellas. Por esta razón la familia (v.) es la s. primaria, a la que sigue la s. política en sus diversas manifestaciones (municipio, región, nación, cte.), y luego asociaciones como clubs, s. comerciales, etc. Sociedades como la familia y la nación son exigidas por los instintos naturales más directamente y son más indispensables para el ser plenamente humano que las otras. Estos instintos se traducen en lazos afectivos más fuertes y por ello en formas sociales que pueden denominarse comunidades en sentido propio (v. COMUNIDAD). De ahí que se deba distinguir entre s. necesarias, que derivan de una exigencia natural improrrogable, a la que puede adherirse u oponerse la voluntad, pero no plasmarla por entera a su antojo, y s. voluntarias, que dependen absolutamente de la decisión humana, pues tienen su fundamento en fines libremente elegidos.
2. Persona y sociedad: la sociabilidad humana. Para comprender mejor el hecho de la sociabilidad, vamos a describir detalladamente, siguiendo a Hóffner (o. c. en bibl., 195), las características de la personalidad (v.) humana.
a) Personalidad significa unicidad: cada hombre (v.) es un ser único, con un cuerpo y un alma concretos, distinto y separado de todo otro ser; jamás repetido, jamás repetible.
b) Personalidad significa también autonomía en el existir. No constituimos parte de otro, como la mano es parte de nuestro cuerpo. Existimos en nosotros mismos, aunque haya en nosotros diversos estratos: corpóreo-vital y espiritual. Pero propiamente no tenemos un cuerpo y un alma como se poseen las cosas ajenas, sino que somos un todo corpóreo y espiritual.
c) La persona humana es dueña de su pensar, obrar y omitir. Todas nuestras acciones son actos nuestras. Podemos, sin duda, arrepentirnos de falsas decisiones y pecados y superarlos interiormente; pero jamás podremos hacer que dejen de ser actos nuestros. De nuestra personalidad reciben el inamovible carácter de referencia al yo.
d) Personalidad implica libertad. La libertad (v.), que procede del esencial núcleo espiritual de la persona humana, es la capacidad de decidirse autónomamente de una u otra forma frente a posibilidades diversas, sin ser forzado unívocamente por el determinismo psicológico, sociológico, etc. en una determinada dirección. En virtud del libre querer configurados, el hombre es "señor de sí mismo" (S. Tomás de Aquino).
e) Personalidad significa responsabilidad (v.), a la que va íntimamente vinculado el tener que atenerse a las consecuencias, lo que significa un compromiso a veces tremendo. Resulta así una cierta correlación entre libertad, responsabilidad y compromiso.
f) La persona humana está ordenada a la relación con los otros. Es abierta, dialógica, capaz de hablar y oír. Personalidad y sociabilidad están entre sí en una original y característica relación de tensión. Cuanto más enérgica se ha hecho la personalidad de un hombre, tanto más profundo e íntimo será el encuentro con los demás, bien se trate de la relación yo-tú de la comunidad bipersonal, o de la tensa relación del hombre con las estructuras sociales mayores y más amplias.
g) La personalidad humana significa conciencia de ordenación a Dios y, teológicamente, a la Redención operada por Cristo, a ser convertidos por el Bautismo en "nueva creación" (Gal 6,15), en partícipes de la naturaleza divina (2 Pet 1,4). La conservación y desarrollo de esta filiación (v.) divina es una tarea personal impuesta al cristiano.
Esta descripción de la personalidad nos permite sacar dos conclusiones que enmarcan la sociabilidad natural del hombre: 1) Ésta es signo de la dependencia en que el hombre se encuentra con respecto a los demás y la s., en el terreno corpóreo-material, espiritual, cultural y moral. Ningún ser vivo necesita de los demás en los primeros meses y años de la infancia tanto como el hombre, que -a diferencia del animal- no tiene una seguridad de instintos innatos. El animal, además, está configurado por sus disposiciones naturales y por el mundo ambiente, en el que está como empotrado por su inamovilidad instintiva; y para cada generación animal se repite la misma situación. El hombre, que trasciende con su libertad al entorno, necesita de la educación para poder usar de su libertad, y, por tanto, de las experiencias y conocimientos transmitidos de generación en generación. Toda cultura se basa en la posesión común de los bienes espirituales de las generaciones pasadas y presentes.
