Prudencia I. Filosofía.
1. Concepto. La p. es la virtud (v.) cardinal residente en la razón práctica que ordena rectamente nuestro obrar y facilita la elección de los medios conducentes a nuestra perfección. Etimológicamente deriva de la voz latina prudentia, a su vez vinculada con providentia, de procul videre, ver desde lejos, fijarse en el fin lejano que se intenta, ordenando a él los medios oportunos y prever las consecuencias, constituyendo una de las partes integrales de esta virtud. Ya S. Isidoro en sus Etimologías define al prudens, al prudente, como "porro videns, que ve, que es, pues, perspicaz, que prevé los casos inciertos que pueden ocurrir", destacando la importancia de la providencia. La virtud de la p. también ha sido designada con una voz más antigua: discretio, que significa elección, buen juicio y que está emparentada con el verbo discernere, discernir. Y el discernimiento, el buen juicio relativo a los medios, es la médula de la prudencia (v. t. II, 1).
Como toda virtud natural o adquirida no se logra la p. por la realización de actos aislados, sino a través de la práctica habitual, de la repetición ordenada y perseverante. La p. así considerada está íntimamente relacionada con la p. sobrenatural o infusa, que tiene por objeto la moralidad sobrenatural, que es un hábito que orienta la elección de los medios con la luz de la razón iluminada por la fe (v. II).
La p. es una virtud fundamental, la más importante de las virtudes cardinales, porque la justicia (v.), la fortaleza (v.) y la templanza (v.) dependen de ella, que vincula al sujeto a la medida objetiva de la realidad y lo conecta con el ser de las cosas. La supremacía de la p. "quiere decir solamente que la realización del bien exige un conocimiento de la verdad" (J. Pieper, o. c. en bibl., 23). Las demás virtudes dependen de la p., que en su dimensión cognoscitiva las pone en contacto con la realidad y que en su aspecto preceptivo ordena el querer y el obrar. Por eso sólo el hombre prudente podrá ser justo, fuerte y templado. Hay hombres que dicen tener pasión por la justicia y reclaman una justicia utópica, carente de objetividad. Hay hombres valerosos que roban y asesinan. Hay hombres ascéticos, cuya "moderación" es una máscara que oculta su injusticia. Pero estos hombres no son ni justos, ni fuertes, ni templados, porque no son prudentes (v. t. II, 2).
Es una virtud que reside en la razón práctica: pertenece al intelecto (V. ENTENDIMIENTO; INTELIGENCIA) porque en su primera dimensión (aunque no la más importante) la p. es cognoscitiva; en esto coincide con las ciencias y las artes. Sin embargo, se distingue de las ciencias, porque éstas pertenecen al intelecto especulativo "ya que su finalidad inmediata no es obrar ni dirigir la actividad moral sino simplemente conocer su propio objeto. Por eso son separables de la bondad moral... Y lo mismo ocurre con las artes, a pesar de pertenecer al intelecto práctico. Porque, aunque ordenadas inmediatamente a la operación, ésta no es precisamente la acción moral, sino la producción artística, o sea la obra de arte" (S. Ramírez, o. c. en bibl., 13).
Como "recta razón en el obrar" la p. es un conocimiento directivo. Su esfera de competencia es el campo de lo contingente y por eso se distingue de los actos del entendimiento especulativo cuyo objeto es la verdad necesaria y cuyo bien es la perfección del conocimiento por la adquisición de la verdad. Los hábitos intelectuales especulativos no son propiamente virtudes, porque no confieren el recto uso de la potencia o hábito. Ahora bien, la p., como el arte, se ocupa de lo contingente, pero también se distingue de este último, porque la primera se refiere a lo agible, al obrar, en tanto el segundo versa sobre lo factible, sobre el hacer. Santo Tomás escribe que "el arte es la recta razón en la producción de las cosas, mientras que la prudencia es la recta razón en el obrar. He aquí la diferencia que hay entre hacer y obrar según el Filósofo: el primero es una acción que pasa a una materia exterior (edificar, cortar, etc.); el segundo es acto que permanece en el mismo agente (ver, amar, etcétera)" (Sum. Th. 1-2 q57 a4).
Finalmente, la p. nos habilita para la elección de los medios conducentes a nuestra perfección. Se refiere a los medios y sólo respecto a los medios es preceptiva de las virtudes morales, ya que el fin de estas últimas es señalado por la sindéresis o hábito de los primeros principios prácticos (v. INTELIGENCIA I, 4). Por eso escribe L. E. Palacios que "las virtudes morales, bajo la dirección de la sindéresis, rectifican el apetito en orden al fin y lo preparan para que la prudencia mande, en el orden de los medios, la acción que debe ponerse. Una vez que la prudencia habla, las virtudes morales, en dependencia de ella, ejecutan bajo su dirección el acto moral" (L. E. Palacios, o. c. en bibl., 75).