2) Pero esa razón de necesidad no es la única, ni la más básica: la sociabilidad natural del hombre, en su raíz más profunda, "no radica utilitariamente en la exterior necesidad de los demás, sino que se funda metafísicamente en el ser del hombre, cosa que significa riqueza y no pobreza. El ser creado que procede de la liberal bondad de Dios trata en múltiples modos de representar la bondad y grandeza del creador" (Hóffner, o. c., 24). Todo ser es comunicativo en sentido metafísico (bonum est dif f usivum su¡) y de modo especial lo es el ser espiritual. "El hombre, imagen de Dios, es decir, sustancia espiritual, personal y creada es, por una parte, especialmente comunicativo por su esencia, es decir, está dispuesto a regalar sus propios valores espirituales, y, por otra, tiende a participar de los valores espirituales de otras personas. Todo ser personal tiende, pues, esencialmente a la entrega y a la participación, de forma que el ser personal está ordenado por esencia al tú y a la sociedad. La meta es el recíproco dar y participar en los valores personales y por eso en las diversas estructuras sociales se determina su propia esencia, según la especie de los valores personales que en ellas interviene; así, p. ej., el matrimonio, la amistad, etc." (ib.). Sobre las implicaciones que esto tiene con respecto al tema del origen de la s., v. I, 2.
3. Realidad de la sociedad. ¿De qué naturaleza es esa realidad a la que llamamos s.?; ¿es una sustancia o solamente un accidente?; ¿tiene sólo una existencia ideal, es un mero nombre, o tiene una existencia real, es un ser objetivo?; ¿es una unión de individuos o una realidad que los antecede y en la que se subsumen? Tal es el problema filosófico fundamental en torno a la sociedad.
Lo mismo que la cuestión referente al ser de la naturaleza humana, tema de la psicología (v.), tampoco ésta puede ser resuelta por la simple observación de los hechos de la experiencia. Como aquélla, es una cuestión ontológica y metafísica. El camino hacia su solución es reconducir la naturaleza de la s. a la naturaleza social del hombre, entendida metafísica y ontológicamente. Es eso lo que hemos hecho en el apartado anterior al exponer las relaciones entre personalidad y sociabilidad. Pero con ello no se resuelve por entero la cuestión que tenemos ahora planteada, sino que es necesario dar nuevos pasos. Es claro que la s. no se reduce a un mero nombre que se aplica a simples relaciones interindividuales, sino que es algo real: basta pensar en las unidades sociales básicas (familia, nación, cultura, etc.), que sobreviven a los hombres individuales, y con las cuales el hombre no puede romper del todo aunque voluntariamente lo intente. Entonces, ¿en qué consiste este ser, esta realidad propia?; ¿es un ser autónomo (sustancia) o dependiente (accidente)?Se trata de una cuestión de trascendental importancia. En efecto, si la s. poseyera un ser propio y autónomo, el individuo, de acuerdo con la misma naturaleza, le está completa y "totalmente" subordinado; estaríamos así en la posición de Hegel (v.) con el monismo (v.) y totalitarismo (v.) al que conduce. Si la s., por el contrario, tuviera sólo un ser puramente arbitrario, dependiente de modo absoluto de la opción humana, carecería de entidad verdadera; estaríamos así en la posición individualista de Hobbes (v.), Rousseau (v.), etc. Frente a ambas posturas hay que decir que la s. posee un ser propio pero no independiente y que solamente el hombre tiene un ser sustancial. La s. en su modo de ser duradero se funda en los individuos, tiene realidad sólo a través del ser de los individuos y su existencia se basa en la existencia de los hombres que la integran; el individuo, por el contrario, es un ser independiente de la s. y posee su esencia plenamente humana, aun prescindiendo de ella, a pesar de haberla alcanzado por su vida dentro de la sociedad.
De ello no resulta, sin embargo, de modo alguno que la s. posea, en sentido ontológico y metafísico, solamente un carácter secundario frente al ser del individuo. En efecto, el hombre es social por naturaleza, de modo que no puede eliminar la s. sin verse privado al mismo tiempo de su ser plenamente humano. La esencia individual y social de la naturaleza humana tienen ambas, metafísica y ontológicamente, un carácter originario. No puede por eso haber hombres sin que haya a la vez sociedad. Ésta se basa en los individuos y no es anterior a ellos; pero éstos, los hombres individuales, tienden, por razón de su propio ser, de su comunidad de naturaleza y de su impulso dialógico personal, a ser en sociedad. En virtud de esta necesidad y capacidad de intercomunicación y complemento social de los individuos que la naturaleza humana implica, surge, por medio de la cooperación social, esa nueva realidad que es la s.; y, a su vez, la participación en esta realidad constituye para el individuo el presupuesto para alcanzar el ser plenamente humano.
¿Qué unidad tiene, pues, la sociedad? Para precisarlo será conveniente distinguir, como se ha hecho frecuentemente, el tipo de unidad propia de la s. humana de la unidad constituida por un cuerpo físico, por un rebaño o una formación militar. La unidad de la s. no es ni la unidad de partes carentes de sustantividad, ni tampoco una simple suma o yuxtaposición de individuos, ni una formación organizada para conseguir un fin externo. Más bien -como dice Messner (o. c. en bibl., 188)- es una "unidad de orden": una unidad que es producto de unfin que le es inmanente y que coordina el comportamiento de sus miembros a través de su libre decisión. Orden significa, pues, aquí una unidad basada en un principio formal interno, principio que es de doble nivel, de naturaleza causal, o de naturaleza final. Todas las unidades sociales descansan, en efecto, en la unión de causas eficientes y causas finales. Fin, porque la s., situándose en el orden del comportamiento humano, participa de la orientación teleológica que éste tiene, de modo que una de las más básicas distinciones entre s. es la que se hace en los fines globales o sectoriales que persiguen. La naturaleza social del hombre le impulsa a vivir en s. y tiene por ello razón de causa eficiente; como el comportamiento y actuación humanos dependen de la inteligencia y la voluntad, haciéndose efectivo por mediación de éstos, es por lo que la razón de causalidad eficiente está no sólo en la naturaleza sino también en la libertad humana. Por ello es éste el principio interno que determina la fisonomía concreta y la vida de las unidades sociales y la conducta de los individuos que las integran. La unidad de la s., aunque exigida en un grado u otro por la naturaleza, no se basa, pues, en una coacción externa, sino en la libre decisión de sus miembros. La unidad social no es la de un rebaño que se mantiene gracias a los instintos inconscientes, que fuerzan a un comportamiento determinado; y tampoco la de una formación militar que es organizada desde fuera para un fin extrínseco. La unidad social es la que deriva del fin que le es propio, y se hace efectiva por la libre decisión de sus miembros, que constituyen su principio formal interno. El conocimiento de los fines y la libre decisión de realizarlos son cualidades de la naturaleza dotada de espíritu. Por esta razón los vínculos más esenciales de unidad de la s. son de naturaleza espiritual.
Esto no quiere decir de ningún modo, sin embargo, que los vínculos espirituales constituyan toda la esencia de la sociedad. Los vínculos exteriores y las instituciones son indispensables para su unidad; el principio formal interno de la s. tiene que apoyarse para adquirir eficacia en vínculos de unión exteriores. Así, p. ej., el Estado necesita de un sistema jurídico capaz de ser ejecutado, la familia tiene necesidad de un hogar, un patrimonio familiar, etcétera. La organización, es decir, la coordinación de las actividades garantizadas por medio de instituciones externas, conforme a las exigencias del fin que sirve de base a su unidad, es, pues, un rasgo esencial a la sociedad.
Hagamos una advertencia. La concepción mecanicista e incluso meramente técnica de la s, que domina en algunos ambientes contemporáneos y según la cual la s. es una mera organización al servicio de fines propuestos por el mismo hombre, ya sean entendidos éstos de una forma más individualista o colectivista, hace necesario destacar que la esencia de la s. está anclada en la misma naturaleza. Precisamente por encontrarse ligada al orden de la naturaleza, la organización de la s. es sólo en parte asunto del arbitrio del hombre. Una planificación y organización arbitrarias, es decir, en contradicción con el orden natural, dificultan por eso, aunque según una mirada superficial puedan parecer eficientes, la consecución del fin social y, con ello, la plena realización vital de los miembros de la s., tanto desde el punto de vista puramente humano, como económico y social. El orden en el campo de lo social consiste principalmente en buscar lo que el orden natural exige en una situación dada. Ciertamente, dentro del marco del orden natural, hay mucha parte confiada a la planificación humana de acuerdo con las adecuaciones al fin que la ciencia y la técnica permiten llegar a conocer; pero toda planificación y organización que se encuentre en contraposición con aquel orden fundamental servirá para destruir en lugar de edificar.