2. Análisis de la virtud de la prudencia. La p. es una virtud intelectual práctica, con materia moral. De allí que el conocimiento prudencial y el posterior acto de imperio supongan una buena disposición previa de la parte afectiva del hombre. Por eso escribe Palacios que "el prudente no es como el artista o el técnico, que pueden realizar obras buenas en pésimas condiciones morales. El prudente por enderezar sus actos a la perfección del bien moral, sólo puede actuar sobre la basede disposiciones afectivas que den entereza al apetito, para que todo lo que éste inspire a la razón sea armonioso y límpida" (o. c. en bibl., 74).
La p. vincula principios y circunstancias y comprende, en su dimensión cognoscitiva de la realidad, tanto el conocimiento de aquéllos cuanto él de éstas. Los primeros principios del obrar los conocemos a través de la promulgación efectuada por la denominada sindéresis (V. INTELIGENCIA I, 4). Esos principios tienen naturaleza de fines y nuestras potencias volitivas los persiguen bajo razón de bien. El papel de la p. se limita al campo de los medios, de los caminos, de las vías que debemos recorrer según las circunstancias de cada caso, para alcanzar los fines conocidos por la sindéresis. En su dimensión imperativa la p. tiene por misión regular y dirigir el obrar.
Tres son, pues, los actos propios que integran la p.: consejo, juicio e imperio. En los dos primeros prevalece el aspecto cognoscitivo, en el último el operativo, ordenador del obrar. Al consejo se opone la precipitación, al juicio la inconsideración y al imperio la inconstancia. Santo Tomás dice que al consejo le pertenece la indagación, al juicio el juzgar de los medios hallados y al imperio aplicar a la operación esos consejos y juicios. Y como este acto se acerca más al fin de la razón práctica, de ahí que sea su acto principal. También, al tratar de estos actos, realiza una comparación sumamente clarificadora entre la p. y el arte. En éste, la perfección consiste en el juicio, en tanto que en la p. radica en el imperio, "por eso se reputa mejor al artista que a sabiendas realiza mal la obra de arte, como teniendo un juicio recto, que aquel que involuntariamente comete el defecto, lo cual parece provenir de la falta de recto juicio. Pero en la prudencia ocurre lo contrario: es más imprudente el que peca queriendo que el que lo hace sin querer, ya que el primero falla en el imperio, acto principal de esta virtud" (Sum. Th. 2-2 q47 a8).
En su faz cognoscitiva, la p. requiere memoria, intuición, docilidad, solercia y razón "industriosa"; en su faz preceptiva requiere providencia, circunspección y cautela (v. t. II, 4).
3. Partes o aspectos de la prudencia. a) En su dimensión cognoscitiva: La memoria nos vincula con el pasado, con los hechos pretéritos. La buena memoria es fiel al ser pues "guarda en su interior las cosas y acontecimientos reales tal como sucedieron en la realidad" (J. Pieper, La prudencia, 83). Es necesario subrayar la importancia de la memoria en el prudente, hoy que los evolucionismos perfectistas en lo doctrinario y los tecnócratas y revolucionarios en lo político, pretenden destruirla en los hombres y en los pueblos.
Si la memoria mira al pasado, la intuición o "inteligencia" de lo singular se refiere al presente. La conclusión prudencial surge de un silogismo que consta de una proposición universal suministrada por la sindéresis y de otra particular suministrada por la intuición, que debe estar encajada en la realidad concreta, en las circunstancias, para que la conclusión práctica ajuste los singulares regulables.
La docilidad implica un reconocimiento de nuestra ignorancia. Todos necesitamos aprender cosas y la vida entera no alcanza a satisfacer nuestra apetencia en el orden del conocimiento. Y como nadie da lo que no tiene, tenemos que aprender con el que sabe, con buena disposición para recibir, desterrando la soberbia. Resulta enormemente pedante el que cree haber llegado a la edad adulta y que ingenuamente confunde el progreso de lo factible con el progreso humano; ¡es la ceguera dramática de muchos, en este tiempo, caracterizados precisamente por su orfandad espiritual!La solercia o sagacidad es la "objetividad ante lo inesperado" (Pieper, ib., 87). Es la perspicacia, la habilidad, el ingenio, la conjetura. También cabe destacar su actualidad, cuando se vive bajo los fenómenos de la erosión y el cambio. Ya no sirven las recetas decimonónicas e incluso muchas veces envejecen normas recién dictadas ante la aparición de novísimas e imprevistas situaciones. Para solucionar correctamente los nuevos problemas hay que contar con la flexibilidad de la solercia, que no debemos confundir con el relativismo o la ética de situación (v.) ya que sirve al verdadero fin de la vida humana, tan permanente como nuestra especie.