4. Sociedad y bien común. La s. encuentra su razón de ser y su fundamento en la naturaleza del hombre, como realización de su sociabilidad. De ahí deriva un concepto clave: el de bien común, como expresión con la que se designa el fin de la sociedad. El bien común, aun cuando se basa en la necesidad y susceptibilidad de complemento de los individuos, no consiste fundamentalmente en la reunión como resultado de la acción de los individuos de un fondo común de bienes y servicios, ni tampoco en la simple distribución de esos bienes. Consiste más bien en hacer posible mediante la unión social el cumplimiento responsable y con medios propios de los fines y aspiraciones a que los hombres, miembros de la s., están ordenados. Para un estudio más detenido, v. BIEN COMÚN.
Las funciones principales de la s. en orden al bien común son -precisa Messner- dos: La primera consiste en la defensa contra todo lo que amenaza el orden de la convivencia, presupuesto de la existencia plenamente humana. Forma parte de esta función la promoción de un ambiente de seguridad social, por el que cada miembro de la s. sabe que no será obstaculizado en el desarrollo de sus tareas vitales. La segunda función es de carácter más directamente positivo: tratar de hacer posible la existencia plenamente humana de los miembros de la s., mediante la creación de un orden de bienestar, desarrollo cultural, religioso, etc.
Dado que los distintos fines existenciales, para cuya realización necesita el hombre el complemento de la s., determinan diversas formas de cooperación social y con ello diferentes especies de fines sociales, el bien común es, por su esencia, pluralista. Estos fines son, en efecto, propios de distintas unidades sociales que fundamentan su responsabilidad y, con ello, su competencia en la realización de lo que propiamente les corresponde. Pretender absorberlos todos en una agrupación única negando libertades y autonomías conduce al totalitarismo. La plenitud humana requiere la autonomía de las diversas comunidades al servicio cada una de sus fines existenciales. Nos encontramos así con un amplio panorama en el que coexisten, de una parte, comunidades grandes y pequeñas que tienen fines determinados por la naturaleza (entre otras, la familia, él municipio, la asociación profesional, la nación, el Estado, las grandes unidades regionales, nacionales y supranacionales y la comunidad de naciones); y, de otra, las asociaciones creadas para la consecución de fines libremente elegidos y que persiguen diversos objetivos de carácter cultural, económico y social (las asociaciones caritativas, los clubs recreativo-culturales, las s. comerciales, etc.).
La diversidad de aspectos que presenta el bien común no significa que deba darse una simple suma o una mera coexistencia de las diversas comunidades o asociaciones, sino una unidad jerárquica según el orden de los fines. En la unidad de la naturaleza humana se encuentra trazado el orden unitario de los fines individuales y sociales, y, con ello, también el orden unitario de las responsabilidades y competencias de las diversas comunidades o asociaciones, de manera que cada una tenga la autonomía que le es propia y mantenga a la vez una supraordenación a las más amplias o básicas. La esencia pluralista del bien común fundamente el orden subsidiario con la autonomía y la jerarquía de las competencias del bien común. El principio de la subsidiariedad (v.) es, por esta razón, como todos los principios sociales, un principio del ser y, con ello, también un principio de orden.
RICARDO ROVIRA.
BIBL.: J. MESSNER, Ética social, política y económica a la luz del Derecho natural, Madrid 1967, 155-240; 1. HÓFFNER, Doctrina social cristiana, Madrid 1964, 18 ss.; S. RAMIREZ, Pueblo y gobernantes al servicio del bien común, Madrid 1956; C. CARDONA, La metafísica del bien común, Madrid 1966; J. FOLLIET, El hombre social, Andorra 1964; A. PERPINÁ, Teoría de la realidad social, 2 vol., Madrid 1949-50; 1. MARITAIN, El hombre y el Estado, Buenos Aires 1952; A. F. UTz, Ética social, Barcelona 1961 ss.; H. A. ROMMEN, El Estado en el pensamiento católico, Madrid 1956; 1. LECLERcQ, Leeons de droit naturel, 2 vol., 3 ed. Lovaina 1948: L. STURZO, La societá: sua natura e sue leggi, Bérgamo 1949; L. STEFANINI, Personalismo sociale, Roma 1952; L. LACHANCE, Le droit et les droits de l’homme, París 1959; T. P’ARSONS, El sistema social, Madrid 1966; KINGSLEY DAVIs, La sociedad humana, Buenos Aires 1965; ELY CHINOY, La sociedad, México 1966; N. TIMASCHEFF, La teoría sociológica, México 1961.
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