El último requisito exigido por el aspecto cognoscitivo de la p. es la razón "industriosa". Aquí no nos referimos a la razón (v.) como facultad, sino al buen uso de dicha razón para juzgar los casos particulares; como señala Santo Tomás: "la necesidad de la razón se funda en la imperfección de la inteligencia, ya que los seres que poseen la inteligencia en su plena perfección no necesitan razonar, sino que por simple intuición comprenden la verdad, como sucede con Dios y los ángeles. Ahora bien, las acciones particulares, cuya dirección compete a la prudencia, distan mucho de ser inmediatamente inteligibles. Y tanto más cuanto más inciertas e indeterminadas son...; la prudencia necesita del buen razonamiento del hombre para poder aplicar rectamente los principios universales a los casos particulares que son variados e inciertos" (Sum. Th. 2-2 q49 a6).
b) Dimensión preceptiva. En su aspecto preceptivo la p. requiere providencia, circunspección y cautela. El primer requisito es la providencia. Esta nota, la principal según S. Tomás dentro del todo que forma la p., mira al futuro contingente, el único que puede ser ordenado por el hombre teniendo en cuenta el fin de la vida humana. Y respecto a esta previsión que consiste en ver lejos y anticiparse a los sucesos, no basta decir que "prevé las consecuencias de un hecho; es menester afirmar también que provee al hombre de los medios necesarios para conducirle a un fin" (L. E. Palacios, o. c. en bibl. 136).
La p. requiere circunspección pues vincula principios y circunstancias. Y como la vida humana se desenvuelve a través de diversas situaciones concretas en las cuales el hombre se encuentra, es necesario el análisis y encauzamiento de las mismas. "Así como es propio de la previsión descubrir lo que es de suyo conveniente para el fin, la circunspección considera si ello es conveniente a ese fin, dadas las actuales circunstancias" (Sum. Th. 2-2 q49 a8).
Finalmente, la p. requiere cautela, pues las acciones contingentes suelen aparecer cargadas de bondad y maldad entremezcladas o revestidas con bienes aparentes. Es necesaria la precaución para elegir los bienes y evitar los males y los obstáculos extrínsecos que impidan la efectiva realización del bien.
c) Especies de prudencia. Se pueden distinguir cuatro especies de p.: personal que nos señala las vías conducentes a nuestra perfección; familiar, que nos indica los medios necesarios para alcanzar la rectitud en la vida doméstica; política o cívica, que nos señala los caminos a seguir para conquistar el bien común (v.) temporal. La p. política reside en forma directora en el gobernante (v. AUTORIDAD; PODER), que a través de las leyes (v.) ordena la conducta de los gobernados en vistas al biencomún y en forma obediencial en el gobernado, quien como ser racional se rige a sí mismo en la obediencia (v.) a la autoridad.
V. t.: II; VIRTUDES; INTELIGENCIA I, 3-4.
BERNARDINO MONTEJANO.
BIBL.: S. TOMÁS DE AQUINO, Summa theologiae, 2-2 q47-56; íD, Quaestiones disputatae de virtutibus cardinalibus; S. RAMíREZ, Introducción a la cuestión 47, en Suma Teológica de S. Tomás de Aquino, ed. BAC bilingüe, VIII, Madrid 1956; 1. PIEPER, La prudencia, Madrid 1957; íD, Prudencia y templanza, Madrid 1969; L. E. PALACIOS, La prudencia política, 3 ed. Madrid 1957; R. AUBENQUE, La prudence chez Aristote, París 1963; 1. LECLERQ, La vie en ordre, Bruselas 1938, 207-214; A. MILLAN PUELLES, La función social de los saberes liberales, Madrid 1961; N. PFEIFFER, Die Klugheit in der Ethik von Aristoteles u. Thomas von A., Friburgo 1918; A. SERTILLANGES, La philosophie morale de St. Thomas d’Aquin, París 1922, 219 ss.; v. t. la parte correspondiente a la p. en los tratados generales de Ética o Moral citados en la bibl. de ÉTICA 1.
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